miércoles, 12 de febrero de 2014

El romance de Nadia, capítulo 2

Capítulo 2

-Mi señora, el señor duque reclama vuestra presencia en el salón principal lo más pronto que os sea posible.

-Acudiré en un instante-mi voz soñolienta resonó por toda mi alcoba.

Hacía poco más de un mes desde que mi hermana, o lo que quedaba de ella mejor dicho, había vuelto a casa desde Gubraz.

El mismo día que volvió, el día en el que intentó matarme por primera vez, mi padre hizo venir al médico de Campoflorido, que diagnosticó que probablemente Liana había sufrido algún accidente como un golpe fuerte en la cabeza, y que se encontraba desorientada y muy cansada. Nos recomendó que la dejásemos dormir cuanto quisiera y se fue, así que a primera hora de la tarde los soldados de la capital y mi padre metieron a un agotadísima Liana en sus aposentos y echaron la llave. Poco después los soldados partieron de vuelta a Gubraz con la jaula vacía y una carta de mi padre en la que exigía explicaciones al príncipe por todo lo sucedido.
Mi madre pasó la tarde en cama y yo la pasé llorando, pero al menos confiábamos en que a la mañana siguiente mi hermana volvería a estar bien.

Por supuesto, confiar en esa idea fue un tremendo error.

Cuando mi padre abrió la puerta de la habitación de Liana, pudimos ver cómo el aposento estaba completamente destrozado.
Mi hermana había hecho trizas toda su ropa, las almohadas y las cortinas. Había trozos de cristales rotos por doquier, el dosel y el colchón de la cama estaban hechos pedazos, y la cómoda de madera tenía visibles marcas de golpes. Mi hermana estaba acurrucada en una esquina, llorando.
En cuanto mi padre puso un pie en la habitación y preguntó: <<Liana, hija mía, pero ¿Qué ha pasado aquí?>>, se lanzó contra él mientras gritaba atemorizada. Cuando mi madre intentó calmarla también la atacó, y yo ni siquiera me acerqué. Mi hermana no paraba de proferir tacos, juramentos y maldiciones, y no dejaba de insistir en que nos mataría a todos.

Varias veces la cambiaron mis padres de cuarto en tres días, y con el mismo resultado. Liana no paraba de lesionarse y de destrozar todo lo que se le ponía por delante. Cada vez estaba peor.
Finalmente, al amanecer del cuarto día, mi padre hizo que limpiaran a fondo una celda del sótano. Allí, tras asegurarse de que no había nada cortante a su alcance, instaló a mi hermana, y en la celda llevaba casi un mes. Yo bajaba a verla casi todos los días, y aunque al principio siempre se repetía la misma escena (ella enloquecía e intentaba alcanzarme tras los barrotes de la celda, y yo lloraba) lo cierto era que mi hermana había experimentado cierta mejoría. Le seguían dando ataques de locura, pero al menos ahora no intentaba matarnos siempre.
De todas formas las esperanzas eran muy escasas, porque ninguno de los médicos a los que habíamos consultado encontraba una explicación, mucho menos una cura. En cuanto a la carta del príncipe, era terriblemente imprecisa: explicaba que Liana no llegó a Gubraz, que cuando la guardia real la encontró estaba sin escolta en el bosque y ya parecía trastornada, y que la enviaron de vuelta con nosotros por tal motivo. Contenía muchas afirmaciones sospechosas y también algo de información contradictoria, por lo que mi padre, alterado, no cesaba de escribir hasta pergaminos enteros protestando y pidiendo explicaciones.

Era el día de los enamorados, y mi padre me había llamado para hablar con él. Yo sólo esperaba que fuera rápido. Estaba triste, porque los 14 de febrero, Liana y yo solíamos ir a la pradera a por flores rojas para regalárselas a nuestros padres. Mientras las recogíamos solíamos bromear acerca de cuál de las dos se casaría antes y con quién. Ahora, todo aquello me parecía una soberana tontería.


Reprimiendo una lágrima, entré en el salón principal.


-¿Me llamabais, padre?


-Hija, tu padre quiere darte una noticia-dijo mi madre, que desde que mi hermana volvió, estaba todo el tiempo ausente y rara vez hablaba.


-Nadia- la voz de mi padre era firme y determinada- sabes que tienes ya 16 años, y aunque seas la menor de mis hijas, ya no eres ninguna niña...


