viernes, 21 de febrero de 2014

''El romance de Nadia'' capítulo 3

Capítulo 3

Tenía que hacer algo, pero sabía perfectamente que no podía. ¿Cuándo había podido una muchacha de 16 años parar una boda, su propia boda? Necesitaba ideas, consuelo, apoyo, una conversación, algo. Me sentía terriblemente sola...

Tras un rato de reflexión inútil y pesimista, decidí ir a ver a mi hermana. Si bien era cierto que Liana no iba a acercarse a mí para consolarme, sino que más bien lo haría para matarme, también era cierto que no dejaba de ser mi hermana, y que últimamente se encontraba un tanto más calmada.

Enjugándome las últimas lágrimas que asomaban a mis ojos, me levanté y en silencio, para no cruzarme con mis padres a los que en ese momento odiaba hasta el punto de no querer siquiera verlos, me deslicé hasta las escaleras que descendían a las mazmorras.

Sin embargo, no llegué a entrar, pues una criada de unos 20 años que llevaba bastante tiempo sirviendo para mi familia llamada Amaya me detuvo antes:

-Señora mía, no debéis entrar, no ahora. La señora Liana está fuera de sí, y entre varios hombres intentan controlarla... No os conviene verla así, podría heriros.

Se me cayó el alma a los pies.

-Oh...comprendo-musité- Amaya, avísame cuando vuelva a estar serena, me gustaría verla-Me di la vuelta y me disponía a marcharme cuando...

-Os conviene algo frío, un poco de hielo de la última nevada quizás.

-¿Qué quieres decir?- No entendí a lo que Amaya se refería. Ella, por toda respuesta, recogió de un cubo cercano un gran trozo de vidrio de los muchos que mi hermana había roto y me lo mostró.

Allí estaban, en mi mejilla izquierda, perfectamente señalados, los dedos de la mano de mi padre. Muerta de vergüenza, aparté mi rostro del reflejo en el cristal. Amaya me agarró las manos suavemente.

-Mi señora, id a vuestra alcoba a descansar. Yo os llevaré enseguida un pedazo de hielo y os avisaré cuando podáis ver a vuestra hermana.

Tras aplicarme el hielo y llorar un poco más con Amaya (intenté contener la pena, pero no podía, y no encontraba ningún consuelo) me dormí agotada.

-Mi señora...mi señora...

-¡Aaaah! ¿Qué pasa?-me incorporé en la cama muy sobresaltada.


-Lleváis horas durmiendo, mi señora. He decidido despertaros porque la señora Liana ya se encuentra perfectamente calmada.


-Muy bien, bajaré a verla en este mismo instante. Tu remedio del hielo ha funcionado, Amaya. Ya no me duele.


-Es mi deber, señora. Acompañadme.


Y así, medio dormida, bajé por fin a las mazmorras a ver a mi hermana. A medida que descendíamos por los escalones de piedra maciza, yo iba oyendo, cada vez más nítidamente, un sonido que me resultaba familiar aunque no lograba identificarlo.

Sólo cuando vi las caras de asombro de los guardias que custodiaban la puerta de entrada a las mazmorras, lo recordé.

Era el sonido de la voz de mi hermana. Liana estaba cantando de nuevo.


-¿Cuánto... cuánto tiempo lleva...?-la emoción me impedía preguntar debidamente a los guardias.


-Ha comenzado a entonar hace apenas unos minutos, mi señora- Respondió uno de ellos- al principio no decía más que palabras sin sentido, pero de repente hemos distinguido la melodía, y...


Sin prestar más atención al guardia, empujé el portón de madera y entré.


Mi hermana estaba arrodillada de perfil a la puerta con barrotes de la celda, de forma que yo sólo le veía el lado izquierdo del rostro. Tenía la mirada fija en la pared, aunque se notaba que no estaba mirando a ningún punto en concreto, y farfullaba cosas sin sentido. De pronto, con una voz dulce y pausada que me resultó bastante inquietante comenzó a cantar una misteriosa melodía:


Estoy hecha de magia y luz,
Dentro de mí llevo la eternidad,
Con mi canto abriré la puerta al más allá,
Y sólo si te duermes me podrás encontrar...

De repente se calló, y aunque esperé con el corazón en un puño por si reanudaba su extraño canto, nada sucedió. Me decidí pues, a hablarle.

-Liana...-susurré, pues no quería turbarla en modo alguno.

Se giró lentamente hasta que sus ojos negros se clavaron en los míos. Con la misma voz dulce e inquietante con la que había cantado, preguntó:

-¿Sí? ¿Qué deseas?

Mi hermana estaba empezando a darme miedo, mirándome fijamente sin pestañear siquiera una vez, pero con todo, me senté en el suelo frente a ella y comencé a desahogarme:

-Liana...padre me ha pegado. Me ha dado una bofetada.

-Ya veo- mi hermana mantenía el tono pausado y monocorde- bien, devuélvesela.

A pesar de lo dramático de la situación, no pude evitar sonreír un poco.

-¿Pero qué dices, Liana? no puedo hacer eso, ¡Sería una locura!

-Yo lo haría. De hecho ya lo he hecho.

-Sí, y más de una vez. Por eso estás aquí, por pegarle a nuestro padre.

-No me arrepiento. Es un cerdo.

