jueves, 10 de julio de 2014

''El romance de Nadia'' capítulo 9

Capítulo 9

Creo que sería inútil y bastante tedioso contar los pormenores de mi primera semana de viaje. 

Podría contaros que andaba muchísimo, más de lo que había andado en toda mi vida, andaba hasta que mis pies no podían más, y al final de cada día al anochecer, siempre descubría que había avanzado la mitad de lo que creía haber avanzado.
Podría contaros, una a una, las heridas sangrantes que cubrían mis blancos y pequeños pies, acostumbrados a andar lo justo y necesario con finos zapatos de danza y no con toscas botas de viaje, que me impedían descansar por las noches por el dolor.
Podría contar que no había ni una sola posada o taberna en el primer trecho de camino, así que la comida escaseaba. Pero no era muy grave, porque yo a penas comía, ya que tenía el estómago completamente cerrado por la tensión y los nervios.
Podría contar que estaba completamente segura de que, a esas alturas, mi padre habría mandado ya varios grupos de caballeros de la orden de Campoflorido a buscarme, pero, si pasaron por mi camino, no nos encontramos, ya que mi padre ignoraba que yo conocía otro camino que no fuese el real, plagado de soldados del rey y de otras órdenes de caballería.
Podría contaros que me aterraba adentrarme en el bosque, y que esperaba hasta que el dolor de garganta por no beber era mayor que el miedo para buscar algún riachuelo o arroyo. Podría contaros, así mismo, que temía que el agua no estuviera del todo limpia e hiciera enfermar a mi delicado organismo.
Podría contaros que me pasaba las noches llorando helada, porque nunca conseguía encender un fuego decente, envuelta en mi capa y siempre acurrucada junto al tronco de un árbol, el más grande que encontrara cada atardecer, nunca muy lejos del camino.
Podría contaros todas las pesadillas que tuve en los pocos ratos que lograba dormir. Podría contaros lo fea que estaba, lo horrible que estaba mi piel, lo enredado que tenía el pelo, las ojeras que me adornaban los ojos agrandándolos en exceso y haciéndome parecer una enferma.

Pero todo eso sería inútil. Porque, sinceramente, nada de eso fue lo más importante que me ocurrió al final de la primera semana de mi viaje. Nada de eso me dio valor para continuar. Y nada de eso es lo que debo contar. Lo que creo que debo contar es cómo comenzó una historia que jamás pensé que se produciría. Debo contar el que fue el primer encuentro de muchos que se repitieron posteriormente, aunque yo no podía ni imaginarlo.

Lo que de verdad creo que debo contar es cómo le conocí.

Había logrado no llorar, pero aquel día el camino había estado bastante revuelto. Me había encontrado con muchos comerciantes, granjeros, peregrinos... en general, muchas personas, y había estado muy nerviosa en todo momento, así que con todo mi pesar, tuve que adentrarme en la espesura del bosque que se extendía paralelo al camino. Casi al final del atardecer, encontré un gran claro, y justo estaba empezando a instalarme y a intentar encender una pequeña hoguera, cuando decidí apartarme un poco y esconderme entre la espesura. Me daba miedo quedarme en un espacio tan abierto. Aunque para ser sincera, desde que abandoné mi hogar, todo me daba miedo.
La noche se me echó encima como a veces viene la muerte: rápida y silenciosamente. Por suerte, todo era silencio y quietud en el bosque, con excepción de algún ruido animal muy lejano de vez en cuando. Mordisqueé a duras penas algo de pan , carne y queso (que sabían fatal, supuse que porque llevaba ya con ellos más o menos siete días) esperando no enfermar, Me quité las botas y las guardé en mi gigantesco zurrón, intenté vendarme las heridas con las suaves vendas de Vahid, aunque no tuve mucho éxito, y finalmente, me apoyé en el tronco de un árbol y, mirando la luna, que estaba llenísima e iluminaba el bosque como un pálido y argénteo día,  lloré hasta que me quedé dormida, envuelta en mi capa y abrazando mis escasas pertenencias.

Sin embargo, el destino caprichoso se cruzó aquella noche conmigo en el bosque. No le encuentro otra explicación, pues el tiempo demostraría más adelante que los sucesos que acontecieron no sólo aquella noche, si no a lo largo de mi viaje, no pudieron ser más que obras del destino y el azar.

Pero no adelantaré acontecimientos, me limitaré a explicar mi aventura nocturna, que comenzó en el momento justo de la noche en que me picó un escorpión.

