miércoles, 26 de marzo de 2014

''El romance de Nadia'' Capítulo 5

 Capítulo 5

Contuve el aliento mientras admiraba el enorme portón de la morería. Si al atardecer yo no había salido de allí, tendría que pasar toda la noche entre sus muros por ley. Y seguro que una muchacha cristiana no era lo más deseado en el barrio musulmán.

La noche anterior no había logrado dormir ni un instante, pensando en mi conversación con Astrid. ¿Y si el alquimista era la solución al problema de mi hermana? Tal vez podría elaborar una poción para que Liana se curase de una vez por todas. Y ciertamente, no perdería nada si acudía a preguntarle.

Cuando me levanté, ya bien entrada la mañana, intenté ir a la biblioteca, pero un sirviente apostillado en la puerta me lo impidió. Por lo visto, mi padre se encontraba de nuevo <<ocupado escribiendo una carta de vital importancia, y no ha de ser molestado en modo alguno>>. Como no sentía deseos de estar en la misma habitación que mi padre, fui a las cocinas a desayunar.

Mientras comía algo de carne, me dedicaba a observar a las atareadas sirvientas y a los mozos de la cuadra, que entraban y salían al patio sin cesar, llenos de energía.
Astrid pasó por mi lado barriendo el suelo y me saludó respetuosamente. Yo la atraje hacia mí y le susurré:

-Estaba pensando en bajar al pueblo hoy, a pasear...

-Me alegro, mi señora-respondió ella- hoy hace buen día, ya casi no queda nieve. Si lo deseáis avisaré a vuestra escolta en cuanto termine de barrer.


Siguió con su tarea, pero antes de que se alejara, la agarré suavemente por el brazo.


-Astrid-susurré- necesito que me digas dónde está el taller del alquimista.


-¿Para qué, mi señora?-respondió ella en el mismo tono misterioso.


-Porque necesito ir a verle.


-¿Por qué motivo?


-Porque necesito hacerle una consulta.


-¿Sobre qué? ¿Es para la señorita Liana?


-¡No seas descarada, eso no te importa! limítate a decirme en qué parte del pueblo está su taller.


-No...lo siento, mi señora, no puedo. El taller no está en una buena parte del pueblo...y vos sois tan delicada...sólo de pensar que os ocurriera algo...no, no puedo decíroslo.


-¿Me estás llamando debilucha?


-¡Jamás osaría, mi señora! pero vos estáis muy bien habituada a la vida de vuestro castillo...no sabríais desenvolveros en...digamos...situaciones peliagudas.


La miré de arriba a abajo, ofendidísima.


-¿No me lo vas a decir?


-No, mi señora. Pero me alegro mucho de que comprendáis que lo hago por vos, porque...


Respiré hondo. Astrid no me dejaba otra alternativa. Tenía que poner en marcha la idea que había planeado por si las cosas no me funcionaban. No me gustaba, pero era necesaria.



-Astrid-volví a susurrar, mirándola fijamente y apretándole el brazo que le agarraba- ¿Recuerdas lo que te dijo tu hermana el día que llegaste? yo sí lo recuerdo. Te dijo que si yo hablaba con ella y le daba una sola queja sobre ti, te arrancaría los pelos. Aún puedo hacerlo, ¿sabes? aún puedo quejarme de ti...


-No... no comprendo lo que decís, mi señora-Astrid se estaba poniendo visiblemente nerviosa- Debo irme, tengo mucho trabajo...


Intentó zafarse suavemente, pero yo aumenté la presión sobre el brazo y la miré aún más severamente:


-Habla ahora, Astrid, o seré yo quien le hable de ti a tu hermana.


-Pe, pero...mi señora, yo os estoy sirviendo bien...


-¿Estás segura de eso que dices?-volví a mirarla, esta vez con superioridad, una mirada que me habían enseñado a poner desde que era pequeña- Francamente, yo creo que dejas mucho que desear como criada. Mis suelos y vidrieras ya no brillan tanto como antes, si mi ropa sufre algún desperfecto tardas mucho en coserla, eres bastante torpe y...oh, sí, no paras de hablar. No te callas ni un momento, y eres muy escandalosa, y sabes que un criado no puede hablar a no ser que su señor se lo pida, por lo que es una falta grave. ¿No crees que muy bien podría quejarme por esos motivos?


