jueves, 10 de julio de 2014

''El romance de Nadia'' capítulo 9

Capítulo 9

Creo que sería inútil y bastante tedioso contar los pormenores de mi primera semana de viaje. 

Podría contaros que andaba muchísimo, más de lo que había andado en toda mi vida, andaba hasta que mis pies no podían más, y al final de cada día al anochecer, siempre descubría que había avanzado la mitad de lo que creía haber avanzado.
Podría contaros, una a una, las heridas sangrantes que cubrían mis blancos y pequeños pies, acostumbrados a andar lo justo y necesario con finos zapatos de danza y no con toscas botas de viaje, que me impedían descansar por las noches por el dolor.
Podría contar que no había ni una sola posada o taberna en el primer trecho de camino, así que la comida escaseaba. Pero no era muy grave, porque yo a penas comía, ya que tenía el estómago completamente cerrado por la tensión y los nervios.
Podría contar que estaba completamente segura de que, a esas alturas, mi padre habría mandado ya varios grupos de caballeros de la orden de Campoflorido a buscarme, pero, si pasaron por mi camino, no nos encontramos, ya que mi padre ignoraba que yo conocía otro camino que no fuese el real, plagado de soldados del rey y de otras órdenes de caballería.
Podría contaros que me aterraba adentrarme en el bosque, y que esperaba hasta que el dolor de garganta por no beber era mayor que el miedo para buscar algún riachuelo o arroyo. Podría contaros, así mismo, que temía que el agua no estuviera del todo limpia e hiciera enfermar a mi delicado organismo.
Podría contaros que me pasaba las noches llorando helada, porque nunca conseguía encender un fuego decente, envuelta en mi capa y siempre acurrucada junto al tronco de un árbol, el más grande que encontrara cada atardecer, nunca muy lejos del camino.
Podría contaros todas las pesadillas que tuve en los pocos ratos que lograba dormir. Podría contaros lo fea que estaba, lo horrible que estaba mi piel, lo enredado que tenía el pelo, las ojeras que me adornaban los ojos agrandándolos en exceso y haciéndome parecer una enferma.

Pero todo eso sería inútil. Porque, sinceramente, nada de eso fue lo más importante que me ocurrió al final de la primera semana de mi viaje. Nada de eso me dio valor para continuar. Y nada de eso es lo que debo contar. Lo que creo que debo contar es cómo comenzó una historia que jamás pensé que se produciría. Debo contar el que fue el primer encuentro de muchos que se repitieron posteriormente, aunque yo no podía ni imaginarlo.

Lo que de verdad creo que debo contar es cómo le conocí.

Había logrado no llorar, pero aquel día el camino había estado bastante revuelto. Me había encontrado con muchos comerciantes, granjeros, peregrinos... en general, muchas personas, y había estado muy nerviosa en todo momento, así que con todo mi pesar, tuve que adentrarme en la espesura del bosque que se extendía paralelo al camino. Casi al final del atardecer, encontré un gran claro, y justo estaba empezando a instalarme y a intentar encender una pequeña hoguera, cuando decidí apartarme un poco y esconderme entre la espesura. Me daba miedo quedarme en un espacio tan abierto. Aunque para ser sincera, desde que abandoné mi hogar, todo me daba miedo.
La noche se me echó encima como a veces viene la muerte: rápida y silenciosamente. Por suerte, todo era silencio y quietud en el bosque, con excepción de algún ruido animal muy lejano de vez en cuando. Mordisqueé a duras penas algo de pan , carne y queso (que sabían fatal, supuse que porque llevaba ya con ellos más o menos siete días) esperando no enfermar, Me quité las botas y las guardé en mi gigantesco zurrón, intenté vendarme las heridas con las suaves vendas de Vahid, aunque no tuve mucho éxito, y finalmente, me apoyé en el tronco de un árbol y, mirando la luna, que estaba llenísima e iluminaba el bosque como un pálido y argénteo día,  lloré hasta que me quedé dormida, envuelta en mi capa y abrazando mis escasas pertenencias.

Sin embargo, el destino caprichoso se cruzó aquella noche conmigo en el bosque. No le encuentro otra explicación, pues el tiempo demostraría más adelante que los sucesos que acontecieron no sólo aquella noche, si no a lo largo de mi viaje, no pudieron ser más que obras del destino y el azar.

Pero no adelantaré acontecimientos, me limitaré a explicar mi aventura nocturna, que comenzó en el momento justo de la noche en que me picó un escorpión.

Estaba dormida, o tal vez no lo estaba del todo, tal vez me encontraba en ese mundo efímero que existe entre el sueño y la vigilia, ese mundo en el que se confunden los sentidos, en el que vemos y oímos cosas que hacen que nuestro corazón se encoja y nuestra alma llore pero que luego somos incapaces de recordar. Tal vez estaba soñando con que me atrapaban. Tal vez estaba soñando que Liana se moría. Tal vez estaba soñando que mi futuro marido me pegaba.
Nunca lo sabré, ya que me es imposible recordarlo. Lo que sí recuerdo es el dolor candente e intenso que de repente me sacudió el brazo derecho e inundó todo mi ser, haciendo que me incorporara con una fuerte sacudida y un horrible grito, agudo, fuerte y penetrante. Noté algo agitarse a mi izquierda y oí un golpe aún más adentro del bosque, pero estaba tan confusa que no me sentía capaz ni de moverme. Sacudí un poco la cabeza e intenté respirar pausadamente mientras miraba mi brazo a la nacarada luz de la luna. Un fino hilillo de sangre recorría la blanca piel de mi antebrazo. Desesperada, comencé a agitar la capa, el zurrón y hasta mi propio vestido para ver con qué podría haberme pinchado, qué piedra me habría clavado mientras dormía, o qué planta con espinas...
Pero desde luego no estaba preparada para ver cómo un escorpión salía correteando de debajo de mi capa y se perdía entre los matojos oscuros con la mayor celeridad. No pude verme la cara, pero sé qué abrí los ojos de par en par, sé que palidecí y sé que me puse de pie y empecé a chillar como una auténtica desesperada mientras daba saltos intentando ver si había más bichos. Mi mente no funcionaba en condiciones, ya que en ese momento sólo podía pensar: ''Me ha picado un escorpión, me voy a morir''.

Sin embargo, mis gritos pronto fueron sofocados por otros gritos aún mayores: voces masculinas y roncas.

-¡Eh! ¡Otra vez los gritos! ¿Ves? ¡Te dije que no me lo había inventado, larguirucho!

-Me cago en todo gordo, yo también lo he oído. Pero no sé qué podrá ser...

-¿Qué va a ser? ¡Pues una mujer! venía de allí, vamos a mirar...

-Pero gordo, que eres una bola, ¿cómo va a haber una mujer en el bosque? ¿Y si es un espíritu?

-Un espíritu... te voy a dar una hostia que te vas a caer y ya no te vas a levantar más, largo. Despierta al pirata y vamos a mirar.

Me giré lentamente, y me maldije a mí misma un millón de veces en tan solo un segundo. No me había dado cuenta, pero a mi espalda había luz. La luz de un fuego vivo que venía del claro que había abandonado hacía unas horas. Y sólo el cielo sabía cuánto tiempo llevaba encendido. Lentamente, intentando hacer el menor ruido posible, me tumbé en el suelo boca abajo y me arrastré silenciosa entre los matojos que circundaban el claro, y, más mal que bien, abrí el hueco justo para echar un vistazo rápido con un ojo cerrado y el otro abierto.

