viernes, 21 de febrero de 2014

''El romance de Nadia'' capítulo 3

Capítulo 3

Tenía que hacer algo, pero sabía perfectamente que no podía. ¿Cuándo había podido una muchacha de 16 años parar una boda, su propia boda? Necesitaba ideas, consuelo, apoyo, una conversación, algo. Me sentía terriblemente sola...

Tras un rato de reflexión inútil y pesimista, decidí ir a ver a mi hermana. Si bien era cierto que Liana no iba a acercarse a mí para consolarme, sino que más bien lo haría para matarme, también era cierto que no dejaba de ser mi hermana, y que últimamente se encontraba un tanto más calmada.

Enjugándome las últimas lágrimas que asomaban a mis ojos, me levanté y en silencio, para no cruzarme con mis padres a los que en ese momento odiaba hasta el punto de no querer siquiera verlos, me deslicé hasta las escaleras que descendían a las mazmorras.

Sin embargo, no llegué a entrar, pues una criada de unos 20 años que llevaba bastante tiempo sirviendo para mi familia llamada Amaya me detuvo antes:

-Señora mía, no debéis entrar, no ahora. La señora Liana está fuera de sí, y entre varios hombres intentan controlarla... No os conviene verla así, podría heriros.

Se me cayó el alma a los pies.

-Oh...comprendo-musité- Amaya, avísame cuando vuelva a estar serena, me gustaría verla-Me di la vuelta y me disponía a marcharme cuando...

-Os conviene algo frío, un poco de hielo de la última nevada quizás.

-¿Qué quieres decir?- No entendí a lo que Amaya se refería. Ella, por toda respuesta, recogió de un cubo cercano un gran trozo de vidrio de los muchos que mi hermana había roto y me lo mostró.

Allí estaban, en mi mejilla izquierda, perfectamente señalados, los dedos de la mano de mi padre. Muerta de vergüenza, aparté mi rostro del reflejo en el cristal. Amaya me agarró las manos suavemente.

-Mi señora, id a vuestra alcoba a descansar. Yo os llevaré enseguida un pedazo de hielo y os avisaré cuando podáis ver a vuestra hermana.

Tras aplicarme el hielo y llorar un poco más con Amaya (intenté contener la pena, pero no podía, y no encontraba ningún consuelo) me dormí agotada.

-Mi señora...mi señora...

-¡Aaaah! ¿Qué pasa?-me incorporé en la cama muy sobresaltada.


-Lleváis horas durmiendo, mi señora. He decidido despertaros porque la señora Liana ya se encuentra perfectamente calmada.


-Muy bien, bajaré a verla en este mismo instante. Tu remedio del hielo ha funcionado, Amaya. Ya no me duele.


-Es mi deber, señora. Acompañadme.


Y así, medio dormida, bajé por fin a las mazmorras a ver a mi hermana. A medida que descendíamos por los escalones de piedra maciza, yo iba oyendo, cada vez más nítidamente, un sonido que me resultaba familiar aunque no lograba identificarlo.

Sólo cuando vi las caras de asombro de los guardias que custodiaban la puerta de entrada a las mazmorras, lo recordé.

Era el sonido de la voz de mi hermana. Liana estaba cantando de nuevo.


-¿Cuánto... cuánto tiempo lleva...?-la emoción me impedía preguntar debidamente a los guardias.


-Ha comenzado a entonar hace apenas unos minutos, mi señora- Respondió uno de ellos- al principio no decía más que palabras sin sentido, pero de repente hemos distinguido la melodía, y...


Sin prestar más atención al guardia, empujé el portón de madera y entré.


Mi hermana estaba arrodillada de perfil a la puerta con barrotes de la celda, de forma que yo sólo le veía el lado izquierdo del rostro. Tenía la mirada fija en la pared, aunque se notaba que no estaba mirando a ningún punto en concreto, y farfullaba cosas sin sentido. De pronto, con una voz dulce y pausada que me resultó bastante inquietante comenzó a cantar una misteriosa melodía:


Estoy hecha de magia y luz,
Dentro de mí llevo la eternidad,
Con mi canto abriré la puerta al más allá,
Y sólo si te duermes me podrás encontrar...

