jueves, 27 de noviembre de 2014

''El romance de Nadia'' capítulo 14

Capítulo 14


Parpadeé con energía unas cuantas veces seguidas y sacudí ligeramente la cabeza para poder acostumbrarme al súbito cambio de luz que había sufrido al entrar en la taberna. Podía oír ruido de conversaciones, lo que me indicaba que había más clientes aparte de nosotros, pero no se vivía el gran jaleo de la típica taberna de ciudad o pueblo humilde, sino que todo parecía bastante tranquilo. 

Cuando por fin pude distinguir lo que había a mi alrededor, lo primero que vi, delante de mí, fue a dos chicas abrazando muy calurosamente a los juglares. Una de ellas salió un momento de la sala, mientras la otra continuaba con los saludos y las felicitaciones:

-¡Mis niños, mis chicos, qué digo, mis hombres! A mi hermana y a mí casi nos da algo cuando oímos que habíais ganado por segundo año... ¡Estamos contentísimas! no querríamos a nadie más aquí esta noche, ya sabéis... ¿Y la chica? ¿Dónde está esa mujer seductora y hecha a sí misma, esa que os ha hecho ganar?

-Pues aquí la tienes-Joseph me señaló tímidamente.

-¡Querida, qué alegría verte por segundo año... oh espera, ¡Pero si esta no es...!

-No, no es la del año pasado- se apresuró a decir Kamal- de esa no sabemos nada.

-Esta es Nadia- completó Dante, alegremente como siempre.

-¡Una dama nueva! Eso es muy inusual por aquí, habrá que mimarla mucho...-se acercó a mí y me abrazó, gesto que me molestó, porque no estaba acostumbrada a que los desconocidos se tomaran aquellas confianzas- Encantada cielo, soy Panta, la dueña de esta taberna tan bonita.

Sonreía radiante. Yo le devolví una especie de sonrisa incómoda. Era muy alta, y tenía cuerpo de mujer a pesar de que parecía una adolescente joven. Tenía el pelo muy negro y liso, y para mi sorpresa corto, a la altura del cuello. Era muy extraño ver a una chica con el pelo corto, pero lo cierto era que le sentaba muy bien cayendo a los lados de su rostro y destacando su piel pálida y sus ojos oscuros y enormes. Sin embargo, aunque a primera vista me pareció muy guapa, su atuendo era bastante escandaloso para mi gusto. Llevaba una falda oscura de una tela que no supe identificar, larga en principio pero con una abertura que dejaba ver prácticamente toda su pierna izquierda. La camisa de verano blanca escotada y el corsé negro bien ceñido no la ayudaban nada a ocultar su anatomía. Más bien la marcaban, haciéndola atractiva y, a mis ojos, provocadora.

Panta seguía hablando. Tenía una voz musical.

-Ya verás lo bien que te lo vas a pasar hoy, te vamos a tratar como a una reina... esa chica es mi hermana, ella también es dueña de la taberna, ¡No te muevas, te la voy a presentar! ¡Suri!

No me dio tiempo a decirle que no pensaba moverme puesto que no conocía el sitio, ya que Panta se movió ligera y danzante hacia la chica que antes había abrazado a los juglares. Estaba atendiendo a un hombre y una mujer que parecían mayores y muy serios, vestidos con largas túnicas de diferentes tonos de verde y extravagantes sombreros. Me fijé en que todos los clientes iban vestidos de verde y llevaban complejos tocados en la cabeza. Me pareció curioso, aunque no le di importancia.

Sin embargo, en cuanto se acercó y se presentó con un abrazo igual que su hermana, me pregunté cómo demonios podía no haberme fijado en ella antes.

Suri era alta, y tenía el pelo espeso, del mismo negro que su hermana, aunque ondulado y muy largo, por la cintura. Sus ojos eran pequeños pero muy vivos, mirando siempre a todas partes, y no podía estar quieta ni un momento. Sin embargo, era más comedida y algo más tímida que su hermana, como pronto descubriría. Pero su ropa...
No era nada provocativa, cosa que aprecié, pero no pude parar de preguntarme cómo una persona podía llevar un corpiño azul, adornado con un cordón verde claro, una manga verde más oscuro, otra de un morado intenso, la falda malva y una flor roja en el pelo sin sentir que llamaba la atención.

-Bueno, bueno, ¡Basta ya de presentaciones, vamos a empezar ya con vuestra noche especial!- Panta parecía realmente contenta y nerviosa- Chicos, vuestro baño está casi listo, sólo tengo que dar los últimos toques... a ti sin embargo- me miró como si yo valiera mucho dinero- te voy a preparar la habitación especial y el baño grande, ¡Ay, por fin una chica aquí! ¡Vamos a mimarte mucho! ¡Qué noche tan estupenda pasaremos!

Desapareció dando saltitos escaleras arriba. Yo, que seguía sin entender nada, me limité a seguir a los chicos, que no paraban de parlotear orgullosos y contentos, y a Suri, que nos condujo a una sala contigua a la principal, más pequeña y mucho más íntima, e igualmente lujosa. Las puertas que supuse que daban a la cocina eran de una madre ligera y muy bonita, y podían verse al fondo de nuestra habitación. Estuvimos todos charlando acerca del concurso con Suri, que resultó ser bastante simpática y buena oyente. Definitivamente era mucho más tranquila y menos alocada que su hermana, o eso creía yo.

Suri entró un momento en la cocina, y los chicos empezaron a reírse y a susurrar muchas cosas al mismo tiempo. Al preguntar qué pasaba, Dante me respondió pícaramente:

-Vamos a contarle una historia divertida a Suri. Es digno de ver, créeme, ahora está muy tranquila, pero si se ríe mucho, bueno...

-¿Qué? ¿Qué pasa si se ríe mucho?

-Se vuelve loca. ¡Ya verás!

-Creo que no lo comprendo...

En ese momento Suri entró en la estancia portando una gran bandeja con jarras de cerveza, un vaso más pequeño con sidra y una pequeña botellita de vino suave.  Todos los chicos cogieron las toscas jarras de madera, a excepción de Kamal, que tomó el vaso, mientras que la joven mesonera y yo nos servimos un poco del vino en finas copas. Los chicos, entre risas, comenzaron a contarle cómo nos conocimos, es decir, el vergonzoso encuentro que habíamos tenido Dante y yo en el río, y en la parte más divertida de la historia, comprendí de repente lo que Dante había querido decir.

Suri comenzó a reírse de una forma estridente y escandalosa. Saltaba sin parar, sin poder contener el impulso de alegría y risa que recorría su ser, y yo estaba convencida de que todos los clientes de la taberna estaban oyendo su ataque de histeria. Estaba convencida de que los danzarines de la fiesta de Hiedrazul estaban oyendo a Suri reírse. Estaba, de hecho, casi convencida de que mis padres, allá en Campoflorido, estarían oyendo a Suri reírse.
Y he de reconocer que aunque al principio me sobresalté bastante y la miré sintiendo que Suri estaba por lo menos igual de loca que Panta, si no más, al cabo de un pequeño rato estaba riéndome con Suri y con los chicos, que casi se revolcaban por el suelo de piedra de la bonita taberna.

Y así, alegres y distendidos, nos encontró Panta al entrar en la sala pequeña. Cuando pudimos relajarnos un poco y contarle el episodio, ella casi se cae también al suelo. El ambiente era tan alegre que me olvidé de mi vergüenza. De hecho, poco a poco estaba comenzando a olvidarlo todo, aunque no me daba cuenta en aquel momento.

