viernes, 29 de agosto de 2014

''El romance de Nadia'' capítulo 11

Capítulo 11

No había razón alguna para buscar cobijo junto al fuego de una hoguera en una mañana soleada de primavera, pero dado que el bosque era tupido (por lo que apenas entraba sol)  y que aunque yo ya estaba vestida y calzada seguía con la melena empapada y el cuerpo algo frío, agradecí bastante que Joseph prendiera un montoncito de madera cuidadosamente apilado.

Me senté en un tocón cercano, y Dante hizo lo mismo justo frente a mí. Nos separaba la hoguera, y agradecí bastante la distancia, pues tras lo sucedido no quería ni verlo. Él por su parte, volvía a parecer un niño pequeño que sabe que ha hecho una travesura terrible: se sentaba encogido, mirando fijo al suelo con la cara brillante y tan roja como la hoguera.
Joseph volvió a mirarme afablemente.

-¿Deseáis beber algo, mi señora?

Apunto estuve de contestar ‘Sí, mi té habitual de fresas y pétalos de rosa’, pero me contuve en el último momento. Parte de mi mente aún no entendía que ya no estaba en mi castillo y que los que me rodeaban no eran mis fieles siervos. No podía andar pidiendo finos manjares en medio de un bosque a un desconocido. Un desconocido que, por otra parte, parecía conocerme.

-Un... poco de té suave, si tenéis. Si no, preferiría no tomar nada.

-Justo esta mañana uno de los nuestros ha hecho té de azahar. Os gustará.

-Bien-Lo miré algo apurada. No quería ofenderle, pero tenía que decirlo- Esto... Joseph, el vaso... me gustaría que estuviera bien limpio.

-¿Qué? ¡Oh! Por supuesto. No tardaré nada.

Se alejó un poco de la hoguera, y se dirigió a una especie de cocina improvisada que habían montado en el claro. Debían de ser más de dos viajeros, porque tenían organizado un buen campamento, y viajaban con dos carromatos enormes tirados por unos caballos viejos y gordos, que pastaban tranquilamente en la suave hierba. Todo estaba desordenado, pero extrañamente no olía mal, sino a especias y madera, y parecía incluso acogedor. Tras mirar mal a Dante durante unos segundos en los que él se encogió aún un poco más y su rubor aumentó, me concentré en observar a Joseph mientras escurría algunas gotas de agua de mi pelo.

Era mayor, de mediana edad, muy alto y con los hombros muy anchos. Era lo que se conoce como ''Un tipo grande'', y realmente parecía temible. Su camisola ancha y abierta dejaba ver un pecho y unos brazos morenos, curtidos y llenos de cicatrices, que de seguro la vida le había ido dejando. Su cara estaba igualmente estropeada, y el pelo negro, espeso y ondulado que le llegaba a la mitad de la espalda recogido en una coleta y la argolla de oro de su oreja derecha no contribuían nada a paliar su aspecto sospechoso. Pensé, aunque reconozco que fue un pensamiento infantil, que parecía un ladronzuelo malvado de los cuentos que leía de pequeña, mientras que el pañuelo rojo de lunares que hacía las veces de cinturón y destacaba con sus mallas negras lo hacían parecer el típico comerciante de los pueblos gitanos del sur. Para rematar el cuadro, tenía los ojos verdes, muy verdes, brillantes y vivos, tan vivos que parecían independientes del resto de Joseph. Cualquier persona que supiera lo que se decía de las personas con los ojos verdes (hijos del demonio, demonios disfrazados, poseídos por satán...) habría huido santiguándose al verle. Pero Joseph tenía algo... algo que hacía que confiase en él. Joseph, como aprendería más tarde, tenía un alma pura, hecha para hacer el bien.

Me trajo el té en un vaso de madera que fregó previamente y se sentó junto a Dante.

-Supongo que tendréis algunas preguntas... y, aunque confieso que yo también tengo unas cuantas, es lícito y justo que empecéis vos, mi señora.