De repente se calló, y aunque esperé con el corazón en un puño por si reanudaba su extraño canto, nada sucedió. Me decidí pues, a hablarle.

-Liana...-susurré, pues no quería turbarla en modo alguno.

Se giró lentamente hasta que sus ojos negros se clavaron en los míos. Con la misma voz dulce e inquietante con la que había cantado, preguntó:

-¿Sí? ¿Qué deseas?

Mi hermana estaba empezando a darme miedo, mirándome fijamente sin pestañear siquiera una vez, pero con todo, me senté en el suelo frente a ella y comencé a desahogarme:

-Liana...padre me ha pegado. Me ha dado una bofetada.

-Ya veo- mi hermana mantenía el tono pausado y monocorde- bien, devuélvesela.

A pesar de lo dramático de la situación, no pude evitar sonreír un poco.

-¿Pero qué dices, Liana? no puedo hacer eso, ¡Sería una locura!

-Yo lo haría. De hecho ya lo he hecho.

-Sí, y más de una vez. Por eso estás aquí, por pegarle a nuestro padre.

-No me arrepiento. Es un cerdo.

-No digas esas cosas... muestra un poco de respeto.

Mi hermana no respondió, y continuó inmóvil, con la mirada perdida y fija en mí. Tras un corto silencio, volví a la carga.

-Padre también me ha dado una noticia... me ha anunciado mi compromiso con un joven noble que pronto será armado caballero.

-Vaya, prometida. Qué bonito.

-No, no es bonito, Liana, es horrible. ¡Yo no quiero estar prometida!

-¿Por qué? ¿Acaso no le amas?

-¡Ni siquiera le conozco!

-Ah. Matrimonio por conveniencia. Ya veo. Buena suerte.

-¿Bu...buena suerte?-me esperaba muchas posibles respuestas de mi hermana, pero no aquella precisamente-¿Qué quieres decir?

-Quiero decir simplemente que vas a necesitar mucha suerte. Si no te toca un maltratador, entonces será un caprichoso, un viejo, un infiel que te llenará la casa de putas o un liante de cuidado. En cualquier caso, será un desgraciado que hará de tu vida un infierno. Casi todos los de la corte son así.

-Pero Liana...-Se suponía que ella iba a animarme. Por un segundo había olvidado que mi hermana no se encontraba del todo bien y que decía lo primero que se le pasaba por la cabeza...pero, ¿y si tenía razón? ¿Y si mi futuro esposo me pegaba o... algo peor? ¿Y si me violaba? ni siquiera era capaz de imaginarlo- Yo no quiero casarme con un desconocido. ¡No podré soportarlo!

Comencé a llorar de nuevo, pero mi hermana se encargó de hacerme callar con gruñidos, para después recuperar el tono monocorde y decirme:


-Me parece que tú eres un poco tonta. La solución es bien simple. Huye.


-¿¡Qué!?-La miré horrorizada- Sabía que no debería haber venido a hablar con una loca. ¡Huir! ¿En qué cabeza cabe, por Dios bendito? ¿Cómo se supone que debo huir?


-A pie para no llamar la atención. El camino está poblado de bosque, así que puedes esconderte. Coge un zurrón con algunas pertenencias y parte al amanecer, cuando nadie haya despertado aún. No es tan difícil, esto no es una novela de caballerías.


-Pero...pero... ¿Adónde pretendes que me dirija?


-Eso depende de ti, ¿no crees? elige un buen lugar para establecerte y donde estés segura de que no te van a encontrar. Si tu vida es tan horrible como dices, esfuérzate para cambiarla. No te lo voy a dar yo todo hecho, estúpida.


-Pero ¿Cómo puedes decir esas cosas? ¡Eres cruel!, no estoy pidiendo tanto, ¿sabes? Sólo quiero que vuelvas a estar bien, y que podamos hacer cosas divertidas juntas de nuevo, y que padre anule esa estúpida boda, y que podamos ir a Gubraz juntas, para que yo pueda aprender muchas cosas y conocer a un caballero bueno de verdad, como tú cuando conociste al caballero de oro...


De repente, mi hermana se lanzó contra los barrotes de la celda y a punto estuvo de agarrarme. Yo retrocedí asustada en el último segundo.


-¿¿¡¡Qué has dicho!!??-me gritó fuera de sí.