Una hoguera de tamaño considerable ardía en el centro del claro, y proyectaba restos de luz que se extendían metros y metros más allá del claro. Sólo una estúpida se habría despertado sin darse cuenta de que había fuego a su espalda. Pero lo más grave no era el fuego, ni siquiera las sospechosas botellas que había tiradas alrededor, sino las personas que lo guardaban. Dos hombres, uno, efectivamente, muy gordo y el otro muy muy alto y delgaducho le daban golpes a un tercero que yacía tumbado, supuse que dormido, con una camisa sin mangas que dejaba ver una piel amarillenta y de aspecto enfermizo.
Eran los hombres con peor pinta que había visto jamás. Llevaban la ropa medio rota y sucísima, tan sucia que no acertaba a adivinar qué colores tenían las prendas. El gordo lucía una calva en el centro de la cabeza que amenazaba con arrasar el poco pelo corto que le quedaba, mientras que el alto tenía una especie de cortina grasienta de pelo liso y largo sobre la cara y el cuello. Al ''Pirata'' como lo habían llamado los otros, no le veía la cara, pero tampoco me hacía falta. En cuanto los miré, acudieron a mi mente palabras como Gentuza, Ladrones, Proscritos, Robo, Asesinato y Violación, y volví a maldecirme internamente unas mil veces. ¿Cómo podía haber sido tan necia?  ¿Cómo podía haber gritado de aquella forma? y lo más importante de todo, ¿Qué demonios se suponía que iba a hacer?

Salir corriendo no era una opción. Si me levantaba, ahora que ellos estaban atentos, me verían, por no hablar del ruido que haría al ponerme las botas y empezar a correr por un bosque en plena noche.
El hecho de enfrentarme a tres hombres borrachos, grandes, y probablemente expertos en matar a otros tan solo por insultarles o mirarles mal con la única ayuda de un fino puñal apenas sí se me pasó por la cabeza, por razones obvias que implicarían mi muerte o una violación como mínimo.
Por lo tanto, sólo me quedaba esconderme. Sabía trepar a los árboles, podría adentrarme sigilosamente en la espesura y subirme al primer árbol frondoso y alto que viera. Aferrándome a esa única esperanza, comencé a salir del seto lentamente. Una parte de mí aún no podía creer que todo aquello fuera real, que el miedo me estuviera presionando el corazón de aquella forma, que me doliera hasta la última parte de mi cuerpo por la tensión, pero así era.

Sin embargo, comprobé en ese mismo momento que el miedo siempre puede aumentar, ya que justo cuando había logrado salir del seto y estaba empezando a arrastrarme hacia la oscuridad protectora (cruel ironía, ya que normalmente me aterraba el bosque de noche) aquellos indeseables volvieron a hablar:

-¡Eh! he oído algo...

-Vaya, la princesa se ha despertado... venga ya pirata, maldito hijo de furcia, espabílate.

-No, lo digo enserio, cabronazo gordo. Callaos de una jodida vez. Me parece que el ruido viene de ahí, de entre esos setos. ¡Hay algo moviéndose!

-No seáis cenizos... de ahí es de donde venían los gritos de mujer... y la luna está llena... es noche de espíritus

-Cállate, largo. Vamos a mirar. Levántate, pirata. ¡Venga!

En ese instante me di cuenta de dos cosas. La primera, que mi zurrón había desaparecido. Torcí la cabeza en todas direcciones, pero no logré verlo. No estaba. Eso me aterró. Y la segunda, que fue, si cabe, aún más preocupante, que no podía moverme. No conseguía mover ni un músculo de mi cuerpo, aunque una parte de mi mente sabía que mi única esperanza era salir corriendo. Estaba allí, medio agachada a escasos metros de unos delincuentes, y no podía moverme. Iban a robarme. Iban a violarme. Iban a matarme. Noté cómo comenzaba a asfixiarme de puro nervio, y sin embargo, no podía moverme. Estaban allí, podía ver sus sombras acercarse cada vez más...

Y entonces me capturaron.

Una figura negra apareció de la nada, me agarró por la cintura y me apartó muy rápidamente del círculo de luz que proyectaba la hoguera de los ladrones. Corría empujándome y dando tumbos para que yo siguiera el mismo ritmo. En tan sólo unos segundos, me empujó contra el tronco de un árbol, y, mientras que con una mano inmovilizaba mis dos muñecas por encima de mi cabeza, con la otra me tapó la boca. Presionó sus piernas contra las mías, y, colocándose apenas a dos, quizás tres centímetros de mí, susurró las siguientes palabras:

-¿El zurrón es tu único equipaje, o llevas algo más? ¿Es tu única pertenencia? ¡Responde!

''Lo haría si no estuvieras asfixiándome con esa manaza'', pensó la minúscula parte de mi mente que no estaba paralizada por el miedo.

-¡Por el amor de Dios, dime sí o no con la cabeza! ¿Tienes algo más aparte del zurrón y de lo que éste contiene?

Negué lentamente con la cabeza.

-Bien. Pues ahora escúchame atentamente. Como se te ocurra moverte lo más mínimo o gritar de nuevo como lo has hecho hace un rato, vas a tener problemas graves, ¿Me comprendes? así que hazme caso. No quiero oírte ni un solo instante.

La figura se despegó un poco de mí y permaneció atento al claro, desde donde las voces de los ladrones llegaban ahogadas. Yo, por mi parte seguía prisionera y sin posibilidad de defenderme, pero una pequeña parte de mí funcionaba a toda velocidad.

¿Quién demonios era ese hombre? Porque era un hombre, de eso no había duda. ¿Era acaso un cuarto ladrón cuya presencia yo no había advertido hasta entonces?  sí, seguro que era un secuaz más. Y me había atrapado. Así, simplemente. Había aparecido rápido como un rayo y me había agarrado. Y allí me tenía, apartada en las sombras, aprisionada contra el tronco de un árbol y con la boca bien cerrada. No podía verle la cara, ya que, curiosamente y al igual que yo, el hombre llevaba una capa oscura y muy amplia, y se había calado la capucha de forma que ocultaba su rostro casi por completo. Además, en la oscuridad era imposible distinguir nada de su rostro. Pero era un hombre. ''Y -pensé- va a violarme. Este hombre me ha robado el zurrón, y ahora va violarme y luego va a matarme y dejará mi cuerpo tirado en el bosque y los cuervos lo picotearán hasta hacerlo desaparecer. Y yo iré al infierno. ''

Tal fue la sacudida de terror que me envolvió, que comencé a derramar lágrimas como una posesa. Tanto estaba llorando que pronto las lágrimas alcanzaron la mano de mi opresor, que se mantenía sobre mi boca. De repente sentí como todo mi cuerpo se volvía débil, y la vista comenzó a nublárseme levemente.

''No Nadia, por favor no te desmayes. Si te desmayas te violará y no podrás oponer ningún tipo de resistencia. Por favor, no te desmayes, no seas tan débil, no seas una presa tan fácil. Por favor''- la voz de mi mente chillaba desesperada, y concentré cada pensamiento, cada esfuerzo de mi cuerpo en intentar no desmayarme y en no derramar un lágrima más. Todo era horrible, era la peor pesadilla que jamás habría podido vivir. Sólo que era dolorosamente real.