Suri y Panta nos anunciaron muy alegremente que nuestros baños estaban listos, y que tras ellos tomaríamos la cena, y nos pidieron con gran amabilidad que las siguiéramos a una de las plantas superiores.

Volvimos a pasar por el salón principal para subir las escaleras de madera del fondo de la estancia. Todo estaba vacío y en completo silencio, aunque la taberna no dejaba de ser acogedora. No pude evitar preguntar:

-¿Dónde está todo el mundo?

-¿Qué? ¡Oh, los clientes! todos se han marchado ya. Esta noche la taberna está a vuestra entera disposición- Panta parecía muy orgullosa.

-Pero aquí debe haber muchas habitaciones, esto es enorme... ¿No es un poco raro que se hayan ido?

-Son todos nobles y adinerados extranjeros- completó Suri- tienen unas costumbres un tanto raras, y no hablan apenas nada, siempre en susurros y en su idioma... ¡Pero nuestra taberna es tan exclusiva que todos se mueren por venir aquí!

-Comprendo...-dije, aunque no entendía por qué un sitio tan grande, exclusivo, y supuestamente caro se reservaba solo para nosotros.

Nos detuvimos en la tercera planta, en un pasillo oscuro con paredes y suelos de madera, aunque las escaleras seguían subiendo. Me pregunté cuál sería el tamaño de aquella taberna, ya que por fuera parecía sólo de dos plantas.

-Bueno chicos, vosotros a la izquierda... tú ven con nosotras a la derecha, cielo.

-Pero, ¿Adónde?-pregunté mientras nos separábamos.

-Pues a bañarte, claro. Lo tenemos todo preparado.

-¿Tenéis una planta sólo para el baño?

-Es que es... amplio- Suri abrió una puerta situada en el extremo derecho del pasillo y entramos rápidamente.

Amplio era un término que se quedaba bastante corto. Era la bañera más enorme que había visto nunca, mucho más que la de mi castillo. Podía nadar en ella perfectamente, y estaba llena de agua tibia y espuma. Suri y Panta se ofrecieron a lavarme el pelo y a traerme una muda de ropa limpia, y todo aquello me recordó tanto a casa, a cuando mis baños eran largos y relajados y mis criadas me atendían, que no pude negarme a pesar de lo extraña que resultaba toda aquella situación.

Estuve nadando y relajándome entre lociones y burbujas más tiempo del que puedo recordar. Charlé de cosas banales y divertidas con Suri y Panta, que a cada segundo me caían mejor, e incluso me permití unas cuantas bromas:

-¿Mimáis tanto a todos vuestros clientes? ¡Así es lógico que todo el mundo esté deseando entrar en vuestra taberna!

-Oh, gracias cielo, pero la verdad es que vosotros sois especiales, os mimamos más que al resto-Panta, sentada en el borde de la enorme bañera, sopló unas cuantas burbujas de espuma que tenía entre las manos.

-¿A los chicos también los ayudáis a bañarse?- pregunté en tono burlón.

-Bueno, si son guapos...

-¡Panta! Claro que no, Nadia-Suri sacudió la cabeza un par de veces- sería algo impropio...

-Cosas peores se han hecho entre un hombre y una mujer, bañarse es una tontería, ¿No, hermanita?

Cada milímetro de mi rostro y mi cuello enrojecieron al oír hablar a Panta de aquella forma. Parecían bastante informadas en el tema de los amoríos.

-No te ruborices querida, no es necesario que seas tan tímida… ¡Estoy segura de que debe haber un caballero que suspira por ti!

-No, yo...- A mi mente acudió enseguida la imagen del dulce rostro de Axel, que se esfumó pronto al recordar que, aunque no llevase anillo, aunque ni siquiera lo conociese, yo ya tenía un hombre. Estaba prometida con Flavius de Bosqueumbrío. Enrojecí aún más al darme cuenta de que había pensado en un muchacho cualquiera antes que en mi futuro marido. Quería hundirme en el agua y no salir a la superficie nunca más.

-Vamos Panta, no seas mala- dijo Suri tras soltar otra de sus escandalosas risas- tráele los paños a nuestra invitada para que se seque. Yo le traeré el vestido.

Panta me ayudó a salir de la enorme bañera y comenzó a secar mi pelo mientras yo me envolvía en un gran paño blando y suave. Una vez que estuve seca, y me puse una muda de ropa interior limpia, Suri volvió a la enorme estancia tenuemente iluminada portando lo que me pareció una gran túnica blanca. 

-Ten Nadia, póntelo. Estoy segura de que te va a gustar mucho.

-¡Es un vestido!- lo sostuve entre mis manos. Era suavísimo y de tacto muy delicado- parece muy grande... temo que no me siente bien.

-No debes preocuparte, estoy convencida de que está hecho para ti. ¿Quieres que te ayude a atarte las cintas de la espalda?

-Está bien, pero aun así creo que es grande para mí... soy un poco pequeña- reconocí, avergonzada.

Sin embargo, en cuanto lo pasé por mi cabeza, lo ajusté a mi cuerpo y me ataron las cintas de la espalda, comprobé que el vestido me sentaba como un guante. Pero cuando las hermanas, sonriendo encantadas y diciéndome lo guapa que estaba, me condujeron ante un gran espejo situado en un rincón de la enorme sala de baño, me quedé casi sin aliento.

Nunca había llevado puesto un vestido tan bonito. Era completamente blanco, sin adornos ni bordados. Parecía demasiado simple, pero su simplicidad era precisamente lo que lo hacía precioso. El corpiño era ajustado, con cintas a la espalda, y las magas eran también ajustadas hasta el codo, donde se abrían, cayendo largas hasta el final de la falda, liviana y elegantemente. La falda arrastraba un poco por el suelo, y tenía una fina capa de tul que la adornaba ligeramente. Pero lo más sorprendente era cómo me sentaba la prenda. El mejor artesano modista no habría hecho un vestido a medida más apropiado. Parecía hecho para resaltar cada parte de mi anatomía. Me hacía atractiva en su justa medida, sin resultar escandaloso. Me encantó.

-¡Caramba! ¿De dónde habéis sacado este vestido?

-¡Ay! cómo se nota que eres mujer, qué ojo... Es un vestido hecho especialmente por un exclusivo modista extranjero... ¿No es precioso? ¡Combina perfectamente con ese colgante plateado y ese brazalete que llevas! ¡Y aún no has visto lo mejor!

-¿Lo mejor?

-¡Vamos abajo! La cena ya estará lista... ¡Va a ser fantástico! ¡Mágico!-Suri me recordó a Dante, con la misma energía que una niña pequeña, dando saltitos hacia la puerta.

Suri y Panta cepillaron mi pelo, aunque no lo adornaron en modo alguno ni me hicieron ningún recogido, y pronto volvimos al salón grande de la planta baja para disfrutar de la cena.

Los chicos ya estaban sentados a la mesa. Todos se levantaron impresionados al verme y alabaron mi aspecto, pero yo, divertida y sorprendida, alabé también el suyo. Todos los juglares llevaban finos trajes de cortesanos con camisas blancas, casacas y pantalones negros con medias, botas negras y chalecos negros con una fina y brillante tira plateada como único adorno. Todos estaban bien peinados y limpios, y Kamal llevaba un turbante negro en la cabeza. 

