miércoles, 26 de marzo de 2014

''El romance de Nadia'' Capítulo 5

 Capítulo 5

Contuve el aliento mientras admiraba el enorme portón de la morería. Si al atardecer yo no había salido de allí, tendría que pasar toda la noche entre sus muros por ley. Y seguro que una muchacha cristiana no era lo más deseado en el barrio musulmán.

La noche anterior no había logrado dormir ni un instante, pensando en mi conversación con Astrid. ¿Y si el alquimista era la solución al problema de mi hermana? Tal vez podría elaborar una poción para que Liana se curase de una vez por todas. Y ciertamente, no perdería nada si acudía a preguntarle.

Cuando me levanté, ya bien entrada la mañana, intenté ir a la biblioteca, pero un sirviente apostillado en la puerta me lo impidió. Por lo visto, mi padre se encontraba de nuevo <<ocupado escribiendo una carta de vital importancia, y no ha de ser molestado en modo alguno>>. Como no sentía deseos de estar en la misma habitación que mi padre, fui a las cocinas a desayunar.

Mientras comía algo de carne, me dedicaba a observar a las atareadas sirvientas y a los mozos de la cuadra, que entraban y salían al patio sin cesar, llenos de energía.
Astrid pasó por mi lado barriendo el suelo y me saludó respetuosamente. Yo la atraje hacia mí y le susurré:

-Estaba pensando en bajar al pueblo hoy, a pasear...

-Me alegro, mi señora-respondió ella- hoy hace buen día, ya casi no queda nieve. Si lo deseáis avisaré a vuestra escolta en cuanto termine de barrer.


Siguió con su tarea, pero antes de que se alejara, la agarré suavemente por el brazo.


-Astrid-susurré- necesito que me digas dónde está el taller del alquimista.


-¿Para qué, mi señora?-respondió ella en el mismo tono misterioso.


-Porque necesito ir a verle.


-¿Por qué motivo?


-Porque necesito hacerle una consulta.


-¿Sobre qué? ¿Es para la señorita Liana?


-¡No seas descarada, eso no te importa! limítate a decirme en qué parte del pueblo está su taller.


-No...lo siento, mi señora, no puedo. El taller no está en una buena parte del pueblo...y vos sois tan delicada...sólo de pensar que os ocurriera algo...no, no puedo decíroslo.


-¿Me estás llamando debilucha?


-¡Jamás osaría, mi señora! pero vos estáis muy bien habituada a la vida de vuestro castillo...no sabríais desenvolveros en...digamos...situaciones peliagudas.


La miré de arriba a abajo, ofendidísima.


-¿No me lo vas a decir?


-No, mi señora. Pero me alegro mucho de que comprendáis que lo hago por vos, porque...


Respiré hondo. Astrid no me dejaba otra alternativa. Tenía que poner en marcha la idea que había planeado por si las cosas no me funcionaban. No me gustaba, pero era necesaria.



-Astrid-volví a susurrar, mirándola fijamente y apretándole el brazo que le agarraba- ¿Recuerdas lo que te dijo tu hermana el día que llegaste? yo sí lo recuerdo. Te dijo que si yo hablaba con ella y le daba una sola queja sobre ti, te arrancaría los pelos. Aún puedo hacerlo, ¿sabes? aún puedo quejarme de ti...


-No... no comprendo lo que decís, mi señora-Astrid se estaba poniendo visiblemente nerviosa- Debo irme, tengo mucho trabajo...


Intentó zafarse suavemente, pero yo aumenté la presión sobre el brazo y la miré aún más severamente:


-Habla ahora, Astrid, o seré yo quien le hable de ti a tu hermana.


-Pe, pero...mi señora, yo os estoy sirviendo bien...


-¿Estás segura de eso que dices?-volví a mirarla, esta vez con superioridad, una mirada que me habían enseñado a poner desde que era pequeña- Francamente, yo creo que dejas mucho que desear como criada. Mis suelos y vidrieras ya no brillan tanto como antes, si mi ropa sufre algún desperfecto tardas mucho en coserla, eres bastante torpe y...oh, sí, no paras de hablar. No te callas ni un momento, y eres muy escandalosa, y sabes que un criado no puede hablar a no ser que su señor se lo pida, por lo que es una falta grave. ¿No crees que muy bien podría quejarme por esos motivos?


Pude notar cómo su frágil coraza de niña comenzó a resquebrajarse. Me daba mucha pena, pero necesitaba aquella información a toda costa, así que no la dejé marchar:


-Mi señora, por favor...tened piedad. No me obliguéis.


-¡Amaya!-grité en voz bien alta, y la mayor de las hermanas se acercó enseguida- quiero hablar contigo sobre cierto asunto. Pero no ahora. Más tarde, cuando hayas acabado tus tareas.


-¿Asunto? ¿Qué asunto, mi señora? ¿Es grave?


-No lo sé...podría serlo-miré fija y gravemente a Astrid. Amaya se dio cuenta enseguida.


-Astrid...dime que no has hecho ninguna tontería. Te mataré, pequeña estúpida...


-Ahora no, Amaya-interrumpí- Más tarde. Ve y termina tus quehaceres.


Amaya se alejó mascullando, y Astrid me miró aterrorizada.


-Mi señora, por favor...-susurró con lágrimas en los ojos- yo no quiero dejar de serviros...


-En tus manos está, Astrid. Dime dónde está el taller del alquimista y te doy mi palabra de que no te pasará nada malo.


Finalmente, la coraza se rompió. Astrid derramó un par de lágrimas que se apartó del rostro enseguida, y, con rabia en la voz, susurró tan atropellada que apenas la entendí:


-¡El taller está en la morería! ¡Es peligroso, está en la parte amurallada del pueblo, por eso no os dije nada! ¡Imaginad por un segundo que os pasa algo! ¡Sería culpa mía, y me azotarían en la plaza del pueblo como a los pecadores! ¡A lo mejor hasta me ahorcan!


-Oh, vamos, Astrid, nada de eso va a ocurrir-hice un gesto ambiguo, como quitándole importancia al asunto- así que, el alquimista es musulmán, ¿cierto?


-Es diferente -el tono de Astrid era despectivo- Los de su clase no ayudan a nadie. Son interesados y egoístas, y...


-Pero yo pienso pagarle. Quizás eso le convenza y me ayude.