-Lo sé, padre.


-Eres toda una mujer, Nadia. Una mujer excepcional. Y toda mujer excepcional necesita un marido excepcional.


Abrí de par en par los ojos. No quería ni imaginar adónde pretendía llegar mi padre con sus palabras.


-He decidido prometerte a un noble varón. Precisamente hoy ha llegado la confirmación desde su casa. Están interesados en ti y tu dote.


-Padre...-Me sentí paralizada- padre, eso no puede ser cierto. Vos siempre lo decíais, os casasteis con madre por amor. Decíais que Liana y yo teníamos derecho a abrigar al amor en nuestros corazones, y a ser amadas de igual modo. ¿Y ahora pretendéis casarme con un completo extraño?


-Nadia, basta. Te estoy hablando enserio. Y no es que pretenda comprometerte, es que ya estás comprometida.


-Pero vos decíais que el amor...


-¡Yo decía esas cosas antes de que tu hermana enfermara!- Mi padre cada vez estaba más enfadado- Nadia, Campoflorido, nuestro pueblo, no está pasando por su momento más próspero. La dote de Liana sirvió para atraer la atención de la familia del pretendiente, y sus progenitores solicitaron enseguida una petición de compromiso. Todo estaba prácticamente arreglado y fijado, y la boda de tu hermana nos iba a beneficiar mucho económicamente, pero ella...no está en condiciones de ser desposada. Las negociaciones continuaron desde que tu hermana volvió, y finalmente, ambas familias hemos decidido que aunque tu dote es algo más pequeña que la de Liana por ser tú la menor, el compromiso seguirá en pie por el beneficio nobiliario y económico de nuestras nobles casas.


-¿¡Qué!? ¿¡Ibais a entregar a Liana al mismo hombre al que ahora me vais a entregar a mí!? ¿¿¡¡Y todo por dinero!!?? ¿¡Es que acaso me estáis diciendo que mientras mi hermana yace en una celda, vos sólo pensáis en usarme a mí como moneda de cambio!?- En circunstancias normales jamás me habría atrevido a hablarle así a mi padre, pero el último mes de mi vida había sido muy doloroso, y no podía soportar nada más.


-Nadia, te estoy diciendo que necesitamos ese dinero.


-¿¡Para qué demonios queréis más dinero, por Dios!?-Me estaba comportando como una chiquilla malcriada gritando y llorando, pero no me importaba.


-¡¡Para evitar que nuestro pueblo se muera de hambre, Nadia!! ¡¡Para salvar vidas y evitar revueltas políticas que no nos convienen!! ¿¡Qué vas a entender tú de esto, chiquilla insolente!?-Mi padre señalaba enérgicamente colina abajo, en la dirección del pueblo.


-Pe...pero entonces... si necesitamos el dinero cuanto antes... seguro que habéis elegido a un caballero viejo y enfermo a las puertas de la muerte... para que yo pueda tener herencia pronto... ¡Voy a ser viuda con 17 años!-seguí llorando, esta vez más afectada-¿Es eso, padre?


El iracundo rostro de mi padre se relajó un tanto, e incluso esbozó algo parecido a una sonrisa.


-Hija, debes dejar de leer las historias de juglares que tenemos en la biblioteca-su rostro se tornó sereno, determinado- Nadia, no puedo creer que pienses algo así. Soy tu padre y te quiero, conozco tu carácter y tus gustos, ¿crees que habría elegido a un mal esposo para ti?


-Pero...-farfullé tímidamente.


-Nadia, escúchame y créeme. He elegido para ti al mejor pretendiente posible. Es hijo de duques, como tú. Su familia proviene del norte y es próspera y noble como la nuestra. Creo, además, que solo es unos pocos años mayor que tú, y es un muchacho noble, virtuoso y valiente. Pronto será nombrado caballero, y hasta entonces no os casaréis. Pero tranquila, estoy seguro de que tendréis multitud de intereses en común. Su nombre es Flavius, Flavius de Bosqueumbrío, y...


Y mi padre continuó hablando, pero yo ya no lo escuché. No era una posibilidad remota, todo aquello estaba pasando de verdad. Y no era un pretendiente cualquiera. Mi futuro marido tenía nombre y apellidos, y título nobiliario.