Con un humor excelente, Suri y Panta sirvieron en la gran mesa una cena copiosa y abundante con muchos platos variados de carne, verduras, pescado, salsas... y vino y cerveza para acompañar. Antes de sentarnos y comenzar, Panta me colocó en el centro con todos a mi alrededor y anunció solemne:

-¡Atención! vamos a comprobar la eficacia del vestido de Nadia. Ya verás como hacemos magia. Suri, haz los honores, querida.

-¡Oh, hermanita! Nada me haría más feliz...-Suri llenó hasta la mitad una copa con un vino tinto oscuro y dulce y, sin previo aviso, me la tiró encima, directamente al pecho.

-¡No! ¿¡Pero cómo se te ocurre!? ¿Cómo...?-No pude continuar riñendo por la gigantesca mancha granate de mi vestido porque tal mancha no existía. El vino había resbalado por la prenda y había llegado hasta el suelo sin dejar un solo rastro. Yo seguía brillando blanca e impoluta como hacía tan solo unos instantes. Los chicos aplaudieron y las chicas me miraban orgullosas.

-No se manchará jamás, y además la tela es especialmente resistente. Tendría que rajarte con un cuchillo para romperlo. Y por supuesto no pienso hacer eso.

-Quiero... quiero cien de estos en colores diferentes- fue lo único que pude decir, maravillada como estaba.

Todos rieron y nos sentamos a comer. Curiosamente y con todo lo que había pasado aquella larga noche, no me di cuenta del hambre que tenía hasta que empecé a masticar, y tuve que esforzarme un poco por no parecer ansiosa. Al acabar creí que ya no podría comer más, pero entonces Suri y Panta se levantaron y comenzaron a mirarnos pícaramente:

-Ahora Kamal, ¡Es tu turno! acompáñanos a la cocina, te ayudaremos a prepararlo todo.

-¿Preparar qué?

-El postre, por supuesto- respondió Suri- ¿Dónde se ha visto una cena tan buena sin postre? Kamal es un especialista en repostería exótica, ¡Si hasta tiene un sobrenombre! Nunca sé pronunciarlo, ¿Cómo era?

-No hace falta entrar en ese tipo de detalles-Kamal parecía incómodo y se escurrió sigiloso hacia la puerta que daba a la cocina.

-¿Y seguro que es él el que cocina el postre y vosotras las que lo ayudáis?

-Es lo justo, al fin y al cabo nosotras hemos preparado la cena... ¡Volveremos enseguida!

Iba a preguntarles a las hermanas cómo era posible que hubieran preparado una cena tan grande si habían estado todo el tiempo en la gran sala de baños conmigo, pero no me dio tiempo, ya que se largaron tan rápido como Kamal. Me encogí de hombros, pensando que, simplemente, Suri y Panta no eran dos muchachas corrientes.

-No sé...-me dirigí al resto de los juglares- No puedo imaginarme a Kamal cocinando nada, y mucho menos dulces. No parece algo que él haría.

-Lo sé. Es sorprendente, ¿Verdad?-Joseph me sonrió- talento oculto, supongo. Su plato estrella es delicioso, es justo el que está cocinando ahora mismo. Y le sale tan bien, que hasta le hemos puesto un apodo... a él le fastidia mucho, ¡Pero a nosotros nos divierte!

-¿Tan ofensivo es ese apodo?

-No- Jaques esbozó una risilla- simplemente le llamamos por el nombre de su plato.

-Lo llamamos Baghrir- completó Telmo.

-¿Cómo has dicho?

-Baghrir. Son unas tortitas con miel. Enseguida las probarás, están buenísimas

-Baghrir, mmmm... Baghrir...

-Te ha gustado la palabreja, ¿Eh, Nadia?-rio Dante- no paras de repetirla.

-No es eso, es que... tengo la sensación de haber oído esa palabra antes.

-Tal vez es que ya has probado el postre alguna vez.

-No, nunca he comido nada así… ese tipo de comida no entra en mi castillo-susurré- Sin embargo, tengo un amigo musulmán... tal vez él haya mencionado alguna vez la palabra delante de mí...-Pensé en el cálido rostro de Vahid por primera vez en mucho tiempo.

-¿Quién quiere dulceeeees?-Las voces de Suri y Panta resonaron cantarinas por toda la estancia. Detrás iba un satisfecho y, cosa que me sorprendió, sonriente Kamal limpiándose las manos llenas de harina en un paño. Su ropa, sin embargo, permanecía impoluta, por lo que supuse que estaba hecha de la misma tela que mi vestido. Las hermanas sirvieron una gran bandeja llena de finas tortitas con un pequeño cuenco de miel y otra con vasitos y una tetera de té humeante. Todos volvimos a sentarnos y aunque yo creía que no podía comer más, quedé realmente impresionada al untar de miel una blanda tortita y probarla. El primer plato exótico que probaba en mi vida era realmente delicioso. Y el té, aunque mentolado y ligeramente amargo, le sentaba estupendamente al postre.

-Ay, vivan las ocasiones especiales en las que tu talento sale a relucir, Baghrir querido-Se deleitó Dante.

-Baghrir, te superas día a día-apoyó Joseph.

-Vamos, sabéis que odio que me llaméis así. Imbéciles...- Parecía medio molesto, medio divertido.

-Está delicioso, Kamal- dije. El me miró serio- Y te lo digo yo, que no estoy acostumbrada a este tipo de sabores- concluí tímida.

-Me alegro de que te guste-Sonrió levemente-Siento haber sido antipático contigo, Nadia, pero la vida me ha enseñado a no confiar en las personas. Gracias a ti hemos ganado el concurso. Te respeto.

-Gracias, Kamal. Yo te respeto a ti- me sentí halagadísima, ya que sabía que aquella declaración de respeto era lo máximo que iba a conseguir de una personalidad como la de Kamal.

Las bromas burlonas con Baghrir se prolongaron durante todo el postre. Yo me levanté en cuanto di el último sorbo al vasito de té.

-Compañeros, anfitrionas, me retiro a descansar. Ha sido una velada magnífica, pero temo caer al suelo por el cansancio en cualquier momento, así que si quisierais decirme dónde está mi habitación...

-Por favor... ¡Qué chica tan educada! ¿No es graciosa, Suri?

-Tienes razón Panta, es muy divertida. Ven Nadia, te acompañaremos a tu habitación. Mientras, vosotros- se giró a los juglares- recoged la mesa para que mi hermana y yo podamos fregar más rápidamente.

Misteriosamente y justo en ese momento, todos los chicos empezaron a bostezar, a quejarse de lo agotados que estaban y a dar las buenas noches educadamente. En unos segundos todos habían escurrido el bulto menos Kamal, que defendía la idea de que, puesto que él había preparado el postre, él debía despejar la mesa para que Suri y Panta fregaran. Ellas, colmándolo de piropos por su caballerosidad, me guiaron tranquilamente hasta una de las grandes puertas del primer piso.

La habitación era austera, tan solo compuesta por una silla, un baúl y una cama, pero ésta era tan amplia y cómoda, y estaba tan limpia, que en cuanto me tumbé sentí que me esperaba un sueño largo y reparador, ese que tanta falta me hacía.

