jueves, 3 de julio de 2014

''El romance de Nadia'' Capítulo 8

 Capítulo 8

Suspiré y me moví ligeramente en el lecho. Astrid apagó la vela de la mesa de un soplo y salió del cuarto tan sigilosa como pudo. Todo era silencio y calma, una noche apacible de mediados de marzo.
Las horas pasaban lentamente, la medianoche llegó, y yo dormía quieta y dulcemente...

O eso habría pasado si hubiese sido una noche como cualquier otra. Mas desde luego, no lo era.

Había tardado más de lo que esperaba en prepararme completamente para el viaje. No era ningún juego, sino una misión larga y peligrosa, y había demasiados campos que cubrir, no podía permitirme dejar nada en manos del caprichoso azar. Cada mañana me levantaba muy temprano, y me encerraba en la biblioteca hasta la hora de comer. Allí estudiaba los mapas y las rutas que debía seguir, y copiaba el que me parecía el mejor camino lentamente, en un pergamino no demasiado grande (para poder tenerlo a mano conmigo durante todo el viaje)
Tras comer y esquivar deliberadamente a mis padres, abría furtivamente el paso a la pradera, donde Vahid esperaba para el entrenamiento, que acababa casi siempre poco antes de la puesta de sol. Por las noches, cuando no hacía demasiado frío, yo sola me iba al bosquecillo de mi padre a pasar las noches al aire libre para acostumbrarme, aunque casi nunca lo hacía porque me daba miedo, y además porque no lo tenía permitido y no quería saltarme más normas.

Aunque en realidad era yo la que lo llamaba entrenamiento, porque me hacía sentir valiente. Vahid hacía lo que podía para que, en el proceso de aprender a usar un puñal, a ocultarlo y a desenvainarlo cuando fuera necesario, me hiciera el menor daño posible. Sin embargo, nadie me libró de unos cuantos cortes sangrantes en los brazos y las manos que me hacían llorar y me ponían muy nerviosa (aunque pude ocultarlos de la vista de mis padres gracias a las amplias mangas de mis ropajes). Cada vez que me hacía un herida debíamos parar durante un buen rato, y estoy segura de que si Vahid no hubiese estado contratado bajo promesa de grandes cantidades de oro, me habría abandonado el primer día.

También me enseñó a correr más rápido, a encender un pequeño fuego (aunque he de reconocer que no dominé la técnica del todo en ningún momento), a esconderme entre los árboles, e incluso me dio trucos para perfeccionar mi técnica de escalada.
Pero nuestros entrenamientos no eran sólo físicos. Vahid y yo hablábamos mucho, planeábamos juntos mi viaje: tras mucho debatir decidimos que lo mejor sería que me hiciera pasar por una pre-novicia en viaje de peregrinación, ya que eso me haría parecer más respetable y con suerte, un poco menos vulnerable. Pero yo no podía acercarme a ningún taller del pueblo a comprar nada para el viaje, así que le di a Vahid una bolsa con oro ''para gastos aparte'', cómo él mismo dijo.

Íbamos poco a poco, pero con efectividad. Una tarde, Vahid me midió los pies (se rió de lo pequeños que eran), y unos días después, ya tenía unas cómodas aunque feas botas de piel marrón, perfectas para caminar largas distancias. Me compró cajitas pequeñas, cuerda, me trajo botecitos de su taller con sustancias que me ayudarían a encender fuego y a conservar la comida, e incluso compró una capa en la que cabían perfectamente dos Nadias, de un indefinido color entre el gris y el negro. Cuando le pregunté por qué debería llevar puesta aquella horrorosa atrocidad, sus palabras fueron claras:


-Sayyida, se supone que no queréis que os descubran, y si lleváis alguno de vuestros vestidos... bueno, no creo que os tomen por una pobre monja que está peregrinando. Y además, la capa larga y grande os puede resultar útil. Podéis dormir sobre ella cuando no os guste la posada que encontréis, y creedme que las hay terribles por el camino hasta Gubraz.