Estaba dormida, o tal vez no lo estaba del todo, tal vez me encontraba en ese mundo efímero que existe entre el sueño y la vigilia, ese mundo en el que se confunden los sentidos, en el que vemos y oímos cosas que hacen que nuestro corazón se encoja y nuestra alma llore pero que luego somos incapaces de recordar. Tal vez estaba soñando con que me atrapaban. Tal vez estaba soñando que Liana se moría. Tal vez estaba soñando que mi futuro marido me pegaba.
Nunca lo sabré, ya que me es imposible recordarlo. Lo que sí recuerdo es el dolor candente e intenso que de repente me sacudió el brazo derecho e inundó todo mi ser, haciendo que me incorporara con una fuerte sacudida y un horrible grito, agudo, fuerte y penetrante. Noté algo agitarse a mi izquierda y oí un golpe aún más adentro del bosque, pero estaba tan confusa que no me sentía capaz ni de moverme. Sacudí un poco la cabeza e intenté respirar pausadamente mientras miraba mi brazo a la nacarada luz de la luna. Un fino hilillo de sangre recorría la blanca piel de mi antebrazo. Desesperada, comencé a agitar la capa, el zurrón y hasta mi propio vestido para ver con qué podría haberme pinchado, qué piedra me habría clavado mientras dormía, o qué planta con espinas...
Pero desde luego no estaba preparada para ver cómo un escorpión salía correteando de debajo de mi capa y se perdía entre los matojos oscuros con la mayor celeridad. No pude verme la cara, pero sé qué abrí los ojos de par en par, sé que palidecí y sé que me puse de pie y empecé a chillar como una auténtica desesperada mientras daba saltos intentando ver si había más bichos. Mi mente no funcionaba en condiciones, ya que en ese momento sólo podía pensar: ''Me ha picado un escorpión, me voy a morir''.

Sin embargo, mis gritos pronto fueron sofocados por otros gritos aún mayores: voces masculinas y roncas.

-¡Eh! ¡Otra vez los gritos! ¿Ves? ¡Te dije que no me lo había inventado, larguirucho!

-Me cago en todo gordo, yo también lo he oído. Pero no sé qué podrá ser...

-¿Qué va a ser? ¡Pues una mujer! venía de allí, vamos a mirar...

-Pero gordo, que eres una bola, ¿cómo va a haber una mujer en el bosque? ¿Y si es un espíritu?

-Un espíritu... te voy a dar una hostia que te vas a caer y ya no te vas a levantar más, largo. Despierta al pirata y vamos a mirar.

Me giré lentamente, y me maldije a mí misma un millón de veces en tan solo un segundo. No me había dado cuenta, pero a mi espalda había luz. La luz de un fuego vivo que venía del claro que había abandonado hacía unas horas. Y sólo el cielo sabía cuánto tiempo llevaba encendido. Lentamente, intentando hacer el menor ruido posible, me tumbé en el suelo boca abajo y me arrastré silenciosa entre los matojos que circundaban el claro, y, más mal que bien, abrí el hueco justo para echar un vistazo rápido con un ojo cerrado y el otro abierto.

Una hoguera de tamaño considerable ardía en el centro del claro, y proyectaba restos de luz que se extendían metros y metros más allá del claro. Sólo una estúpida se habría despertado sin darse cuenta de que había fuego a su espalda. Pero lo más grave no era el fuego, ni siquiera las sospechosas botellas que había tiradas alrededor, sino las personas que lo guardaban. Dos hombres, uno, efectivamente, muy gordo y el otro muy muy alto y delgaducho le daban golpes a un tercero que yacía tumbado, supuse que dormido, con una camisa sin mangas que dejaba ver una piel amarillenta y de aspecto enfermizo.
Eran los hombres con peor pinta que había visto jamás. Llevaban la ropa medio rota y sucísima, tan sucia que no acertaba a adivinar qué colores tenían las prendas. El gordo lucía una calva en el centro de la cabeza que amenazaba con arrasar el poco pelo corto que le quedaba, mientras que el alto tenía una especie de cortina grasienta de pelo liso y largo sobre la cara y el cuello. Al ''Pirata'' como lo habían llamado los otros, no le veía la cara, pero tampoco me hacía falta. En cuanto los miré, acudieron a mi mente palabras como Gentuza, Ladrones, Proscritos, Robo, Asesinato y Violación, y volví a maldecirme internamente unas mil veces. ¿Cómo podía haber sido tan necia?  ¿Cómo podía haber gritado de aquella forma? y lo más importante de todo, ¿Qué demonios se suponía que iba a hacer?

