martes, 4 de marzo de 2014

Relato: el telegrama

El telegrama


Hola a todos de nuevo. Antes de comenzar con este relato, he de daros unos cuantos datos históricos para que no me toméis por (más) loca. Y quiero decir que aunque en este relato intervienen personajes históricos REALES, la trama es absolutamente INVENTADA, y casi todo ha salido de mi cabecita, así que no os alarméis, porfa.
Aquí están los datos históricos:

1. Luis Cernuda Bidou (Sevilla, 1902-México, 1963) fue un escritor, dramaturgo y poeta español perteneciente a la famosa Generación del 27. El por qué no murió ni en su tierra ni en su país tiene una sencilla explicación: Exilio. Y es que un  intelectual poeta republicano homosexual no era precisamente lo que el señor Francisco Franco deseaba en ''Su España'' (Y sí, Luis Cernuda era homosexual y declarado, nunca se molestó en ocultarse y en sus poemas al amor es frecuente encontrar sutiles referencias a la homosexualidad) Luis tuvo que exiliarse a varios países (París, México, Estados Unidos, Inglaterra y por último otra vez México, donde pasa el resto de sus días) para huir de la dictadura que lo perseguía sólo por ser él mismo.

2. Federico García Lorca (Granada, 1898-1936) es, quizás, uno de los más famosos escritores, dramaturgos y poetas españoles pertenecientes a la generación del 27. Intelectual, apasionado del flamenco y la música (era guitarrista aficionado) y enamorado incondicional de Andalucía, pasó toda su vida en nuestro país. Meses antes de que la guerra civil estallara, muchos de sus compañeros se exiliaron, ya que era cosa sabida que el gobierno franquista los perseguía por intelectuales. Pero él se negó en todo momento, diciendo que, por encima de sus ideales (era republicano) o su orientación sexual (era homosexual, y declarado) él era español, y como tal pasaría su vida en su país ya que éste era su derecho.
Murió fusilado en 1936 por un grupo de soldados franquistas, y su cuerpo fue arrojado a una fosa común junto con muchos otros cadáveres de gente republicana. A día de hoy aún no sabemos dónde está el cuerpo de una de las mente más brillantes que ha dado nuestro país.

Ahora, lo que os venía a decir: no existe ni remotamente ninguna prueba de que Lorca y Cernuda tuvieran ningún tipo de relación amorosa. Eran buenos amigos y se veían bastante frecuentemente, pero no hay ningún documento o fotografía que lo demuestre. Sin embargo, cuando el año pasado estudié profundamente la generación del 27 (por eso de selectividad y tal) recuerdo que hice la bromita de ''Buah, estos dos fijo que se liaron''. Vengo a escribir un relato corto que no pretendo que sea para nada real u ofensivo para nadie. Como muchacha de letras que soy, lo único que me inspiran estos dos nombres es una profundísima admiración y un gran respeto.

He de decir que he alterado un poco las fechas históricas y los acontecimientos para que todo encajara. Vuelvo a repetir que nada de esto pasó de verdad (excepto el fallecimiento de Lorca, claro). Si dejáis de leer ahora, supongo que lo comprenderé. Pero aunque no sea un relato súper currado, hacedme el favor y echadle un vistacito, que no os cuesta. ¡Gracias!



* * * 


Acababa de despertarme de una corta pero reparadora siesta. Sonreí, me paré a oler las preciosas lilas que el botones había colocado encima del escritorio de madera blanca y salí al pequeño balcón de mi habitación a contemplar París. La brisa veraniega era como una caricia de seda, y olía a flores y a libertad, sobre todo a libertad. Había logrado salir del país que me vio nacer y crecer, del país que ahora estaba maldito, del país que iba a perecer bajo una guerra. El motivo que me había llevado a instalarme en un hotel de París con mi criada personal no era nada maravilloso, pero el exilio nunca lo es. En cuanto mi  prometido, Ricardo, viniera a por mí, nos iríamos a Inglaterra donde ya teníamos prácticamente comprado un apartamento. Por lo visto, ser adinerado pero republicano era algo inadmisible en España, y mi familia entera (y también la de Ricardo) tenía que huir lo más pronto que fuera posible. Por fortuna, tenía algunos amigos que, como yo, pretendían pasar un tiempo en París con la esperanza de que nuestra herida España se curara pronto.

