domingo, 20 de abril de 2014

''El romance de Nadia'' capítulo 6

Capítulo 6


-¡Suéltame! ¡Suéltame, maldito seas, que te lleven los demonios si no me sueltas! ¡Déjame!- Golpeé el pecho de mi atacante, que, aunque no me soltaba, no paraba de decir palabras dulces:

-Ya sayyida, calmaos por favor... no gritéis más, os lo ruego, yo vengo a ayudaros...

Al levantar la cabeza, me sorprendió mucho ver que mi captor era un muchacho de mi edad más o menos, alto aunque bastante delgado, que tenía, si es que eso era posible, los ojos aún más grandes y más negros que el alquimista. Lucía un semblante de lo más calmado, y parecía no estar haciendo ningún esfuerzo por mantenerme presa entre sus brazos. Claro que esa calma no hizo más que aterrarme. Aquel muchacho iba a robarme con toda seguridad, probablemente me haría daño. 
Sin embargo, cuando sonrió y volvió a susurrar un ''calmaos, sayyida'', tomé conciencia de que tal vez el muchacho no quisiera solo robarme, sino que muy probablemente querría violarme. Se me heló la sangre en las venas, palidecí y comencé a llorar a lágrima viva:

-¿Pero qué os ocurre?

-Por favor, suéltame...

-Está bien. No pretendo que lloréis ni quiero haceros daño. Yo vengo a ayudaros.- Me  soltó suavemente. Su acento era tan marcado como el del alquimista, pero era diferente. El alquimista hablaba como lo haría una silbante serpiente. La voz del muchacho que me llamaba ''sayyida'' era como el agua que fluye a través de un torrente pedregoso. Era fresca y ondulante.

-¿Qué creéis que estáis haciendo? ¿Creéis que podéis... tocarme?- me sentía ultrajada. Deseaba huir corriendo a toda costa y no parar hasta llegar a mi alcoba, pero era lo suficientemente lista como para saber que si el muchacho me había atrapado una vez, lo haría una segunda.

-Mil perdones, sayyida, pero habéis salido corriendo tan rápida como un rayo, y yo temía no poder alcanzaros antes de que cruzaseis el portón.

-Pero ¿Por qué? y además, ¡Eso no os da derecho a agarrarme! ¡Santo Dios del cielo, me habéis agarrado por la cintura! Como si fuérais un vil borracho y yo una...-me callé de pura indignación. No quería decir ''prostituta'' en voz alta.

El muchacho me miró confuso.

-Me temo que no os entiendo bien, pero si me lo permitís os lo explicaré todo, Sayyida. Mi nombre es...

-¿Qué es eso que me has llamado? Sa... ¿qué?

-No recuerdo la palabra en vuestro idioma. Vos sois una Sayyida...-se quedó pensando un rato tras el cual susurró- siniora...

-
Oh. Bien.- suspiré aliviada. No era ningún insulto, tan solo me llamaba señora- Bueno, dime ya qué es lo que quieres-intenté aparentar la seguridad y el aplomo que no sentía ni de lejos.

-Sí, sayyida. Mi nombre es Vahid, y puedo ayudaros con vuestra hermana enferma. Oí todo lo que le dijisteis a mi padre, también eso que dijisteis de que le daríais todo el oro que pudiese pedir. Pensé que nadie que no fuese de alta cuna ofrecería algo así, por lo que decidí hablar con vos… pero mi padre tiene la sangre caliente y la lengua afilada. Sacó su cimitarra y vos desaparecisteis... Os he perseguido solamente porque quiero ofreceros mi ayuda. Si me pagáis puedo hacer lo mismo que mi padre.

-Tu... ¿padre?-lo miré de nuevo a los ojos. Esos ojos tan negros... no podía ser casualidad-¿El alquimista es tu padre?

-Sí, Sayyida. Y yo, por supuesto, soy su aprendiz. Aún no tengo tanto conocimiento como él, pero desde luego sé hacer pociones y también algún que otro hechizo. Siempre resuelvo en secreto los problemas que mi padre rechaza, y como la gente está muy agradecida, me pagan bien. Le ayudo mucho aunque él no lo sepa.

-Pues has de saber que tu padre se ha portado de un modo tan terrible conmigo que ni siquiera puedo mencionarlo. Ha sido, con diferencia, lo más irrespetuoso que nadie me ha dicho jamás. ¡Amenazas a mí! ¡A mí!