-¿Mis vestidos? no voy a llevarme ninguno de mis vestidos a un viaje de un mes a pie por un camino polvoriento y asqueroso. Mis vestidos están hechos a medida por los mejores modistas, que vienen una vez cada cuatro meses al castillo desde el este del país con las mejores telas: terciopelo, seda, cuero... y me miden perfectamente para crear obras de arte de la más alta finura, que pueden combinarse con mis joyas en las mejores ocasiones, y realzan mi piel, mi color de pelo, de ojos,  y sobre todo mi figura. Así que...


Vahid me miraba como si yo hubiera perdido el juicio por estar hablándole de mis vestidos.


-Yo... bueno, lo que quiero decir es que ya buscaré algo para llevar puesto... pero no pienso llevarme ninguna de estas preciosidades-me acaricié la amplia manga de mi vestido de terciopelo rojo oscuro mientras me ponía roja de vergüenza.


Y así, entre conversaciones, planes, cortes en los brazos, mapas, capas, y demás utensilios, pasó un mes y medio desde que comenzara la preparación a mi gran aventura. La relación con mis padres era más distante que nunca, apenas me hablaban, y yo seguía contestando con sí o no. Además, apenas los veía, ya que mi padre se pasaba el día en su despacho privado o en la biblioteca intentando que el príncipe le contestara al misterio de por qué mi hermana no había acudido sana y salva a la corte con su escolta como siempre, y mi madre estaba cada vez más ausente y más delgada, y rara vez bajaba a ver a Liana.


Yo estaba lista para irme. La primavera llegaría pronto, y si no me había ido para entonces, las posibilidades de que a mi ''querido'' Flavius le concedieran oficialmente el título de caballero del rey se intensificarían. Y si un criado suyo se presentaba con el documento oficial y el anillo en la mano en el castillo de Campoflorido, ya no habría quien parase a mi padre ni a la boda.

Sin embargo, y por pequeño que fuera el problema, no podía irme si no encontraba un vestido para ponerme. No podía llevarme ninguno de los míos, ya que incluso el más feo y viejo tenía adornos y bordados que incitarían a cualquier ladrón a una milla a la redonda por lo menos. Tampoco podía ir al humilde sastre de Campoflorido a que me tomara medidas para hacerme un vestido sencillito porque la pregunta de para qué quería yo un vestido de muchacha pobre a medida se haría evidente. Y no podría contestar a esa pregunta.

Sin embargo, estaba en manos de Dios que yo iniciara mi viaje, pues, tan sólo dos días antes del día que se convertiría en el de mi partida, el destino me puso por delante la última pieza que faltaba por encajar.


Yo bordaba, como todos los atardeceres, junto al ventanal de mi alcoba, distraída y pinchándome con la aguja de vez en cuando (aunque después de los cortes apenas lo notaba) pensando en qué haría, en cómo podría resolver los últimos detalles de mi viaje, cuando Astrid entró y se puso a coser un trapo cerca de mi ventana, para aprovechar bien las últimas luces de la tarde.


-Astrid... ¿Por qué coses un trapo? hazlo tiras y úsalo para limpiar, es mucho más sencillo, digo yo...


-Mi señora.... ¡Esto no es un trapo!-parecía ofendida, en la medida, por supuesto, en la que un criado se puede ofender con su amo- ¡Es el regalo de Amaya! ¡Y acabo de terminarlo!


-¿El regalo de Amaya?


-El...cumpleaños de mi hermana es en unos días y… gracias a vos conseguí el dinero para poder comprarle una tela azul… es su color favorito. ¡Y le estoy cosiendo esto! ¡Yo sola!- satisfecha y sonriente, estiró el trapo, que resultó no ser un trapo, sino un vestido.