Suri y Panta se marcharon a limpiar, y la habitación quedó en silencio. La luna se filtraba levemente por una pequeña abertura de la ventana, y yo me sentía en paz y segura por primera vez en más o menos tres semanas. Había sido tan duro vivir cada día y cada noche en tensión sin saber si iba a amanecer muerta, sin saber en quién podía confiar, sin saber siquiera si estaba siguiendo el camino correcto para llegar a Gubraz... y aquellos últimos días, en cambio, estaban siendo tan maravillosos... había cantado, había vivido una gran fiesta con mis compañeros, a los que ya consideraba amigos... había vuelto a ver a Axel ''Y-pensé ruborizándome ligeramente- he bailado con él'', me había vuelto valiente y más decidida. Y por último había conocido a dos chicas estupendas, había tomado un baño reparador, y había disfrutado de una cena exquisita.
Mientras sentía que las nieblas del sueño se apoderaban de mi mente, suspiré satisfecha y pensé que a mi hermana le habría encantado vivir todo aquello conmigo... bailar, cantar juntas, dormir en aquella cama tan cómoda, probar aquel plato exótico...

Y entonces, como un resorte, me incorporé de golpe en el lecho, y tan brusco fue mi movimiento que la cabeza me dio vueltas. Había recordado. De repente había recordado por qué me sonaba aquella maldita palabra, y mi mente trabajaba a tal velocidad para intentar comprenderlo todo que temí desmayarme antes de poder hacer algo.

Baghrir era la palabra que mi hermana había empleado para dirigirse a Vahid el día en que él leyó su sangre. Pero extrañamente, y aunque en aquel momento no le di importancia, no pareció usar aquella palabra al azar, sino como una especie de nombre. Aunque, ¿Qué clase de nombre podía ser Baghrir?
Por fin lo comprendía todo, no podía estar más claro, aunque por supuesto, me negaba a creerlo. Mientras las lágrimas comenzaban a resbalar por mi rostro, me di cuenta de que no podía ser de otra forma.

Liana conocía a Kamal. Ignoraba cómo, cuándo o por qué, pero mi hermana había conocido a Kamal, y lo había llegado a conocer hasta el punto de llamarlo Baghrir, apodo (y no nombre) usado solamente por el resto de los juglares, de lo que podía deducir que mi hermana también llegó a conocer a los juglares. Y aquel día en la celda, en un momento de locura, o mejor dicho, en un momento de lucidez dentro de su horrible locura, mi hermana creyó reconocer en el rostro de Vahid al muchacho al que ella llamaba Baghrir,  y le dijo algo.... dijo algo de alguien que le hacía daño.

Y yo había estado con ellos. Había hecho amistad con ellos. Había cantado con ellos, les había dado mi voz a los captores de mi hermana. Había estado viviendo con los culpables de que mi hermana se estuviese muriendo...

Y entonces me di cuenta de lo que estaba haciendo. Mi hermana se estaba muriendo presa de su propia locura y allí estaba yo, cantando cancioncitas, paseando por el bosque, bailando con plebeyos de pelo rojo, cenando con dos muchachas rarísimas que parecían tener el poder de hacer que me olvidara de todo por lo que luchaba... y durmiendo con el enemigo.

En cuanto todos esos pensamientos se arremolinaron en mi cabeza, me accioné como un resorte. La rabia me impulsaba a actuar de forma fría y efectiva. Me deslicé silenciosa fuera de mi alcoba, al pasillo, y bajé hasta el último escalón sin hacer un solo ruido, sin apenas respirar. Me asomé rápida como un rayo, y vi cómo Kamal llevaba una bandeja en las manos y se dirigía a la puerta que daba a la cocina, dándome la espalda. Sabía (Hasta yo sabía eso) que el salón principal de una taberna no era sitio para matar a un hombre, pero era en ese momento o nunca. Cerré los ojos y tomé aire, y el rostro de mi hermana acudió a mi mente... Y el dolor me impulsó por primera vez en mi vida.

Desenvainé el puñal y salí de las sombrías escaleras. Corrí a lo largo del iluminado salón, completamente exenta de protección alguna y además vestida de blanco, y me lancé contra el juglar justo cuando iba a cambiar su trayectoria para entrar en la cocina.

Kamal soltó una exclamación de sorpresa. La bandeja cayó al suelo con un estrépito horrible mientras el cuerpo del juglar daba contra la pared.

-¿Pero qué...?-Comenzó, mas eso fue lo único que dijo, porque antes de que pudiera reaccionar yo ya le había dado otro empujón, que consiguió arrinconarlo contra la pared, y en menos de lo que yo misma pude decir, le apretaba el pecho con mi mano izquierda mientras que con la derecha presionaba el puñal contra su garganta.

-¿Qué...?-Kamal parecía verdaderamente sorprendido, y tardó unos cuantos segundos en darse cuenta de que efectivamente era yo, la pequeña Nadia, quien lo tenía preso contra una pared.

-¿Qué le has hecho a mi hermana?- Mi voz no parecía la mía. Era grave y rasposa de repente, casi como si fuera a rugir de un momento a otro en lugar de a hablar.

-Nadia... ¿De qué hablas?

-¿¿¿¡¡¡Qué le has hecho a mi hermana!!!??? ¡¡¡Maldito desgraciado, mi hermana se está muriendo en una celda por tu culpa y te juro que antes de rajarte el cuello para que ardas bien en el infierno vas a confesar!!!

-¿Tu hermana? pero no entiendo...

-¿¿¡¡Vas a negar que conociste a mi hermana!!??- Apreté aún más el puñal. La piel del cuello de Kamal se tensó, y él gruñó involuntariamente.

-Tu hermana...-le costaba más hablar por la presión de la cuchilla- Tu hermana es extraordinaria...va...liente y verda...dera. Nunca le haría daño...

-¡¡¡Mentiroso!!! Maldito mentiroso, confiesa, dime cómo hiciste los lazos de sangre, dime dónde está el maldito caballero de oro... ¡¡Dímelo!!

Por encima de la tensión, los ojos de Kamal me miraron con desprecio.

-Estás loca... nunca serás ni la mitad de lo que es tu hermana. Sólo... eres una niña mimada y cobarde.

-Te lo advierto, Kamal. Puedo hacer confesar a alguno de tus amiguitos si tú no lo haces. Y a ti puedo matarte en este mismo instante. Estoy siendo benévola. Dime dónde está el caballero de
oro...

-Ignoro...esa información de la que vuestra excelencia...tiene necesidad...

-¿Te estás burlando? ¿De verdad no me crees capaz de matarte, Baghrir? ¿Crees que esta niñita está bromeando?-apreté más el puñal, esta vez con fuerza. Del cuello de Kamal comenzó a manar un fino hillilo de sangre. Noté cómo todo el cuerpo del juglar se tensaba al instante.

-Maldita seas… ¡SURI! ¡PANTA!-Gritó de repente.

-Oh Baghrir, qué bajo has caído...-susurré ciega de rabia- ¿No te atreves a estar a solas conmigo? ¿¿¡¡Y te atreviste a hacerle a mi hermana ese hechizo que la está matando!!?? ¡¡Confiesa, malnacido!!

-¿Qué está pasando aquí?- No podía verlas, ya que si giraba la cabeza perdería de vista a Kamal y podría aprovechar para escaparse, pero las voces de Suri y Panta sonaban cerca, justo detrás de mí.

-¿Nadia? ¿Eso es un puñal?

-¡Kamal! Dios mío, está sangrando...

-¡¡¡Si os acercáis le mataré!!! -Grité desesperada. Estaba comenzando a sentirme atrapada.

-¡Se ha vuelto loca! Ha descubierto que conocimos a su hermana, no sé cómo, y dice que la he hechizado... que se muere en una celda o algo así.