-Lo siento mucho, sayyida. Os pido disculpas en su nombre, y me comprometo a aceptar el trabajo por el cual habéis ofrecido esa bolsa de oro, sea cual sea. Mi padre es un hombre inteligente pero duro, no se fía de los cristianos y no atiende a razones, pero podéis estar segura de que os acompañaré adonde queráis, veré a vuestra hermana y trataré de solucionar vuestro problema a toda costa. Lo juro.

Nos miramos durante un rato en silencio. Todo lo que me decía Vahid podía ser mentira, podía ser una trampa. Pero si lograba conducirlo hasta el castillo, no podría hacerme nada malo. Allí había muchísimos guardias que estarían dispuestos a matarlo en cuanto yo diera una mínima señal. Y además, yo tenía un plan, y sin alquimista no podría realizarlo. ''Y como a falta de pan buenas son tortas, pues a falta de alquimista, bueno es su hijo, el aprendiz'', pensé.

-Está bien-Suspiré y me quedé seria y pensativa, mientras Vahid sonrió contento, sin duda, por los beneficios que esperaba obtener- pero si vas a acompañarme, has de tratarme con respeto y educación, respetando siempre la norma de distancia y el protocolo al dirigirte a mí, ¿De acuerdo?

-Sí, Sayyida.

-
Bien, pues vamos-ya me disponía a volver al castillo con Vahid siguiéndome obediente a una prudente distancia cuando me di cuenta de un detalle. Aquel muchacho no podía entrar vestido con una túnica y un absurdo turbante a mi castillo. Era demasiado arriesgado- Oh Vahid, vas a tener que cubrirte. Ve y busca una capa, no puedes entrar de esa forma en el castillo, te capturarían al instante.

-¿Castillo? ¿Cuál castillo, sayyida?- entonces, Vahid abrió mucho los ojos y me miró como si fuera la primera vez que me viera. Me agité incómoda, y un rayo de sol arrancó un destello de mi argénteo colgante. La clave de sol brilló durante un instante, y Vahid murmuró ''La duquesa'', y se arrodilló pidiendo clemencia.

-Vamos Vahid, levántate- le apremié- ya te he dicho que no voy a matar a tu padre. Si haces lo que te pido y me acompañas no os pasará nada.

-Oh, mi sayyida Nadia-Mi nombre dicho por él sonaba extraño, exótico- Juro por Allah que está en las alturas que ni mi padre ni yo sabíamos que erais vos... ay mi sayyida Nadiayo os serviré hasta el final de mis días, soy un siervo vuestro, de vuestro padre y de vuestra casa. 

-Te tomo la palabra, pues. Cúbrete y acompáñame, se te ha encomendado una gran misión.

El camino fue tranquilo y rápido. Vahid me seguía a cierta distancia, como era la norma, con los oscuros pies desnudos, una fea capa negruzca y un saco que mantenía firmemente agarrado. Llegamos al castillo y pronto lo conduje a través de pasillos que sabía que no estaban vigilados. Cuando llegamos ante los guardias que custodiaban a mi hermana, indiqué a Vahid que no abriera la boca ni levantara la cabeza, y los miré llena de severidad:

-Apartaos, vengo con un especialista que va a revisar a mi hermana.

-Pero señora... ¿Dónde están los señores...?

Miré al centinela aún más altivamente:

-Mi padre está atendiendo asuntos, que, desde luego, no te incumben ni lo más mínimo. Y mi madre vuelve a encontrarse fatigada. Pero comprenderás que no tengo por qué darte ni una sola explicación más. Abre la puerta. Y entrégame la llave de la celda-el centinela volvió a mirarme inseguro- ¿Acaso vas a cuestionar las órdenes de mi padre?

En cuanto estuvimos dentro y los centinelas nos dejaron solos, Vahid se quitó la calurosa capa y me miró admirado.

-Sayyida Nadia, sois valiente y poderosa, puedo notarlo.

-Sólo estoy haciendo lo que debo, Vahid. Mira, ahí está mi hermana-señalé la celda cuidadosamente- Debes tener muchísimo cuidado. Si empieza a desvariar, háblale tranquilo y finge que entiendes todo lo que te dice, porque si se enfada ínfimamente, lo más probable es que intente matarte. Tampoco quiero que se escape, así que sé cauteloso. Pero ni se te ocurra hacerle el más mínimo daño, o sabrás de lo que soy capaz. ¿Me has comprendido?