De repente, el ladrón volvió a acercarse peligrosamente a mí y susurró de nuevo:

-Bueno, parece que los hemos despistado. Los muy borrachos no te encuentran, y están discutiendo porque se creen que hay espíritus en el bosque. Idiotas. Si hubieran estado lúcidos quizá no habrías tenido ni una sola oportunidad, así que dale las gracias al licor puro y barato que venden en los mercados los viernes. Es verdaderamente asqueroso. Bueno, ahora vamos a correr, ¿vale? así que voy a dejar que te muevas y voy a quitar la mano de tu boca. Pero no quiero oír ni un solo sonido, y menos un grito, saliendo de ella. ¿Me has entendido?

Asentí mecánicamente. El hombre me liberó, si bien me sujetó a la altura del codo izquierdo con una mano, y me arrastró con él rápidamente por entre serpenteantes caminos de ramas que crujían y hojas que parecían susurrar el peligro al que estaba expuesta. La verdad es que no entendía nada de lo que estaba pasando. ¿Por qué me llevaba lejos de sus compañeros? ¿Es que quería llevarme aún más adentro del bosque? ¿Tal vez para que mis gritos desesperados no se oyeran en ninguna parte? el desmayo amenazó con volver a hacer acto de presencia, pero sacudí la cabeza un par de veces para concentrarme en seguir caminando deprisa, arrastrada por aquel malnacido.

Sin embargo, apenas un minuto después,  llegamos a un claro iluminado por la luz de la luna, bastante más pequeño que el de los ladrones, y donde reinaban el silencio y la calma más absolutos. Pero lo sorprendente no era la perfecta paz del lugar. Lo sorprendente era ver a un caballo tranquilamente atado a una rama con mi zurrón, que destacaba blanquecino, enganchado en una de las alforjas. El ladrón me soltó, pero yo no me moví, sino que abrí los ojos sorprendida (aún más, si es que eso era posible, ya que sentía que se me iban a salir de la cara en cualquier momento) y sollocé ligeramente, con un sonido ronco e impropio de mí, pues tenía la garganta seca como nunca la había tenido antes.

-Bueno, aquí podemos hablar en voz un poco más alta. Pero nada de gritar, te lo repito. Jesús, ¿a qué muchacha en condiciones se le ocurre ponerse a gritar de esa manera en plena noche? ven, coge tu zurrón. Ven, vamos. ¿Te da miedo el caballo? si es eso tranquila, no es de granja, es de caballería, pero no te va a hacer nada, es buenísimo y está muy bien entrenado. Se llama Fante, y si te acercas lentamente no te hará nada, incluso podrás acariciarlo, es muy caballeroso.
¿Se puede saber por qué no te mueves? en el claro te pasó lo mismo. Te estaba mirando y creía que ibas a escapar, te veía muy dispuesta, pero de repente te quedaste quieta. Oye, ¿estás bien? ya puedes hablar. Oye... bueno, está bien, yo mismo te daré tu zurrón. Toma. Y tranquila, no le falta nada. Puedes comprobarlo. Trata de calmarte, vamos-desenganchó mi zurrón y lo depositó en el suelo, cerca de donde yo me encontraba. Lentamente, como una cría de cervatillo, me agaché y lo tomé entre mis brazos. Me quedé allí, arrodillada en la hierba. El ladrón se giró, dándome la espalda, y comenzó a desatar las riendas del caballo. Lo vi claro. Si me iba a violar y luego a matarme, al menos debía demostrar que podía luchar y defenderme. Desenvainé mi puñal, silencioso y afilado, y corriendo hacia su figura, le pinché la espalda ligeramente. Mi voz sonaba ronca y rota:

-¿Qué quieres de mí? ¿Qué me has robado? Malnacido indeseable, dime por qué me has capturado.

-¿De dónde has sacado el puñal?-se puso ligeramente rígido, y me miró de reojo, torciendo la cabeza. Seguía teniendo la capucha puesta, por lo que no le vi más allá del pómulo. Tenía la piel muy pálida, según me pareció. Era más alto que yo, al menos me sacaba una cabeza, pero no era tan fuerte como yo había creído en un principio. Y su voz no parecía del todo formada. Supuse pues, que no era un hombre hecho y derecho, sino un muchacho, tal vez en la veintena, lo que aumentó mi rabia aún más e hizo que le clavara un poco más el puñal.

-Devuélveme mis cosas, asqueroso proscrito. Te mereces el infierno por robarle a una pobre muchacha sola de noche en un bosque y encima con la ayuda de tres compinches. ¿Dónde están? ¿Acaso no van a venir? sois unos cobardes, eso no es de ser hombres en condiciones, sois unos...

-Guárdate el puñal, boquita de piñón. Yo no conozco a esos hombres, no los he visto en mi vida. Y no te he robado nada. Si eres tan estúpida como para no darte cuenta de que te he ayudado cogiendo el zurrón antes de que ellos lo vieran y luego encima salvándote la vida cuando te has quedado paralizada como un espantapájaros feo y delgaducho, no es culpa mía. Eres una desagradecida y una inepta. Esto me pasa por intentar ejercer de caballero con una loca que se pone a gritar en medio de la noche y no...

-¿Caballero? ¿Tú? por favor, esa palabra ni siquiera debería salir de tu sucia boca de borracho. Eres un mentiroso, un cerdo, y un niñato cobarde que se escuda en ladrones más mayores que él, y vas a ir al infierno porque...

-Mira granjera del tres al cuarto, estoy harto de jueguecitos- se giró rápidamente y me dio tal empujón que me tiró al suelo. Ambos nos quedamos inmóviles un instante, y entonces él se puso a revolver en las alforjas del caballo muy nervioso. Yo, de nuevo me sentí inútil. Menuda resistencia había presentado, si de un empujón estaba derribada en el suelo. Al miedo y la tensión se unió un sentimiento de vergüenza y decepción conmigo misma. Envainé el puñal discretamente de nuevo. El muchacho no paraba de mascullar, más para sí mismo que para mí:

-Es increíble que tenga que hacer esto...a una pueblerina, a una estúpida pastora o panadera cutre que encima de que se pierde me viene con puñales. ¡A mí! menuda creída, y uno intentando ayudar... ¡Eh, tú! ¡La damisela que se cree alguien! mira esto, idiota. Dudo que sepas siquiera leer, pero supongo que reconocerás el sello, ¿no?

Se plantó delante de mí y desenrolló un gran pliego de pergamino. Lo primero que vi a la luz de la luna fue, efectivamente, un enorme sello. El sello del escudo real. El sello de la corte de Gubraz. Comencé a leer las palabras, aunque por la poca luz apenas lograba distinguirlas:

-''Decreto de ordenanza de caballería de la orden mayor de su majestad el príncipe Alan de Gubraz. Por la presente, declaro que el alumno ha superado satisfactoriamente su periodo de formación de dos años, llegando a formar parte de la armada de Gubraz. Es por tanto, nombrado... ¡Caballero del rey!-Miré a la alta figura- ¿Eres caballero del rey?

-Sí. Recién nombrado.

-¿Primera orden?

-Ya lo has leído tú misma. Por cierto, enhorabuena por saber leer, no eres tan estúpida como creía.

-Pero, no comprendo... tú me has capturado, tú eres un ladrón... ¿Has robado un título? no, un proscrito no puede ser caballero...-me llevé las manos a la cabeza- ¡Oh, no entiendo nada!

-Santa madre, dame paciencia... Querida doncella boba, ¿No crees que si hubiera querido robarte o matarte o hacerte algún tipo de daño, te lo habría hecho ya?

-Pero me has apresado en el bosque...