-¿Que Liana se muere?-La voz de Suri denotaba preocupación, y oír el nombre de mi hermana en boca de una extraña me hizo chillar de rabia.

-¡Vosotras también sois culpables! Sois brujas, engañasteis a mi hermana y la hechizasteis con la ayuda de estos desgraciados… demonios sin corazón, ¿¿¡¡Cómo osáis siquiera pronunciar su nombre!!??

-Esta chica no tiene ni idea de nada...-La voz de Panta sonaba irritada pero tranquila-Nadia, acuéstate y descansa, mañana hablaremos de todo esto...

-Eres una hija de la gran…

-Tranquila, duquesita. Átate la lengua y evita faltarme al respeto. No sabes de lo que soy capaz.

-¡Basta de cháchara!-Kamal respiró aprensivamente- quitádmela de encima, ¡Ahora mismo! Me está haciendo daño...

-Qué pesado eres, Kamal... Suri por favor, trae la poción adormidera y un paño. Estoy harta de este jueguecito. Además, ya es casi la hora.

Oí cómo alguien, Suri, salía corriendo de la estancia. Me sentía perdida y muy asustada además de rabiosa, pero por nada del mundo habría apartado mi puñal del cuello de Kamal.

-¿Poción? ¿La misma que usaste con mi hermana, bruja asquerosa?- las palabras salían de mi boca como veneno.

-Bruja, bruja... ¿Qué palabra es esa, Nadia? ¿Crees que estamos en un cuento? De verdad que no tienes ni idea, querida... Oh, hermanita, ya estás aquí y con el paño bien empapado. Gracias.

-Venga Panta, no lo demores más. Iré a avisar al resto. Hay que partir.

-Cierto es. Bien Nadia...-Panta se acercó por detrás, y me susurró al oído- Eres muy torpe al llamarnos brujas a mi hermana y a mí. Las brujas son humanas con poderes... nosotras, cariño, ni siquiera somos humanas.

Apenas hubo pronunciado aquellas palabras, me cubrió la mitad de la cara con un paño húmedo. Mi primera reacción fue no respirar, pero pasados unos segundos de incómodo forcejeo, no tuve más remedio que coger aire, desesperada por sobrevivir.

Aspiré el líquido impregnado en la tela, fuerte y desagradable... y perdí fuerza. El puñal se resbaló de entre mis manos... todo se nubló, y sentí, muy a mi pesar, cómo mi consciencia se iba.


jueves, 30 de octubre de 2014

''El romance de Nadia'' capítulo 13

Capítulo 13


-Nadia, es importante que entiendas esto- Joseph parecía un preparado caballero del rey que daba instrucciones a sus subordinados antes de salir al campo de batalla. Se paseaba de un lado a otro delante de uno de sus carros, tras la plaza del concurso, mientras el resto tomábamos estofado con verduras y un poco de carne- El concurso se inicia al atardecer. Los diferentes participantes irán subiendo al escenario por turnos. Somos los séptimos. Se supone que debemos simplemente cantar, pero siempre hay que intentar hacer algo para destacar. De esa parte me encargo yo, iré hilando las canciones entre sí y haré que formen parte de una única historia fantástica y épica. Cantamos tres piezas. Dime, ¿Te sabes La canción del músico?
                               
-La conozco, aunque nunca la he cantado. Es algo… inapropiada.

-Pues es nuestra pieza de presentación. Probablemente casi todos los participantes la canten, es muy conocida... pero la clave es ser mejor que todos ellos. ¿Qué hay de El ladrón de sueños? ¿Te suena?

-Me encanta esa canción. Es hermosa-Sonreí.

-Fantástico. Tienes razón, es hermosa. ¿Crees que podrás cantar la parte más lenta? Tu voz sería perfecta.

-Pues claro.

-Esto va viento en popa. Y hablando de vientos... Nuestra última pieza es El molino del viento.

-No, no conozco esa.

-¿Cómo?- Todos los juglares me miraron estupefactos- ¡Es imposible que no conozcas esa canción! ¡Es la más hermosa de todas!

-Pues no, lo siento. Nunca la he oído.

-Esto complica las cosas...-Joseph se rascó la negra y espesa barba mientras pensaba- pero no creo que sea algo insuperable. Bien amigos, vamos a hacer lo siguiente: ensayaremos nuestras dos primeras piezas rápidamente. Y el resto del tiempo... bueno, tenemos hasta el atardecer para enseñarle a Nadia la tercera canción. Creo que será suficiente.

-¿Estás loco, Joseph? eso no va a funcionar- Jaques parecía muy nervioso.

-Deberíamos buscar una canción que ella sepa cantar- Telmo apoyó la teoría de su hermano.

-Yo no sé si podré aprenderla en una sola tarde- Añadí, algo asustada.

-Vamos, vosotros sabéis que es una canción muy hermosa... Estoy convencido de que será nuestro pase a la victoria. Y será maravilloso. ¡Manos a la obra juglares! ¿Qué sois?-Joseph extendió una mano.

-¡Artista soy!- Exclamó Dante con ilusión, colocando su mano sobre la de Joseph

-¡Artista soy!-Jaques y Telmo parecían templados y seguros cuando hablaban a la vez. Colocaron sus manos sobre la de Dante.

-Artista soy- Kamal tensó el arco de su violín con precisión y posó su mano en la de Telmo.

-¿Y tú, preciosa?- Joseph me sonrió.

-Bueno, aunque solo sea por esta vez... artista soy-Sonreí de nuevo y coloqué mi mano arriba del todo, sobre la de Kamal.

Cantar nunca había supuesto un problema para mí, llevaba tomando lecciones para educar mi voz desde muy pequeña. Pero he de reconocer que la mejor lección musical de mi vida, la tuve aquella tarde. Joseph era un maestro excelente, ensayé las partes de las canciones que ya conocía y que me correspondían, y aprendí en el tiempo mínimo cómo cantar El molino del viento además de poner en práctica trucos que Joseph me enseñó y de saber cómo sentarme en el escenario, con la espalda bien recta y la cabeza ligeramente alta. También hicimos varios ejercicios rápidos para acoplar mi voz a los instrumentos.

A medida que la hora se iba acercando, el ambiente se caldeaba. Cada vez se oía más y más ruido, y pronto encenderían las hogueras y los farolillos de la plaza. Esa era la señal para que los grupos participantes se dirigieran a la parte de la plaza donde se ubicaba el escenario.

Los chicos dieron brillo a sus instrumentos, los pusieron a punto y Joseph se colocó una capa bonita aunque algo gastada de color rojo oscuro. Yo me recogí una parte del pelo en una pequeña trenza que adorné con el lazo de Axel y me puse a dar saltitos con uno y otro pie, sin poder parar de moverme. La incertidumbre y la espera me estaban matando.

De repente, sonó una trompeta. Luego otra, y otra más, formando un clamor ininteligible y alborotado. Todos se pusieron muy rectos. Joseph me cogió por los hombros, en actitud protectora, y me susurró al oído:

-En marcha, voz de miel. Es hora de ir a la plaza. El espectáculo va a comenzar.

Tragué saliva. Sentí que me temblaban las piernas. Nos dirigimos rápidamente por las calles serpenteantes de Hiedrazul y en un abrir y cerrar de ojos estábamos en la plaza, justo detrás del escenario, con el resto de los participantes. El ruido era tan ensordecedor que no pude evitar asomarme por fuera de las grandes cortinas que hacían las veces de telón y que nos separaban del público para ver a qué venía tanto alboroto. Me arrepentí enseguida.