-Ay mi señora, haced lo que queráis pero por Dios santísimo, tened mucho cuidado...id con escolta...


-Gracias por preocuparte, y por la información. Tendré cuidado. Puedes retirarte.


-Una última cosa mi señora. Llevaos vuestro rosario pendido del cuello y mostradlo si es necesario.


-¿Y eso por qué?


-Hay un rumor que dice que si un cristiano le enseña la cruz del señor a alguien que no lo es, éste tiene que obedecer ya que nuestras tierras son cristianas y ellos los infieles. No sé si es cierto, pero quizás os ayude.


-Gracias de verdad, Astrid. Te prometo que no te pasará nada- le sonreí para que viera que mis palabras eran verdaderas. No pareció calmarse demasiado, pero al menos no lloró más.





Campoflorido era mi hogar, y había paseado infinidad de veces por sus calles desde que naciera, pero nunca lo había hecho completamente sola, con un saco de dinero atado a la cintura, un rosario colgado del cuello junto con mi colgante y mi capa de terciopelo carmesí como únicos compañeros. Era evidente que no podía pasear por aquellas calles con mi escolta y mi séquito como había hecho siempre, ya que mi objetivo era completamente distinto. Tampoco llevaba puestas mis mejores galas ni joyas vistosas. Me deslizaba caminando silenciosa, a solas y en secreto por primera vez en mi vida.



A primera hora de la tarde, cuando los campesinos descansan esperando para reanudar su duro trabajo, me escurrí por una puerta lateral de mi castillo sin decir una palabra a nadie, y me encaminé colina abajo, hacia las calles principales de Campoflorido.

Tal y como Astrid había dicho, el pueblo estaba muy bonito aquel día. Hacía sol, y los pocos restos de nieve invernal ya casi eran historia. La primavera estaba empezando a manifestarse, y eso me transmitió una sensación de paz casi inmediata. Pero no tenía tiempo de admirar nada. Al fin y al cabo, tenía una misión que cumplir.


El portón del barrio musulmán era enorme, de una pesada y oscura madera bien gruesa. Decidí no dudar más, o de lo contrario me arrepentiría y me daría la vuelta para volver al castillo en ese mismo momento. Me calé bien la capucha de la capa, suspiré y entré en la morería.


Sabía que iba a haber una diferencia, pero no esperaba que fuera tan grande. En cuanto atravesé el portón, dejé atrás el olor a rosas y a trigo del pueblo, y un buen número de exóticos aromas, como el cuero, la canela, el azahar o la naranja acudieron a mi nariz. Las casas no eran de madera, sino de ladrillo, y la mayoría estaban pintadas de blanco. Los callejones eran estrechísimos, y aunque de vez en cuando me llegaba el rumor de una risa infantil o el ladrido de un perro, todo lo demás estaba en completo silencio. Medio emocionada, medio asustada,  avancé por las callejuelas esperando hallar pronto el taller del alquimista.


Sorprendentemente, no me costó nada encontrarlo. La morería no era muy grande, y el sospechoso humo azulado que salía de una casucha me indicó que ahí era donde se encontraba mi objetivo.


Entré, aún con la capa puesta, y aunque no veía nada claro por el humo, reconocí algunos almohadones de vivos colores repartidos por el suelo, junto con grandes alfombras y tapices bordados en las paredes. Había extraños instrumentos de cristal por doquier.


Sin embargo, y a pesar de ser yo la que había entrado, no pude evitar dar un respingo de miedo cuando oí una voz grave frente a mí:


-Salam Aleikum


Sabía que ese era el saludo musulmán, pero por nada de este mundo lo habría respondido. Mi religión y la educación cortesana que había recibido desde niña me lo impedían. Cuando el humo se disipó lo suficiente, pude distinguir ante mí a un señor alto, de hombros bastante anchos y muy moreno que vestía una túnica morada. Me bajé la capucha de la capa y musité:


-Buenas tardes. Dios os guarde, caballero.


El hombre frunció el ceño, entornando los oscuros ojos amenazadoramente. Con un profundísimo acento árabe, comenzó a hablar:


-Sois mujer. Estáis sola. No lleváis niqab, ni siquiera os cubrís la cabeza con un hijab. No habéis respondido a mi saludo. Debo suponer que no pertenecéis a este lugar. Fuera.


-Esperad. Vos sois el único que puede ayudarme.


-¿Yo?


-Esto...-dudé- ¿Acaso no sois vos el alquimista?


-Ese es mi noble oficio. Pero no veo que pueda tener algo que ver con una mujer...cristiana-pronunció la última palabra con un desprecio que me dio ganas de desaparecer. Pero no podía.


-Veréis...se dice que vos no sólo os dedicáis a la alquimia, sino que también resolvéis, digamos...ciertos problemillas un tanto inusuales.


-No digáis más. Necesitáis una pócima, un hechizo amoroso para engatusar al pobre desgraciado que os ha dejado preñada y que os despose. No os voy a ayudar con una tontería de semejante calibre.


-Estáis muy equivocado- dije, ofendida pero intentando no hablar con demasiada superioridad, porque intuía que ese camino no me iba a ayudar en absoluto- La poción no es para mí, sino para mi hermana. Y no tiene nada que ver con asuntos del corazón. Es por...


-Y si es para vuestra hermana, ¿Por qué no ha acudido ella misma? mujer y mentirosa... qué triste...


-¡No os consiento que faltéis a mi persona de esa manera!-exclamé, rabiosa- Si mi hermana no ha acudido en persona, es porque está enferma...o al menos eso parece. Se comporta de una forma extraña desde hace un tiempo. Debéis acompañarme, así la veréis vos mismo y podréis hallar el remedio adecuado...


-¿Entendéis acaso lo que significa ''no''? ¿O es que además de mujer y mentirosa, sois una necia?


Tanta ofensa seguida estaba empezando a agotar mi paciencia, pero intenté calmarme pensando que aquel hombre era el único con poder suficiente en Dios sabía cuántas leguas para ayudarnos a Liana y a mí. Realmente era mi única esperanza. Respiré hondo un par de veces y saqué la bolsita de dinero de un bolsillo de la capa:


-Escuchad, tengo dinero-sacudí la bolsita haciendo tintinear las monedas de su interior- puedo pagaros si me ayudáis, y el motivo que me ha traído hasta vos no es en absoluto superfluo. Si me acompañáis veréis lo enferma que está mi hermana, y si lográis curarla os juro que os daré tanto oro como podáis pedir. ¿Lo haréis?