Salir corriendo no era una opción. Si me levantaba, ahora que ellos estaban atentos, me verían, por no hablar del ruido que haría al ponerme las botas y empezar a correr por un bosque en plena noche.
El hecho de enfrentarme a tres hombres borrachos, grandes, y probablemente expertos en matar a otros tan solo por insultarles o mirarles mal con la única ayuda de un fino puñal apenas sí se me pasó por la cabeza, por razones obvias que implicarían mi muerte o una violación como mínimo.
Por lo tanto, sólo me quedaba esconderme. Sabía trepar a los árboles, podría adentrarme sigilosamente en la espesura y subirme al primer árbol frondoso y alto que viera. Aferrándome a esa única esperanza, comencé a salir del seto lentamente. Una parte de mí aún no podía creer que todo aquello fuera real, que el miedo me estuviera presionando el corazón de aquella forma, que me doliera hasta la última parte de mi cuerpo por la tensión, pero así era.

Sin embargo, comprobé en ese mismo momento que el miedo siempre puede aumentar, ya que justo cuando había logrado salir del seto y estaba empezando a arrastrarme hacia la oscuridad protectora (cruel ironía, ya que normalmente me aterraba el bosque de noche) aquellos indeseables volvieron a hablar:

-¡Eh! he oído algo...

-Vaya, la princesa se ha despertado... venga ya pirata, maldito hijo de furcia, espabílate.

-No, lo digo enserio, cabronazo gordo. Callaos de una jodida vez. Me parece que el ruido viene de ahí, de entre esos setos. ¡Hay algo moviéndose!

-No seáis cenizos... de ahí es de donde venían los gritos de mujer... y la luna está llena... es noche de espíritus

-Cállate, largo. Vamos a mirar. Levántate, pirata. ¡Venga!

En ese instante me di cuenta de dos cosas. La primera, que mi zurrón había desaparecido. Torcí la cabeza en todas direcciones, pero no logré verlo. No estaba. Eso me aterró. Y la segunda, que fue, si cabe, aún más preocupante, que no podía moverme. No conseguía mover ni un músculo de mi cuerpo, aunque una parte de mi mente sabía que mi única esperanza era salir corriendo. Estaba allí, medio agachada a escasos metros de unos delincuentes, y no podía moverme. Iban a robarme. Iban a violarme. Iban a matarme. Noté cómo comenzaba a asfixiarme de puro nervio, y sin embargo, no podía moverme. Estaban allí, podía ver sus sombras acercarse cada vez más...

Y entonces me capturaron.

Una figura negra apareció de la nada, me agarró por la cintura y me apartó muy rápidamente del círculo de luz que proyectaba la hoguera de los ladrones. Corría empujándome y dando tumbos para que yo siguiera el mismo ritmo. En tan sólo unos segundos, me empujó contra el tronco de un árbol, y, mientras que con una mano inmovilizaba mis dos muñecas por encima de mi cabeza, con la otra me tapó la boca. Presionó sus piernas contra las mías, y, colocándose apenas a dos, quizás tres centímetros de mí, susurró las siguientes palabras:

-¿El zurrón es tu único equipaje, o llevas algo más? ¿Es tu única pertenencia? ¡Responde!

''Lo haría si no estuvieras asfixiándome con esa manaza'', pensó la minúscula parte de mi mente que no estaba paralizada por el miedo.

-¡Por el amor de Dios, dime sí o no con la cabeza! ¿Tienes algo más aparte del zurrón y de lo que éste contiene?

Negué lentamente con la cabeza.

-Bien. Pues ahora escúchame atentamente. Como se te ocurra moverte lo más mínimo o gritar de nuevo como lo has hecho hace un rato, vas a tener problemas graves, ¿Me comprendes? así que hazme caso. No quiero oírte ni un solo instante.

La figura se despegó un poco de mí y permaneció atento al claro, desde donde las voces de los ladrones llegaban ahogadas. Yo, por mi parte seguía prisionera y sin posibilidad de defenderme, pero una pequeña parte de mí funcionaba a toda velocidad.