Estaba pensando en Ricardo , en que esperaba que llegara pronto para ir juntos al Louvre y a la torre Eiffel y contemplando unas grises nubes que se extendían sobre el cielo Parisino, cuando comencé a escuchar golpes, rápidos y fuertes. Al principio no los identificaba, pero luego comprendí que no podía ser más que alguien aporreando mi puerta. Recorrí aprisa la gran habitación de techos altos, me arreglé un poco el pelo con las manos y abrí como una perfecta y calmada señorita.

Paca, mi criada, parecía a punto de sufrir un infarto.

-AY, AY SEÑORITA. ¡SEÑORITA ADELA, SEÑORITA MÍA! ¿POR QUÉ NO ME ABRÍA USTED?

-Cálmate, Paca. Por Dios, apenas me acababa de levantar de la siesta. Sé que en Francia no es costumbre, pero ¡ay! en el fondo, soy española. Tú que vienes de las habitaciones de la planta baja, ¿has visto si el cartero ha llegado? ¿Hay noticias ya? ¡Ay, Paca! cuánto tardan mis padres, cuánto tarda Ricardo... casarme en Inglaterra va a ser tan bonito...

-Señorita.... Ay señorita Adela, señorita mía...-Paca comenzó a llorar desconsolada y aparatosamente. La hice sentar a los pies de mi gigantesca cama y beber un poco de agua, pues no había forma de que pudiera contarme lo que parecía querer decirme. Por fin, se serenó y pudo hablar:

-Ay señorita, que ha llegado el cartero... y no traía carta, hoy no traía carta señorita... y  yo ya estaba decidida a irme... y entonces me ha dado para usted... ¡Ay mi señorita Adela! un telegrama...

¡Paca, mujer!-reí jovialmente, como la niña que en el fondo aún era- no pasa nada si en vez de una carta es un telegrama. No llores, que mientras tengamos información debemos estar muy contentas. ¡Seguro que es de Ricardo o de mi padres! ¡O puede que incluso de tu familia!

-AY SEÑORITA-Paca volvió a gritar- AY JESÚS DE LA SALUD Y VIRGEN DE LA LUZ, AY DIOS NO LO QUIERA.

-¿Por qué dices eso?

-¡Porque el telegrama venía atado con un lazo negro, señorita Adela!

Palidecí. La habitación me dio vueltas y todo se volvió tan negro como el lazo mencionado por Paca. Cuando volví en mí un minuto después, no lo podía creer. Negro no. Cualquier color menos el negro. No, oscuridad no. Muerte no. Por favor.
Intenté mantener la calma. Ahora que me iba a convertir en una esposa y ama de casa, tenía que saber mantener la compostura aunque me estuviera muriendo por dentro. Miré a la consternada Paca a los ojos.

-¿Estás segura de que es para mí?

-Viene su nombre completo, señorita. El cartero dijo que quien la envió en la frontera de España parecía tener prisa en llevar el comunicado.

-Bien, si tanta prisa tenía no es justo postergar más el momento. Dámelo, lo voy a abrir ahora mismo-Dije, mirando con aprensión el sobre que mi criada apretaba entre sus morenas manos.

-¿La...la dejo sola, señorita?

-Ni se te ocurra. No quiero estar sola ahora. No, podría darme un ataque, y...-me callé porque no quería empeorar aún más la situación. Me senté a los pies de la cama, y, temblorosa, fui abriendo el maldito sobre mientras Paca me miraba expectante, dando pequeños pasos por la habitación mientras juntaba las manos en actitud orante.