Era el vestido más simple que había visto en mi vida. Un vestido con mangas, de color azul. No podía describirlo de otra manera, ya que no tenía un solo adorno de ningún tipo. Era, para mi gusto, un vestido muy feo. Me parecía increíble que para Amaya fuese un regalo. Estaba nuevo, pero era soso, era simple, incluso el más viejo de mis camisones de dormir era diez veces más lujoso... sí, definitivamente era feo... y era perfecto.

Era el vestido que necesitaba. Tenía que ser mío. Tenía que llevármelo, tenía que conseguir que Astrid me lo diera. ¿Pero cómo iba a deshacerse del regalo de su hermana? Ella no podía comprarle nada mejor...

Y entonces decidí resolver el problema como lo resuelven los hombres importantes: con dinero.


-Vamos, vamos, Astrid, no tienes que agradecérmelo... sinceramente, si eso es lo que le vas a regalar con el dinero que te pago... no puedo evitar sentirme poco orgullosa.


-¡Mi señora!-enrojeció violentamente. Estaba clarísimo que se sentía ultrajada- sé que para vos no es nada, sé que vuestra ropa no puede ni compararse a esto... pero a mi hermana le gustará, le gustará porque es útil, podrá ponérselo para trabajar aquí, y le gustará porque lo he hecho yo sola con mi trabajo, mi dinero y mis manos.


Estaba realmente impresionada por el nivel de madurez que Astrid estaba demostrando, pero decidí tentarla un poco más:


-¡Oh! no quería decir eso, Astrid... lo que quería decir es que tal vez te gustaría comprarle un vestido ya hecho, de los que vende el sastre en el pueblo... uno de color azul, por supuesto, pero tal vez con unas flores, o con un lazo... oh, ¿sabes que se están poniendo de moda los bordados en color beige al final de las mangas? eso le daría un toque precioso, y tu hermana tendría por fin un vestido para una ocasión especial...¡Para el festival del verano, por ejemplo!


-Pero...-agachó la cabeza- no tengo dinero, mi señora. Los vestidos ya hechos son muy bonitos, y claro que me gustaría que mi hermana tuviera algo nuevo para el festival del verano, pero ya me he gastado todo lo que conseguí guardarme en la tela y el hilo para hacer este vestido...


-No pasa nada. No debes preocuparte por eso- Me levanté y con la mayor delicadeza y elegancia, me acerqué a mi tocador, y abriendo un joyero, extraje de él una moneda de oro y otra de plata- con esto será suficiente, ¿verdad?, toma-se las puse entre las manos a Astrid- venga, cómprale un bonito vestido y deja ese tonto vestido azul de trabajo. Ya se lo llevarán.


-No... no, mi señora, de verdad, no puedo. No, no... mi regalo...


-Vamos, vamos, ¿Cómo que no puedes? tu hermana me sirvió muy bien, y tú también. Te prometo que sólo le digo buenas palabras de ti, y sé que ella se esfuerza mucho. ¿Por qué no recompensárselo? ve anda, seguro que le gusta. Así sentiré que es un poco mi regalo también... no me disgustarás, ¿a que no?


-Yo... i...iré mañana-Me miró, tenía los ojos enormes y muy abiertos- ay mi señora, no puedo agradeceros esto lo suficiente, no sé qué hacer... 


-Puedes hacer algo sencillo-esbocé una sonrisa dulce y le pasé la mano un segundo por el pelo- guárdate bien tus monedas y ve al salón del ala derecha. Tráeme la cesta del bordado, ¿quieres? me la dejé esta tarde, al subir.



-¡Ahora mismo, mi señora, en un suspiro! no os vais a dar cuenta ni de que me he ido, y ya estaré de vuelta. Voy a coger esto y lo dejaré abajo para que se lo lleven-cogió el vestido azul y salió despedida hacia la puerta...


-¡No, Astrid, no te lleves el vestido!-se giró bruscamente y me miró extrañada. Me relajé de nuevo y tosí un poco, recuperando el tono dulce-Eeeh, quiero decir que para eso tendrías que pasar por las cocinas, y ahora quiero que vayas directa al salón del ala derecha, ¿de acuerdo?