-Sólo porque no quería que nos delataras haciendo ruido. Te voy a explicar mejor lo que ha pasado, a ver si tu maldita mente cerrada logra comprender mis palabras. Estoy haciendo un largo viaje, y estaba agotado y la noche se me ha echado encima, así que me he subido a un árbol con las ramas anchas a descansar unas horas. Y he aquí que de repente escucho un grito tan fuerte que me despierta y me caigo al suelo. Cuando logro levantarme, veo entre la espesura del bosque a una loca que probablemente se ha perdido de camino a su pueblo gritando muchísimo y sin darse cuenta de que a tres metros hay unos borrachos con muy mala pinta que no dudarán en violarla como mínimo.
Mi orgullo de caballero me impulsó. Cogí tu zurrón mientras no mirabas y luego, al ver que no podías ni moverte por el miedo, te cogí a ti, y te he traído junto a mi caballo y mi espada, a un claro seguro. Sólo intentaba ayudarte. Te lo prometo, por mi honor y por Gubraz.

Y entonces, le creí. Claro que le creí, porque tenía razón. Si fuera a hacerme algo, me lo habría hecho en cuanto me tuvo entre sus manos. Y el título... era un título de verdad, el sello impreso en el pergamino era el mismo que el que había visto a veces en las cartas de mi padre.

-Cielo santo... cielo santísimo...-la tensión que había dominado mi cuerpo durante horas se esfumó, y comencé a temblar y a llorar con pena y aprensión.

El joven caballero se rió un poco por lo bajo.

-Venga, venga, ya está... has pasado mucho miedo, ¿No es cierto? no pasa nada...

-Lo...lo siento tanto... yo...-volví a estallar en sollozos. Creo que ''pasar mucho miedo'' era una expresión que se quedaba bastante corta. Si no se me había parado el corazón aquella noche había sido sólo porque Dios se había apiadado de mí desde las alturas.

-Bueno, podrías parar de llorar, llevas ya un buen rato... ¿Siempre lloras tanto?

Me esforcé por calmarme pensando en la terrible impresión que el caballero del príncipe debía tener de mí. Finalmente pude serenarme, me puse las botas y me levanté torpemente. Aún me sentía temblar- muchas gracias y buenas noches, caballero del rey... sea cual sea tu nombre. Que Dios te bendiga por la grata ayuda que me has prestado. He de marcharme.

-¿Cómo vas a marcharte? sube al caballo, te llevaré a casa. ¿De dónde eres?

-¿Qué? no. No, no, ni hablar. Si quieres ayudarme, harás bien dejándome tranquila para descansar lo que resta de breve noche. Nada de llevarme a ninguna parte.

-Oh, insisto. No puedo dejarte sola y perdida en el bosque, eso significaría dejar mi hazaña incompleta.
Pareces una doncella educada, seguramente serás hija de algún comerciante de ciudad. Y estás de suerte, porque la ciudad más cercana es Campoflorido, y yo me dirijo al sur, así que...

-¿Qué? ¡No!-Retrocedí unos pasos- ¡¡No, al sur no. Jamás. No lo permitiré!!

-¡Está bien! demonios, eres testaruda... ¿al norte entonces? pero no hay ningún pueblo cerca, el más cercano al norte está a unos dos días...

-¡No quiero que me acompañes! Estoy de viaje y tengo que continuar. ¡Estoy bien en el bosque! ¿De acuerdo?

-¡Para de gritar! ¡Eres extremadamente desagradecida, sólo estoy intentando ayudarte! ¿Qué bicho te ha picado? pues me voy, que lo sepas. Menuda doncella en apuros...

-Bicho...-palidecí de nuevo, y me miré el antebrazo derecho. Hacía mucho que no sangraba, pero la herida seguía allí, claramente visible- oh, Dios mío... Dios mío, no puede ser...

-¿Qué demonios te pasa ahora?-el caballero estaba a punto de montar en su caballo.

-El escorpión... antes, junto al claro... me picó un escorpión en el brazo.

-¿Qué?

-Por... por eso grité. Estaba dormida y... no sé, me picó. Me dolió muchísimo. Era un bicho enorme, y me asusté y... grité.

El caballero tomó mi antebrazo derecho y miró la picadura.

-Sube a mi caballo. Esto podría ser grave. Ya sé dónde te voy a llevar. Te voy a llevar a ver a Suzanne.

*  *  *

Suzanne resultó ser una gorda y campechana viuda que tenía una especie de posada (en realidad solo era una casa grande con tres o cuatro habitaciones, pero ella se ganaba la vida así) y que entendía mucho de hierbas, ungüentos y remedios caseros. Tardamos unas cuantas horas en llegar, porque estaba muy escondida en el camino, y creo que jamás había pasado tanta vergüenza en mi vida. Me incomodaba muchísimo estar con un hombre en el mismo caballo, porque evidentemente tenía que agarrarme a su cintura para no caerme, pero no podía hacer otra cosa. Al fin y al cabo, estaba ayudándome.

-Buenas noches, Suzanne. Necesito tu ayuda.

-¡Oh, Axel! -la señora salió de lo que imaginé que era la cocina- querido niño, pero si apenas te fuiste esta mañana... ¿Ha ocurrido algo? ¡Oh! ¿Quién es esta chica?

-La he ayudado en el bosque. Ha tenido unos cuantos problemas, según creo, y además le ha picado un escorpión. ¿Podrás ayudarla?

-¿Un...? oh, cielo, pero ven, siéntate aquí. Pobrecita, parece aterrada.  ¿Quieres algo de beber y de comer? ven, deja que te vea esa herida. Axel, ve a la cocina y trae cosas para comer y beber, por favor. Esta noche estoy sola.

Yo asentí, me senté en el taburete que la señora Suzanne me ofrecía y me dejé hacer. Axel. Mi caballero, bueno, el caballero que me había ayudado, se llamaba Axel. No parecía un nombre nada noble.

-Bueno, preciosa, has tenido mucha suerte. No creo que fuera un escorpión, sino un pequeño alacrán. Su veneno es menos poderoso. Creo que con uno de mis remedios enseguida estarás bien- Suzanne me aplicó una pasta que olía fatal y me vendó el brazo cuidadosamente.

Axel enseguida apareció con un poco de carne y agua fresca. Me obligué a comer pausadamente aunque tenía mucha hambre, supuse que por toda la tensión acumulada. Él se sentó frente a mí, al otro extremo de la mesa de madera redonda.

-Está bien, voy a prepararte la habitación más limpia y bonita. Axel, ¿te preparo otra a ti?

-Sí, por favor, Suzanne. Mañana seguiré hacia el sur, qué remedio...

-Pues al menos come algo anda. Y quítate esa capa, por Dios.

-Oh, es verdad. Se me había olvidado-se quitó la capucha y se desató la capa.

Sé que vais a pensar que es absurdo que lo cuente de esta manera, pero casi me atraganto. Axel era mucho más joven de lo que le había supuesto, de hecho, parecía más o menos de mi edad. Era alto, y sin la capa vi que delgado, aunque no flacucho, sino más bien atlético. Su rostro pálido estaba enmarcado por muchas pecas que le daban un aspecto aún más aniñado. Pero eso no fue lo primero que pensé al verle. Lo primero que pensé fue otra cosa.

''Tiene fuego en el pelo y hielo en los ojos''

Jamás había visto un pelo tan rojo. Parecía un suave y ondulante fuego. Y jamás en la vida había visto unos ojos de un azul tan claro. Casi parecían de cristal. Era como mirar el lago helado de mi pradera en invierno. Eran hielo. Su pelo y sus ojos eran una contradicción en sí mismos. Y jamás había visto una contradicción tan maravillosa.