-Yo no he dicho nada-logré responder con un hilillo de voz.


-¡¡¡Mientes!!! Lo has nombrado, a él también lo tienes preso aquí. ¡Dime donde está, zorra! Libérale o te mato.


-Liana, cálmate, ¡por el amor de Dios! yo no he capturado a nadie. ¡Cálmate! o vendrán los...-en ese mismo instante entraron los guardias, que junto con Amaya, me hicieron salir del lugar para evitar que viera cómo reprimían a Liana. Antes de que las puertas se cerraran del todo, la voz de mi hermana resonó por todo el castillo:


-¡¡¡Guárdate bien las espaldas porque juro por Dios que te mataré, bruja!!!


-No hagáis caso, mi señora-Amaya me miró triste- estoy segura de que la señora Liana no siente realmente lo que dice.


-Lo sé, Amaya, pero aun así es duro oírselo decir. Es como si mi hermana no fuera ella misma. Es como si fuera una marioneta, como si alguien la controlase, como...


-Como un hechizo de un cuento.


Miré a Amaya con los ojos muy abiertos


-¡Claro! ¡Un hechizo! Tienes toda la razón, Amaya. ¿Y si mi hermana no estuviera enferma sino hechizada? ¡Como una maldición! ¡Eso es lo que les ocurre a muchas doncellas en las historias y cuentos que he leído!


-Vos lo habéis dicho, mi señora, en los cuentos, en las leyendas... pero no aquí, en la realidad.


-Me da igual lo que pienses, Amaya. Se me ha ocurrido una idea, y la voy a poner en práctica.- Y sin querer oír nada más de lo que Amaya me decía, salí corriendo de las mazmorras, recorrí todos los pasillos del castillo y llegué, casi sin aliento, a la capilla del patio principal, Donde, con las últimas luces del atardecer tiñendo de dorado todo lo que alcanzaban a tocar, pedí a Dios por mi hermana. Cuando me levanté, había determinación en mis ojos por primera vez en mucho tiempo. Tenía que hacer algo para ayudar a mi hermana. Por primera vez en mi vida, me tocaba ser valiente.


miércoles, 12 de febrero de 2014

El romance de Nadia, capítulo 2

Capítulo 2

-Mi señora, el señor duque reclama vuestra presencia en el salón principal lo más pronto que os sea posible.

-Acudiré en un instante-mi voz soñolienta resonó por toda mi alcoba.

Hacía poco más de un mes desde que mi hermana, o lo que quedaba de ella mejor dicho, había vuelto a casa desde Gubraz.

El mismo día que volvió, el día en el que intentó matarme por primera vez, mi padre hizo venir al médico de Campoflorido, que diagnosticó que probablemente Liana había sufrido algún accidente como un golpe fuerte en la cabeza, y que se encontraba desorientada y muy cansada. Nos recomendó que la dejásemos dormir cuanto quisiera y se fue, así que a primera hora de la tarde los soldados de la capital y mi padre metieron a un agotadísima Liana en sus aposentos y echaron la llave. Poco después los soldados partieron de vuelta a Gubraz con la jaula vacía y una carta de mi padre en la que exigía explicaciones al príncipe por todo lo sucedido.
Mi madre pasó la tarde en cama y yo la pasé llorando, pero al menos confiábamos en que a la mañana siguiente mi hermana volvería a estar bien.

Por supuesto, confiar en esa idea fue un tremendo error.

Cuando mi padre abrió la puerta de la habitación de Liana, pudimos ver cómo el aposento estaba completamente destrozado.
Mi hermana había hecho trizas toda su ropa, las almohadas y las cortinas. Había trozos de cristales rotos por doquier, el dosel y el colchón de la cama estaban hechos pedazos, y la cómoda de madera tenía visibles marcas de golpes. Mi hermana estaba acurrucada en una esquina, llorando.
En cuanto mi padre puso un pie en la habitación y preguntó: <<Liana, hija mía, pero ¿Qué ha pasado aquí?>>, se lanzó contra él mientras gritaba atemorizada. Cuando mi madre intentó calmarla también la atacó, y yo ni siquiera me acerqué. Mi hermana no paraba de proferir tacos, juramentos y maldiciones, y no dejaba de insistir en que nos mataría a todos.