-Pero mi señora, si yo lo hacía por ayudar...


-Venga, venga, no me contradigas y suelta ese vestido, ya lo llevarás luego, ¡No querrás disgustarme!


-No, no, mi señora, por nada del mundo querría yo que os disgustarais... ¡voy corriendo!


En cuanto se cerró mi puerta, recogí el vestido y lo oculté debajo de la cama, en el rincón más profundo y difícil, junto con todos los demás objetos de mi viaje.

Astrid volvió, como prometió, en un suspiro.


-¡Ya está, mi señora! ahora llevaré el... oh, pero...¿Y el vestido?


-Ha venido Cecilia a preguntarme qué quería cenar, así que como tenía que ir a la cocina, le he dicho que se lo lleve.


-Ufff, Cecilia...-Astrid arrugó la nariz- esa chica es una idiota. Seguro que se pone el vestido para hacer rabiar a mi hermana. ¡Pero a ella no le va a dar ninguna envidia porque su vestido va a ser magnífico! ¿Verdad que sí, mi señora?


Me reí con mi risa más dulce y musical. Por muy madura y fuerte que fuera, al final, Astrid sólo tenía nueve años.


-Pues claro que sí, Astrid... todo va a ser perfecto.


Al día siguiente, Vahid se retrasó diez minutos, hecho que le hice notar como una histérica en cuanto se coló por la pradera.


-Pero Sayyida, todo tiene explicación... yo os traigo esto-me entregó un zurrón enorme- para que llevéis todas vuestras pertenencias durante el viaje.


-Pero yo ya tengo bolsa de viaje, de cuero puro, muy grande y...


-Y vistosa, mi Sayyida, no lo dudo, pero llamaréis la atención con ella. Por eso compré este zurrón en el mercado con el dinero que me disteis. No llamaréis la atención, podréis usarlo cuando os vayáis...


-Me voy mañana-lo miré fija a los ojos de noche.


-¿Qué?


-Me voy mañana, Vahid. Ya he encontrado un vestido, tengo capa, todos los utensilios, un mapa, el zurrón, el puñal... y si tardo más se me irá el valor, y entonces sí que estaremos perdidos.


-Está bien...-Vahid tragó saliva- mirad- abrió el zurrón y me lo mostró- aparte de todos los bolsillos que tiene, le he cosido un forro secreto, para que llevéis cosas de valor. Sabéis que hice lo mismo con la capa. Si sois lista y repartís bien vuestro dinero, aunque os roben siempre os quedará algo. Ocultadlo en pequeñas cantidades en los compartimentos secretos, también en vuestros zapatos...toda precaución es poca. Me gustaría haberle cosido un forro secreto también al vestido, pero temo que no va a darme tiempo-hablaba mientras me enseñaba el forro secreto. Era asombroso, un trabajo detallado y discreto, que apenas se notaba. Yo jamás podría haberlo hecho. Parecía un trabajo de costurera.


-Vahid... ¿estas cosas las ha hecho tu esposa?


-¿Mi qué?- casi se cae al suelo.


-Tu esposa. Es un trabajo de costura muy bueno.


Vahid se sentó en el blando césped de mi pradera y cruzó las piernas. Y me senté junto a él, pero siempre distanciada.


-Esto lo he hecho yo con mis propias manos, mi Sayyida. Siempre he sido hábil y muy bueno con los trabajos manuales. Y no hay esposa alguna. No estoy casado. Y mi padre es viudo, así que en mi casa no hay ninguna mujer.


-Que no estás... ¿pero qué edad tienes?


-Diecisiete años.


-¿Y no estás casado? ¿Por qué demonios no estás casado con diecisiete años?


-¿Y vos? ¿Por qué no estáis casada? ya tenéis dieciséis años...


-¡No seas descarado!-enrojecí hasta la raíz del cabello- además, estoy prometida.


-Pues no veo anillo alguno en esas blancas manos.