-Lo primero es lo primero. Tú- Dante dio un pequeño respingo, pero no me miró a la cara, tal era su vergüenza- me debes una pastilla de jabón. La he perdido en el río por tu culpa, y ahora vas a comprarme la más fina y perfumada, la que yo elija, y la pagarás con tu dinero y no con el de tu compañero ni con el de nadie más. ¿Te queda bien claro?-No me contestó, aunque asintió con la cabeza- ¡Vaya! ¿Ahora no encuentras palabras descaradas que decirme? ¿Acaso ya no te parezco bonita? ¿O es que has entendido que me debes respeto y cortesía?

Joseph soltó una carcajada satisfecha y le dio un empujón a Dante que casi lo tira al suelo.

-¡Justo castigo, mi señora! ¿Ves, Dante? ¡Ella no es como las muchachas de taberna a las que seduces diciendo tres palabras bonitas!

-No sé cómo cualquier mujer que se precie podría caer en un juego tan irrespetuoso. Eso es falta de honor y lo desprecio.

-Lo...lo siento tanto- Dante despertaba el instinto maternal allí acurrucado, con su hermoso rostro aniñado lleno de rubor. Pero seguía muy ofendida con él, por lo que dejé que lo pasase mal durante un buen rato. Era lo que merecía.

-Y dicho esto, Joseph...-le miré a aquellos ojos que parecían incapaces de mentir- dime, ¿Por qué sabes mi nombre?

-Mi señora, sois famosa en todo el país. Vuestra familia es una de las más poderosas de la corte, pero no es sólo eso. Las voces de las hijas del duque de Campoflorido son como una especie de leyenda. Los pocos nobles, de seguro buenos amigos de vuestros padres, que han tenido el placer de escucharos a vos y a vuestra hermana coinciden en sus testimonios: dulzura posee vuestra voz, como las flores delicadas que crecen en vuestro pueblo, un poco descontrolada, pero hermosa. Vuestra hermana, dicen, es en cambio fuerza y temple, conciencia y madurez. Juntas hacéis llorar de emoción a aquellos que se rinden a vuestros encantos.
Todas estas historias circulan por el país y todo el mundo, dentro y fuera de la corte, las sabe. Cualquiera con un poco de conocimiento musical reconocería a las duquesas de Campoflorido por sus símbolos: colgantes de plata pura, Clave de Fa, maternal, grave y protectora, para Liana. Clave de sol, curvada, jovial y aguda, para Nadia. Cuando os vi aparecer en pos de Dante jamás habría imaginado que seríais vos... pero él os ha oído en el río, le habéis hechizado, y vuestro porte noble, vuestra forma de hablar y finalmente, el colgante...

-El colgante...-suspiré y lo acaricié- me está causando muchos problemas, no debería haberlo traído conmigo. Pero no podía quitármelo, es demasiado importante... la historia es larga-Di un sorbo al té, que estaba ardiendo.

-Si me permitís, mi señora, tengo una pregunta... mas sabéis que sólo habréis de contestar si tal es vuestro deseo. Por nada del mundo quisiera ofenderos.

-Adelante.

-¿Qué hacíais en el bosque sola? ¿Cómo es que no llevabais una escolta que matase a Dante si se acercaba a menos de un metro? ¿Por qué no habéis entrado en Hiedrazul con un séquito y los más altos honores? ¿Estáis perdida? ¿Habéis sufrido un accidente? Tened por seguro que os ayudaremos y os llevaremos hasta Campoflorido, tal es nuestro deber como súbditos y...

-¡No!-me estaba cansando de aquello- Yo... estoy de...viaje. Hay una explicación para que vaya sola y con esta ropa tan fea, pero...- y de repente caí en la cuenta de lo que estaba haciendo. ¿Qué hacía dándole explicaciones a un par de plebeyos? ¿Qué hacía sentándome al fuego con gente de tan baja calaña, como si yo fuera una igual? solté el té en el suelo y me levanté- Joseph, tienes que olvidar que me has visto. Los desafortunados sucesos que han unido nuestros caminos... olvidémoslos. No han ocurrido. Os pagaré por vuestro silencio, aunque temo que no pueda gastar demasiado, y me iré.

-Pero mi señora, por favor... no podéis iros, dejadme explicaros... os necesitamos.

-¿A mí? ¿Para qué?-comencé a revolver en el zurrón para sacar alguna monedilla y largarme.

-Escuchadme, por favor. Concededme solo unos minutos. Os explicaré, y entonces podréis decidir si nos ayudáis por bondad pura o si continuáis vuestro camino.