Pude notar cómo su frágil coraza de niña comenzó a resquebrajarse. Me daba mucha pena, pero necesitaba aquella información a toda costa, así que no la dejé marchar:


-Mi señora, por favor...tened piedad. No me obliguéis.


-¡Amaya!-grité en voz bien alta, y la mayor de las hermanas se acercó enseguida- quiero hablar contigo sobre cierto asunto. Pero no ahora. Más tarde, cuando hayas acabado tus tareas.


-¿Asunto? ¿Qué asunto, mi señora? ¿Es grave?


-No lo sé...podría serlo-miré fija y gravemente a Astrid. Amaya se dio cuenta enseguida.


-Astrid...dime que no has hecho ninguna tontería. Te mataré, pequeña estúpida...


-Ahora no, Amaya-interrumpí- Más tarde. Ve y termina tus quehaceres.


Amaya se alejó mascullando, y Astrid me miró aterrorizada.


-Mi señora, por favor...-susurró con lágrimas en los ojos- yo no quiero dejar de serviros...


-En tus manos está, Astrid. Dime dónde está el taller del alquimista y te doy mi palabra de que no te pasará nada malo.


Finalmente, la coraza se rompió. Astrid derramó un par de lágrimas que se apartó del rostro enseguida, y, con rabia en la voz, susurró tan atropellada que apenas la entendí:


-¡El taller está en la morería! ¡Es peligroso, está en la parte amurallada del pueblo, por eso no os dije nada! ¡Imaginad por un segundo que os pasa algo! ¡Sería culpa mía, y me azotarían en la plaza del pueblo como a los pecadores! ¡A lo mejor hasta me ahorcan!


-Oh, vamos, Astrid, nada de eso va a ocurrir-hice un gesto ambiguo, como quitándole importancia al asunto- así que, el alquimista es musulmán, ¿cierto?


-Es diferente -el tono de Astrid era despectivo- Los de su clase no ayudan a nadie. Son interesados y egoístas, y...


-Pero yo pienso pagarle. Quizás eso le convenza y me ayude.


-Ay mi señora, haced lo que queráis pero por Dios santísimo, tened mucho cuidado...id con escolta...


-Gracias por preocuparte, y por la información. Tendré cuidado. Puedes retirarte.


-Una última cosa mi señora. Llevaos vuestro rosario pendido del cuello y mostradlo si es necesario.


-¿Y eso por qué?


-Hay un rumor que dice que si un cristiano le enseña la cruz del señor a alguien que no lo es, éste tiene que obedecer ya que nuestras tierras son cristianas y ellos los infieles. No sé si es cierto, pero quizás os ayude.


-Gracias de verdad, Astrid. Te prometo que no te pasará nada- le sonreí para que viera que mis palabras eran verdaderas. No pareció calmarse demasiado, pero al menos no lloró más.





Campoflorido era mi hogar, y había paseado infinidad de veces por sus calles desde que naciera, pero nunca lo había hecho completamente sola, con un saco de dinero atado a la cintura, un rosario colgado del cuello junto con mi colgante y mi capa de terciopelo carmesí como únicos compañeros. Era evidente que no podía pasear por aquellas calles con mi escolta y mi séquito como había hecho siempre, ya que mi objetivo era completamente distinto. Tampoco llevaba puestas mis mejores galas ni joyas vistosas. Me deslizaba caminando silenciosa, a solas y en secreto por primera vez en mi vida.



A primera hora de la tarde, cuando los campesinos descansan esperando para reanudar su duro trabajo, me escurrí por una puerta lateral de mi castillo sin decir una palabra a nadie, y me encaminé colina abajo, hacia las calles principales de Campoflorido.