El telegrama, efectivamente, era para mí. Estaba fechado el 18 de Agosto de 1936, sólo unos días atrás, y tal y como ambas temíamos, era un telegrama de defunción, preciso, directo y muy corto. Cuando terminé de leerlo, estallé en un silencioso y amargo llanto que me dejó el alma vacía y el corazón deshecho. Durante un buen rato, no fui capaz de articular palabra, a pesar de que Paca no paraba de preguntarme.

-Paca-susurré en cuanto mi garganta me lo permitió-Nuestro país está envenenado.





Corrí, corrí como una centella, casi volé como una hoja en el viento. No quería un taxi, necesitaba correr, desahogarme, aunque sabía que una muchacha no debía correr de esa forma alocada en plena calle de París en una tarde de agosto. Pero necesitaba encontrarle pronto. Necesitaba llegar a su lado. Lo que le iba a decir era lo peor que podría haberle dicho, pero no pensaba permitir que se enterara días después leyendo un insulso periódico francés. Él no se lo merecía.

Cuando visualicé el café ''L'épée'', me entretuve un buen rato, indecisa a cruzar la calle y entrar. Esperé, me ahuequé el pelo, me alisé el vestido en condiciones, y cuando paré de llorar y vi que el reflejo en mi espejo de mano parecía más o menos sereno, comencé a moverme todo lo tranquilamente que pude.

En cuanto atravesé la puerta, comencé a retorcerme el cuello como una auténtica maleducada, buscándolo, buscando su mesa sin parar.Tenía que estar allí, él siempre iba allí por las tardes. Pronto lo encontré. Se ocultaba detrás de un enorme periódico, pero la copa de vino tinto medio vacía que tenía delante y un pequeño cuaderno con una estilográfica roja me hicieron reconocerle pronto. Me aproximé y me senté en la otra silla de su mesa, quedando frente a él (bueno, frente al periódico, ya que él ni se inmutó)

Pronto, un joven camarero se acercó a atenderme con una finura y una parsimonia que sólo los franceses tienen.

-Rien pour moi, merci, garçon-Murmuré. Pero de detrás del periódico salió una mano sacudiendo la ceniza de un puro, que dijo lo siguiente:

-Un café bonbon pour la jeune mademoiselle, s'il vous plâit. Et vite, garçon!

En cuanto el muchacho desapareció, la voz masculina volvió a hablar desde detrás del periódico, aunque esta vez lo hacía en español y no en francés:

-Adelita, princesa, que no te de vergüenza venir a verme y tomarte un café conmigo. Siempre es una sorpresa muy agradable. Además, ahora podemos vernos siempre que queramos, no es como en esa cloaca a la que algunos llaman España, aquí podemos marchar libres por la calle, ni a ti te van a llamar roja ni a mí maricón.

-Luis...-ni siquiera sabía cómo iba a empezar aquello. Ni siquiera sabía cómo iba a decírselo. Ni siquiera podía pedirle que me mirara.

-¡Ah! estoy escribiendo de nuevo poemas de amor, ¿te lo puedes creer? parezco una muchacha de veintiún años a punto de casarse... ¡vaya! me parezco a ti, querida. Si quieres échales un vistazo a los primeros esbozos, están en la libretita negra. Siempre tuviste buen ojo, tal vez puedas decirme...

-Luis...-volví a intentarlo, pero se me quebró la voz. El chico llegó con mi café. Pensé que algo tan dulce como un café bombón me ayudaría, pero en cuando di el primer sorbo sentí unas ganas de vomitar tan grandes que me limité a apartar la fina copa y a mirar de nuevo al periódico.

-Vamos, nena, tómatelo, no te invito para nada, ¿sabes? sé que siempre ha sido tu favorito, no me lo vayas a rechazar ahora... no sé cómo puedes tomarte el café tan dulce, pero en fin, las muchachas finas como tú siempre han...