El alquimista me miró, los ojos negros parecían dos pozos infinitos y misteriosos. Reflexionó durante un largo minuto, y suspiró larga y gravemente antes de volver a hablar:


-Veo que sois insistente. Muchos os calificarían de valiente, en cambio yo creo que la insistencia excesiva no es más que un signo de inconsciencia y estupidez.

Sin embargo, he decidido que voy a acompañaros y a prestaros mis servicios...con una condición.

-¿Cuál es, pues?-dije impaciente, resuelta a solucionar cualquier requisito que me pidiera.


-Que venga un hombre de vuestra familia a confirmarme que lo que decís es cierto.


La sorpresa fue tal que durante unos segundos estuve segura de haber oído mal.


-Temo que no he entendido lo que queréis decir...


-Si no tengo más remedio que hacer negocios con un cristiano, que al menos sea un hombre. No voy a consentir que una mujer se meta en asuntos de dinero conmigo.


Me sentí de repente tan insultada y despreciada que no pude siquiera reaccionar en forma alguna. El único hombre de mi familia era mi padre, y si se enteraba de que quería que un alquimista no cristiano se acercase a Liana para curarla...no, si se enteraba de que me había colado en el barrio musulmán...o incluso si se enteraba de que había salido del castillo sin escolta y con dinero, aunque fuera a plena luz del día... una paliza era lo mínimo que podía esperar recibir.


Por otro lado, ¿Qué demonios pretendía aquel hombre? podía pagarle, ¿Acaso no iba a aceptar los grandes beneficios que le había prometido solo por ser yo una mujer cristiana?


Cristiana... en ese instante recordé el consejo de Astrid... no estaba segura de si iba a funcionar, pero era mi última carta, y tenía que jugarla.


-Vais a venir conmigo ahora. Vais a hacerme caso y a ayudarme. Hasta ahora he sido condescendiente, pero no voy a permitir una sola ultranza más. Os lo ordeno- lentamente me quité el rosario del cuello, y sosteniéndolo entre las manos, le mostré la cruz de cristo al alquimista y lo miré a los ojos con firmeza- ya sabéis. Os lo estoy ordenando con la cruz por delante. Obedeced.


Él abrió los ojos, cada vez más, cada vez más desorbitados, y luego fue entrecerrándolos cada vez más, cada vez más amenazadores. Cuando logró dejar de respirar entrecortadamente apretando firmemente los puños y habló, su voz de desierto cortaba como un cuchillo:


-¿Cómo os atrevéis a enseñarme el símbolo de los infieles? ¿Cómo podéis ser tan estúpida? Largaos de mi taller y no volváis jamás. Si lo hacéis os encontraréis con mi cimitarra. Fuera.


-¿Te...tenéis la menor idea de con quién estáis hablando? yo soy...


-¡Largaos o por Allah que os atravieso con la cimitarra ahora mismo!


Chillé y salí huyendo del taller, con lágrimas en los ojos y el corazón a punto de estallar. ¿Cómo se me había ocurrido salir del castillo? ¿Cómo se me había ocurrido pensar que colarme en el barrio musulmán era buena idea? ¿Cómo iba a ayudar a Liana?


Y, por suerte o por desgracia, no me dio tiempo a seguir haciéndome preguntas, porque en ese mismo instante un par de morenos brazos me apresaron y atraparon en una especie de abrazo forzoso.


lunes, 24 de marzo de 2014

Relato: La muñequita de cristal

La muñeca de cristal


Vivía en una estantería cualquiera, de un cuarto de estar cualquiera de una casa cualquiera que se encontraba en una ciudad cualquiera de una región de un país cualquiera. Y no os penséis que era nada especial: ella, como todo lo que la rodeaba, también era común y cualquiera.

Esta es la historia de una muñequita de cristal. Sí, de esas que tiene tu vecina adornando los muebles, de esas que parecen brillantes y preciosas cuando las miras en su inmovilidad. 
En realidad parecen así de preciosas porque la gente no suele mirarlas mucho tiempo. En cuanto los invitados se van del salón del té y los dueños de la casa se van a dormir, todos los muñequitos y adornos empiezan a moverse, a vivir.

La muñequita llegó a la casa, como nosotros llegamos al mundo: por suerte y casualidad. Llevaba ya unos cuantos años viviendo en la estantería con muchos adornos diferentes: otros muñequitos, figuritas, marcos con fotos, libros, estatuillas de madera y cerámica... incluso llegaba a divisar el blandito reino de los peluches desde su estantería, allá en el otro extremo de salón.

Por supuesto, la muñequita nunca había salido de su estantería. Le daba mucho miedo, a pesar de que veía como otros muñequitos hacían arriesgados y fantásticos viajes a otras estanterías, o incluso al suelo, o incluso (sólo los más osados) al sofá, al reino de los amables peluches. Pero ella no. Ella era de cristal, y era tan delicada que podía romperse si algo salía mínimamente mal.

Probablemente la estéis visualizando: Una figura de vidrio que resplandece al sol con mil colores, un hada, tal vez, una princesa... alta, delgada, grácil, etérea, que más que andar flotaba, con ojos fríos pero profundos, muy claros, como el cristal del que estaban hechos, y el pelo largo flotando a su alrededor como por arte de magia, con unas maravillosas ondas ondulantes y suaves, y un precioso vestido hecho de estrellas, o de mariposas, o de flores...

Olvidadlo. Vamos, olvidad al hada perfecta. Siento tener que deciros que la muñequita no era así.
Ella era una niña. Una niña pequeña, delgada, sí, pero nada alta. Tenía el pelo ni muy largo ni muy corto, y liso, soso, nada de maravillosas ondas. No andaba ni de lejos de forma grácil, al contrario, era muy patosa, y tenía que tener cuidado de no romperse tontamente por una caída. Sus ojos eran de cristal, transparentes en principio, pero si alguien se hubiera fijado bien se habría dado cuenta de que eran del color del chocolate, oscuros, cálidos e inseguros, muy grandes, quizás demasiado para estar en un rostro tan pequeño. Oh, y nada de preciosos vestidos o túnicas maravillosamente largas y vistosas...un conjunto normal, bonito, pero no espectacular.