¿Quién demonios era ese hombre? Porque era un hombre, de eso no había duda. ¿Era acaso un cuarto ladrón cuya presencia yo no había advertido hasta entonces?  sí, seguro que era un secuaz más. Y me había atrapado. Así, simplemente. Había aparecido rápido como un rayo y me había agarrado. Y allí me tenía, apartada en las sombras, aprisionada contra el tronco de un árbol y con la boca bien cerrada. No podía verle la cara, ya que, curiosamente y al igual que yo, el hombre llevaba una capa oscura y muy amplia, y se había calado la capucha de forma que ocultaba su rostro casi por completo. Además, en la oscuridad era imposible distinguir nada de su rostro. Pero era un hombre. ''Y -pensé- va a violarme. Este hombre me ha robado el zurrón, y ahora va violarme y luego va a matarme y dejará mi cuerpo tirado en el bosque y los cuervos lo picotearán hasta hacerlo desaparecer. Y yo iré al infierno. ''

Tal fue la sacudida de terror que me envolvió, que comencé a derramar lágrimas como una posesa. Tanto estaba llorando que pronto las lágrimas alcanzaron la mano de mi opresor, que se mantenía sobre mi boca. De repente sentí como todo mi cuerpo se volvía débil, y la vista comenzó a nublárseme levemente.

''No Nadia, por favor no te desmayes. Si te desmayas te violará y no podrás oponer ningún tipo de resistencia. Por favor, no te desmayes, no seas tan débil, no seas una presa tan fácil. Por favor''- la voz de mi mente chillaba desesperada, y concentré cada pensamiento, cada esfuerzo de mi cuerpo en intentar no desmayarme y en no derramar un lágrima más. Todo era horrible, era la peor pesadilla que jamás habría podido vivir. Sólo que era dolorosamente real.

De repente, el ladrón volvió a acercarse peligrosamente a mí y susurró de nuevo:

-Bueno, parece que los hemos despistado. Los muy borrachos no te encuentran, y están discutiendo porque se creen que hay espíritus en el bosque. Idiotas. Si hubieran estado lúcidos quizá no habrías tenido ni una sola oportunidad, así que dale las gracias al licor puro y barato que venden en los mercados los viernes. Es verdaderamente asqueroso. Bueno, ahora vamos a correr, ¿vale? así que voy a dejar que te muevas y voy a quitar la mano de tu boca. Pero no quiero oír ni un solo sonido, y menos un grito, saliendo de ella. ¿Me has entendido?

Asentí mecánicamente. El hombre me liberó, si bien me sujetó a la altura del codo izquierdo con una mano, y me arrastró con él rápidamente por entre serpenteantes caminos de ramas que crujían y hojas que parecían susurrar el peligro al que estaba expuesta. La verdad es que no entendía nada de lo que estaba pasando. ¿Por qué me llevaba lejos de sus compañeros? ¿Es que quería llevarme aún más adentro del bosque? ¿Tal vez para que mis gritos desesperados no se oyeran en ninguna parte? el desmayo amenazó con volver a hacer acto de presencia, pero sacudí la cabeza un par de veces para concentrarme en seguir caminando deprisa, arrastrada por aquel malnacido.

Sin embargo, apenas un minuto después,  llegamos a un claro iluminado por la luz de la luna, bastante más pequeño que el de los ladrones, y donde reinaban el silencio y la calma más absolutos. Pero lo sorprendente no era la perfecta paz del lugar. Lo sorprendente era ver a un caballo tranquilamente atado a una rama con mi zurrón, que destacaba blanquecino, enganchado en una de las alforjas. El ladrón me soltó, pero yo no me moví, sino que abrí los ojos sorprendida (aún más, si es que eso era posible, ya que sentía que se me iban a salir de la cara en cualquier momento) y sollocé ligeramente, con un sonido ronco e impropio de mí, pues tenía la garganta seca como nunca la había tenido antes.

-Bueno, aquí podemos hablar en voz un poco más alta. Pero nada de gritar, te lo repito. Jesús, ¿a qué muchacha en condiciones se le ocurre ponerse a gritar de esa manera en plena noche? ven, coge tu zurrón. Ven, vamos. ¿Te da miedo el caballo? si es eso tranquila, no es de granja, es de caballería, pero no te va a hacer nada, es buenísimo y está muy bien entrenado. Se llama Fante, y si te acercas lentamente no te hará nada, incluso podrás acariciarlo, es muy caballeroso.
¿Se puede saber por qué no te mueves? en el claro te pasó lo mismo. Te estaba mirando y creía que ibas a escapar, te veía muy dispuesta, pero de repente te quedaste quieta. Oye, ¿estás bien? ya puedes hablar. Oye... bueno, está bien, yo mismo te daré tu zurrón. Toma. Y tranquila, no le falta nada. Puedes comprobarlo. Trata de calmarte, vamos-desenganchó mi zurrón y lo depositó en el suelo, cerca de donde yo me encontraba. Lentamente, como una cría de cervatillo, me agaché y lo tomé entre mis brazos. Me quedé allí, arrodillada en la hierba. El ladrón se giró, dándome la espalda, y comenzó a desatar las riendas del caballo. Lo vi claro. Si me iba a violar y luego a matarme, al menos debía demostrar que podía luchar y defenderme. Desenvainé mi puñal, silencioso y afilado, y corriendo hacia su figura, le pinché la espalda ligeramente. Mi voz sonaba ronca y rota:

-¿Qué quieres de mí? ¿Qué me has robado? Malnacido indeseable, dime por qué me has capturado.