Varias veces la cambiaron mis padres de cuarto en tres días, y con el mismo resultado. Liana no paraba de lesionarse y de destrozar todo lo que se le ponía por delante. Cada vez estaba peor.
Finalmente, al amanecer del cuarto día, mi padre hizo que limpiaran a fondo una celda del sótano. Allí, tras asegurarse de que no había nada cortante a su alcance, instaló a mi hermana, y en la celda llevaba casi un mes. Yo bajaba a verla casi todos los días, y aunque al principio siempre se repetía la misma escena (ella enloquecía e intentaba alcanzarme tras los barrotes de la celda, y yo lloraba) lo cierto era que mi hermana había experimentado cierta mejoría. Le seguían dando ataques de locura, pero al menos ahora no intentaba matarnos siempre.
De todas formas las esperanzas eran muy escasas, porque ninguno de los médicos a los que habíamos consultado encontraba una explicación, mucho menos una cura. En cuanto a la carta del príncipe, era terriblemente imprecisa: explicaba que Liana no llegó a Gubraz, que cuando la guardia real la encontró estaba sin escolta en el bosque y ya parecía trastornada, y que la enviaron de vuelta con nosotros por tal motivo. Contenía muchas afirmaciones sospechosas y también algo de información contradictoria, por lo que mi padre, alterado, no cesaba de escribir hasta pergaminos enteros protestando y pidiendo explicaciones.

Era el día de los enamorados, y mi padre me había llamado para hablar con él. Yo sólo esperaba que fuera rápido. Estaba triste, porque los 14 de febrero, Liana y yo solíamos ir a la pradera a por flores rojas para regalárselas a nuestros padres. Mientras las recogíamos solíamos bromear acerca de cuál de las dos se casaría antes y con quién. Ahora, todo aquello me parecía una soberana tontería.


Reprimiendo una lágrima, entré en el salón principal.


-¿Me llamabais, padre?


-Hija, tu padre quiere darte una noticia-dijo mi madre, que desde que mi hermana volvió, estaba todo el tiempo ausente y rara vez hablaba.


-Nadia- la voz de mi padre era firme y determinada- sabes que tienes ya 16 años, y aunque seas la menor de mis hijas, ya no eres ninguna niña...


-Lo sé, padre.


-Eres toda una mujer, Nadia. Una mujer excepcional. Y toda mujer excepcional necesita un marido excepcional.


Abrí de par en par los ojos. No quería ni imaginar adónde pretendía llegar mi padre con sus palabras.


-He decidido prometerte a un noble varón. Precisamente hoy ha llegado la confirmación desde su casa. Están interesados en ti y tu dote.


-Padre...-Me sentí paralizada- padre, eso no puede ser cierto. Vos siempre lo decíais, os casasteis con madre por amor. Decíais que Liana y yo teníamos derecho a abrigar al amor en nuestros corazones, y a ser amadas de igual modo. ¿Y ahora pretendéis casarme con un completo extraño?


-Nadia, basta. Te estoy hablando enserio. Y no es que pretenda comprometerte, es que ya estás comprometida.


-Pero vos decíais que el amor...


-¡Yo decía esas cosas antes de que tu hermana enfermara!- Mi padre cada vez estaba más enfadado- Nadia, Campoflorido, nuestro pueblo, no está pasando por su momento más próspero. La dote de Liana sirvió para atraer la atención de la familia del pretendiente, y sus progenitores solicitaron enseguida una petición de compromiso. Todo estaba prácticamente arreglado y fijado, y la boda de tu hermana nos iba a beneficiar mucho económicamente, pero ella...no está en condiciones de ser desposada. Las negociaciones continuaron desde que tu hermana volvió, y finalmente, ambas familias hemos decidido que aunque tu dote es algo más pequeña que la de Liana por ser tú la menor, el compromiso seguirá en pie por el beneficio nobiliario y económico de nuestras nobles casas.


-¿¡Qué!? ¿¡Ibais a entregar a Liana al mismo hombre al que ahora me vais a entregar a mí!? ¿¿¡¡Y todo por dinero!!?? ¿¡Es que acaso me estáis diciendo que mientras mi hermana yace en una celda, vos sólo pensáis en usarme a mí como moneda de cambio!?- En circunstancias normales jamás me habría atrevido a hablarle así a mi padre, pero el último mes de mi vida había sido muy doloroso, y no podía soportar nada más.