La muñequita tenía algo bueno: como era transparente, todo lo que sentía o decía era de verdad. Era además, cariñosa, simpática, y en muchas ocasiones alegre, y siempre que podía ayudar intentaba hacerlo. Tenía pocos amigos, pero todos eran figuritas maravillosas que la querían y apoyaban en casi todo, a pesar de que era atolondrada, escandalosa y excesivamente soñadora.

Sin embargo, y aunque ya he dicho que la muñequita intentaba ayudar en general,(pero especialmente a los muñecos que apreciaba y quería), lo cierto es que rara vez lo conseguía. Era extremadamente frágil, tanto, que no podía oír problemas muy graves sin sentir que se resquebrajaba un poco a la altura del corazón. Era débil, y no podía realizar ningún tipo de trabajo físico. Era de cristal, y todo lo que caía en sus manos se resbalaba y se rompía, incluso las sonrisas, los abrazos o los corazones. Y ella lloraba. Lloraba lágrimas de cristal que molestaban a todos los que intentaban animarla sin consuelo. Lloraba lágrimas frías que pinchaban. Y ella, a veces, también pinchaba. Pinchaba tanto como el cristal más afilado, y los otros muñequitos la esquivaban porque la consideraban muy rara. La muñequita no iba a los viajes entre estanterías, no reía con los otros muñequitos.

La muñequita quería estar sola, se sentaba en una esquina de la estantería y observaba a los demás, pero a la vez no paraba de preguntarse... ''¿Por qué yo soy de cristal? ¿Por qué no soy de elegante cerámica o de resistente madera? Por qué yo no soy tan bonita como esas muñequitas que están allí? ¿Por qué no soy tan blandita y amorosa como los lejanos peluches? ¿Por qué rompo cosas por mi torpeza? ¿Por qué no logro que mis muñequitos más queridos no sufran cuando están a mi lado? ¿Por qué mi cristal no brilla con el arcoíris de la alegría? ¿Por qué mis lágrimas están tan frías?''


Tal vez, llegados a este punto de la historia, creeréis que la muñequita un día averiguó que era de cristal porque era bonita y especial. Y que hizo muchos viajes, y que vivió espectaculares aventura épicas, y que encontró muchos muñequitos que la acompañaron y que no hablaron de ella a su espalda, y que sus amigos de toda la vida dejaron de preocuparse por fin, y que un día alguien le puso el corazón entre las manos y ella no lo rompió torpemente...

Siento decíroslo, de verdad lo siento, pero eso no pasó. La muñequita no hizo nunca nada de eso. Y se resignó, y comprendió que ser de cristal no es nada especial. Hay figuritas que no nacieron para destacar, sino para vivir en la misma estantería, con poquita gente de verdad a su alrededor y mucha falsa. Figuritas que se limitan a llorar lágrimas brillantes y frías por las noches y, por las mañanas, cuando los dueños de la casa se despiertan, se quedan muy quietas y sonríen para el público humano.

¿Que por qué lo sé? porque ahora esa muñequita vive en mi salón. Cada mañana la miro mucho rato. Le he visto los ojos oscuros, y el pelo liso, y la piel pálida y fría. Todas esas cosas las veo cada mañana.

Pero no voy a mentir. Lo que me cuesta ver más y más cada mañana, es la sonrisa de la muñequita.

martes, 18 de marzo de 2014

''El romance de Nadia'' capítulo 4

Capítulo 4

Me convertí en una especie de fantasma. El nombre de Flavius de Bosqueumbrío no volvió a mencionarse en mi hogar, y, ante cualquier pregunta de mi padre o mi madre, yo respondía sí no con un tono neutro. El resto del tiempo permanecía callada bordando en el salón principal o dando cortos paseos hasta la pradera. Aunque donde pasaba la mayor parte del tiempo desde que mi hermana intentara matarme por última vez, era en la biblioteca.

Gracias a Dios, mis antepasados habían sido siempre nobles eruditos y carismáticos que se habían preocupado por el patrimonio cultural además de por el económico. Por ello, el castillo de Campoflorido contaba con una enorme y hermosa biblioteca que abarcaba desde libros religiosos hasta poemas profanos cantados por juglares desvergonzados.
Desde que la idea de que mi hermana estaba hechizada asomara a mi mente, yo iba a diario a la biblioteca, donde leía todos los libros de leyendas y cuentos que encontraba, esperando hallar alguno que narrase un caso similar al de mi hermana para así seguir el ejemplo y solucionarlo yo misma. Porque si todos los cuentos tienen un final feliz, ¿Por qué no iba a tenerlo también Liana?

Sin embargo, las semanas pasaban, y aunque yo estaba ya harta de leer acerca de doncellas prisioneras, secuestradas, rescatadas, dormidas, malditas, afortunadas, desafortunadas, enamoradas o celosas, no leí nada sobre alguna loca que intentase matar a todo aquel que se cruzase en su camino.


Cuando al final de una larga tarde de búsqueda infructuosa decidí dejar los libros y darme un baño, no imaginé la sorpresa que me esperaba mientras subía a mi alcoba.


-Amaya, prepárame un baño ahora mis...


No llegué a terminar la frase. Ni siquiera atravesé el umbral de la puerta.

Porque no era Amaya, que se había convertido en mi sirvienta personal, la que estaba ordenando mi alcoba, sino una niña pequeña.

-¿¡Qué estás haciendo aquí!?-Grité enfadada.


La niña se giró con un respingo. Al verme, lanzó un gritito y se arrodilló ante mí:


-¡Lo siento mi señora! por favor, tened piedad de mí, de esta necia sirvienta inútil que no...


-Basta. Levántate y no gimotees más-tercié, severa. Al ver que la pequeña, de 7 u 8 años como mucho, seguía tirada en el suelo, me decanté por gritarle- ¡¡Levántate!!


Me obedeció en el acto, como activada por un resorte.


-Te ordeno que me digas tu nombre.


-Me llamo Astrid, mi señora.


-Muy bien, Astrid. ¿Qué estabas haciendo en mi alcoba? y más te vale decir la verdad o serás duramente castigada.