-Es que… no lo han traído aún. Pero mi padre dice que un mensajero está de camino. Mi prometido es del norte del país, y los viajes son largos. De todas formas no nos casaremos hasta que no lo nombren caballero...pero por favor, dejemos de hablar de mi boda-suspiré profundamente, no pude evitarlo- yo te he contado que me voy a casar, ¿Por qué no estás casado tú?


-Bueno... yo-aquella fue la primera vez que vi a Vahid ruborizarse. Era muy curioso ver un rostro tan moreno teñido de carmesí en las mejillas- es... demasiado complicado. No he encontrado a la persona adecuada. Eso es todo.


-¿Cómo se sabe quién es la persona adecuada?-¿Por qué le estaba preguntando eso a Vahid?


-No lo sé, Sayyida. Creo que nadie lo sabe. Ojalá encontrásemos siempre a la persona adecuada. Pero todos somos distintos para eso, porque todos tenemos un ideal distinto- Vahid preció sentirse algo inseguro por haber compartido un pensamiento tan sentimental con alguien como yo, por lo que cambió de tema bruscamente- Volviendo al viaje… ¿Tenéis claro lo que debéis, hacer, verdad?


-Sí... me voy, sobrevivo durante un mes gracias a mis nuevos conocimientos, a mi puñal y a mi dinero, llego a Gubraz, entro en la corte, encuentro al caballero de oro, le informo de la situación, te envío una carta para que prepares la poción, en dos semanas volveremos por el camino real, y entonces... recuperaré mi vida y a mi hermana.


-Perfecto, Sayyida. Vais a hacerlo bien, hay luz dentro de vos, yo lo veo. Y confío en vuestro valor. Haréis cosas grandes, Sayyida Nadia.


Poco me faltó  para llorar de emoción. Eran las primeras palabras de apoyo total que escuchaba en meses. Sonreí, le di las gracias a Vahid, u pasamos el resto de la tarde repasando el plan de acción del último mes y medio y charlando. No saqué nada en claro, pero aquella noche, al fingir que me acostaba, me di cuenta de que Vahid era lo único y más parecido a un amigo que había tenido nunca, y pensé que sería verdaderamente agradable tener más amigos, y asistir a los bailes libremente, y poder elegir a la persona adecuada...


Me iba a gustar mi viaje. Sería peligroso, pero también maravilloso.




No había amanecido. No veía apenas nada. Pero si no me largaba en ese momento, los criados llegarían, y los pocos que vivían en el castillo se levantarían, y entonces mi valor se esfumaría para siempre. Cogí el zurrón, en el que ya había metido todo lo necesario, incluida una reserva de fiambre y bebida cuidadosa y discretamente robada de la cocina, me quité el camisón de seda y me puse el sencillo vestido azul. Me peiné mi brillante pelo marrón y pensé en recogerlo con un lazo azul a conjunto con el traje, pero en el último momento me obligué a olvidarme de mis queridos complementos, que tanto me gustaban, y a dejarlo suelto y soso (''Las niñas pobres no llevan adornos'', me dije). Me puse el brazalete en el brazo izquierdo y lo oculté bajo  la manga del vestido, cogí un largo y feo trozo de la cuerda más fina que me había dado Vahid, y, anudando los extremos, me hice un colgante horrible e indigno de mi clave de sol. Pero había que guardar las apariencias. Como el trozo de cuerda era largo, metí el colgante por debajo del vestido, para que no se viera, y en otro trozo de cuerda más corto até un pequeño crucifijo de madera. Me até la capa, que arrastraba por el suelo, y ya iba a salir corriendo cuando no pude evitar mirarme en mi enorme espejo por última vez.


-¡Dios mío, estoy horrible!


La impresión fue tan fuerte que las palabras salieron solas de mi boca. Me contemplé durante unos segundos, di vueltas... no había por dónde cogerme. El vestido de Amaya me estaba ligeramente ancho y grande, mi pelo estaba limpio pero muy desarreglado sin adornos, mi piel parecía enfermiza por el color azul oscuro del vestido, las botas eran horrorosas, y en cuanto a la capa... realmente parecía una muchacha pobretona. O así me veía yo.


