martes, 18 de marzo de 2014

''El romance de Nadia'' capítulo 4

Capítulo 4

Me convertí en una especie de fantasma. El nombre de Flavius de Bosqueumbrío no volvió a mencionarse en mi hogar, y, ante cualquier pregunta de mi padre o mi madre, yo respondía sí no con un tono neutro. El resto del tiempo permanecía callada bordando en el salón principal o dando cortos paseos hasta la pradera. Aunque donde pasaba la mayor parte del tiempo desde que mi hermana intentara matarme por última vez, era en la biblioteca.

Gracias a Dios, mis antepasados habían sido siempre nobles eruditos y carismáticos que se habían preocupado por el patrimonio cultural además de por el económico. Por ello, el castillo de Campoflorido contaba con una enorme y hermosa biblioteca que abarcaba desde libros religiosos hasta poemas profanos cantados por juglares desvergonzados.
Desde que la idea de que mi hermana estaba hechizada asomara a mi mente, yo iba a diario a la biblioteca, donde leía todos los libros de leyendas y cuentos que encontraba, esperando hallar alguno que narrase un caso similar al de mi hermana para así seguir el ejemplo y solucionarlo yo misma. Porque si todos los cuentos tienen un final feliz, ¿Por qué no iba a tenerlo también Liana?

Sin embargo, las semanas pasaban, y aunque yo estaba ya harta de leer acerca de doncellas prisioneras, secuestradas, rescatadas, dormidas, malditas, afortunadas, desafortunadas, enamoradas o celosas, no leí nada sobre alguna loca que intentase matar a todo aquel que se cruzase en su camino.


Cuando al final de una larga tarde de búsqueda infructuosa decidí dejar los libros y darme un baño, no imaginé la sorpresa que me esperaba mientras subía a mi alcoba.


-Amaya, prepárame un baño ahora mis...


No llegué a terminar la frase. Ni siquiera atravesé el umbral de la puerta.

Porque no era Amaya, que se había convertido en mi sirvienta personal, la que estaba ordenando mi alcoba, sino una niña pequeña.

-¿¡Qué estás haciendo aquí!?-Grité enfadada.


La niña se giró con un respingo. Al verme, lanzó un gritito y se arrodilló ante mí:


-¡Lo siento mi señora! por favor, tened piedad de mí, de esta necia sirvienta inútil que no...


-Basta. Levántate y no gimotees más-tercié, severa. Al ver que la pequeña, de 7 u 8 años como mucho, seguía tirada en el suelo, me decanté por gritarle- ¡¡Levántate!!


Me obedeció en el acto, como activada por un resorte.


-Te ordeno que me digas tu nombre.


-Me llamo Astrid, mi señora.


-Muy bien, Astrid. ¿Qué estabas haciendo en mi alcoba? y más te vale decir la verdad o serás duramente castigada.


Mi amenaza hizo que Astrid rompiera a llorar. De hecho, apenas pude entenderla entre sollozos:


-Yo sólo hago lo que me ordenan...y me enviaron a preparar vuestra alcoba...pe...pero yo soy una torpe y... y me riñen, pero...pero como soy vuestra nueva sirvienta personal, pues...


-Espera, ¿qué? ¿Has dicho que eres mi nueva sirvienta personal?


Astrid paró de llorar y me miró con los ojos de miel muy abiertos.


-Claro, mi señora.


-¿Y quién te ha designado, si puede saberse?


-Yo, mi señora-oí de repente a mi espalda.


-¡Amaya!- me sentía realmente confusa. Yo le había tomado mucho cariño a Amaya, y le tenía una gran confianza. Era útil tenerla cerca por si necesitaba algo relacionado con mi plan en algún momento-Amaya, ¿qué significa esto? yo no he pedido ningún cambio en mi servidumbre personal, y tomándote la libertad de nombrar a otra persona en tu lugar has cometido una falta gravísima. Además, esta niña es demasiado pequeña para servir. Tendré que castigaros a las dos por esto.


De repente, Amaya se arrodilló ante mí. Empezó a hablar tristemente mientras yacía en el suelo:


-Mi señora, mi madre está enferma, y como yo estaba día y noche con vos, no podía cuidarla como es debido. Por eso me he desplazado a un puesto en la cocina, donde no me necesitan constantemente. 