-Nadia, te estoy diciendo que necesitamos ese dinero.


-¿¡Para qué demonios queréis más dinero, por Dios!?-Me estaba comportando como una chiquilla malcriada gritando y llorando, pero no me importaba.


-¡¡Para evitar que nuestro pueblo se muera de hambre, Nadia!! ¡¡Para salvar vidas y evitar revueltas políticas que no nos convienen!! ¿¡Qué vas a entender tú de esto, chiquilla insolente!?-Mi padre señalaba enérgicamente colina abajo, en la dirección del pueblo.


-Pe...pero entonces... si necesitamos el dinero cuanto antes... seguro que habéis elegido a un caballero viejo y enfermo a las puertas de la muerte... para que yo pueda tener herencia pronto... ¡Voy a ser viuda con 17 años!-seguí llorando, esta vez más afectada-¿Es eso, padre?


El iracundo rostro de mi padre se relajó un tanto, e incluso esbozó algo parecido a una sonrisa.


-Hija, debes dejar de leer las historias de juglares que tenemos en la biblioteca-su rostro se tornó sereno, determinado- Nadia, no puedo creer que pienses algo así. Soy tu padre y te quiero, conozco tu carácter y tus gustos, ¿crees que habría elegido a un mal esposo para ti?


-Pero...-farfullé tímidamente.


-Nadia, escúchame y créeme. He elegido para ti al mejor pretendiente posible. Es hijo de duques, como tú. Su familia proviene del norte y es próspera y noble como la nuestra. Creo, además, que solo es unos pocos años mayor que tú, y es un muchacho noble, virtuoso y valiente. Pronto será nombrado caballero, y hasta entonces no os casaréis. Pero tranquila, estoy seguro de que tendréis multitud de intereses en común. Su nombre es Flavius, Flavius de Bosqueumbrío, y...


Y mi padre continuó hablando, pero yo ya no lo escuché. No era una posibilidad remota, todo aquello estaba pasando de verdad. Y no era un pretendiente cualquiera. Mi futuro marido tenía nombre y apellidos, y título nobiliario.

Pensé en el escudo de armas de mi familia: Campoflorido, un antiguo apellido de la más alta cuna que hacía referencia a la famosa región del sur del país de donde provenía mi familia. Era colorido, noble, brillante, cálido. ¿Cómo sería el escudo de armas de un apellido tan sobrio, tan frío y tan distinto al mío como era Bosqueumbrío? No quería descubrirlo, por nada del mundo.

-¡Padre, callaos, callaos de una vez!


Semejante interrupción hizo que hasta mi madre saliera momentáneamente de su traumático sopor para mirarme estupefacta. El rostro de mi padre fue tiñéndose poco a poco del rojo de la ira, y con la mirada más gélida que jamás me había dirigido, me gritó:


-¿¿¡¡Qué has dicho, Nadia!!??


Intentando conservar la minúscula parte de serenidad que quedaba dentro de mí, dejé de llorar y comencé a hablar:


-Sois un completo ignorante, padre. Ese ha sido siempre vuestro problema. Creéis que lo controláis y que lo sabéis todo, pero lo cierto es que sois un completo inepto. Creíais que conocíais a Liana, pero no podéis siquiera imaginar lo que ella realmente anhelaba- pensé en el caballero de oro y en que yo era la única que conocía el secreto de los amoríos de mi hermana- y ahora que su conducta ha escapado a vuestro control, os habéis limitado a encerrarla como si fuera un animal peligroso. Y como también creéis que lo sabéis todo sobre mí, pretendéis casarme con el ''pretendiente perfecto''- poniendo una voz burlona, imité las palabras de mi padre- ''Estoy seguro de que tendréis multitud de intereses en común''. Por favor, padre, no me hagáis reír. ¿Nadia de Campoflorido y Flavius de Bosqueumbrío? ¡No coincidimos ni siquiera en el apellido, padre!


-¡Nadia!-mi padre estaba fuera de sí- ¡¡¡Se me está agotando la paciencia!!! 