Mi amenaza hizo que Astrid rompiera a llorar. De hecho, apenas pude entenderla entre sollozos:


-Yo sólo hago lo que me ordenan...y me enviaron a preparar vuestra alcoba...pe...pero yo soy una torpe y... y me riñen, pero...pero como soy vuestra nueva sirvienta personal, pues...


-Espera, ¿qué? ¿Has dicho que eres mi nueva sirvienta personal?


Astrid paró de llorar y me miró con los ojos de miel muy abiertos.


-Claro, mi señora.


-¿Y quién te ha designado, si puede saberse?


-Yo, mi señora-oí de repente a mi espalda.


-¡Amaya!- me sentía realmente confusa. Yo le había tomado mucho cariño a Amaya, y le tenía una gran confianza. Era útil tenerla cerca por si necesitaba algo relacionado con mi plan en algún momento-Amaya, ¿qué significa esto? yo no he pedido ningún cambio en mi servidumbre personal, y tomándote la libertad de nombrar a otra persona en tu lugar has cometido una falta gravísima. Además, esta niña es demasiado pequeña para servir. Tendré que castigaros a las dos por esto.


De repente, Amaya se arrodilló ante mí. Empezó a hablar tristemente mientras yacía en el suelo:


-Mi señora, mi madre está enferma, y como yo estaba día y noche con vos, no podía cuidarla como es debido. Por eso me he desplazado a un puesto en la cocina, donde no me necesitan constantemente. 

Vos sois buena mujer, mi señora. Vos sois sensible y piadosa, y no tratáis mal a vuestros sirvientes. Por eso os he traído a mi hermana. Con vos podrá aprender a servir con diligencia, y así yo estaré tranquila mientras me ocupo de mi señora madre.

-¿Esta niña es tu hermana?-suspiré, entendiendo muchas cosas de repente- bueno, comprendo que quieras que aprenda el oficio, pero Amaya, te lo repito, tu hermana es muy pequeña para servir. ¿Cuántos años tiene, siete?


-Nueve, mi señora. A punto de llegar a los diez.


-¿De veras? ¡Parece mucho más pequeña! Es que está muy del...-me interrumpí bruscamente.

Había olvidado que los plebeyos no comían tanto y tan bien como la gente de alta cuna. A veces, si venían malas cosechas, ni siquiera comían. Por eso Astrid estaba tan delgada y aparentaba ser más pequeña de lo que en realidad era.
Pensé en cuántos niños habría en Campoflorido que, como Astrid, se morían de hambre, y sentí pena.

-Está bien...puede quedarse. Pero tiene que servirme bien, o la echo.


Amaya me besó las manos con un ímpetu encomiable. Me dio las gracias mil veces mientras lloraba con emoción. Realmente aquello era muy importante para ella. Antes de marchar, le dio un último aviso a Astrid:


-Te lo advierto, Astrid. Como me llegue una, una sola queja de la señora, te arrancaré los pelos con mis propias manos. ¿Lo comprendes?


-Pero...


-Cállate. Y ve a prepararle el baño a la señora. ¡Vamos!


De esa forma, Astrid llegó al castillo de Campoflorido, portando consigo la clave que me daría la idea definitiva del plan que cambiaría mi vida para siempre.



Astrid era una niña alegre y dispuesta, y no voy a negar que también era trabajadora, pero su inexperiencia, torpeza natural y sobre todo su atolondrada forma de ser y hablar, por otra parte propias de su edad, me hicieron desear prontamente el regreso de Amaya. Por ello, una tarde, mientras yo bordaba junto al ventanal y ella fregaba el suelo arrodillada, le pregunté sutilmente:


-Dime, Astrid ¿Cómo se encuentra tu madre? ¿Se ha recuperado?


-Bueno, no sé decirle, mi señora...hay días que se levanta bien, pero otras veces no puede siquiera salir del lecho. La verdad es que no tenemos ni idea de qué le ocurre.


-Vaya, ¿ni siquiera el médico lo sabe?


-Mi señora...no hemos llamado al médico, no tenemos dinero para pagarlo, apenas nos llega para comer.


-¿Y entonces?-dije asombrada. Cuando alguien en mi familia se ponía aunque solo fuese un poquito enfermo, el médico acudía presto al castillo. Yo no concebía otra manera de curar a alguien.


-Yo estoy harta de decirle a Amaya que vaya al herbolario a por una hierba curativa de esas, pero mi hermana no quiere porque dice que el herbolario es un timador y que en vez de remedios curativos vende hierbas venenosas. Muchos han muerto después de ir a verle.


-¡Cuántas cosas curiosas pasan en el pueblo! y qué complicado parece todo...


-Pues sí, mi señora. Mi hermana y yo ya no sabemos qué hacer...como no vayamos al alquimista...


-¿El alquimista? pero él no se ocupa de los enfermos, ¿verdad? Sólo crea brebajes para...bueno, para Dios sabe qué.


-Sí, pero la gente habla mucho, mi señora, y por algunos callejones se susurra que el alquimista no sólo trabaja en fórmulas raras, sino que también hace y deshace todo tipo de entuertos, problemas y hechizos. Quizá podría darle a mi madre un bebistrajo contra el dolor, o...


-Espera, Astrid-interrumpí. Las últimas palabras  de la pequeña aún resonaban en mi mente- ¿En el pueblo dicen que el alquimista hace y deshace hechizos?


-Sí, bueno, eso se oye. Pero yo no sé si creérmelo, porque me parece un poco rar...


-¿Pero qué tipo de hechizos?


-No lo sé mi señora. Tal vez deberíais preguntarle a él mismo, ¿verdad?- Astrid se rió con ganas de su propio chiste. Pero yo me limité a sonreír. Miré por la ventana colina abajo, hacia Campoflorido.


-Sí...tal vez debería preguntarle.

martes, 4 de marzo de 2014

Relato: el telegrama

El telegrama


Hola a todos de nuevo. Antes de comenzar con este relato, he de daros unos cuantos datos históricos para que no me toméis por (más) loca. Y quiero decir que aunque en este relato intervienen personajes históricos REALES, la trama es absolutamente INVENTADA, y casi todo ha salido de mi cabecita, así que no os alarméis, porfa.
Aquí están los datos históricos:

1. Luis Cernuda Bidou (Sevilla, 1902-México, 1963) fue un escritor, dramaturgo y poeta español perteneciente a la famosa Generación del 27. El por qué no murió ni en su tierra ni en su país tiene una sencilla explicación: Exilio. Y es que un  intelectual poeta republicano homosexual no era precisamente lo que el señor Francisco Franco deseaba en ''Su España'' (Y sí, Luis Cernuda era homosexual y declarado, nunca se molestó en ocultarse y en sus poemas al amor es frecuente encontrar sutiles referencias a la homosexualidad) Luis tuvo que exiliarse a varios países (París, México, Estados Unidos, Inglaterra y por último otra vez México, donde pasa el resto de sus días) para huir de la dictadura que lo perseguía sólo por ser él mismo.