-Maldita sea, Joseph-me senté de nuevo en el tronco- ¿Qué demonios quieres?

-En primer lugar, garantizaros discreción. Si finalmente os vais, no tendréis que pagarnos una sola moneda ni a Dante ni a mí. También os prometo no volver a preguntar nada y olvidar el asunto recientemente acaecido. Es más, si queréis que nos dirijamos a vos por otro nombre como si fueseis una persona diferente, lo haremos sin problema. Nosotros mismos, mi señora, llevamos muchos años vagando por este mundo de Dios y hemos vivido demasiados episodios que, me temo, vuestros oídos no quieren oír ni nuestras bocas narrar.

-Está bien-musité. Me alegraba de no tener que pagarles. De todas formas, si se iban de la lengua y algún rumor llegaba a mis oídos, mandaría a los guardias de la orden menor de Campoflorido a capturarles en cuanto volviera a casa.

-Y ahora, mi señora, he de explicaros por fin la razón por la que nos hacéis tanta falta...

Mas sin embargo Joseph no explicó nada, pues en ese momento tres hombres irrumpieron en el campamento con una energía que ya la querrían muchos soldados en el campo de batalla.

-¡¡Ha de la casa!!

-¡Pero si esto no es una casa, hermanito!

-¡Ahí está la gracia, melón!

-Pues podrías haber dicho otra cosa, la verdad… no he entendido el chiste…

-Sois imbéciles...

--¡¡Chicos!!-Joseph se giró con gran alegría y acudió a recibirlos- no os vais a creer lo que ha ocurrido... pero,  ¿Cómo ha ido la caza?

-Bueno, bueno, ya sabes cómo es este-Uno de los hombres señaló a otro mientras explicaba-silencioso pero mortífero. No ha ido mal - le entregó una bolsa a Joseph, que miró satisfecho lo que supuse que serían un montón de animalitos muertos.

-Ah, yo también...-Dante se levantó torpemente y añadió la perdiz que llevaba en su cinturón al saco. Acto seguido volvió a su tronco y se sentó avergonzado.

-¿Y a este qué le pasa?

-Pues no sabría deciros- Joseph sonrió ampliamente- si fuera un día normal, os habría dicho que está así porque se ha dado cuenta de que es tonto, pero hoy... hoy todo es especial. Lo que le pasa a Dante hoy, amigos... es ella.

El variopinto grupo me miró, y yo sonreí muy incómoda y me revolví un poco en el tronco.

Habían llegado tres personas, pero podría haber dicho que habían llegado dos, pues los dos jóvenes que había hablado animadamente eran exactamente iguales. El pelo marrón ondulado, la piel ligeramente bronceada, los ojos avellana... e incluso un conjunto muy parecido al de Dante (aunque sin sombrero) solo que uno lo llevaba en color naranja y otro en color verde. El tercer hombre, el que permanecía en silencio, me dio miedo nada más verlo, y por una razón muy sencilla: aunque era más joven, me recordaba al padre de Vahid. La misma piel oscura, la misma barbita cuidadosamente recortada, el mismo pelo negro, una túnica oscura, un turbante... y los mismos ojos, fríos y negros.

Joseph, sin embargo, parecía radiante.

-Siento la interrupción, mi señora... pero ahora lo celebro, pues va a ser mucho más sencillo explicaros todo el asunto. Chicos- se volvió a los muchachos- ¡a las armas!

-Pero ¿quién es esta?

-Enseguida lo entenderéis, no os lo vais a creer... venga, ¡Traedlo todo!

-¿Armas? ¿Qué armas? oye Joseph, puede que vosotros no, pero de verdad, yo tengo mucha prisa y... debo irme- me levanté decidida a salir corriendo como si me persiguieran los demonios, que de hecho, no estaba segura de si Joseph era un demonio... ¿Y si era como en las historias de terror que había leído y estos hombres eran un grupo de demonios dispuestos a comerse mi alma?

-No, mi señora, esperad, por favor... -Joseph me persiguió unos metros- es sólo una forma divertida de hablar, no son armas, son...

En ese momento se oyó el trino de un pájaro. Y luego otro, aún más alto. Y luego otros sonidos que... no, eso no eran trinos de pájaros. Eran notas musicales. Me volví de nuevo, a mirar ávida a la hoguera.