Con el corazón latiendo desbocado, salí despedida por los pasillos y en seguida me di cuenta de tres cosas: Una, que el zurrón con todo lo necesario para un viaje de un mes pesaba muchísimo, dos, que a pesar de estarme grande y ser de una tela muy fina, el vestido de Amaya era comodísimo. Y tres, que las botas eran horrendas pero que nunca en mi vida había podido correr tan rápido. Eran excelentes.

Por fortuna, no me encontré con nadie. Me calé la enorme capucha de la capa lo mejor que pude y salí por la puerta de atrás. Sabía qué camino debía tomar, y llevaba mi mapa. A punto estaba de alejarme silenciosa cuando...


-¡Eh tú, ladrón!


A punto estuve de chillar como una loca. Me giré bruscamente. La pared de la puerta de atrás tenía un pequeño ventanuco... que correspondía a la alta pared de la celda del sótano de mi hermana. Su cara asomaba a través de los barrotes.


-¡Oye, pero si no eres un ladrón! ¡Eres la loca de la casa!-se rió muy satisfecha en cuanto me reconoció.


-Mira quién fue a hablar... ¡Liana!- me acerqué al ventanuco y me arrodillé- ¿se puede saber cómo te has subido ahí?


-Uuh, es un secreto... Liana es muy lista, ¡Me he subido yo sola y no te voy a decir cómo! Porque eres tonta-no paraba de canturrear. Incluso parecía contenta.


-Está bien, pero cállate y duerme. Aún es de noche.


-Ay, pero ¿No es bonita la noche? siempre me subo aquí para ver la luna. Aunque en el bosque se ve mejor. A mis amigos también les encanta, siempre miramos la luna juntos.


-Ehm, claro Liana. Tus amigos.


-¡Oye!- Me interrumpió muy alegre- ¿Adónde vas? ¿Vas a algún sitio divertido?


-No... Bueno, no lo sé. Voy a Gubraz, Liana. Voy a buscar a una persona que te va a ayudar mucho.


-¿Te vas? ¡Sácame de aquí por favor! ¡Llévame contigo! Tengo que encontrar a mi familia.


-No Liana, yo soy tu familia... oh mira, déjalo. Hago todo esto por ti, ¿vale? espero que lo recuerdes y que te sientas mejor sabiendo que voy a ayudarte. Tengo que irme. Te quiero.


-¡No, espera! si no me sacas de aquí y me llevas contigo gritaré que eres un ladrón.


-Liana, tienes dieciocho años, no seas cría.


-Hay un ladrón....-comenzó a canturrear.


-¡Liana, no! Guarda silencio, por Dios... ¡Cállate!


Pero ya no había quien la parase.


-¡Aaaaaah! ¡Hay un ladrón! ¡Al ladrón! Un ladrón en el castillo. Y la loca se escapa. ¡La loca del vestido azul se escapa!


-No... no, Liana....-me fui muerta de pánico, llorando y corriendo como alma que lleva el diablo, colina abajo, antes de que los berridos de mi hermana despertaran a los guardias.


Corrí durante más tiempo del que puedo recordar, corrí porque estaba alterada, porque necesitaba liberar mi tensión y porque tenía miedo de que los guardias de mi propio castillo me atrapasen. Me desvié del camino real y sólo horas y horas después, cuando el sol ya había salido y no veía Campoflorido ni aunque mirase hacia atrás, me relajé un segundo. No había nadie, y todo parecía tranquilo, grande y maravilloso.


Era el primer día de la primavera. Mi hermana y yo estábamos en mi castillo, y un carruaje con escolta nos recogía y nos llevaba por el camino real a Gubraz, donde nos formábamos como damas de verdad, donde yo conocía a un apuesto caballero, donde aprendía y me divertía...


Pero nada de eso pasó, porque aquel día no era un día corriente.

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