-¡¡¡La mía ya está agotada!!!-Chillé desesperada- ¡En lugar de ocuparos de que Liana vuelva a ser la de antes os ocupáis de venderme a un desconocido como si yo fuera una presa de caza cualquiera! Me avergüenzo de pertenecer a esta familia y me avergüenzo de vos, y no voy a casarme con nadie porque...


Antes de que pudiera seguir hablando, mi padre se levantó de su sillón de madera y me cruzó la mejilla izquierda de una bofetada. Mientras, por el dolor, empezaban a caer lágrimas de mis ojos, lo miré sorprendida.

Era perfectamente legal que un padre le pegara a su hijo o hija, y de hecho, yo sabía de muchas doncellas que vivían atemorizadas por ello. Pero aquella era la primera vez en 16 años que mi padre me ponía la mano encima. Apenas podía creerlo.

Tras un silencio tenso y que se hizo interminable, mi padre se sentó de nuevo y habló con un tono frío y afilado:


-Nadia, en cuanto el mensajero de los duques de Bosqueumbrío llegue con el decreto real que nombra a Flavius caballero, entre finales de primavera y principios de verano, te casarás con él, tanto si lo deseas como si no. Sal de aquí ahora.


Le dirigí una mirada de desprecio a mi padre. A continuación, me arrodillé ante mi madre.

-Madre por favor, no permitáis que me venda como a un animal. No permitáis que me aparten de mi hogar, os lo suplico-Mi madre comenzó a llorar igual de apenada que yo, pero se quedó callada y no movió ni un músculo por mí.


Mi padre volvió a levantarse y levantó el brazo de nuevo, haciendo ademán de volver a pegarme. Como un cervatillo asustado, salí corriendo del salón principal, y no me detuve ni a respirar hasta que no atranqué la gruesa puerta de madera de mi alcoba.

domingo, 9 de febrero de 2014

''El romance de Nadia'' Capítulo 1

Capítulo 1

El día que mi hermana se volvió loca, yo estaba cantando en la pradera.

Pero desde luego, esta no es forma de empezar a contar una historia. Comencemos, pues, por el principio.
Mi nombre es Nadia, Nadia de Campoflorido, y, cuando comenzó mi historia, yo acababa de cumplir 16 años.

Aún recuerdo aquel día, una soleada aunque ligeramente fría mañana de mediados de Enero. Mi hermana, a sus 18 años, se encontraba pasando unas semanas en Gubraz, la capital del reino, en el palacio real. Al cumplir los 16 años, el rey Todrík (gran amigo de mi padre, el duque de Campoflorido) había concedido a mi familia el honor de acogernos a mi hermana y a mí como discípulas en la corte real, para que nuestra formación como damas fuera mucho más completa. Mi hermana acudía durante algunas semanas de cada estación a Gubraz, y esta costumbre no se había interrumpido ni siquiera el año anterior, cuando el rey falleció tras muchos años de lucha contra una larga enfermedad.
Mas sin embargo, era por fin mi turno. En primavera, por fin acompañaría a mi hermana a la corte, por fin aprendería idiomas, danza, música, historia... y además, conocería a mi futuro cuñado.

Oh, ¿No lo he mencionado? al poco tiempo de llegar a Gubraz, mi hermana había quedado prendada de un caballero de la corte. Me sentía muy honrada, ya que el asunto era un secreto entre ella y yo, nadie más lo sabía. Pero tan reservada y misteriosa era mi hermana, que yo no sabía siquiera su nombre. Aunque sí su apodo.
El caballero de oro, así lo llamaban en la corte, pues tenía los ojos y el pelo tan dorados como el mismo sol, y sus ropajes siempre resplandecían con adornos y bordados de ese color. Yo, que me lo imaginaba guapísimo, estaba deseando conocerle.