Dante estaba afinando una preciosa flauta travesera que debía ser de plata pura, porque brillaba como si fuera la misma luna por la noche. Ya no parecía un niñato avergonzado, sino un muchacho maduro y concentrado. Los otros tres hombres tenían entre las manos un pequeño tambor, un laúd y un violín. Sonreí por primera vez en muchos días.

-Música...- miré a Joseph alzando el rostro, pues mi cabeza estaba a la altura de su hombro derecho- ¡Sois juglares!

-Pues claro, y los mejores del país.... ¿No pensaríais acaso, mi dulce señora, que éramos una pandilla de ladrones o proscritos, verdad?

Guardé silencio mientras notaba cómo mi rostro enrojecía de vergüenza. ¿Acaso no estaba clarísimo que era eso justo lo que había pensado?

Joseph me condujo de nuevo a mi asiento junto al fuego y se sentó con los demás justo enfrente.

-Muy bien, hagamos las presentaciones rápidas y oficiales antes de nuestra actuación privada para esta hermosa dama... Éste es Telmo, nuestro tambor, todo fuerza y temple. Es un poco tímido, pero muy ocurrente- El chico de verde inclinó la cabeza.- Éste es Kamal, nuestro violinista- el clon del padre de Vahid me miró desafiante y altivo- su nombre significa ''el perfecto'' y es una auténtica pena que él se lo crea tanto. Para que se le bajen los humos, nosotros lo llamamos siempre...

-Dile ese estúpido apodo y te corto el cuello-Incluso su voz grave y su acento eran parecidos. Me hacía sentir incómoda.

-Vamos Kamal, sólo es una broma, no debes tomártelo de ese modo.

-¿Quieres que te mate mientras duermes, Joseph? ¿Quieres?

-Oh, está bien. Dejémoslo en Kamal, simplemente. Éste es Jaques, el hermano de Telmo-el chico de naranja me sonrió e hizo el mismo gesto que su hermano- Supongo que ya lo habríais supuesto, porque estos dos condenados son como gotas de agua. Sin embargo, verás que Jaques no es tan tímido, es un poeta nato, el mejor compositor de romances de nuestras tierras, y además es muy sentimental con su laúd. Y bueno, por último... este es Dante, sinvergüenza, joven, mujeriego, rubio, guapo y excelente flautista. No puedo deciros nada más que ya no sepáis sin que os entren ganas de pegarle- Dante le miró mal, pero no hizo comentarios- Y yo, servidor... me llamo Joseph, mi señora, y dicen que mi voz sirve para algo. Yo no sé si es cierto, simplemente intento vivir haciendo lo que amo, que es cantar.

-Encantada, señores-Me divertía bastante la situación, a decir verdad, ya no me daban miedo- Yo soy...

-Oh no, por favor. Os ruego que me concedáis ese honor-Asentí y me reí. Joseph me levantó, me tomó una mano, y como el más excelente de los mayordomos, anunció:

-Señores nada nobles, sinvergüenzas míos, hijos de la ninfa música... estáis viviendo el placer de que vuestros ojos contemplen a la duquesa Nadia de Campoflorido.

-¿¡Qué!?-Todos excepto Dante se levantaron, casi provocando la caída de los instrumentos.

-No juegues con eso, Joseph, vamos...-Jaques sacudió la cabeza.

-Sí, Joseph, eso no se hace, es imposible...-Telmo asentía enérgicamente. Kamal no dijo ni una palabra, pero me dirigió una mirada fija y sorprendida.

-Es verdad, yo la encontré. Aunque prefiero no hablar de ello-Dante miró a otro lado, como queriendo escabullirse.

Los gemelos no cesaban en su estupor.

-¿Pero cómo va a estar aquí Nadia de Campoflorido? ¿La misma Nadia de Campoflorido?

-Eso, eso. Sabéis que eso no puede pasar. La duquesa estará en su castillo al sur, rodeada de comida y camas blandas, no sola en el bosque... y con nosotros.

-Mi señora, proceded si tenéis a bien, a enseñar vuestro maravilloso colgante.

-Claro-lo mostré al grupo, radiante y divertida. Las bocas de los gemelos se abrieron aún más, y los ojos exóticos de Kamal se abrieron aún más.

-Yo… aun así no puedo creerlo.