Tal y como Astrid había dicho, el pueblo estaba muy bonito aquel día. Hacía sol, y los pocos restos de nieve invernal ya casi eran historia. La primavera estaba empezando a manifestarse, y eso me transmitió una sensación de paz casi inmediata. Pero no tenía tiempo de admirar nada. Al fin y al cabo, tenía una misión que cumplir.


El portón del barrio musulmán era enorme, de una pesada y oscura madera bien gruesa. Decidí no dudar más, o de lo contrario me arrepentiría y me daría la vuelta para volver al castillo en ese mismo momento. Me calé bien la capucha de la capa, suspiré y entré en la morería.


Sabía que iba a haber una diferencia, pero no esperaba que fuera tan grande. En cuanto atravesé el portón, dejé atrás el olor a rosas y a trigo del pueblo, y un buen número de exóticos aromas, como el cuero, la canela, el azahar o la naranja acudieron a mi nariz. Las casas no eran de madera, sino de ladrillo, y la mayoría estaban pintadas de blanco. Los callejones eran estrechísimos, y aunque de vez en cuando me llegaba el rumor de una risa infantil o el ladrido de un perro, todo lo demás estaba en completo silencio. Medio emocionada, medio asustada,  avancé por las callejuelas esperando hallar pronto el taller del alquimista.


Sorprendentemente, no me costó nada encontrarlo. La morería no era muy grande, y el sospechoso humo azulado que salía de una casucha me indicó que ahí era donde se encontraba mi objetivo.


Entré, aún con la capa puesta, y aunque no veía nada claro por el humo, reconocí algunos almohadones de vivos colores repartidos por el suelo, junto con grandes alfombras y tapices bordados en las paredes. Había extraños instrumentos de cristal por doquier.


Sin embargo, y a pesar de ser yo la que había entrado, no pude evitar dar un respingo de miedo cuando oí una voz grave frente a mí:


-Salam Aleikum


Sabía que ese era el saludo musulmán, pero por nada de este mundo lo habría respondido. Mi religión y la educación cortesana que había recibido desde niña me lo impedían. Cuando el humo se disipó lo suficiente, pude distinguir ante mí a un señor alto, de hombros bastante anchos y muy moreno que vestía una túnica morada. Me bajé la capucha de la capa y musité:


-Buenas tardes. Dios os guarde, caballero.


El hombre frunció el ceño, entornando los oscuros ojos amenazadoramente. Con un profundísimo acento árabe, comenzó a hablar:


-Sois mujer. Estáis sola. No lleváis niqab, ni siquiera os cubrís la cabeza con un hijab. No habéis respondido a mi saludo. Debo suponer que no pertenecéis a este lugar. Fuera.


-Esperad. Vos sois el único que puede ayudarme.


-¿Yo?


-Esto...-dudé- ¿Acaso no sois vos el alquimista?


-Ese es mi noble oficio. Pero no veo que pueda tener algo que ver con una mujer...cristiana-pronunció la última palabra con un desprecio que me dio ganas de desaparecer. Pero no podía.


-Veréis...se dice que vos no sólo os dedicáis a la alquimia, sino que también resolvéis, digamos...ciertos problemillas un tanto inusuales.


-No digáis más. Necesitáis una pócima, un hechizo amoroso para engatusar al pobre desgraciado que os ha dejado preñada y que os despose. No os voy a ayudar con una tontería de semejante calibre.


-Estáis muy equivocado- dije, ofendida pero intentando no hablar con demasiada superioridad, porque intuía que ese camino no me iba a ayudar en absoluto- La poción no es para mí, sino para mi hermana. Y no tiene nada que ver con asuntos del corazón. Es por...


-Y si es para vuestra hermana, ¿Por qué no ha acudido ella misma? mujer y mentirosa... qué triste...


-¡No os consiento que faltéis a mi persona de esa manera!-exclamé, rabiosa- Si mi hermana no ha acudido en persona, es porque está enferma...o al menos eso parece. Se comporta de una forma extraña desde hace un tiempo. Debéis acompañarme, así la veréis vos mismo y podréis hallar el remedio adecuado...


-¿Entendéis acaso lo que significa ''no''? ¿O es que además de mujer y mentirosa, sois una necia?