-Sí, Sayyida.

Liana estaba muy callada, tal vez dormida, acurrucada en un rincón. Abrí el complejo cerrojo con mucho cuidado y tiré de la puerta, que chirrió de una forma estrepitosa. Liana giró la cabeza lentamente, y suspiró triste, pero no se movió ni intentó matar a nadie, cosa que me sorprendió bastante. Vahid cogió su saco y se adentró en la celda. Yo entré también, pero me quedé apoyada en los barrotes y observé la escena con el corazón en la garganta. Todo aquello era una locura absoluta, había metido a un completo extraño en la celda de mi hermana... empecé a rezar internamente para que el alquimista aprendiz hallara un remedio.

Liana volvió a suspirar, parecía asustada y muy nerviosa. De repente empezó a hablar con una voz débil y a llorar:

-¿Eres tú, Baghrir?

¿Baghrir? ¿Qué demonios era aquella palabra? ¿Desde cuándo sabía mi hermana hablar árabe? Mi padre jamás aprobaría eso, sus hijas no podían hablar la lengua de los no cristianos.
Aunque la pregunta realmente no era esa. La pregunta era por qué mi hermana se dirigía a Vahid como si lo conociera.

-Baghrir, tienes que huir de aquí, rápido. Por favor coge a los demás y vete, ella sólo me quiere a mí. ¡Por favor, tenéis que iros, prométeme que los vas a poner a todos a salvo!

Vahid me miró con los ojazos muy abiertos y se encogió de hombros, dándome a entender que no tenía ni idea de lo que hablaba mi hermana. Yo, desconcertada, hice el mismo gesto ambiguo.
Él se arrodilló junto a Liana, que cada vez lloraba más, y le habló suave, como me había hablado a mí en el callejón una hora antes:

-Ya, Sayyida, cálmese. La voy a ayudar, estoy aquí por eso.

-¡No! Vete, vete por favor, os hará daño si os encuentra. ¡No sé cómo has llegado aquí, pero tienes que irte!

-Nadie va a haceros daño. Estoy aquí para ayudaros, por deseo de vuestra hermana...

Liana se incorporó bruscamente, aunque no se levantó. Aunque parecía muy débil, se aferró al brazo de Vahid y empezó a gritar:

-¿Mi hermana? ¿Cómo que mi hermana? No querrás decir que Nadia está aquí- Clavó los ojos sin vida en los de Vahid- sacadla por Dios, no dejéis que mi hermana entre aquí. ¡Nadia! ¡Nadia, vete, corre! ¡Corre!

-Liana...-Era la primera vez en casi 3 meses que mi hermana pronunciaba mi nombre, era la primera vez que me llamaba, aunque ni siquiera sabía que yo estaba a su lado. Lloré en silencio durante un rato, mientras Vahid la calmaba asegurándole que yo no estaba allí, donde quiera que fuera ese ''allí'', una y otra vez.
Cuando Liana paró de llorar y su respiración se volvió más o menos regular, Vahid volvió a concentrarse, y, extrayendo una serie de instrumentos de su saco, comenzó a revisar a Liana. Le inspeccionó la cara interna de las muñecas y las palmas de las manos, todas llenas de cortes y cicatrices, recorrió la línea de las azules venas de mi hermana a lo largo del brazo derecho y echó un rapidísimo vistazo a su cuello. No le permití ver ninguna parte más del cuerpo de Liana.

A continuación sacó una serie de extractos y plantas y dos cuencos. En uno machacó varios brotes y hojas con frutos viscosos, hasta que obtuvo una especie de pasta. En el otro cuenco, más pequeño, depositó algo pequeño y plateado. Se levantó y me miró serio:

Sayyida, necesito hacer última prueba para ver qué tipo de maleficio sufre vuestra hermana. Pero antes necesito que vos...

-¿Qué? ¿Entonces... está hechizada? ¿Yo estaba en lo cierto?- sentía que me iba a desmayar de puro nervio- Por Dios bendito del cielo, dime que existe un contramaleficio.

-Debo comprobarlo. Por eso necesito que me deis permiso.

-¿Permiso para qué?

-Debo comprobar... la sangre de vuestra hermana. Necesito pincharla con aquella aguja-señaló el cuenco pequeño- y ver si el hechizo se ha sellado con un vínculo de sangre.