-Yo tampoco...

-Muy bien, creed lo que os dé la gana pero no quiero que nadie me interrumpa, ¿está claro? y además vais a obedecer-Joseph volvió a sentarse y lo mismo hice yo-  mi señora, es tiempo ya de explicaros por qué os necesitamos tanto. Sabréis ya de sobra que en Hiedrazul se celebra una fiesta...

-Algo he oído.

-Bien, pues en esa fiesta cada año, se celebra un concurso. Es un concurso de música, y nosotros viajamos mucho, por todo el país, sólo para llegar aquí cada primavera y poder participar…

-Comprendo-¿Qué podría tener que ver conmigo todo aquello?

-Tal vez no lo creáis, pero nunca habíamos ganado, nunca hasta el año pasado, cuando conocimos a una doncella que se unió a nosotros. Gracias a la voz de aquella muchacha nuestra victoria fue espléndida, así que planeábamos hacer lo mismo este año… hasta que se nos presentó un problema.

-¡Oh! ¿Cuál?

-Que la muchachita en cuestión no ha acudido a la cita prevista- Kamal me miró de arriba a abajo mientras hablaba, como si me evaluase.

-Por eso si vos quisierais ayudarnos... oh mi señora, nos haríais tan felices... vuestra voz es incomparable, estoy seguro de que nuestra victoria sería colosal, magnífica, épica... ¡Nos compondrían canciones!

-Oh, Joseph... lo siento, pero yo no canto en público.

-Lo sé, mi señora, pero sería tan fabuloso...

- Además, no puedo participar en un concursillo de una ciudad. Soy Nadia de Campoflorido.

-¿Lo sois?

-¿Qué has dicho?- Miré a Kamal, que estaba empezando a molestarme más que a cohibirme.

-No os creo. Ninguno os creemos, excepto el idiota de Joseph y el memo de Dante. Si sois de verdad quien decís ser, debéis demostrarlo cantando. Y si sois buena, sólo si vuestra voz es de verdad bonita, entonces os aceptaremos.

Me levanté bruscamente del tronco, derramando el té frío que quedaba en el vaso que estaba junto a mí.

-¿Y a ti quién te ha dicho que yo quiera ser aceptada en vuestro...grupo? Deberíais estar rogándome, no difamándome, maldita sea...

-¡Kamal!- Joseph gesticuló con los brazos, como para quitarle importancia al momento tenso- mi señora, Kamal no ha querido decir lo que pensáis... lo que ha querido decir es que si nos concedierais la inmensa gracia de cantar una canción, tal vez eso os animaría... os lo rogamos, por favor.

-No se atreve... -Kamal susurró, pero todos lo oímos perfectamente y yo lo fulminé con la mirada.

-¡¡Repite eso si tienes valor!!

-¡¡No te atreves a cantar porque no eres Nadia de Campoflorido!!

-¿Qué? Pero... Oh ... ¿¡Cómo te atreves!? ¡Trátame de vos, plebeyo desvergonzado! Y vosotros-me dirigí al resto fuera de mí- tocad la canción que queráis. No tendré problema en cantarla.

-Pero mi señora, ¿Estáis segura de que...?-Joseph parecía bastante apurado.

-La. Canción. Que. Quieras.

-Ehm, bien, ¿Conocéis ''La rosa de los vientos''?

-Por favor. Llevo años cantando esa canción. ¿Qué voz quieres que haga?

- La alta, claro. Sois vos la dama. Yo haré la baja.

-Perfecto.

Respiré unas cuantas veces para calmarme. Cuando todos estuvimos listos, los chicos comenzaron a tocar. Me sorprendió bastante ver lo bien que lo hacían, lo bonito que sonaba y lo compenetrados que parecían. Joseph, que se había sentado a mi lado, comenzó a entonar:

Si te cubres de ilusión y en tu jardín siembras amor,
Riégalo con constancia,
Pues así brotará una flor, y su aroma embriagador
Te guardará de todo mal…

Lo miré estupefacta. Su voz era maravillosa. La canción sonaba preciosa, aunque sonaría realmente perfecta del todo si alguien incorporara una segunda voz aguda... comprendí la falta que hacía mi voz cuando juntos comenzamos a cantar el estribillo:

Y si perdido algún día estás,
Con tus ojos no me has de buscar...
Tu alma mostrará el camino, 
Te salvará del olvido…
La rosa de los vientos hallarás.