-Luis...- la tercera vez estallé en apagados sollozos. Su alma, sensible y empática en extremo, me captó enseguida. El periódico desapareció pronto, el puro se apagó en el cenicero, y el rostro de mi amigo y poeta, Luis Cernuda, apareció ante mí. Mantenía un semblante preocupado, y me agarró la mano fuertemente.

-Adela, ¿qué ha pasado?-Seguí llorando y abrió los ojos, expresivos y profundos-Ay...¿Ricardo?

Negué con la cabeza. Intenté enjugarme las lágrimas y alcé el rostro.
Entonces tuvo lugar la conversación más corta y a la vez más difícil que jamás mantuve con nadie.

-Luis....-susurré- Federico...

Noté cómo aguantaba la respiración.

-No...

-Fu...fue hace cuatro días. Me...han mandado un telegrama...

Me miró larga y acusadoramente a los ojos, supongo que para comprobar si mentía, si al fin y al cabo no le estaba gastando una maldita broma macabra. Pero mis ojos, que no paraban de verter lágrimas, nunca habrían mentido en algo así. Luis palideció, y, soltándome la mano fríamente, se levantó y salió del café sin decir una sola palabra.

Durante unos segundos me quedé, como una muñeca de trapo, mirando a la pared, inexpresiva, sin saber muy bien qué hacer o qué pensar siquiera. Y entonces comprendí que no podía dejarlo solo. Sólo Dios sabía las locuras que podía llegar a cometer un alma de poeta tan delicada tras recibir un golpe como aquel. Agarré su libreta, cogí mis cosas, y tras arrojar unas cuantas monedas a la cara del muchacho finolis, salí corriendo del café.

Llovía finamente, pero no me importó en absoluto, apenas lo noté. Giré la cabeza en todas direcciones, pero todos los hombres con traje me parecían iguales. Estaba empezando a desesperarme cuando lo vi perderse tras una esquina calle abajo. Corrí,corrí hasta quedarme sin aliento, corrí persiguiéndole por las calles de París, corrí gritando su nombre, le perseguí hasta que entró en su hotel. Allí tuve que convencer a un mozo de que me acompañara con una llave maestra, ya que era imposible hacerle abrir la puerta.

En cuanto entré, lo vi arrodillado en el suelo, como un niño perdido que acaba de darse cuenta de que no encuentra el camino de vuelta a casa. Lloraba, con la cara enterrada entre las manos, con una aflicción que me es imposible describir. Me acerqué todo lo que pude, aunque no me atreví a tocarlo.

-Luis...

-¿CÓMO?-Me miró, colmado de rabia, de impotencia- ¿CÓMO HA SIDO, ADELA?

-No, Luis, eso no tiene importancia ahora...

-DÍMELO. DÍMELO, MALDITA SEA.

-Luis, yo...-no quería hacerle más daño, no quería contarle más verdades.

-ADELA, DÍMELO O TE JURO POR LO QUE QUIERAS QUE TE ECHO DE AQUÍ Y NO VUELVO A MIRARTE MÁS A LA CARA.

Comencé a llorar como una pequeña indefensa,

-Lo...sacaron de su casa de madrugada. Era un pelotón de la guardia. Lo...llevaron a la cuneta, a un olivo...y entonces...

-DILO. ¡DILO!-se levantó y me zarandeó por los hombros.

-Lo han fusilado, Luis. ¡Han fusilado a Federico!

Luis me arrancó el cuadernito de las manos, y gritando, empezó a arrancar las páginas llenas de maravillosos versos y a romperlas. Cuando acabó, comenzó a darle patadas a la cómoda. Por más que yo le suplicaba que parara, no lo hacía, no era capaz. Cuando volvió a caer de rodillas en el suelo, lo abracé y le susurré que se calmara. Él me contestó con la voz muy apagada, agotado:

-¿Cómo se han atrevido? ¿Cómo han podido atreverse esos perros malnacidos a tocarle un pelo siquiera?

-No lo sé, Luis...