-¿Por qué vas al sur si eres del norte?-la pregunta se escapó sola de mis labios.

-¿Qué?

-Eres del norte. Tu pelo, tu piel, tus ojos... nunca encontrarías esos rasgos en el sur.

-Bueno, es que mis padres son del norte. Pero se mudaron cuando mi madre se quedó embarazada. Así que nací en el sur, en Brownstone, aunque sea más blanco que la nieve. Estoy deseando llegar a casa y contarles a mis padres que por fin soy caballero. Ellos son comerciantes y han tenido que ahorrar mucho para que yo pudiera tener la oportunidad de formarme.

Brownstone estaba aún más al sur que Campoflorido. Era prácticamente la frontera límite del país.

-Y... ¿Qué edad tienes?-de nuevo, otra pregunta que no pude evitar hacer.

-Dieciocho. Por eso soy caballero.

-Creía que eras un adulto...

-Yo también te creía más mayor, pero ahora que te veo a la luz... oye, ¿Cómo te llamas?

-Ehm... eso no es importante. ¿Sabes si el camino está muy apartado de aquí? mañana tengo que seguir mi viaje...

-Debe ser un viaje muy importante si aún después de todo lo que te ha pasado esta noche quieres seguir y que no te acompañe. ¿De dónde me has dicho que eras?

-No te lo he dicho. Y sí, es un viaje de vital importancia. Estoy viviendo una especie de... peregrinación. Con un objetivo final. Mira, llevo un crucifijo -tiré del cordón de cuero. Pero en vez de salir el crucifijo, salió mi clave de sol- oh, este no es. Es de madera. Vaya, ¿Dónde lo habré dejado? ¡Oh, seguro que lo he perdido en el bosque!

-¿Para qué quieres un crucifijo de madera si ya tienes uno de plata? en las iglesias te recibirán mejor.

-Esto no es un crucifijo de plata. Es una clave de sol de plata. Bueno, no sé si sabes lo que es una clave de sol, pero el caso es que... ¿Qué?

Axel me estaba mirando como si yo fuera un demonio salido del infierno.

-¿Qué pasa? está bien, sé que la plata es muy valiosa y que yo sólo soy una peregrina. Pero por favor, no se lo digas a nadie. Te juro que no la he robado, es mía, es un regalo de familia, me lo dio mi...

-¿Nadia?

El mundo entero se paró con aquella interrupción. No era verdad, Axel no había dicho mi nombre.

-¿Qué?

Se acercó un poco más a mirarme.

-¿Nadia...de Campoflorido?

No pude disimular. Fue tan inesperado que no pude disimular ni negar la verdad. Abrí la boca y susurré:

-¿Cómo... cómo has podido saberlo?

-Dios mío...-Axel se arrodilló ante mí y me besó la mano derecha, cumpliendo con el protocolo- ¡He ayudado a una dama de la corte! Axel Smithson mi señora, caballero del príncipe y desde ahora hasta el día de mi muerte, paladín y servidor vuestro y de Dios.

-Espera, espera, ¿Cómo que mi paladín? ¿Cómo has sabido que era yo? ¡Respóndeme!

-Mi señora, reconozco que en todo momento os habéis comportado de una forma demasiado fina y elegante como para ser una simple peregrina. Por eso os creí la hija de un rico comerciante de Campoflorido, que es una gran ciudad. Pero nunca pude imaginar que erais vos... oh, vuestra belleza se alaba en la corte desde el mismo día en que entré para entrenar. Sois muy famosa, y vuestra hermana también lo es. En la corte se dice que no hay dos voces como las de Liana y Nadia de Campoflorido. Y vuestro colgante... no hay otro igual en todo el reino. Clave de sol para vos, clave de fa para vuestra hermana. ¡Todos lo saben, sois muy conocidas por ello!

-¿Me estás diciendo que has adivinado que era yo sólo porque has visto mi colgante?

-¡Pues claro, señora mía, ya os he dicho que no hay otro en todo el reino! oh, esto es maravilloso, soy paladín de una duquesa, de la duquesa menor de Campoflorido nada menos. Oh, ya veréis, cuando mis pobres padres se enteren, van a estar tan orgullosos...

-Ya...-aparté la mano. Aquello era demasiado, y más tras la noche que había vivido- bueno, siento no tener nada para compensarte. Me voy a dormir.

-¡De ninguna manera o sintáis, mi señora! Vos misma sois la mayor recompensa. Mañana mismo partiremos. No puedo creer que os hayáis perdido en el bosque. ¿Qué fue de vuestra escolta? ¿Os atacaron? Oh, mi señora, mi dulce y gran señora, el duque, la duquesa y vuestra maravillosa hermana estarán sufriendo tanto... se alegrarán tanto de veros, y de ver que un auténtico caballero os ha ayudado...

-¿Pero qué sarta de sandeces estás diciendo?-me levanté bruscamente y comencé a encaminarme hacia las escaleras que llevaban al piso superior-debes olvidar que me has visto, debes olvidar todo esto. No puedo nombrarte mi paladín, No puedo hacer nada públicamente. Estoy de viaje, ¿De acuerdo? y no te incumben ni el cómo ni el por qué. No vas a acompañarme a ninguna parte. Mañana te irás hacia tu casa al sur y yo seguiré al norte. Y te olvidarás de esto. Si llega a mis oídos aunque sea una palabra de lo acontecido esta noche, me aseguraré de que el caballero Axel Smithson de Brownstone amanece muerto en su cama una soleada mañana de primavera. ¿Me has oído?

-Pero mi señora...

-No te atrevas a volver a llamarme así, ni a tratarme de vos. Para ti soy una peregrina a la que ayudaste en el bosque tras extraviarse. Buenas noches, Axel.

-Pero mi señora, quiero decir... Nadia, esperad... espera...

-He. Dicho. Buenas. Noches.-marqué cada palabra y le dirigí la mayor mirada de desdén que pude.

Juro que aún no sé cómo logré dormirme. No podía creer nada de lo que había pasado aquella noche. A lo mejor me despertaba y resultaba que lo había soñado todo y que Liana ni siquiera estaba hechizada. Además, había algo que no podía explicarme.


¿Por qué el chico más guapo que había visto en mi vida era tan imbécil?

jueves, 3 de julio de 2014

''El romance de Nadia'' Capítulo 8

 Capítulo 8

Suspiré y me moví ligeramente en el lecho. Astrid apagó la vela de la mesa de un soplo y salió del cuarto tan sigilosa como pudo. Todo era silencio y calma, una noche apacible de mediados de marzo.
Las horas pasaban lentamente, la medianoche llegó, y yo dormía quieta y dulcemente...

O eso habría pasado si hubiese sido una noche como cualquier otra. Mas desde luego, no lo era.

Había tardado más de lo que esperaba en prepararme completamente para el viaje. No era ningún juego, sino una misión larga y peligrosa, y había demasiados campos que cubrir, no podía permitirme dejar nada en manos del caprichoso azar. Cada mañana me levantaba muy temprano, y me encerraba en la biblioteca hasta la hora de comer. Allí estudiaba los mapas y las rutas que debía seguir, y copiaba el que me parecía el mejor camino lentamente, en un pergamino no demasiado grande (para poder tenerlo a mano conmigo durante todo el viaje)
Tras comer y esquivar deliberadamente a mis padres, abría furtivamente el paso a la pradera, donde Vahid esperaba para el entrenamiento, que acababa casi siempre poco antes de la puesta de sol. Por las noches, cuando no hacía demasiado frío, yo sola me iba al bosquecillo de mi padre a pasar las noches al aire libre para acostumbrarme, aunque casi nunca lo hacía porque me daba miedo, y además porque no lo tenía permitido y no quería saltarme más normas.