-No digas esas cosas... muestra un poco de respeto.

Mi hermana no respondió, y continuó inmóvil, con la mirada perdida y fija en mí. Tras un corto silencio, volví a la carga.

-Padre también me ha dado una noticia... me ha anunciado mi compromiso con un joven noble que pronto será armado caballero.

-Vaya, prometida. Qué bonito.

-No, no es bonito, Liana, es horrible. ¡Yo no quiero estar prometida!

-¿Por qué? ¿Acaso no le amas?

-¡Ni siquiera le conozco!

-Ah. Matrimonio por conveniencia. Ya veo. Buena suerte.

-¿Bu...buena suerte?-me esperaba muchas posibles respuestas de mi hermana, pero no aquella precisamente-¿Qué quieres decir?

-Quiero decir simplemente que vas a necesitar mucha suerte. Si no te toca un maltratador, entonces será un caprichoso, un viejo, un infiel que te llenará la casa de putas o un liante de cuidado. En cualquier caso, será un desgraciado que hará de tu vida un infierno. Casi todos los de la corte son así.

-Pero Liana...-Se suponía que ella iba a animarme. Por un segundo había olvidado que mi hermana no se encontraba del todo bien y que decía lo primero que se le pasaba por la cabeza...pero, ¿y si tenía razón? ¿Y si mi futuro esposo me pegaba o... algo peor? ¿Y si me violaba? ni siquiera era capaz de imaginarlo- Yo no quiero casarme con un desconocido. ¡No podré soportarlo!

Comencé a llorar de nuevo, pero mi hermana se encargó de hacerme callar con gruñidos, para después recuperar el tono monocorde y decirme:


-Me parece que tú eres un poco tonta. La solución es bien simple. Huye.


-¿¡Qué!?-La miré horrorizada- Sabía que no debería haber venido a hablar con una loca. ¡Huir! ¿En qué cabeza cabe, por Dios bendito? ¿Cómo se supone que debo huir?


-A pie para no llamar la atención. El camino está poblado de bosque, así que puedes esconderte. Coge un zurrón con algunas pertenencias y parte al amanecer, cuando nadie haya despertado aún. No es tan difícil, esto no es una novela de caballerías.


-Pero...pero... ¿Adónde pretendes que me dirija?


-Eso depende de ti, ¿no crees? elige un buen lugar para establecerte y donde estés segura de que no te van a encontrar. Si tu vida es tan horrible como dices, esfuérzate para cambiarla. No te lo voy a dar yo todo hecho, estúpida.


-Pero ¿Cómo puedes decir esas cosas? ¡Eres cruel!, no estoy pidiendo tanto, ¿sabes? Sólo quiero que vuelvas a estar bien, y que podamos hacer cosas divertidas juntas de nuevo, y que padre anule esa estúpida boda, y que podamos ir a Gubraz juntas, para que yo pueda aprender muchas cosas y conocer a un caballero bueno de verdad, como tú cuando conociste al caballero de oro...


De repente, mi hermana se lanzó contra los barrotes de la celda y a punto estuvo de agarrarme. Yo retrocedí asustada en el último segundo.


-¿¿¡¡Qué has dicho!!??-me gritó fuera de sí.


-Yo no he dicho nada-logré responder con un hilillo de voz.


-¡¡¡Mientes!!! Lo has nombrado, a él también lo tienes preso aquí. ¡Dime donde está, zorra! Libérale o te mato.


-Liana, cálmate, ¡por el amor de Dios! yo no he capturado a nadie. ¡Cálmate! o vendrán los...-en ese mismo instante entraron los guardias, que junto con Amaya, me hicieron salir del lugar para evitar que viera cómo reprimían a Liana. Antes de que las puertas se cerraran del todo, la voz de mi hermana resonó por todo el castillo:


-¡¡¡Guárdate bien las espaldas porque juro por Dios que te mataré, bruja!!!


-No hagáis caso, mi señora-Amaya me miró triste- estoy segura de que la señora Liana no siente realmente lo que dice.


-Lo sé, Amaya, pero aun así es duro oírselo decir. Es como si mi hermana no fuera ella misma. Es como si fuera una marioneta, como si alguien la controlase, como...


-Como un hechizo de un cuento.


Miré a Amaya con los ojos muy abiertos


-¡Claro! ¡Un hechizo! Tienes toda la razón, Amaya. ¿Y si mi hermana no estuviera enferma sino hechizada? ¡Como una maldición! ¡Eso es lo que les ocurre a muchas doncellas en las historias y cuentos que he leído!


-Vos lo habéis dicho, mi señora, en los cuentos, en las leyendas... pero no aquí, en la realidad.


-Me da igual lo que pienses, Amaya. Se me ha ocurrido una idea, y la voy a poner en práctica.- Y sin querer oír nada más de lo que Amaya me decía, salí corriendo de las mazmorras, recorrí todos los pasillos del castillo y llegué, casi sin aliento, a la capilla del patio principal, Donde, con las últimas luces del atardecer tiñendo de dorado todo lo que alcanzaban a tocar, pedí a Dios por mi hermana. Cuando me levanté, había determinación en mis ojos por primera vez en mucho tiempo. Tenía que hacer algo para ayudar a mi hermana. Por primera vez en mi vida, me tocaba ser valiente.


No hay comentarios:

Publicar un comentario