-Él no quería irse, Adela. Él decía que se quedaba en España, que no se iba de su Granada. Y yo le insistía mucho, yo le decía que viniera conmigo a París, que aquí nadie nos juzgaría, que aquí estaríamos a salvo los dos. Y él no quería venir. Pero me dijo que vendría a verme después del verano. Él me dijo que iba a venir a París a visitarme, Adela... él me escribía cartas...

Pasó mucho rato hasta que ambos dejamos de llorar.  Cuando me fui, las nubes se habían ido y estaba anocheciendo en París. Recuerdo perfectamente lo que le dije a Luis en la puerta:

-Sólo me voy si estás bien...no pienso dejarte solo.

-Vamos, vete. Tienes que descansar.

-Asegúrate de dormir bien al menos, Luis. Es malo para la salud pasar tanto tiempo despierto y nervioso.

-No, hoy no podría dormir, Adela. Escribiré cartas, muchas cartas. Hay que informarles a todos. Rafael, Gerardo, Vicente, Pedro... si no lo saben ya hay que decírselo.

-Está bien, pero...prométeme que no vas a cometer ninguna locura. Mañana voy a venir a verte y quiero encontrarte vivo y sano.

-Encontrarás mi cuerpo vivo y sano, Adela. Pero no esperes encontrar viva mi alma. Ya no.





Una semana después, Ricardo, Luis y yo nos encontrábamos en la enorme estación central de París. Nosotros partíamos a Inglaterra, primero en tren y luego en barco, y él...

-¿Estás seguro de esto, Luis? corres peligro.

-¿Acaso crees que me importa? no voy a permitir que sea olvidado como tantos. Voy a ir a Sevilla a arreglar unos cuantos asuntos financieros. Luego iré a Granada, e intentaré encontrar su cuerpo, pedir alguna explicación. Y luego iré a Valencia.

-¿A Valencia? ¿Para qué?-preguntó Ricardo.

-Tengo que hablar con la revista ''Hora de España''. Van a publicarme una cosita- lo miré fijamente sin saber a qué se refería. Él sonrió- estoy escribiendo una elegía. Y no soy el único. Casi todos los chicos están escribiendo para honrar su memoria.

Sonreí emocionada. Ricardo miró su reloj y agarró el carrito con nuestras maletas.

-Adela, cariño, tenemos que irnos-Le dio la mano y un abrazo efusivo aunque corto a Luis- ten cuidado, compañero.

-Lo mismo digo Ricardo. Y cuídame a la muchachita.

Yo le di dos besos en las mejillas.

-Por favor, Luis. Cuídate. Y  ven a vernos a Londres, ¿vale? ¿me prometes que vas a venir?

-Te lo prometo. Y te llevaré el artículo de la revista con la elegía publicada.


Nos disponíamos a irnos cuando recordé algo. Saqué de mi bolso una moneda plateada, me acerqué de nuevo a Luis y se la puse en la mano.

-Luis, cuando vayas a Granada...usa esta moneda, por favor. Cómprale un ramo de margaritas y dáselo, ¿vale?

-Pero si no sabemos dónde está.

-No importa. Él lo verá-las lágrimas volvieron a rodar por mis mejillas- déjalo en la puerta de su casa, en el patio delantero. Allí se sentaba siempre...estoy segura de que... lo verá...desde arriba...

Luis me estrechó entre sus brazos. La noticia de la muerte de un amigo siempre es difícil, pero cuando además sabes que ha sido una muerte cruel e injusta, todo es mucho más duro. Confiaba en que el resto de nuestros amigos poetas ofrecieran consuelo a Luis cuando volviera a Andalucía.


El tren se puso en marcha. Ricardo me cogió la mano y me la estrechó suavemente. Apoyé la cabeza en su hombro, y juntos, miramos por la ventana el cielo de París.

Cualquier persona habría dicho que estaba lloviendo. Pero nosotros sabíamos que ese día no llovía.

El cielo también estaba llorando.

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