Aunque en realidad era yo la que lo llamaba entrenamiento, porque me hacía sentir valiente. Vahid hacía lo que podía para que, en el proceso de aprender a usar un puñal, a ocultarlo y a desenvainarlo cuando fuera necesario, me hiciera el menor daño posible. Sin embargo, nadie me libró de unos cuantos cortes sangrantes en los brazos y las manos que me hacían llorar y me ponían muy nerviosa (aunque pude ocultarlos de la vista de mis padres gracias a las amplias mangas de mis ropajes). Cada vez que me hacía un herida debíamos parar durante un buen rato, y estoy segura de que si Vahid no hubiese estado contratado bajo promesa de grandes cantidades de oro, me habría abandonado el primer día.

También me enseñó a correr más rápido, a encender un pequeño fuego (aunque he de reconocer que no dominé la técnica del todo en ningún momento), a esconderme entre los árboles, e incluso me dio trucos para perfeccionar mi técnica de escalada.
Pero nuestros entrenamientos no eran sólo físicos. Vahid y yo hablábamos mucho, planeábamos juntos mi viaje: tras mucho debatir decidimos que lo mejor sería que me hiciera pasar por una pre-novicia en viaje de peregrinación, ya que eso me haría parecer más respetable y con suerte, un poco menos vulnerable. Pero yo no podía acercarme a ningún taller del pueblo a comprar nada para el viaje, así que le di a Vahid una bolsa con oro ''para gastos aparte'', cómo él mismo dijo.

Íbamos poco a poco, pero con efectividad. Una tarde, Vahid me midió los pies (se rió de lo pequeños que eran), y unos días después, ya tenía unas cómodas aunque feas botas de piel marrón, perfectas para caminar largas distancias. Me compró cajitas pequeñas, cuerda, me trajo botecitos de su taller con sustancias que me ayudarían a encender fuego y a conservar la comida, e incluso compró una capa en la que cabían perfectamente dos Nadias, de un indefinido color entre el gris y el negro. Cuando le pregunté por qué debería llevar puesta aquella horrorosa atrocidad, sus palabras fueron claras:


-Sayyida, se supone que no queréis que os descubran, y si lleváis alguno de vuestros vestidos... bueno, no creo que os tomen por una pobre monja que está peregrinando. Y además, la capa larga y grande os puede resultar útil. Podéis dormir sobre ella cuando no os guste la posada que encontréis, y creedme que las hay terribles por el camino hasta Gubraz.


-¿Mis vestidos? no voy a llevarme ninguno de mis vestidos a un viaje de un mes a pie por un camino polvoriento y asqueroso. Mis vestidos están hechos a medida por los mejores modistas, que vienen una vez cada cuatro meses al castillo desde el este del país con las mejores telas: terciopelo, seda, cuero... y me miden perfectamente para crear obras de arte de la más alta finura, que pueden combinarse con mis joyas en las mejores ocasiones, y realzan mi piel, mi color de pelo, de ojos,  y sobre todo mi figura. Así que...


Vahid me miraba como si yo hubiera perdido el juicio por estar hablándole de mis vestidos.


-Yo... bueno, lo que quiero decir es que ya buscaré algo para llevar puesto... pero no pienso llevarme ninguna de estas preciosidades-me acaricié la amplia manga de mi vestido de terciopelo rojo oscuro mientras me ponía roja de vergüenza.


Y así, entre conversaciones, planes, cortes en los brazos, mapas, capas, y demás utensilios, pasó un mes y medio desde que comenzara la preparación a mi gran aventura. La relación con mis padres era más distante que nunca, apenas me hablaban, y yo seguía contestando con sí o no. Además, apenas los veía, ya que mi padre se pasaba el día en su despacho privado o en la biblioteca intentando que el príncipe le contestara al misterio de por qué mi hermana no había acudido sana y salva a la corte con su escolta como siempre, y mi madre estaba cada vez más ausente y más delgada, y rara vez bajaba a ver a Liana.


Yo estaba lista para irme. La primavera llegaría pronto, y si no me había ido para entonces, las posibilidades de que a mi ''querido'' Flavius le concedieran oficialmente el título de caballero del rey se intensificarían. Y si un criado suyo se presentaba con el documento oficial y el anillo en la mano en el castillo de Campoflorido, ya no habría quien parase a mi padre ni a la boda.

Sin embargo, y por pequeño que fuera el problema, no podía irme si no encontraba un vestido para ponerme. No podía llevarme ninguno de los míos, ya que incluso el más feo y viejo tenía adornos y bordados que incitarían a cualquier ladrón a una milla a la redonda por lo menos. Tampoco podía ir al humilde sastre de Campoflorido a que me tomara medidas para hacerme un vestido sencillito porque la pregunta de para qué quería yo un vestido de muchacha pobre a medida se haría evidente. Y no podría contestar a esa pregunta.

Sin embargo, estaba en manos de Dios que yo iniciara mi viaje, pues, tan sólo dos días antes del día que se convertiría en el de mi partida, el destino me puso por delante la última pieza que faltaba por encajar.


Yo bordaba, como todos los atardeceres, junto al ventanal de mi alcoba, distraída y pinchándome con la aguja de vez en cuando (aunque después de los cortes apenas lo notaba) pensando en qué haría, en cómo podría resolver los últimos detalles de mi viaje, cuando Astrid entró y se puso a coser un trapo cerca de mi ventana, para aprovechar bien las últimas luces de la tarde.


-Astrid... ¿Por qué coses un trapo? hazlo tiras y úsalo para limpiar, es mucho más sencillo, digo yo...


-Mi señora.... ¡Esto no es un trapo!-parecía ofendida, en la medida, por supuesto, en la que un criado se puede ofender con su amo- ¡Es el regalo de Amaya! ¡Y acabo de terminarlo!


-¿El regalo de Amaya?


-El...cumpleaños de mi hermana es en unos días y… gracias a vos conseguí el dinero para poder comprarle una tela azul… es su color favorito. ¡Y le estoy cosiendo esto! ¡Yo sola!- satisfecha y sonriente, estiró el trapo, que resultó no ser un trapo, sino un vestido.


Era el vestido más simple que había visto en mi vida. Un vestido con mangas, de color azul. No podía describirlo de otra manera, ya que no tenía un solo adorno de ningún tipo. Era, para mi gusto, un vestido muy feo. Me parecía increíble que para Amaya fuese un regalo. Estaba nuevo, pero era soso, era simple, incluso el más viejo de mis camisones de dormir era diez veces más lujoso... sí, definitivamente era feo... y era perfecto.

Era el vestido que necesitaba. Tenía que ser mío. Tenía que llevármelo, tenía que conseguir que Astrid me lo diera. ¿Pero cómo iba a deshacerse del regalo de su hermana? Ella no podía comprarle nada mejor...

Y entonces decidí resolver el problema como lo resuelven los hombres importantes: con dinero.


-Vamos, vamos, Astrid, no tienes que agradecérmelo... sinceramente, si eso es lo que le vas a regalar con el dinero que te pago... no puedo evitar sentirme poco orgullosa.