No podía ver el final de la plaza, era imposible. La gente llegaba y llegaba y no cesaba nunca de apretujarse e incluso de pelearse por intentar ocupar un sitio cerca del escenario. La concurrencia era enorme y los numerosos grupos de personas se perdían más allá de donde los faroles iluminaban la plaza. Me habría atrevido a decir que Hiedrazul entero iba a oírme cantar. Y a verme. Sentí pánico.

-¡Dante, Joseph, Telmo, Jaques, Kamal! ¡No puedo cantar!

-¿¡Qué!?

-¿Habéis visto a toda esa gente en la plaza? ¡Hiedrazul al completo va a verme! ¿Y si me reconoce alguien? ¿Y si me falla... y si me falla la voz? No puedo salir ahí, es una locura...

Un hombre vestido con un gorro de bufón absurdo y una máscara morada brillante entró en la parte de atrás del escenario.

-¿¡Todos preparados!? ¡Voy a subir y a dar la bienvenida, y en seguida llamaré al grupo número uno!

-Nadia, no puedes parar esto ahora, sería catastrófico.

-Lo siento Telmo, pero esto es demasiado para mí.

-Eso no puede ser, mujer...

A partir de ese momento, todo pasó ante mis ojos como una espiral de prisa, nervios y ruido. El presentador de la máscara subió al escenario, y Hiedrazul entero enloqueció entre vítores y aplausos. Presentaba a cada grupo, y una música que tal vez era bonita (No escuché nada, mis nervios lo impedían) invadía el ambiente durante lo que se me antojaban tan solo unos tristes instantes. Al acabar, cada grupo volvía con todos nosotros y casi todo el mundo les felicitaba cálidamente. Mi grupo estaba demasiado ocupado intentando que yo reaccionara de alguna forma, mientras permanecía sentada en un rincón, negando con la cabeza y sin poder parar de pensar ''Somos los séptimos, somos los séptimos, somos los séptimos...''

Cuando el presentador de la máscara anunció al grupo número seis, chillé desesperada. Todos me mandaron callar muy enfadados, y Joseph me habló dulcemente:

-Nadia, no tienes nada que temer. Nadie de la alta sociedad acude nunca a las celebraciones del pueblo. Vas a hacer esto. Yo lo sé. Vamos a ganar todos juntos, ¿De acuerdo?

-No, no sé...

-¡Número 7! ¡El grupo 6 está a punto de acabar, acudid enseguida, vais a salir!- el hombre de la máscara saltó al escenario.

-¡No!-miré con horror a todas partes, intentando salir de allí.

Joseph me tomó las manos entre las suyas y clavó sus ojos en los míos:

-No les mires. No mires a nadie y no intentes distinguir lo que dicen. Mírame a mí, ¿De acuerdo? Mírame a los ojos y canta. Escucha nuestras canciones, Como esta mañana en el bosque, cuando sólo estábamos los seis.

-Joseph, ¿Cómo va a funcionar eso?

-Confía en mí.

En aquel momento, el maestro de ceremonias de la máscara gritó ‘¡Den la bienvenida a nuestros ganadores del año pasado, que este año compiten con el número siete!’. Sentí que me ahogaba.

Todos los chicos comenzaron a salir en orden. Joseph y yo éramos los últimos. La gente enloquecía vitoreando, mucho más que con el resto de los participantes, o al menos eso sentía yo. Justo antes de subir las escaleras y salir a la luz. Joseph me tomó de la mano, dio un par de saltitos como si fuera a echar a correr y susurró ''Mírame a los ojos si sientes que flaqueas''. Me aseguré de ocultar bien mi colgante y mi brazalete entre mis ropajes y respiré hondo.

Siento decir que a partir de ese momento, no recuerdo el concurso con exactitud. El ruido de la muchedumbre era ensordecedor, pero tan pronto como Joseph comenzó a narrar, la plaza se sumió en un silencio abrumador, tal era el deseo del público por disfrutar de nuestra actuación. No miré al frente ni un solo momento, y cada vez que sentía que la voz me fallaba buscaba el rostro de Joseph y clavaba mis ojos en los suyos. Comprobé y sentí en aquel momento el mérito de los artistas, y la habilidad nata que tenían mis compañeros para desenvolverse y lograr crear algo muy bonito en aquel escenario. Contra todo pronóstico, la actuación en sí se me antojó un suspiro, y muy pronto habíamos cantado las tres canciones, Joseph había contado su fantástica historia y había concluido con un ''Aquí acaba pues, la historia. Para los caballeros, traigan pan y vino. Para la doncella, flores. Y si a bien tienen los jueces, esta noche misma nos proclamaremos ganadores''

Cuando nos encontramos de nuevo ocultos y todos nos dieron una muy efusiva enhorabuena, me sentí mareada, con náuseas, como cuando era pequeña y enfermaba y el médico tenía que darme a oler sales que me ayudaban a dormir y me relajaban. Era extraño, pero lo achaqué al calor y al episodio tenso que acababa de atravesar.

Sin embargo, desperté de mi extraño mareo de golpe cuando, un buen rato después y habiendo actuado todos los grupos, los jueces decidieron que el ganador era, por segundo año consecutivo, el grupo número siete. El público, exultante, arrojó cientos de flores al escenario cuando subimos por segunda vez, los jueces nos felicitaron y elogiaron la buena pareja de voces que hacíamos Joseph y yo, me hicieron mil carantoñas y piropos, cada uno de los chicos me cogió en brazos y bailó conmigo, no paraban de celebrarlo saltando y haciendo gestos de victoria, y yo, aunque estaba muy contenta y nerviosa y participé en todo el jolgorio, ya no sabía dónde meterme para ocultarme. El mareo volvía a invadirme, y necesitaba algo de tranquilidad, así que bajé un poco antes del escenario.

La plaza se despejó considerablemente tras el concurso, por lo que pude mezclarme sin problemas entre la gente. Algunos me felicitaban tímidamente como si yo fuese alguien muy importante, pero nadie parecía mostrar signos de reconocerme.
Di una vuelta a la gigantesca plaza para tomar un poco de aliento y disfrutar del aire nocturno. Cuando volví al punto inicial, el escenario estaba casi desmontado, el telón había desaparecido y el resto de concursantes se encontraban desperdigados por la plaza, bebiendo y formando escándalo. ''Vida de artista'', pensé. Los chicos volvieron a felicitarme, me ofrecieron una cerveza y la rechacé. El único alcohol que mis labios habían probado eran licores suaves y vinos muy finos, nada que ver con la cerveza, bebida del pueblo por excelencia, así que en su lugar me ofrecieron un estupendo jugo de frutas fresco que mi organismo agradeció bastante.

Tras despejar un poco el lugar, varios guardias encendieron una hoguera gigantesca en el centro de la plaza y algunas más pequeñas en los extremos. Comenzó a sonar música (nosotros estábamos 'perdonados' por ganar, pero el resto de grupos no se libraban de seguir trabajando aquella noche) y la fiesta se inauguró oficialmente. Los chicos pronto se fueron a festejar, y todos me pidieron el primer baile, pero yo los rechacé alegando un poco de mareo.