En estas y otras cuestiones me entretenía mientras tarareaba por lo bajo y ataba flores unas con otras para formar una corona, sentada en la pradera del castillo de mi familia. Era un lugar maravilloso, localizado en la parte trasera del castillo, con flores todo el año (excepto en otoño, cuando el suelo se cubría completamente de enormes hojas de tonos rojizos de los grandes árboles que la circundaban). A mi hermana y a mí nos encantaba ir allí a practicar nuestro don especial: cantar.
Ella, con su voz cálida y serena, podía hacerte dormir tranquilo aunque estuvieras muy nervioso, y yo, con mi aflautada voz de dulce pajarito, animaba cualquier reunión. Al cumplir los diez años, mi padre le había entregado un colgante de auténtica plata con forma de clave de fa a mi hermana, y a mí, con forma de clave de sol. Eran nuestros tesoros más preciados, y siempre los llevábamos puestos.

De repente, los guardias comenzaron a entonar la marcha de bienvenida del castillo desde las altas torres. Mi hermana había vuelto. Me puse la colorida corona de flores en el pelo, y, levantándome de un salto, fui corriendo hasta el castillo. Sin embargo, antes de alcanzar la puerta trasera, la marcha cesó inesperadamente. Extrañada, me pregunté si los guardias no se habrían equivocado y no sería mi hermana la recién llegada. Pero entonces, ¿Quién?

Salí al patio principal. Mis padres ya se encontraban allí, con un semblante terriblemente serio y preocupado. Frente a ellos había dos caballeros en sendos caballos castaños blandiendo el estandarte de Gubraz, y tras ellos, algo parecido a un carruaje. Aunque no tenía ventanas, sino barrotes, y parecía asfixiantemente pequeño.
Y entonces caí en la cuenta de que aquello no era ningún carruaje. Era una jaula para transportar prisioneros.

Aquello no tenía ningún sentido para mí. ¿Qué hacía una jaula en el castillo de Campoflorido?
Uno de los soldados llamó a mi padre y, apartándolo de mi madre y de mí, empezó a hablar con él nerviosamente y en voz muy baja. De repente, la expresión de mi padre se tornó agresiva, y amenazando al soldado, empezó a vociferar:

-¡¡soltadla!! ¡¡Soltadla malnacidos!! ¡¡Traedme mi espada, en el nombre de dios!!

Problemas. Mi padre, caballero cristiano por excelencia, jamás pronunciaba el nombre de Dios en vano, y mucho menos en mi presencia o en la de mi madre. Estaba pasando algo grave.

Atemorizados, porque mi padre había conseguido que un criado le trajese su espada, los soldados de Gubraz abrieron lentamente el pesado cerrojo de la jaula.

No quiero imaginar la cara que debí poner al ver bajar a mi hermana.

Mi padre montó en cólera, y si entre varios sirvientes no llegan a sujetarlo, es cosa sabida que los soldados habrían hallado la muerte en ese mismo momento. Mi madre lanzó un alarido de horror y permaneció inmóvil como una estatua y con los ojos fijos en mi hermana.

No era la misma muchacha que se había ido semanas atrás. Mi hermana estaba en los huesos, pálida (o mejor dicho, cenicienta) como nunca la había visto. Sus ojos, vidriosos, no paraban de moverse de un lado a otro frenéticamente, como buscando algo, y lucía en el rostro una expresión de miedo que me dio escalofríos. Sus brazos y su cuello estaban llenos de moratones y arañazos, y su hermosa y ondulada melena negra le caía a ambos lados del rostro de una forma tan desordenada que parecía imposible estar más despeinada.

-Liana...-Susurré su nombre atemorizada y di un paso vacilante hacia ella.
Liana empezó a mirar en todas direcciones al oír su nombre hasta que, parpadeando, fijó su vista en mí. Me miró como si fuera la primera vez que me viera en su vida, y con un hilo de voz apagada preguntó:

-¿Quién eres? ¿Dónde estoy?

Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas en cuanto la oí hablar. ¿Dónde estaba la limpia y cálida voz de mi hermana? ¿Y mi hermana, dónde estaba? porque no era aquella doncella que yo tenía delante.

-Liana...soy yo, Nadia-le hablé con un tono calmado, ya que se la veía muy trastornada- y estás en casa, sana y salva.

-Es... ¿Estoy en casa?- mi hermana empezó a llorar, como si no se creyera que de verdad estaba en su hogar.

-Pues claro que sí, Liana. Estás en casa- me acerqué más a ella y le puse la corona de flores en la maraña de pelo. Le acaricié suavemente la mejilla, y, al mirarla de cerca, noté en ella un detalle bastante inusual.