2. Federico García Lorca (Granada, 1898-1936) es, quizás, uno de los más famosos escritores, dramaturgos y poetas españoles pertenecientes a la generación del 27. Intelectual, apasionado del flamenco y la música (era guitarrista aficionado) y enamorado incondicional de Andalucía, pasó toda su vida en nuestro país. Meses antes de que la guerra civil estallara, muchos de sus compañeros se exiliaron, ya que era cosa sabida que el gobierno franquista los perseguía por intelectuales. Pero él se negó en todo momento, diciendo que, por encima de sus ideales (era republicano) o su orientación sexual (era homosexual, y declarado) él era español, y como tal pasaría su vida en su país ya que éste era su derecho.
Murió fusilado en 1936 por un grupo de soldados franquistas, y su cuerpo fue arrojado a una fosa común junto con muchos otros cadáveres de gente republicana. A día de hoy aún no sabemos dónde está el cuerpo de una de las mente más brillantes que ha dado nuestro país.

Ahora, lo que os venía a decir: no existe ni remotamente ninguna prueba de que Lorca y Cernuda tuvieran ningún tipo de relación amorosa. Eran buenos amigos y se veían bastante frecuentemente, pero no hay ningún documento o fotografía que lo demuestre. Sin embargo, cuando el año pasado estudié profundamente la generación del 27 (por eso de selectividad y tal) recuerdo que hice la bromita de ''Buah, estos dos fijo que se liaron''. Vengo a escribir un relato corto que no pretendo que sea para nada real u ofensivo para nadie. Como muchacha de letras que soy, lo único que me inspiran estos dos nombres es una profundísima admiración y un gran respeto.

He de decir que he alterado un poco las fechas históricas y los acontecimientos para que todo encajara. Vuelvo a repetir que nada de esto pasó de verdad (excepto el fallecimiento de Lorca, claro). Si dejáis de leer ahora, supongo que lo comprenderé. Pero aunque no sea un relato súper currado, hacedme el favor y echadle un vistacito, que no os cuesta. ¡Gracias!



* * * 


Acababa de despertarme de una corta pero reparadora siesta. Sonreí, me paré a oler las preciosas lilas que el botones había colocado encima del escritorio de madera blanca y salí al pequeño balcón de mi habitación a contemplar París. La brisa veraniega era como una caricia de seda, y olía a flores y a libertad, sobre todo a libertad. Había logrado salir del país que me vio nacer y crecer, del país que ahora estaba maldito, del país que iba a perecer bajo una guerra. El motivo que me había llevado a instalarme en un hotel de París con mi criada personal no era nada maravilloso, pero el exilio nunca lo es. En cuanto mi  prometido, Ricardo, viniera a por mí, nos iríamos a Inglaterra donde ya teníamos prácticamente comprado un apartamento. Por lo visto, ser adinerado pero republicano era algo inadmisible en España, y mi familia entera (y también la de Ricardo) tenía que huir lo más pronto que fuera posible. Por fortuna, tenía algunos amigos que, como yo, pretendían pasar un tiempo en París con la esperanza de que nuestra herida España se curara pronto.

Estaba pensando en Ricardo , en que esperaba que llegara pronto para ir juntos al Louvre y a la torre Eiffel y contemplando unas grises nubes que se extendían sobre el cielo Parisino, cuando comencé a escuchar golpes, rápidos y fuertes. Al principio no los identificaba, pero luego comprendí que no podía ser más que alguien aporreando mi puerta. Recorrí aprisa la gran habitación de techos altos, me arreglé un poco el pelo con las manos y abrí como una perfecta y calmada señorita.

Paca, mi criada, parecía a punto de sufrir un infarto.

-AY, AY SEÑORITA. ¡SEÑORITA ADELA, SEÑORITA MÍA! ¿POR QUÉ NO ME ABRÍA USTED?

-Cálmate, Paca. Por Dios, apenas me acababa de levantar de la siesta. Sé que en Francia no es costumbre, pero ¡ay! en el fondo, soy española. Tú que vienes de las habitaciones de la planta baja, ¿has visto si el cartero ha llegado? ¿Hay noticias ya? ¡Ay, Paca! cuánto tardan mis padres, cuánto tarda Ricardo... casarme en Inglaterra va a ser tan bonito...

-Señorita.... Ay señorita Adela, señorita mía...-Paca comenzó a llorar desconsolada y aparatosamente. La hice sentar a los pies de mi gigantesca cama y beber un poco de agua, pues no había forma de que pudiera contarme lo que parecía querer decirme. Por fin, se serenó y pudo hablar:

-Ay señorita, que ha llegado el cartero... y no traía carta, hoy no traía carta señorita... y  yo ya estaba decidida a irme... y entonces me ha dado para usted... ¡Ay mi señorita Adela! un telegrama...

¡Paca, mujer!-reí jovialmente, como la niña que en el fondo aún era- no pasa nada si en vez de una carta es un telegrama. No llores, que mientras tengamos información debemos estar muy contentas. ¡Seguro que es de Ricardo o de mi padres! ¡O puede que incluso de tu familia!

-AY SEÑORITA-Paca volvió a gritar- AY JESÚS DE LA SALUD Y VIRGEN DE LA LUZ, AY DIOS NO LO QUIERA.

-¿Por qué dices eso?

-¡Porque el telegrama venía atado con un lazo negro, señorita Adela!

Palidecí. La habitación me dio vueltas y todo se volvió tan negro como el lazo mencionado por Paca. Cuando volví en mí un minuto después, no lo podía creer. Negro no. Cualquier color menos el negro. No, oscuridad no. Muerte no. Por favor.
Intenté mantener la calma. Ahora que me iba a convertir en una esposa y ama de casa, tenía que saber mantener la compostura aunque me estuviera muriendo por dentro. Miré a la consternada Paca a los ojos.