-¡Mi señora!-enrojeció violentamente. Estaba clarísimo que se sentía ultrajada- sé que para vos no es nada, sé que vuestra ropa no puede ni compararse a esto... pero a mi hermana le gustará, le gustará porque es útil, podrá ponérselo para trabajar aquí, y le gustará porque lo he hecho yo sola con mi trabajo, mi dinero y mis manos.


Estaba realmente impresionada por el nivel de madurez que Astrid estaba demostrando, pero decidí tentarla un poco más:


-¡Oh! no quería decir eso, Astrid... lo que quería decir es que tal vez te gustaría comprarle un vestido ya hecho, de los que vende el sastre en el pueblo... uno de color azul, por supuesto, pero tal vez con unas flores, o con un lazo... oh, ¿sabes que se están poniendo de moda los bordados en color beige al final de las mangas? eso le daría un toque precioso, y tu hermana tendría por fin un vestido para una ocasión especial...¡Para el festival del verano, por ejemplo!


-Pero...-agachó la cabeza- no tengo dinero, mi señora. Los vestidos ya hechos son muy bonitos, y claro que me gustaría que mi hermana tuviera algo nuevo para el festival del verano, pero ya me he gastado todo lo que conseguí guardarme en la tela y el hilo para hacer este vestido...


-No pasa nada. No debes preocuparte por eso- Me levanté y con la mayor delicadeza y elegancia, me acerqué a mi tocador, y abriendo un joyero, extraje de él una moneda de oro y otra de plata- con esto será suficiente, ¿verdad?, toma-se las puse entre las manos a Astrid- venga, cómprale un bonito vestido y deja ese tonto vestido azul de trabajo. Ya se lo llevarán.


-No... no, mi señora, de verdad, no puedo. No, no... mi regalo...


-Vamos, vamos, ¿Cómo que no puedes? tu hermana me sirvió muy bien, y tú también. Te prometo que sólo le digo buenas palabras de ti, y sé que ella se esfuerza mucho. ¿Por qué no recompensárselo? ve anda, seguro que le gusta. Así sentiré que es un poco mi regalo también... no me disgustarás, ¿a que no?


-Yo... i...iré mañana-Me miró, tenía los ojos enormes y muy abiertos- ay mi señora, no puedo agradeceros esto lo suficiente, no sé qué hacer... 


-Puedes hacer algo sencillo-esbocé una sonrisa dulce y le pasé la mano un segundo por el pelo- guárdate bien tus monedas y ve al salón del ala derecha. Tráeme la cesta del bordado, ¿quieres? me la dejé esta tarde, al subir.



-¡Ahora mismo, mi señora, en un suspiro! no os vais a dar cuenta ni de que me he ido, y ya estaré de vuelta. Voy a coger esto y lo dejaré abajo para que se lo lleven-cogió el vestido azul y salió despedida hacia la puerta...


-¡No, Astrid, no te lleves el vestido!-se giró bruscamente y me miró extrañada. Me relajé de nuevo y tosí un poco, recuperando el tono dulce-Eeeh, quiero decir que para eso tendrías que pasar por las cocinas, y ahora quiero que vayas directa al salón del ala derecha, ¿de acuerdo?


-Pero mi señora, si yo lo hacía por ayudar...


-Venga, venga, no me contradigas y suelta ese vestido, ya lo llevarás luego, ¡No querrás disgustarme!


-No, no, mi señora, por nada del mundo querría yo que os disgustarais... ¡voy corriendo!


En cuanto se cerró mi puerta, recogí el vestido y lo oculté debajo de la cama, en el rincón más profundo y difícil, junto con todos los demás objetos de mi viaje.

Astrid volvió, como prometió, en un suspiro.


-¡Ya está, mi señora! ahora llevaré el... oh, pero...¿Y el vestido?


-Ha venido Cecilia a preguntarme qué quería cenar, así que como tenía que ir a la cocina, le he dicho que se lo lleve.


-Ufff, Cecilia...-Astrid arrugó la nariz- esa chica es una idiota. Seguro que se pone el vestido para hacer rabiar a mi hermana. ¡Pero a ella no le va a dar ninguna envidia porque su vestido va a ser magnífico! ¿Verdad que sí, mi señora?


Me reí con mi risa más dulce y musical. Por muy madura y fuerte que fuera, al final, Astrid sólo tenía nueve años.


-Pues claro que sí, Astrid... todo va a ser perfecto.


Al día siguiente, Vahid se retrasó diez minutos, hecho que le hice notar como una histérica en cuanto se coló por la pradera.


-Pero Sayyida, todo tiene explicación... yo os traigo esto-me entregó un zurrón enorme- para que llevéis todas vuestras pertenencias durante el viaje.


-Pero yo ya tengo bolsa de viaje, de cuero puro, muy grande y...


-Y vistosa, mi Sayyida, no lo dudo, pero llamaréis la atención con ella. Por eso compré este zurrón en el mercado con el dinero que me disteis. No llamaréis la atención, podréis usarlo cuando os vayáis...


-Me voy mañana-lo miré fija a los ojos de noche.


-¿Qué?


-Me voy mañana, Vahid. Ya he encontrado un vestido, tengo capa, todos los utensilios, un mapa, el zurrón, el puñal... y si tardo más se me irá el valor, y entonces sí que estaremos perdidos.


-Está bien...-Vahid tragó saliva- mirad- abrió el zurrón y me lo mostró- aparte de todos los bolsillos que tiene, le he cosido un forro secreto, para que llevéis cosas de valor. Sabéis que hice lo mismo con la capa. Si sois lista y repartís bien vuestro dinero, aunque os roben siempre os quedará algo. Ocultadlo en pequeñas cantidades en los compartimentos secretos, también en vuestros zapatos...toda precaución es poca. Me gustaría haberle cosido un forro secreto también al vestido, pero temo que no va a darme tiempo-hablaba mientras me enseñaba el forro secreto. Era asombroso, un trabajo detallado y discreto, que apenas se notaba. Yo jamás podría haberlo hecho. Parecía un trabajo de costurera.


-Vahid... ¿estas cosas las ha hecho tu esposa?


-¿Mi qué?- casi se cae al suelo.


-Tu esposa. Es un trabajo de costura muy bueno.


Vahid se sentó en el blando césped de mi pradera y cruzó las piernas. Y me senté junto a él, pero siempre distanciada.


-Esto lo he hecho yo con mis propias manos, mi Sayyida. Siempre he sido hábil y muy bueno con los trabajos manuales. Y no hay esposa alguna. No estoy casado. Y mi padre es viudo, así que en mi casa no hay ninguna mujer.


-Que no estás... ¿pero qué edad tienes?


-Diecisiete años.


-¿Y no estás casado? ¿Por qué demonios no estás casado con diecisiete años?


-¿Y vos? ¿Por qué no estáis casada? ya tenéis dieciséis años...


-¡No seas descarado!-enrojecí hasta la raíz del cabello- además, estoy prometida.


-Pues no veo anillo alguno en esas blancas manos.


-Es que… no lo han traído aún. Pero mi padre dice que un mensajero está de camino. Mi prometido es del norte del país, y los viajes son largos. De todas formas no nos casaremos hasta que no lo nombren caballero...pero por favor, dejemos de hablar de mi boda-suspiré profundamente, no pude evitarlo- yo te he contado que me voy a casar, ¿Por qué no estás casado tú?