-¿De dónde has sacado el puñal?-se puso ligeramente rígido, y me miró de reojo, torciendo la cabeza. Seguía teniendo la capucha puesta, por lo que no le vi más allá del pómulo. Tenía la piel muy pálida, según me pareció. Era más alto que yo, al menos me sacaba una cabeza, pero no era tan fuerte como yo había creído en un principio. Y su voz no parecía del todo formada. Supuse pues, que no era un hombre hecho y derecho, sino un muchacho, tal vez en la veintena, lo que aumentó mi rabia aún más e hizo que le clavara un poco más el puñal.

-Devuélveme mis cosas, asqueroso proscrito. Te mereces el infierno por robarle a una pobre muchacha sola de noche en un bosque y encima con la ayuda de tres compinches. ¿Dónde están? ¿Acaso no van a venir? sois unos cobardes, eso no es de ser hombres en condiciones, sois unos...

-Guárdate el puñal, boquita de piñón. Yo no conozco a esos hombres, no los he visto en mi vida. Y no te he robado nada. Si eres tan estúpida como para no darte cuenta de que te he ayudado cogiendo el zurrón antes de que ellos lo vieran y luego encima salvándote la vida cuando te has quedado paralizada como un espantapájaros feo y delgaducho, no es culpa mía. Eres una desagradecida y una inepta. Esto me pasa por intentar ejercer de caballero con una loca que se pone a gritar en medio de la noche y no...

-¿Caballero? ¿Tú? por favor, esa palabra ni siquiera debería salir de tu sucia boca de borracho. Eres un mentiroso, un cerdo, y un niñato cobarde que se escuda en ladrones más mayores que él, y vas a ir al infierno porque...

-Mira granjera del tres al cuarto, estoy harto de jueguecitos- se giró rápidamente y me dio tal empujón que me tiró al suelo. Ambos nos quedamos inmóviles un instante, y entonces él se puso a revolver en las alforjas del caballo muy nervioso. Yo, de nuevo me sentí inútil. Menuda resistencia había presentado, si de un empujón estaba derribada en el suelo. Al miedo y la tensión se unió un sentimiento de vergüenza y decepción conmigo misma. Envainé el puñal discretamente de nuevo. El muchacho no paraba de mascullar, más para sí mismo que para mí:

-Es increíble que tenga que hacer esto...a una pueblerina, a una estúpida pastora o panadera cutre que encima de que se pierde me viene con puñales. ¡A mí! menuda creída, y uno intentando ayudar... ¡Eh, tú! ¡La damisela que se cree alguien! mira esto, idiota. Dudo que sepas siquiera leer, pero supongo que reconocerás el sello, ¿no?

Se plantó delante de mí y desenrolló un gran pliego de pergamino. Lo primero que vi a la luz de la luna fue, efectivamente, un enorme sello. El sello del escudo real. El sello de la corte de Gubraz. Comencé a leer las palabras, aunque por la poca luz apenas lograba distinguirlas:

-''Decreto de ordenanza de caballería de la orden mayor de su majestad el príncipe Alan de Gubraz. Por la presente, declaro que el alumno ha superado satisfactoriamente su periodo de formación de dos años, llegando a formar parte de la armada de Gubraz. Es por tanto, nombrado... ¡Caballero del rey!-Miré a la alta figura- ¿Eres caballero del rey?

-Sí. Recién nombrado.

-¿Primera orden?

-Ya lo has leído tú misma. Por cierto, enhorabuena por saber leer, no eres tan estúpida como creía.

-Pero, no comprendo... tú me has capturado, tú eres un ladrón... ¿Has robado un título? no, un proscrito no puede ser caballero...-me llevé las manos a la cabeza- ¡Oh, no entiendo nada!

-Santa madre, dame paciencia... Querida doncella boba, ¿No crees que si hubiera querido robarte o matarte o hacerte algún tipo de daño, te lo habría hecho ya?

-Pero me has apresado en el bosque...