-¿Estás segura de que es para mí?

-Viene su nombre completo, señorita. El cartero dijo que quien la envió en la frontera de España parecía tener prisa en llevar el comunicado.

-Bien, si tanta prisa tenía no es justo postergar más el momento. Dámelo, lo voy a abrir ahora mismo-Dije, mirando con aprensión el sobre que mi criada apretaba entre sus morenas manos.

-¿La...la dejo sola, señorita?

-Ni se te ocurra. No quiero estar sola ahora. No, podría darme un ataque, y...-me callé porque no quería empeorar aún más la situación. Me senté a los pies de la cama, y, temblorosa, fui abriendo el maldito sobre mientras Paca me miraba expectante, dando pequeños pasos por la habitación mientras juntaba las manos en actitud orante.

El telegrama, efectivamente, era para mí. Estaba fechado el 18 de Agosto de 1936, sólo unos días atrás, y tal y como ambas temíamos, era un telegrama de defunción, preciso, directo y muy corto. Cuando terminé de leerlo, estallé en un silencioso y amargo llanto que me dejó el alma vacía y el corazón deshecho. Durante un buen rato, no fui capaz de articular palabra, a pesar de que Paca no paraba de preguntarme.

-Paca-susurré en cuanto mi garganta me lo permitió-Nuestro país está envenenado.





Corrí, corrí como una centella, casi volé como una hoja en el viento. No quería un taxi, necesitaba correr, desahogarme, aunque sabía que una muchacha no debía correr de esa forma alocada en plena calle de París en una tarde de agosto. Pero necesitaba encontrarle pronto. Necesitaba llegar a su lado. Lo que le iba a decir era lo peor que podría haberle dicho, pero no pensaba permitir que se enterara días después leyendo un insulso periódico francés. Él no se lo merecía.

Cuando visualicé el café ''L'épée'', me entretuve un buen rato, indecisa a cruzar la calle y entrar. Esperé, me ahuequé el pelo, me alisé el vestido en condiciones, y cuando paré de llorar y vi que el reflejo en mi espejo de mano parecía más o menos sereno, comencé a moverme todo lo tranquilamente que pude.

En cuanto atravesé la puerta, comencé a retorcerme el cuello como una auténtica maleducada, buscándolo, buscando su mesa sin parar.Tenía que estar allí, él siempre iba allí por las tardes. Pronto lo encontré. Se ocultaba detrás de un enorme periódico, pero la copa de vino tinto medio vacía que tenía delante y un pequeño cuaderno con una estilográfica roja me hicieron reconocerle pronto. Me aproximé y me senté en la otra silla de su mesa, quedando frente a él (bueno, frente al periódico, ya que él ni se inmutó)

Pronto, un joven camarero se acercó a atenderme con una finura y una parsimonia que sólo los franceses tienen.

-Rien pour moi, merci, garçon-Murmuré. Pero de detrás del periódico salió una mano sacudiendo la ceniza de un puro, que dijo lo siguiente:

-Un café bonbon pour la jeune mademoiselle, s'il vous plâit. Et vite, garçon!

En cuanto el muchacho desapareció, la voz masculina volvió a hablar desde detrás del periódico, aunque esta vez lo hacía en español y no en francés:

-Adelita, princesa, que no te de vergüenza venir a verme y tomarte un café conmigo. Siempre es una sorpresa muy agradable. Además, ahora podemos vernos siempre que queramos, no es como en esa cloaca a la que algunos llaman España, aquí podemos marchar libres por la calle, ni a ti te van a llamar roja ni a mí maricón.

-Luis...-ni siquiera sabía cómo iba a empezar aquello. Ni siquiera sabía cómo iba a decírselo. Ni siquiera podía pedirle que me mirara.

-¡Ah! estoy escribiendo de nuevo poemas de amor, ¿te lo puedes creer? parezco una muchacha de veintiún años a punto de casarse... ¡vaya! me parezco a ti, querida. Si quieres échales un vistazo a los primeros esbozos, están en la libretita negra. Siempre tuviste buen ojo, tal vez puedas decirme...

-Luis...-volví a intentarlo, pero se me quebró la voz. El chico llegó con mi café. Pensé que algo tan dulce como un café bombón me ayudaría, pero en cuando di el primer sorbo sentí unas ganas de vomitar tan grandes que me limité a apartar la fina copa y a mirar de nuevo al periódico.

-Vamos, nena, tómatelo, no te invito para nada, ¿sabes? sé que siempre ha sido tu favorito, no me lo vayas a rechazar ahora... no sé cómo puedes tomarte el café tan dulce, pero en fin, las muchachas finas como tú siempre han...

-Luis...- la tercera vez estallé en apagados sollozos. Su alma, sensible y empática en extremo, me captó enseguida. El periódico desapareció pronto, el puro se apagó en el cenicero, y el rostro de mi amigo y poeta, Luis Cernuda, apareció ante mí. Mantenía un semblante preocupado, y me agarró la mano fuertemente.

-Adela, ¿qué ha pasado?-Seguí llorando y abrió los ojos, expresivos y profundos-Ay...¿Ricardo?

Negué con la cabeza. Intenté enjugarme las lágrimas y alcé el rostro.
Entonces tuvo lugar la conversación más corta y a la vez más difícil que jamás mantuve con nadie.

-Luis....-susurré- Federico...

Noté cómo aguantaba la respiración.

-No...

-Fu...fue hace cuatro días. Me...han mandado un telegrama...

Me miró larga y acusadoramente a los ojos, supongo que para comprobar si mentía, si al fin y al cabo no le estaba gastando una maldita broma macabra. Pero mis ojos, que no paraban de verter lágrimas, nunca habrían mentido en algo así. Luis palideció, y, soltándome la mano fríamente, se levantó y salió del café sin decir una sola palabra.

Durante unos segundos me quedé, como una muñeca de trapo, mirando a la pared, inexpresiva, sin saber muy bien qué hacer o qué pensar siquiera. Y entonces comprendí que no podía dejarlo solo. Sólo Dios sabía las locuras que podía llegar a cometer un alma de poeta tan delicada tras recibir un golpe como aquel. Agarré su libreta, cogí mis cosas, y tras arrojar unas cuantas monedas a la cara del muchacho finolis, salí corriendo del café.