-¿Vínculo de sangre?-¿De qué estaba hablando?- ¿Eso es… malo?

-De hecho haría la búsqueda del contrahechizo mucho más difícil.

-Vahid, no quiero que le causes un solo rasguño a Liana.

-Mirad-señaló el cuenco de la pasta verdosa- he hecho una solución de hierbas de mi tierra. Es un mejunje caro y cicatrizante. No dejará rastro de la herida.

-¿Estás seguro? te advierto que el más mínimo desliz puede ser mortal para ti.

-Sayyida, creedme cuando os digo que sé que mi vida está en juego. No soy tonto, sé cuándo me conviene decir la verdad y cuándo no. Y os doy mi palabra de la eficacia de mis métodos.

-Procede entonces-lo miré entornando los ojos.

Vahid cogió el brazo izquierdo de mi hermana, y siguiendo de nuevo la línea de sus venas, clavó la larga aguja brusca y enérgicamente. Mi hermana gimió de dolor. La roja sangre comenzó a salir como un siniestro hilo, y caía en el pequeño cuenco. Cuando Vahid tuvo bastante, aplicó la pasta a la herida. Liana se dejaba hacer, con la mirada perdida y sin decir palabra. Parecía una muñeca de trapo.
El muchacho empezó a remover la sangre de mi hermana. Yo, sin poder resistirme más, me coloqué a su lado. Vahid parecía concentradísimo y murmuraba palabras en su idioma. De repente, agarró un botecito minúsculo, y vertiéndolo, echó unas gotitas plateadas al cuenco. La sangre de Liana resplandeció durante unos instantes. Vahid abrió mucho los ojos.

-Lo sabía.

-¿Qué? ¿¡Qué!?-No podía más, necesitaba alguna respuesta.

-Es un vínculo de sangre, uno de los más complejos que he visto nunca. Esto escapa a mi control en muchos sentidos. Hay que reunir a los dos extremos físicamente, o el maleficio no se romperá. No se me ocurre otra forma.

-¡Vahid, haz el favor de hablar en cristiano!-Me miró muy ofendido- Bueno, ya sabes lo que quiero decir. Explícate.

-Han aplicado un maleficio a vuestra hermana, Sayyida Nadia. Han usado magia negra y rituales que desconozco y que, me temo, no se descifrar. Pero lo grave no es eso, lo grave es que han cerrado el vínculo con una unión de sangres.

-¿Unión de sangres? ¿Qué es eso?

-Han unido la sangre de vuestra hermana con la de otra persona, y luego las han separado. Esa persona lleva una parte de la sangre contaminada de vuestra hermana, y vuestra hermana tiene la suya. A eso se le llama ''Separar los dos extremos''. Han usado unas barreras muy complejas, así que la única forma que se me ocurre para romper el maleficio es unir las dos sangres de nuevo, es decir, unir los dos extremos.


-¿Unir las dos sangres de...? pero espera, ¿Qué persona es esa que lleva una parte de la sangre de mi hermana dentro de su cuerpo?

-La sangre lo ha revelado. Debéis traerme a un hombre.

-¿Un hombre?-cada vez daba menos crédito a todo aquello.

-Un hombre joven-Vahid parecía estar leyendo el cuenco de sangre de mi hermana- Fuerte. Pálido. Tiene el pelo y los ojos del color del trigo en primavera. Es de la parte media del país, ni del norte ni del sur.

-¿Todo eso te lo ha dicho la sangre?

-Todo eso, mi sayyida. Pero alegraos, si me traéis a ese hombre puedo preparar el contrahechizo. ¿Conocéis a algún hombre así?

-¿¡Cómo quieres que conozca a un hombre así!?- Estaba muy lejos de, como decía Vahid, alegrarme- ¿¡Cuántos hombres en el centro del país crees que hay con la tez pálida, fuertes, jóvenes y rubios!?

Y entonces, como el sol cuando se asoma al cielo tras una tormenta, la verdad me sacudió de arriba a abajo, iluminando por un instante la oscura celda de Liana.

En el centro del país estaba Gubraz. En Gubraz estaba la corte del príncipe. Y en la corte del príncipe había un joven caballero, cuyo nombre yo ignoraba y cuyo rostro nunca había visto, que se ajustaba bastante adecuadamente a la descripción de Vahid.

Al parecer, el ''extremo'' de mi hermana, el hombre al que yo debía traer a Gubraz, no era otro que el caballero de oro.