-Sólo porque no quería que nos delataras haciendo ruido. Te voy a explicar mejor lo que ha pasado, a ver si tu maldita mente cerrada logra comprender mis palabras. Estoy haciendo un largo viaje, y estaba agotado y la noche se me ha echado encima, así que me he subido a un árbol con las ramas anchas a descansar unas horas. Y he aquí que de repente escucho un grito tan fuerte que me despierta y me caigo al suelo. Cuando logro levantarme, veo entre la espesura del bosque a una loca que probablemente se ha perdido de camino a su pueblo gritando muchísimo y sin darse cuenta de que a tres metros hay unos borrachos con muy mala pinta que no dudarán en violarla como mínimo.
Mi orgullo de caballero me impulsó. Cogí tu zurrón mientras no mirabas y luego, al ver que no podías ni moverte por el miedo, te cogí a ti, y te he traído junto a mi caballo y mi espada, a un claro seguro. Sólo intentaba ayudarte. Te lo prometo, por mi honor y por Gubraz.

Y entonces, le creí. Claro que le creí, porque tenía razón. Si fuera a hacerme algo, me lo habría hecho en cuanto me tuvo entre sus manos. Y el título... era un título de verdad, el sello impreso en el pergamino era el mismo que el que había visto a veces en las cartas de mi padre.

-Cielo santo... cielo santísimo...-la tensión que había dominado mi cuerpo durante horas se esfumó, y comencé a temblar y a llorar con pena y aprensión.

El joven caballero se rió un poco por lo bajo.

-Venga, venga, ya está... has pasado mucho miedo, ¿No es cierto? no pasa nada...

-Lo...lo siento tanto... yo...-volví a estallar en sollozos. Creo que ''pasar mucho miedo'' era una expresión que se quedaba bastante corta. Si no se me había parado el corazón aquella noche había sido sólo porque Dios se había apiadado de mí desde las alturas.

-Bueno, podrías parar de llorar, llevas ya un buen rato... ¿Siempre lloras tanto?

Me esforcé por calmarme pensando en la terrible impresión que el caballero del príncipe debía tener de mí. Finalmente pude serenarme, me puse las botas y me levanté torpemente. Aún me sentía temblar- muchas gracias y buenas noches, caballero del rey... sea cual sea tu nombre. Que Dios te bendiga por la grata ayuda que me has prestado. He de marcharme.

-¿Cómo vas a marcharte? sube al caballo, te llevaré a casa. ¿De dónde eres?

-¿Qué? no. No, no, ni hablar. Si quieres ayudarme, harás bien dejándome tranquila para descansar lo que resta de breve noche. Nada de llevarme a ninguna parte.

-Oh, insisto. No puedo dejarte sola y perdida en el bosque, eso significaría dejar mi hazaña incompleta.
Pareces una doncella educada, seguramente serás hija de algún comerciante de ciudad. Y estás de suerte, porque la ciudad más cercana es Campoflorido, y yo me dirijo al sur, así que...

-¿Qué? ¡No!-Retrocedí unos pasos- ¡¡No, al sur no. Jamás. No lo permitiré!!

-¡Está bien! demonios, eres testaruda... ¿al norte entonces? pero no hay ningún pueblo cerca, el más cercano al norte está a unos dos días...

-¡No quiero que me acompañes! Estoy de viaje y tengo que continuar. ¡Estoy bien en el bosque! ¿De acuerdo?

-¡Para de gritar! ¡Eres extremadamente desagradecida, sólo estoy intentando ayudarte! ¿Qué bicho te ha picado? pues me voy, que lo sepas. Menuda doncella en apuros...

-Bicho...-palidecí de nuevo, y me miré el antebrazo derecho. Hacía mucho que no sangraba, pero la herida seguía allí, claramente visible- oh, Dios mío... Dios mío, no puede ser...

-¿Qué demonios te pasa ahora?-el caballero estaba a punto de montar en su caballo.

-El escorpión... antes, junto al claro... me picó un escorpión en el brazo.

-¿Qué?

-Por... por eso grité. Estaba dormida y... no sé, me picó. Me dolió muchísimo. Era un bicho enorme, y me asusté y... grité.

El caballero tomó mi antebrazo derecho y miró la picadura.

-Sube a mi caballo. Esto podría ser grave. Ya sé dónde te voy a llevar. Te voy a llevar a ver a Suzanne.

*  *  *

Suzanne resultó ser una gorda y campechana viuda que tenía una especie de posada (en realidad solo era una casa grande con tres o cuatro habitaciones, pero ella se ganaba la vida así) y que entendía mucho de hierbas, ungüentos y remedios caseros. Tardamos unas cuantas horas en llegar, porque estaba muy escondida en el camino, y creo que jamás había pasado tanta vergüenza en mi vida. Me incomodaba muchísimo estar con un hombre en el mismo caballo, porque evidentemente tenía que agarrarme a su cintura para no caerme, pero no podía hacer otra cosa. Al fin y al cabo, estaba ayudándome.