Llovía finamente, pero no me importó en absoluto, apenas lo noté. Giré la cabeza en todas direcciones, pero todos los hombres con traje me parecían iguales. Estaba empezando a desesperarme cuando lo vi perderse tras una esquina calle abajo. Corrí,corrí hasta quedarme sin aliento, corrí persiguiéndole por las calles de París, corrí gritando su nombre, le perseguí hasta que entró en su hotel. Allí tuve que convencer a un mozo de que me acompañara con una llave maestra, ya que era imposible hacerle abrir la puerta.

En cuanto entré, lo vi arrodillado en el suelo, como un niño perdido que acaba de darse cuenta de que no encuentra el camino de vuelta a casa. Lloraba, con la cara enterrada entre las manos, con una aflicción que me es imposible describir. Me acerqué todo lo que pude, aunque no me atreví a tocarlo.

-Luis...

-¿CÓMO?-Me miró, colmado de rabia, de impotencia- ¿CÓMO HA SIDO, ADELA?

-No, Luis, eso no tiene importancia ahora...

-DÍMELO. DÍMELO, MALDITA SEA.

-Luis, yo...-no quería hacerle más daño, no quería contarle más verdades.

-ADELA, DÍMELO O TE JURO POR LO QUE QUIERAS QUE TE ECHO DE AQUÍ Y NO VUELVO A MIRARTE MÁS A LA CARA.

Comencé a llorar como una pequeña indefensa,

-Lo...sacaron de su casa de madrugada. Era un pelotón de la guardia. Lo...llevaron a la cuneta, a un olivo...y entonces...

-DILO. ¡DILO!-se levantó y me zarandeó por los hombros.

-Lo han fusilado, Luis. ¡Han fusilado a Federico!

Luis me arrancó el cuadernito de las manos, y gritando, empezó a arrancar las páginas llenas de maravillosos versos y a romperlas. Cuando acabó, comenzó a darle patadas a la cómoda. Por más que yo le suplicaba que parara, no lo hacía, no era capaz. Cuando volvió a caer de rodillas en el suelo, lo abracé y le susurré que se calmara. Él me contestó con la voz muy apagada, agotado:

-¿Cómo se han atrevido? ¿Cómo han podido atreverse esos perros malnacidos a tocarle un pelo siquiera?

-No lo sé, Luis...

-Él no quería irse, Adela. Él decía que se quedaba en España, que no se iba de su Granada. Y yo le insistía mucho, yo le decía que viniera conmigo a París, que aquí nadie nos juzgaría, que aquí estaríamos a salvo los dos. Y él no quería venir. Pero me dijo que vendría a verme después del verano. Él me dijo que iba a venir a París a visitarme, Adela... él me escribía cartas...

Pasó mucho rato hasta que ambos dejamos de llorar.  Cuando me fui, las nubes se habían ido y estaba anocheciendo en París. Recuerdo perfectamente lo que le dije a Luis en la puerta:

-Sólo me voy si estás bien...no pienso dejarte solo.

-Vamos, vete. Tienes que descansar.

-Asegúrate de dormir bien al menos, Luis. Es malo para la salud pasar tanto tiempo despierto y nervioso.

-No, hoy no podría dormir, Adela. Escribiré cartas, muchas cartas. Hay que informarles a todos. Rafael, Gerardo, Vicente, Pedro... si no lo saben ya hay que decírselo.

-Está bien, pero...prométeme que no vas a cometer ninguna locura. Mañana voy a venir a verte y quiero encontrarte vivo y sano.

-Encontrarás mi cuerpo vivo y sano, Adela. Pero no esperes encontrar viva mi alma. Ya no.





Una semana después, Ricardo, Luis y yo nos encontrábamos en la enorme estación central de París. Nosotros partíamos a Inglaterra, primero en tren y luego en barco, y él...

-¿Estás seguro de esto, Luis? corres peligro.

-¿Acaso crees que me importa? no voy a permitir que sea olvidado como tantos. Voy a ir a Sevilla a arreglar unos cuantos asuntos financieros. Luego iré a Granada, e intentaré encontrar su cuerpo, pedir alguna explicación. Y luego iré a Valencia.

-¿A Valencia? ¿Para qué?-preguntó Ricardo.

-Tengo que hablar con la revista ''Hora de España''. Van a publicarme una cosita- lo miré fijamente sin saber a qué se refería. Él sonrió- estoy escribiendo una elegía. Y no soy el único. Casi todos los chicos están escribiendo para honrar su memoria.

Sonreí emocionada. Ricardo miró su reloj y agarró el carrito con nuestras maletas.

-Adela, cariño, tenemos que irnos-Le dio la mano y un abrazo efusivo aunque corto a Luis- ten cuidado, compañero.

-Lo mismo digo Ricardo. Y cuídame a la muchachita.

Yo le di dos besos en las mejillas.

-Por favor, Luis. Cuídate. Y  ven a vernos a Londres, ¿vale? ¿me prometes que vas a venir?

-Te lo prometo. Y te llevaré el artículo de la revista con la elegía publicada.


Nos disponíamos a irnos cuando recordé algo. Saqué de mi bolso una moneda plateada, me acerqué de nuevo a Luis y se la puse en la mano.

-Luis, cuando vayas a Granada...usa esta moneda, por favor. Cómprale un ramo de margaritas y dáselo, ¿vale?

-Pero si no sabemos dónde está.

-No importa. Él lo verá-las lágrimas volvieron a rodar por mis mejillas- déjalo en la puerta de su casa, en el patio delantero. Allí se sentaba siempre...estoy segura de que... lo verá...desde arriba...

Luis me estrechó entre sus brazos. La noticia de la muerte de un amigo siempre es difícil, pero cuando además sabes que ha sido una muerte cruel e injusta, todo es mucho más duro. Confiaba en que el resto de nuestros amigos poetas ofrecieran consuelo a Luis cuando volviera a Andalucía.


El tren se puso en marcha. Ricardo me cogió la mano y me la estrechó suavemente. Apoyé la cabeza en su hombro, y juntos, miramos por la ventana el cielo de París.

Cualquier persona habría dicho que estaba lloviendo. Pero nosotros sabíamos que ese día no llovía.

El cielo también estaba llorando.