Vos sois buena mujer, mi señora. Vos sois sensible y piadosa, y no tratáis mal a vuestros sirvientes. Por eso os he traído a mi hermana. Con vos podrá aprender a servir con diligencia, y así yo estaré tranquila mientras me ocupo de mi señora madre.

-¿Esta niña es tu hermana?-suspiré, entendiendo muchas cosas de repente- bueno, comprendo que quieras que aprenda el oficio, pero Amaya, te lo repito, tu hermana es muy pequeña para servir. ¿Cuántos años tiene, siete?


-Nueve, mi señora. A punto de llegar a los diez.


-¿De veras? ¡Parece mucho más pequeña! Es que está muy del...-me interrumpí bruscamente.

Había olvidado que los plebeyos no comían tanto y tan bien como la gente de alta cuna. A veces, si venían malas cosechas, ni siquiera comían. Por eso Astrid estaba tan delgada y aparentaba ser más pequeña de lo que en realidad era.
Pensé en cuántos niños habría en Campoflorido que, como Astrid, se morían de hambre, y sentí pena.

-Está bien...puede quedarse. Pero tiene que servirme bien, o la echo.


Amaya me besó las manos con un ímpetu encomiable. Me dio las gracias mil veces mientras lloraba con emoción. Realmente aquello era muy importante para ella. Antes de marchar, le dio un último aviso a Astrid:


-Te lo advierto, Astrid. Como me llegue una, una sola queja de la señora, te arrancaré los pelos con mis propias manos. ¿Lo comprendes?


-Pero...


-Cállate. Y ve a prepararle el baño a la señora. ¡Vamos!


De esa forma, Astrid llegó al castillo de Campoflorido, portando consigo la clave que me daría la idea definitiva del plan que cambiaría mi vida para siempre.



Astrid era una niña alegre y dispuesta, y no voy a negar que también era trabajadora, pero su inexperiencia, torpeza natural y sobre todo su atolondrada forma de ser y hablar, por otra parte propias de su edad, me hicieron desear prontamente el regreso de Amaya. Por ello, una tarde, mientras yo bordaba junto al ventanal y ella fregaba el suelo arrodillada, le pregunté sutilmente:


-Dime, Astrid ¿Cómo se encuentra tu madre? ¿Se ha recuperado?


-Bueno, no sé decirle, mi señora...hay días que se levanta bien, pero otras veces no puede siquiera salir del lecho. La verdad es que no tenemos ni idea de qué le ocurre.


-Vaya, ¿ni siquiera el médico lo sabe?


-Mi señora...no hemos llamado al médico, no tenemos dinero para pagarlo, apenas nos llega para comer.


-¿Y entonces?-dije asombrada. Cuando alguien en mi familia se ponía aunque solo fuese un poquito enfermo, el médico acudía presto al castillo. Yo no concebía otra manera de curar a alguien.


-Yo estoy harta de decirle a Amaya que vaya al herbolario a por una hierba curativa de esas, pero mi hermana no quiere porque dice que el herbolario es un timador y que en vez de remedios curativos vende hierbas venenosas. Muchos han muerto después de ir a verle.


-¡Cuántas cosas curiosas pasan en el pueblo! y qué complicado parece todo...


-Pues sí, mi señora. Mi hermana y yo ya no sabemos qué hacer...como no vayamos al alquimista...


-¿El alquimista? pero él no se ocupa de los enfermos, ¿verdad? Sólo crea brebajes para...bueno, para Dios sabe qué.


-Sí, pero la gente habla mucho, mi señora, y por algunos callejones se susurra que el alquimista no sólo trabaja en fórmulas raras, sino que también hace y deshace todo tipo de entuertos, problemas y hechizos. Quizá podría darle a mi madre un bebistrajo contra el dolor, o...


-Espera, Astrid-interrumpí. Las últimas palabras  de la pequeña aún resonaban en mi mente- ¿En el pueblo dicen que el alquimista hace y deshace hechizos?


-Sí, bueno, eso se oye. Pero yo no sé si creérmelo, porque me parece un poco rar...


-¿Pero qué tipo de hechizos?


-No lo sé mi señora. Tal vez deberíais preguntarle a él mismo, ¿verdad?- Astrid se rió con ganas de su propio chiste. Pero yo me limité a sonreír. Miré por la ventana colina abajo, hacia Campoflorido.


-Sí...tal vez debería preguntarle.

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