-Buenas noches, Suzanne. Necesito tu ayuda.

-¡Oh, Axel! -la señora salió de lo que imaginé que era la cocina- querido niño, pero si apenas te fuiste esta mañana... ¿Ha ocurrido algo? ¡Oh! ¿Quién es esta chica?

-La he ayudado en el bosque. Ha tenido unos cuantos problemas, según creo, y además le ha picado un escorpión. ¿Podrás ayudarla?

-¿Un...? oh, cielo, pero ven, siéntate aquí. Pobrecita, parece aterrada.  ¿Quieres algo de beber y de comer? ven, deja que te vea esa herida. Axel, ve a la cocina y trae cosas para comer y beber, por favor. Esta noche estoy sola.

Yo asentí, me senté en el taburete que la señora Suzanne me ofrecía y me dejé hacer. Axel. Mi caballero, bueno, el caballero que me había ayudado, se llamaba Axel. No parecía un nombre nada noble.

-Bueno, preciosa, has tenido mucha suerte. No creo que fuera un escorpión, sino un pequeño alacrán. Su veneno es menos poderoso. Creo que con uno de mis remedios enseguida estarás bien- Suzanne me aplicó una pasta que olía fatal y me vendó el brazo cuidadosamente.

Axel enseguida apareció con un poco de carne y agua fresca. Me obligué a comer pausadamente aunque tenía mucha hambre, supuse que por toda la tensión acumulada. Él se sentó frente a mí, al otro extremo de la mesa de madera redonda.

-Está bien, voy a prepararte la habitación más limpia y bonita. Axel, ¿te preparo otra a ti?

-Sí, por favor, Suzanne. Mañana seguiré hacia el sur, qué remedio...

-Pues al menos come algo anda. Y quítate esa capa, por Dios.

-Oh, es verdad. Se me había olvidado-se quitó la capucha y se desató la capa.

Sé que vais a pensar que es absurdo que lo cuente de esta manera, pero casi me atraganto. Axel era mucho más joven de lo que le había supuesto, de hecho, parecía más o menos de mi edad. Era alto, y sin la capa vi que delgado, aunque no flacucho, sino más bien atlético. Su rostro pálido estaba enmarcado por muchas pecas que le daban un aspecto aún más aniñado. Pero eso no fue lo primero que pensé al verle. Lo primero que pensé fue otra cosa.

''Tiene fuego en el pelo y hielo en los ojos''

Jamás había visto un pelo tan rojo. Parecía un suave y ondulante fuego. Y jamás en la vida había visto unos ojos de un azul tan claro. Casi parecían de cristal. Era como mirar el lago helado de mi pradera en invierno. Eran hielo. Su pelo y sus ojos eran una contradicción en sí mismos. Y jamás había visto una contradicción tan maravillosa.

-¿Por qué vas al sur si eres del norte?-la pregunta se escapó sola de mis labios.

-¿Qué?

-Eres del norte. Tu pelo, tu piel, tus ojos... nunca encontrarías esos rasgos en el sur.

-Bueno, es que mis padres son del norte. Pero se mudaron cuando mi madre se quedó embarazada. Así que nací en el sur, en Brownstone, aunque sea más blanco que la nieve. Estoy deseando llegar a casa y contarles a mis padres que por fin soy caballero. Ellos son comerciantes y han tenido que ahorrar mucho para que yo pudiera tener la oportunidad de formarme.

Brownstone estaba aún más al sur que Campoflorido. Era prácticamente la frontera límite del país.

-Y... ¿Qué edad tienes?-de nuevo, otra pregunta que no pude evitar hacer.

-Dieciocho. Por eso soy caballero.

-Creía que eras un adulto...

-Yo también te creía más mayor, pero ahora que te veo a la luz... oye, ¿Cómo te llamas?

-Ehm... eso no es importante. ¿Sabes si el camino está muy apartado de aquí? mañana tengo que seguir mi viaje...

-Debe ser un viaje muy importante si aún después de todo lo que te ha pasado esta noche quieres seguir y que no te acompañe. ¿De dónde me has dicho que eras?

-No te lo he dicho. Y sí, es un viaje de vital importancia. Estoy viviendo una especie de... peregrinación. Con un objetivo final. Mira, llevo un crucifijo -tiré del cordón de cuero. Pero en vez de salir el crucifijo, salió mi clave de sol- oh, este no es. Es de madera. Vaya, ¿Dónde lo habré dejado? ¡Oh, seguro que lo he perdido en el bosque!