Estaba tranquilamente sentada en uno de los muchos troncos de madera habilitados por toda la plaza para el descanso de los danzarines, respirando un poco más tranquila y sin poderme creer lo que acababa de pasar, cuando una exclamación a mis espaldas me hizo casi caer al suelo:

-¡¡Estaba seguro de que ganaríais!! Ha sido espectacular Nadia, jamás pensé que iba a ser tan bonito. ¡Ha sido una actuación digna de la alta corte, el pueblo ha tenido mucha suerte viendo semejante espectáculo esta noche!

-¡Axel!-sonreí. Se sentó a mi lado- Has venido como prometiste... Dime, ¿De verdad ha sido tan bonito?

-Lo nunca visto. ¡Ha sido espectacular, enserio, casi... Mágico!

-Me alegro-suspiré- estaba tan nerviosa que no me he enterado de nada-Axel se rio. Nunca le había oído. Tenía una risa bonita, ligera y desenfadada- ¿Qué te pareció mi interpretación de El molino del viento?

-Pues maravillosa, aunque he de reconocer que como nunca había oído la canción, no soy muy experto.

-¿Tú tampoco la conocías? Pensé que era la única.

-¿La has aprendido hoy mismo?

-Pues sí, ¿Puedes creerlo?

Estuvimos charlando un buen rato, alegres y despreocupados. Al final, Axel se levantó y se estiró perezosamente.

-¿Quieres bailar?

-¿Disculpa?-abrí los ojos como platos. Me había chocado mucho la pregunta, así, formulada con aquella naturalidad.

-Que si quieres... ¿Te apetecería bailar un poco?

-¿Contigo?

-Creo que el príncipe Alan no está por aquí-dijo burlonamente- así que sí, me parece que conmigo.

-Yo, ehm, Axel...-susurré inquieta- no sé bailar.

-Cuando estuve en Gubraz, todas las muchachas de la corte sabían bailar-me miró extrañado.

-Por supuesto he tomado lecciones de danza desde niña... pero me refiero a esto-señalé las hogueras- no sé bailar esto.

-No te entiendo, Nadia. Bailar es bailar...

-¡No sabes lo que dices! En los banquetes a los que yo acudo los bailes son finos, pausados, tiernos y sofisticados a la vez, cada movimiento, cada gesto de la cara de cada uno de los danzarines y cada mínimo paso está perfectamente medido y coordinado. Y esto,  bueno... aquí la gente está saltando, yendo de un lado a otro sin ton ni son... Dios santo, ¿Ese chico acaba de saltar por encima de una de las hogueras?

-¿Me estás diciendo que sabes atarte y estar atrapada en un baile insulso y medido, pero no sabes ser libre?

-Esto no es ser libre, esto es... algo absurdo. Si intento ''bailar'' esto, haré el ridículo más espantoso.

-Es muy sencillo, de verdad, yo te enseño. Ven...-me tomó de la mano y me arrastró. Mis intentos de fuga fueron inútiles, ya que aunque delgado Axel era, evidentemente, mucho más fuerte que yo. Llegamos a las inmediaciones de la hoguera central, donde unos de los grupos iba a tocar una conocida canción popular, La danza del fuego.

Axel me apartó un poco del centro del improvisado salón de baile y comenzamos la danza de la parte lenta. Ésta era muy sencilla, sólo había que agarrar la mano del otro danzarín y dar vueltas lentas y pesadas. La locura se desató cuando, de repente, la parte rápida de la canción llegó como un relámpago de calor y energía. Axel me gritó un ''¡No te preocupes, déjate llevar y no pienses!'', y empezó a hacerme girar y girar una y otra vez, a llevar mis pies de un lado a otro, a dar vueltas conmigo, a avanzar, a retroceder... Si aquello era una danza, yo era un guerrero del príncipe. Pero aunque no paré de chillar muy mareada y casi me caí unas cuantas veces, he de reconocer que fue francamente divertido.
Cuando la canción volvió a la parte lenta para finalizar, Axel me cogió de la cintura y me elevó en el aire. Dimos una última vuelta y volvió a dejar que mis pies se posasen en el suelo, aunque no apartó las manos de mi cintura.

Jamás había estado tan cerca de él, o de ninguna otra persona del sexo opuesto. Jamás había tenido sus ojos tan cerca, aquellos ojos de nieve que tanto me atraían... y de repente recordé que en los cuentos que tanto me gustaba leer, los amantes sólo se aproximaban tanto el uno al otro si iban a besarse.

Me aparté bruscamente de su ligero abrazo, sin saber decir quién estaba más roja, la hoguera o yo, sin apenas atreverme a mirarle a la cara... ¡Menuda falta de modales había cometido, imprudente de mí! pero él seguía sonriendo con aquella naturalidad, con aquella especie de calma perpetua que siempre le acompañaba. Supuse que quizá esas cosas no le afectaban porque él se había criado en el pueblo y según sus costumbres. Tal vez él había bailado con muchas otras chicas de aquella forma otras veces, en otras fiestas de aquella clase... tal vez ni siquiera se había dado cuenta de que yo estaba ruborizada. Y si se había dado cuenta, tal vez me considerara estúpida por ello.

-¿Ves como no ha sido tan terrible?-Preguntó inocentemente.

-Reconozco que ha sido divertido- repliqué, esforzándome por aparentar la misma naturalidad que él ante el final de nuestro baile.

-Bailar un poco no hace daño a nadie, mujer... ¿Quieres ir a ver los puestos?

-Oh, no gracias-dije sacudiéndome discretamente el vestido, asegurándome de que toda mi ropa seguía en su sitio tras el alocado baile- Esta mañana ya tuve suficiente, me resultaría un poco repetitivo verlos de nuevo.

-¿Qué te perece entonces ir a ver el espectáculo de malabares con fuegos? He oído que la bailarina es asombrosa.

-¿Enserio hace malabares con fuego? ¡Me gustaría mucho ver eso!

-Muy bien, ¡Pues vamos rápido a coger sitio o nos quitarán los mejores!

Salimos corriendo como dos niños pequeños por la plaza. Me sentía extraña, como muy alegre de repente, desinhibida, libre. Y era una sensación maravillosa. Adelanté a Axel riéndome y de repente oí su voz, alegre pero presurosa:

-¡Nadia, espera! ¡No corras tanto, se te ha caído la cinta del pelo!-paré, él llegó junto a mí y me la tendió- menos mal que estaba yo detrás para recogerla... por lo que veo sueles perder tus cosas con bastante frecuencia, ¿No es verdad?

-Gracias por recogerla- me toqué el pelo, comprobando, efectivamente, que la trenza se había deshecho al caer la cinta al suelo en mi alocada carrera. Me dispuse a rehacerla y a volver a atarme el lazo, pero entonces recapacité. Peiné un poco mi pelo suelto con los dedos y tendí la cinta Axel:

-Toma, te la devuelvo.

-¿Devolvérmela? ¿De qué hablas?

-Era sólo un préstamo, ¿Recuerdas? te dije que no pensaba aceptar ningún regalo. No puedo llevar este lazo en mi viaje, es un adorno que no necesito. Me lo puse para el concurso como me pediste, pero ahora, puesto que dicho concurso ha finalizado, y dado que la cinta la compraste tú, te pertenece. Es lícito que la lleves tú.

Creí que Axel rechazaría mi ofrecimiento o que me diría que él no necesitaba para nada un adorno para el pelo, o que al menos se resistiría un poco a aceptar. Pero en lugar de eso abrió mucho los ojos y sonrió nervioso, como aguantando algún tipo de sentimiento emocionante.