-Liana, ¿Dónde está tu colgante? ¿Dónde está tu clave de fa?

Y entonces mi hermana estalló. Abrió los ojos como platos y empezó a arañarse el cuello buscando desesperada el cordón del que normalmente pendía su colgante. Al no encontrarlo empezó a mirar a todos lados gritando desesperada:

-¡por favor no te lo lleves! ¡Ten piedad por favor, no me lo quites! ¡No me lo quites!

En cuanto acabó de gritar, se lanzó contra la persona que tenía más cerca, es decir, contra mí. Mientras que con una mano me agarró con fuerza, arañándome, con la otra empezó a tirarme del pelo. Yo empecé a lanzar gritos desesperados, no solo por el dolor, sino por la sorpresa. Mi hermana jamás me había puesto un dedo encima en sus 18 años, rara vez nos peleábamos. Y ahora estaba intentando hacerme el máximo daño posible. Y lo estaba logrando.

Entre mi padre y los dos soldados de Gubraz consiguieron quitármela de encima, aunque Liana no dejó de morder, arañar y gritar en ningún momento. Al ver la escena, mi madre se desmayó, y los sirvientes que estaban en el patio la llevaron rápidamente a sus aposentos. Mi padre y los soldados metieron de nuevo a Liana en la jaula, y discutiendo fuertemente, entraron también en el castillo.

Me vi, de pronto, sola en medio del patio, con unos cuantos arañazos en el brazo derecho y un fuerte dolor de cabeza. No entendía nada de lo que había pasado con Liana, solo sabía que sentía mucho miedo por ella. Bajé la vista al suelo y vi ante mí la corona de flores, pisoteada y rota para siempre. Rota, como mi hermana. Sin poder soportarlo más, me arrodillé en el suelo de piedra y comencé a llorar.

La historia sin nombre...pero eso sí, medieval.

Esta historia nació hace bastante tiempo en mi mente. Está inspirada en el maravilloso libro de Laura Gallego ''Donde los árboles cantan'', por lo que quiero ambientarla en una época medieval donde haya magia, música, romance, aventuras y un poco de todo.

Mi intención inicial es ir publicando las diferentes partes de la historia con aclaraciones y datos, incluso me ayudaré de canciones, vídeos e imágenes. Vamos, que quiero que quede bien bonita.

¿Problemas? por supuesto. Para empezar, la historia no tiene título.Sí, ya estoy oyendo ''¿Qué clase de aspirante a escritora eres tú que no le encuentras título a una historia?'' pues no, no se lo encuentro. Ninguno me parece bueno. Supongo que la llamaré ''El romance de Nadia'' de momento, para no perderme. Pero ese desde luego no es un título definitivo.
En cuanto a los personajes, los diálogos o las situaciones... por favor, espero que nadie se enfade o se ofenda. No tengo absolutamente nada en contra de ningún tipo de persona, clase, ideología o creencia. Si hago comentarios medievales racistas es porque son medievales. Todo es ficción y producto de la imaginación de una adolescente loca. No os lo toméis enserio ni por un segundo.

Espero que, si la leéis, os guste mucho. Espero que me ayudéis a mejorar y que os compadezcáis de mí si cometo errores terribles y garrafales. No soy ninguna profesional.

Por último... ya os adelanto que a mí me encantan los finales felices de cuento, así que no os esperéis mucho drama, ¡al menos no esta vez!

¡¡GRACIAS SI LEÉIS ESTOO!! =D

Emocionada

¡Hola a todos! Estoy muy emocionada, los que me conocen saben que llevo años queriendo crear un blog donde escribir mis relatos, historias y opiniones, pero no lo había hecho nunca por cobardía. Siempre pensaba ''pero bueno, aunque me guste escribir, ¿quién me va a leer a mí?'' y no es que ahora piense de forma diferente, pero he decidido que ya que voy a escribir lo que me dé la gana y a intentarlo, qué mínimo que tener un rinconcillo para mí, ¡aunque sea en internet!

Si alguna vez leéis algo que os guste aquí en mi blog, me haréis tremendamente feliz si me lo decís, ya sea en comentario, vía twitter o como queráis. ¡Espero que os gusten mis historias, porque todas van con cariño siempre!