Pensé en el escudo de armas de mi familia: Campoflorido, un antiguo apellido de la más alta cuna que hacía referencia a la famosa región del sur del país de donde provenía mi familia. Era colorido, noble, brillante, cálido. ¿Cómo sería el escudo de armas de un apellido tan sobrio, tan frío y tan distinto al mío como era Bosqueumbrío? No quería descubrirlo, por nada del mundo.

-¡Padre, callaos, callaos de una vez!


Semejante interrupción hizo que hasta mi madre saliera momentáneamente de su traumático sopor para mirarme estupefacta. El rostro de mi padre fue tiñéndose poco a poco del rojo de la ira, y con la mirada más gélida que jamás me había dirigido, me gritó:


-¿¿¡¡Qué has dicho, Nadia!!??


Intentando conservar la minúscula parte de serenidad que quedaba dentro de mí, dejé de llorar y comencé a hablar:


-Sois un completo ignorante, padre. Ese ha sido siempre vuestro problema. Creéis que lo controláis y que lo sabéis todo, pero lo cierto es que sois un completo inepto. Creíais que conocíais a Liana, pero no podéis siquiera imaginar lo que ella realmente anhelaba- pensé en el caballero de oro y en que yo era la única que conocía el secreto de los amoríos de mi hermana- y ahora que su conducta ha escapado a vuestro control, os habéis limitado a encerrarla como si fuera un animal peligroso. Y como también creéis que lo sabéis todo sobre mí, pretendéis casarme con el ''pretendiente perfecto''- poniendo una voz burlona, imité las palabras de mi padre- ''Estoy seguro de que tendréis multitud de intereses en común''. Por favor, padre, no me hagáis reír. ¿Nadia de Campoflorido y Flavius de Bosqueumbrío? ¡No coincidimos ni siquiera en el apellido, padre!


-¡Nadia!-mi padre estaba fuera de sí- ¡¡¡Se me está agotando la paciencia!!! 


-¡¡¡La mía ya está agotada!!!-Chillé desesperada- ¡En lugar de ocuparos de que Liana vuelva a ser la de antes os ocupáis de venderme a un desconocido como si yo fuera una presa de caza cualquiera! Me avergüenzo de pertenecer a esta familia y me avergüenzo de vos, y no voy a casarme con nadie porque...


Antes de que pudiera seguir hablando, mi padre se levantó de su sillón de madera y me cruzó la mejilla izquierda de una bofetada. Mientras, por el dolor, empezaban a caer lágrimas de mis ojos, lo miré sorprendida.

Era perfectamente legal que un padre le pegara a su hijo o hija, y de hecho, yo sabía de muchas doncellas que vivían atemorizadas por ello. Pero aquella era la primera vez en 16 años que mi padre me ponía la mano encima. Apenas podía creerlo.

Tras un silencio tenso y que se hizo interminable, mi padre se sentó de nuevo y habló con un tono frío y afilado:


-Nadia, en cuanto el mensajero de los duques de Bosqueumbrío llegue con el decreto real que nombra a Flavius caballero, entre finales de primavera y principios de verano, te casarás con él, tanto si lo deseas como si no. Sal de aquí ahora.


Le dirigí una mirada de desprecio a mi padre. A continuación, me arrodillé ante mi madre.

-Madre por favor, no permitáis que me venda como a un animal. No permitáis que me aparten de mi hogar, os lo suplico-Mi madre comenzó a llorar igual de apenada que yo, pero se quedó callada y no movió ni un músculo por mí.


Mi padre volvió a levantarse y levantó el brazo de nuevo, haciendo ademán de volver a pegarme. Como un cervatillo asustado, salí corriendo del salón principal, y no me detuve ni a respirar hasta que no atranqué la gruesa puerta de madera de mi alcoba.

3 comentarios:

  1. Me gusta muchooo!! Aunque te aconsejaría que revisaras el escrito, porque tiene algunos errores, y una vez el padre llama Nubia a Nadia!! Lo que menos me ha gustado es la cosa de tener prejuicios sobre el caballero solo por el apellido, pero es algo bastante medieval, así que...Genial! :)

    ResponderEliminar
  2. Muerte al padre de Nadiaaa!! xD Estoy esperando con ansias el 3 capítulo ^^

    ResponderEliminar
  3. Está muy bien, me gusta bastante y te ánimo a que sigas escribiendo Bella!!! Pero no te pongas nerviosa al escribir que cometes algunos errores jejejeje a por el tercer capítulo guapa!

    ResponderEliminar