-¿Me estás diciendo que me das tu adorno? ¿Me das tu lazo, tu complemento? ¿Me lo das de verdad?

-Te repito que no es mío, sino tuyo... pero sí, te lo doy. Ten.

En cuanto lo tuvo entre las manos, Axel se arrodilló ante mí y me besó la mano.

-Ay, señora mía, me hacéis el caballero más feliz del mundo. ¡No os decepcionaré como Paladín, os lo juro! Mi prestigio será tan grande como vuestro título, que desde hoy hasta el día de mi muerte defenderé públicamente. ¡Seré conocido en todo el país!

-¿Qué?

-Vamos, mi señora, no seáis modesta, ¡Acabáis de otorgarme una prenda! eso me convierte en vuestro paladín... ahora sólo os queda encargarme una misión, que supongo que será algún tipo de arriesgado conflicto que tiene que ver con vuestro misterioso viaje. Confiadme pues, el entuerto, que yo me encargaré de...

-¡Axel! ¿Te has vuelto loco? ¡La prenda no es mía, es tuya! ¡Sólo te la he devuelto, te la he entregado por educación y no con ningún fin, mucho menos el de convertirte en paladín mío! ¡¡Levántate ahora mismo!!

-Como ordenéis, mi señora- Axel parecía orgulloso de haber conseguido por fin su codiciado y prestigioso título.

-¡¡¡Y deja de tratarme de vos!!! ¡Axel, no eres mi paladín! ¿Cuántas veces tendré que repetírtelo para que lo entiendas?

Y en esas estábamos, cuando el grupo de juglares al completo nos interrumpió de nuevo, como aquella misma mañana en la plaza del mercado.

-¡Vaya, vaya! Mira con quién estaba nuestra muchachita...-Telmo se rio.

-Claro, por eso no nos concedió el primer baile a nosotros... ¡Se lo estaba guardando a alguien!-Jaques completó la broma.

Todos rieron con ganas mientras yo sentía una especie de fuego creciendo en mi interior. Joseph los mandó calmarse y me tomó del brazo:

-Casi no te encontramos, eres muy escurridiza. Tenemos que irnos Nadia, es tardísimo...

-¿Tardísimo para qué? Pero si la fiesta está en pleno apogeo...

¡Mírala!-saltó Dante- al final la duquesita le va a coger gustillo a las fiestas del pueblo...

-Debemos irnos ya, la noche es larga y aún nos queda mucho por hacer, hay que aprovechar el tiempo- Kamal apoyaba a Joseph y le instaba a darse prisa. Joseph comenzó a arrastrarme y no pude hacer nada, pues él, evidentemente, era también muchísimo más fuerte que yo. Nos alejábamos rápidamente de la plaza.

-Pero esperad... ¿A qué se debe esta prisa? ¿Dónde demonios vamos?- me giré abrupta y brusca hacia Axel- ¡Tú! Devuélveme la cinta. ¡No es ninguna prenda!

-¡No te preocupes, la guardaré muy bien y la próxima vez que nos veamos te rendiré pleitesía oficialmente!

-¡¡¡Axel, no eres mi paladín!!!

-¡¡Gracias por esta promesa!! -Gritó justo antes de que el gentío me hiciera perderlo de vista, agitando la mano que portaba la cinta para despedirse y sonriendo apuesto y seguro.

-¿Pero es que no me oyes? ¡Yo no te he hecho ninguna promesa, no te debo nada! ¡Y no vamos a volver a vernos! ¡Axel! ¡Axeeel!

-¿Quieres parar de gritar? ¿Qué te ha pasado con ese muchacho?

-Dios santo, no vamos a volver a vernos, y tiene la cinta... cree que es mi paladín, ¿¡Y si va a Campoflorido a reclamar algún derecho que cree lícito y se descubre todo este asunto!?

-¿Alguien más cree que está desvariando por su amorcito perdido, o sólo soy yo?

-¡Dante, esto es muy grave! Dios mío por favor, haz que guarde silencio, que no se vaya de la lengua... Estúpido pelirrojo, ¡Lo mandaré matar!

-Nadia, creo que estás un poco nerviosa, deberías descansar...- Kamal se mostraba educado conmigo a pesar de su carácter distante.

Corriendo entre las callejuelas habíamos llegado a la placita donde los carros de los juglares permanecían bien atados y recogidos. Todos subieron y nos pusimos en marcha en apenas segundos.

-¿Va a decirme alguien adónde vamos?- Dije mientras me calaba bien la capa, pues la brisa nocturna comenzaba a tornarse en aire frío.

-¡A disfrutar de nuestro merecidísimo premio como los ganadores indiscutibles del concurso de Hiedrazul!-Dante estaba exultante.

-¿Y qué significa eso?

-Con una fiesta tan animada nos hemos separado un poco y no hemos tenido tiempo de explicártelo- Joseph también parecía muy alegre- El premio por ganar el concurso de Hiedrazul es una estancia de dos noches en la pensión más lujosa de toda la ciudad. Es tan exclusiva y rica que sólo abre una vez al año, durante este festival, y sólo la gente de alta cuna puede permitirse reservar una habitación. Es un sitio misterioso regentado por unas muchachas muy especiales.

-¡Ay Dios santo! ¿Vais a llevarme a uno de esos sitios? ¿Esas casas de... meretrices? -formulé la última pregunta con un hilillo de voz.

Dante casi se cae del carro de risa.

-¡Jajajaja! ¡Pero qué ocurrencias tiene esta chica! ¿Cómo puedes imaginar esas cosas?

-Es una taberna de lujo, Nadia, no un bar de prostitutas...-Joseph rio con ganas- ya verás, es preciosa, te va a encantar el sitio.

-Es decir, que lo he pasado mal, he ensayado con vosotros, aprendido canciones, gritado, llorado y he pasado por todo esto... ¿Sólo por dos noches en una taberna que en circunstancias normales podría haberme permitido pagar?

-No lo veas desde esa perspectiva tan ceniza, damita... Te lo has pasado bien, ¿No? y ahora va a ser aún mejor... Ala, ya hemos llegado. ¡Esto no ha hecho más que empezar!

Los carros se detuvieron y todos bajamos. Nos encontrábamos, efectivamente, en un extremo de la muralla de Hiedrazul, en una especie de explanada casi yerma. Frente a nosotros se encontraba un ingente edificio que nada tenía que ver con un fuerte o un castillo. Me hizo mucha gracia, porque, bajo la escasa luz de la luna, parecía una casa de muñecas gigantesca. Adiviné que era bonito, pero no se veía ninguna luz encendida, por lo que también tenía cierto aire siniestro que me ponía nerviosa. Todos avanzamos juntos hasta la puerta.

-Bienvenida a la taberna de Suri y Panta-susurró Joseph.

-¿Qué es eso?

-Suri y Panta son las hermanas que regentan este sitio, las dueñas del lugar. Son fantásticas, seguro que les caes en gracia, y ellas a ti también.

Tocó fuertemente en la puerta de madera. Un pequeño hueco rectangular se abrió y unos ojos enormes y oscuros se asomaron.

-¿Quién va?

-Los ganadores del concurso de Hiedrazul de este año-Joseph deslizó un pergamino por el hueco. Oí una risa musical y la puerta se abrió.


La luz me dio de lleno en los ojos, cálida pero cegadora, así que mientras atravesábamos el umbral de la taberna, no pude ver nada.