-¿Para qué quieres un crucifijo de madera si ya tienes uno de plata? en las iglesias te recibirán mejor.

-Esto no es un crucifijo de plata. Es una clave de sol de plata. Bueno, no sé si sabes lo que es una clave de sol, pero el caso es que... ¿Qué?

Axel me estaba mirando como si yo fuera un demonio salido del infierno.

-¿Qué pasa? está bien, sé que la plata es muy valiosa y que yo sólo soy una peregrina. Pero por favor, no se lo digas a nadie. Te juro que no la he robado, es mía, es un regalo de familia, me lo dio mi...

-¿Nadia?

El mundo entero se paró con aquella interrupción. No era verdad, Axel no había dicho mi nombre.

-¿Qué?

Se acercó un poco más a mirarme.

-¿Nadia...de Campoflorido?

No pude disimular. Fue tan inesperado que no pude disimular ni negar la verdad. Abrí la boca y susurré:

-¿Cómo... cómo has podido saberlo?

-Dios mío...-Axel se arrodilló ante mí y me besó la mano derecha, cumpliendo con el protocolo- ¡He ayudado a una dama de la corte! Axel Smithson mi señora, caballero del príncipe y desde ahora hasta el día de mi muerte, paladín y servidor vuestro y de Dios.

-Espera, espera, ¿Cómo que mi paladín? ¿Cómo has sabido que era yo? ¡Respóndeme!

-Mi señora, reconozco que en todo momento os habéis comportado de una forma demasiado fina y elegante como para ser una simple peregrina. Por eso os creí la hija de un rico comerciante de Campoflorido, que es una gran ciudad. Pero nunca pude imaginar que erais vos... oh, vuestra belleza se alaba en la corte desde el mismo día en que entré para entrenar. Sois muy famosa, y vuestra hermana también lo es. En la corte se dice que no hay dos voces como las de Liana y Nadia de Campoflorido. Y vuestro colgante... no hay otro igual en todo el reino. Clave de sol para vos, clave de fa para vuestra hermana. ¡Todos lo saben, sois muy conocidas por ello!

-¿Me estás diciendo que has adivinado que era yo sólo porque has visto mi colgante?

-¡Pues claro, señora mía, ya os he dicho que no hay otro en todo el reino! oh, esto es maravilloso, soy paladín de una duquesa, de la duquesa menor de Campoflorido nada menos. Oh, ya veréis, cuando mis pobres padres se enteren, van a estar tan orgullosos...

-Ya...-aparté la mano. Aquello era demasiado, y más tras la noche que había vivido- bueno, siento no tener nada para compensarte. Me voy a dormir.

-¡De ninguna manera o sintáis, mi señora! Vos misma sois la mayor recompensa. Mañana mismo partiremos. No puedo creer que os hayáis perdido en el bosque. ¿Qué fue de vuestra escolta? ¿Os atacaron? Oh, mi señora, mi dulce y gran señora, el duque, la duquesa y vuestra maravillosa hermana estarán sufriendo tanto... se alegrarán tanto de veros, y de ver que un auténtico caballero os ha ayudado...

-¿Pero qué sarta de sandeces estás diciendo?-me levanté bruscamente y comencé a encaminarme hacia las escaleras que llevaban al piso superior-debes olvidar que me has visto, debes olvidar todo esto. No puedo nombrarte mi paladín, No puedo hacer nada públicamente. Estoy de viaje, ¿De acuerdo? y no te incumben ni el cómo ni el por qué. No vas a acompañarme a ninguna parte. Mañana te irás hacia tu casa al sur y yo seguiré al norte. Y te olvidarás de esto. Si llega a mis oídos aunque sea una palabra de lo acontecido esta noche, me aseguraré de que el caballero Axel Smithson de Brownstone amanece muerto en su cama una soleada mañana de primavera. ¿Me has oído?

-Pero mi señora...

-No te atrevas a volver a llamarme así, ni a tratarme de vos. Para ti soy una peregrina a la que ayudaste en el bosque tras extraviarse. Buenas noches, Axel.

-Pero mi señora, quiero decir... Nadia, esperad... espera...

-He. Dicho. Buenas. Noches.-marqué cada palabra y le dirigí la mayor mirada de desdén que pude.

Juro que aún no sé cómo logré dormirme. No podía creer nada de lo que había pasado aquella noche. A lo mejor me despertaba y resultaba que lo había soñado todo y que Liana ni siquiera estaba hechizada. Además, había algo que no podía explicarme.


¿Por qué el chico más guapo que había visto en mi vida era tan imbécil?

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