Tanta ofensa seguida estaba empezando a agotar mi paciencia, pero intenté calmarme pensando que aquel hombre era el único con poder suficiente en Dios sabía cuántas leguas para ayudarnos a Liana y a mí. Realmente era mi única esperanza. Respiré hondo un par de veces y saqué la bolsita de dinero de un bolsillo de la capa:


-Escuchad, tengo dinero-sacudí la bolsita haciendo tintinear las monedas de su interior- puedo pagaros si me ayudáis, y el motivo que me ha traído hasta vos no es en absoluto superfluo. Si me acompañáis veréis lo enferma que está mi hermana, y si lográis curarla os juro que os daré tanto oro como podáis pedir. ¿Lo haréis?


El alquimista me miró, los ojos negros parecían dos pozos infinitos y misteriosos. Reflexionó durante un largo minuto, y suspiró larga y gravemente antes de volver a hablar:


-Veo que sois insistente. Muchos os calificarían de valiente, en cambio yo creo que la insistencia excesiva no es más que un signo de inconsciencia y estupidez.

Sin embargo, he decidido que voy a acompañaros y a prestaros mis servicios...con una condición.

-¿Cuál es, pues?-dije impaciente, resuelta a solucionar cualquier requisito que me pidiera.


-Que venga un hombre de vuestra familia a confirmarme que lo que decís es cierto.


La sorpresa fue tal que durante unos segundos estuve segura de haber oído mal.


-Temo que no he entendido lo que queréis decir...


-Si no tengo más remedio que hacer negocios con un cristiano, que al menos sea un hombre. No voy a consentir que una mujer se meta en asuntos de dinero conmigo.


Me sentí de repente tan insultada y despreciada que no pude siquiera reaccionar en forma alguna. El único hombre de mi familia era mi padre, y si se enteraba de que quería que un alquimista no cristiano se acercase a Liana para curarla...no, si se enteraba de que me había colado en el barrio musulmán...o incluso si se enteraba de que había salido del castillo sin escolta y con dinero, aunque fuera a plena luz del día... una paliza era lo mínimo que podía esperar recibir.


Por otro lado, ¿Qué demonios pretendía aquel hombre? podía pagarle, ¿Acaso no iba a aceptar los grandes beneficios que le había prometido solo por ser yo una mujer cristiana?


Cristiana... en ese instante recordé el consejo de Astrid... no estaba segura de si iba a funcionar, pero era mi última carta, y tenía que jugarla.


-Vais a venir conmigo ahora. Vais a hacerme caso y a ayudarme. Hasta ahora he sido condescendiente, pero no voy a permitir una sola ultranza más. Os lo ordeno- lentamente me quité el rosario del cuello, y sosteniéndolo entre las manos, le mostré la cruz de cristo al alquimista y lo miré a los ojos con firmeza- ya sabéis. Os lo estoy ordenando con la cruz por delante. Obedeced.


Él abrió los ojos, cada vez más, cada vez más desorbitados, y luego fue entrecerrándolos cada vez más, cada vez más amenazadores. Cuando logró dejar de respirar entrecortadamente apretando firmemente los puños y habló, su voz de desierto cortaba como un cuchillo:


-¿Cómo os atrevéis a enseñarme el símbolo de los infieles? ¿Cómo podéis ser tan estúpida? Largaos de mi taller y no volváis jamás. Si lo hacéis os encontraréis con mi cimitarra. Fuera.


-¿Te...tenéis la menor idea de con quién estáis hablando? yo soy...


-¡Largaos o por Allah que os atravieso con la cimitarra ahora mismo!


Chillé y salí huyendo del taller, con lágrimas en los ojos y el corazón a punto de estallar. ¿Cómo se me había ocurrido salir del castillo? ¿Cómo se me había ocurrido pensar que colarme en el barrio musulmán era buena idea? ¿Cómo iba a ayudar a Liana?


Y, por suerte o por desgracia, no me dio tiempo a seguir haciéndome preguntas, porque en ese mismo instante un par de morenos brazos me apresaron y atraparon en una especie de abrazo forzoso.


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