-Bueno... yo-aquella fue la primera vez que vi a Vahid ruborizarse. Era muy curioso ver un rostro tan moreno teñido de carmesí en las mejillas- es... demasiado complicado. No he encontrado a la persona adecuada. Eso es todo.


-¿Cómo se sabe quién es la persona adecuada?-¿Por qué le estaba preguntando eso a Vahid?


-No lo sé, Sayyida. Creo que nadie lo sabe. Ojalá encontrásemos siempre a la persona adecuada. Pero todos somos distintos para eso, porque todos tenemos un ideal distinto- Vahid preció sentirse algo inseguro por haber compartido un pensamiento tan sentimental con alguien como yo, por lo que cambió de tema bruscamente- Volviendo al viaje… ¿Tenéis claro lo que debéis, hacer, verdad?


-Sí... me voy, sobrevivo durante un mes gracias a mis nuevos conocimientos, a mi puñal y a mi dinero, llego a Gubraz, entro en la corte, encuentro al caballero de oro, le informo de la situación, te envío una carta para que prepares la poción, en dos semanas volveremos por el camino real, y entonces... recuperaré mi vida y a mi hermana.


-Perfecto, Sayyida. Vais a hacerlo bien, hay luz dentro de vos, yo lo veo. Y confío en vuestro valor. Haréis cosas grandes, Sayyida Nadia.


Poco me faltó  para llorar de emoción. Eran las primeras palabras de apoyo total que escuchaba en meses. Sonreí, le di las gracias a Vahid, u pasamos el resto de la tarde repasando el plan de acción del último mes y medio y charlando. No saqué nada en claro, pero aquella noche, al fingir que me acostaba, me di cuenta de que Vahid era lo único y más parecido a un amigo que había tenido nunca, y pensé que sería verdaderamente agradable tener más amigos, y asistir a los bailes libremente, y poder elegir a la persona adecuada...


Me iba a gustar mi viaje. Sería peligroso, pero también maravilloso.




No había amanecido. No veía apenas nada. Pero si no me largaba en ese momento, los criados llegarían, y los pocos que vivían en el castillo se levantarían, y entonces mi valor se esfumaría para siempre. Cogí el zurrón, en el que ya había metido todo lo necesario, incluida una reserva de fiambre y bebida cuidadosa y discretamente robada de la cocina, me quité el camisón de seda y me puse el sencillo vestido azul. Me peiné mi brillante pelo marrón y pensé en recogerlo con un lazo azul a conjunto con el traje, pero en el último momento me obligué a olvidarme de mis queridos complementos, que tanto me gustaban, y a dejarlo suelto y soso (''Las niñas pobres no llevan adornos'', me dije). Me puse el brazalete en el brazo izquierdo y lo oculté bajo  la manga del vestido, cogí un largo y feo trozo de la cuerda más fina que me había dado Vahid, y, anudando los extremos, me hice un colgante horrible e indigno de mi clave de sol. Pero había que guardar las apariencias. Como el trozo de cuerda era largo, metí el colgante por debajo del vestido, para que no se viera, y en otro trozo de cuerda más corto até un pequeño crucifijo de madera. Me até la capa, que arrastraba por el suelo, y ya iba a salir corriendo cuando no pude evitar mirarme en mi enorme espejo por última vez.


-¡Dios mío, estoy horrible!


La impresión fue tan fuerte que las palabras salieron solas de mi boca. Me contemplé durante unos segundos, di vueltas... no había por dónde cogerme. El vestido de Amaya me estaba ligeramente ancho y grande, mi pelo estaba limpio pero muy desarreglado sin adornos, mi piel parecía enfermiza por el color azul oscuro del vestido, las botas eran horrorosas, y en cuanto a la capa... realmente parecía una muchacha pobretona. O así me veía yo.


Con el corazón latiendo desbocado, salí despedida por los pasillos y en seguida me di cuenta de tres cosas: Una, que el zurrón con todo lo necesario para un viaje de un mes pesaba muchísimo, dos, que a pesar de estarme grande y ser de una tela muy fina, el vestido de Amaya era comodísimo. Y tres, que las botas eran horrendas pero que nunca en mi vida había podido correr tan rápido. Eran excelentes.

Por fortuna, no me encontré con nadie. Me calé la enorme capucha de la capa lo mejor que pude y salí por la puerta de atrás. Sabía qué camino debía tomar, y llevaba mi mapa. A punto estaba de alejarme silenciosa cuando...


-¡Eh tú, ladrón!


A punto estuve de chillar como una loca. Me giré bruscamente. La pared de la puerta de atrás tenía un pequeño ventanuco... que correspondía a la alta pared de la celda del sótano de mi hermana. Su cara asomaba a través de los barrotes.


-¡Oye, pero si no eres un ladrón! ¡Eres la loca de la casa!-se rió muy satisfecha en cuanto me reconoció.


-Mira quién fue a hablar... ¡Liana!- me acerqué al ventanuco y me arrodillé- ¿se puede saber cómo te has subido ahí?


-Uuh, es un secreto... Liana es muy lista, ¡Me he subido yo sola y no te voy a decir cómo! Porque eres tonta-no paraba de canturrear. Incluso parecía contenta.


-Está bien, pero cállate y duerme. Aún es de noche.


-Ay, pero ¿No es bonita la noche? siempre me subo aquí para ver la luna. Aunque en el bosque se ve mejor. A mis amigos también les encanta, siempre miramos la luna juntos.


-Ehm, claro Liana. Tus amigos.


-¡Oye!- Me interrumpió muy alegre- ¿Adónde vas? ¿Vas a algún sitio divertido?


-No... Bueno, no lo sé. Voy a Gubraz, Liana. Voy a buscar a una persona que te va a ayudar mucho.


-¿Te vas? ¡Sácame de aquí por favor! ¡Llévame contigo! Tengo que encontrar a mi familia.


-No Liana, yo soy tu familia... oh mira, déjalo. Hago todo esto por ti, ¿vale? espero que lo recuerdes y que te sientas mejor sabiendo que voy a ayudarte. Tengo que irme. Te quiero.


-¡No, espera! si no me sacas de aquí y me llevas contigo gritaré que eres un ladrón.


-Liana, tienes dieciocho años, no seas cría.


-Hay un ladrón....-comenzó a canturrear.


-¡Liana, no! Guarda silencio, por Dios... ¡Cállate!


Pero ya no había quien la parase.


-¡Aaaaaah! ¡Hay un ladrón! ¡Al ladrón! Un ladrón en el castillo. Y la loca se escapa. ¡La loca del vestido azul se escapa!


-No... no, Liana....-me fui muerta de pánico, llorando y corriendo como alma que lleva el diablo, colina abajo, antes de que los berridos de mi hermana despertaran a los guardias.


Corrí durante más tiempo del que puedo recordar, corrí porque estaba alterada, porque necesitaba liberar mi tensión y porque tenía miedo de que los guardias de mi propio castillo me atrapasen. Me desvié del camino real y sólo horas y horas después, cuando el sol ya había salido y no veía Campoflorido ni aunque mirase hacia atrás, me relajé un segundo. No había nadie, y todo parecía tranquilo, grande y maravilloso.


Era el primer día de la primavera. Mi hermana y yo estábamos en mi castillo, y un carruaje con escolta nos recogía y nos llevaba por el camino real a Gubraz, donde nos formábamos como damas de verdad, donde yo conocía a un apuesto caballero, donde aprendía y me divertía...


Pero nada de eso pasó, porque aquel día no era un día corriente.