-Cielos...- estaba extasiada. No podía decir más. En cuanto acabamos me di cuenta de lo precioso que había sonado, de lo fácil que había sido para mí y de lo que me había gustado cantar con una voz masculina y con instrumentos.

-Pues va a resultar que sí es ella...-Jaques y Telmo me miraban como si yo fuera un milagro. Dante y Joseph sonreían, y Kamal, aunque callado, asintió un par de veces con una expresión algo más conciliadora.

-Mi señora Nadia...-Joseph me tomó la mano y me la besó gentilmente- Por favor, os lo ruego. Ya lo habéis visto, habéis llegado como caída del cielo, Dios ha querido cruzar nuestros caminos... con vos podemos hacer magia.

-Joseph yo... no sé...

-Vamos, por favor...-Todos excepto Kamal comenzaron a rogarme. Me sentía abrumada, y realmente no me habría importado cantar, pero... ¿Delante de un público? ¿Y así por las buenas? ¿Y si alguien me reconocía?

-Por favor, mi señora, al menos entrad con nosotros en la ciudad por las puertas laterales... enseguida estaremos dentro y ya veréis como os encanta. Nos haríais tan felices...

-¿Hay entradas laterales?

-¡Claro! y no hay nada de cola-Jaques sonrió.

-Pero están reservadas para los artistas...-Telmo señaló el campamento- artistas como nosotros.

-Oh, está bien, os acompañaré y entraré con vosotros en Hiedrazul... ¡Pero eso no es una garantía de que vaya a cantar para nadie! ¿De acuerdo?

Los muchachos comenzaron a vitorear y a abrazarse. No paraban de gritar que la victoria estaba asegurada. Entre tanta alegría, empezaron a recoger todas sus cosas. Yo permanecí sentada haciendo algún comentario de vez en cuando:

-No olvidéis que debéis actuar como si yo fuera una peregrina... nada de tratarme de vos, e intentad no llamarme mucho por mi nombre, no quiero que me reconozcan. Ya me enseñaréis la ciudad... ¿A qué hora es el concurso? No durará mucho, ¿Verdad? porque estoy en pleno viaje de gran importancia y...

-No os preocupéis, mi señora. Subid a la calesa del carro. ¡Nos ponemos en marcha!

Joseph y Dante iban en el carromato grande conmigo, mientras que Kamal, Jaques y Telmo ocupaban el que era un poco más pequeño. Me emocioné muchísimo cuando vi que, efectivamente, al salir del bosque y torcer alejándonos de la cola, nos encontramos con unas puertas laterales por las que pudimos entrar una vez que los juglares enseñaron sus instrumentos. Joseph y yo pasamos por los poetas, los encargados de cantar, y pronto estuvimos en medio de una plaza enorme. Sonaba música por todas partes, había mucha gente y muchos carteles que indicaban los numerosos espectáculos y los puestos del gran mercado. Me sentía como una niña pequeña.

-¡Vamos al mercado chicos! ¡Estoy deseando ver los puestos! Dante, me debes un jabón, no lo olvides... ¡Oh! ¿Tendrán lociones perfumadas?

-Tranquilízate, Nadia- Joseph parecía mi padre- primero debemos inscribirnos oficialmente en el concurso, y para eso tenemos que esperar a que venga uno de los organizadores...

-Pero Joseph, no entiendo por qué tenemos que quedarnos en la plaza del pueblo desde por la mañana. El concurso será por la noche, ¿No? vamos ya a la casa del comendador y dejemos los carros, y entonces demos un paseo, y luego...

-¿Para qué vamos a ir a la casa del comendador?-Dante me miró ingenuo.

-Pues para inscribirnos en el concurso. En Campoflorido se hace así en las fiestas del verano... los juglares de primera clase van a nuestro castillo, enseñan el mecenazgo real y actúan para todos los invitados...

-Nadia-Joseph me miró preocupado- Temo no entenderte, o mejor dicho, temo que no lo entiendas, pero... no vamos a casa del comendador. No estamos contratados. Nos presentamos al concurso de la plaza. No tenemos mecenazgo real.

¿¡Qué!?-la gente que paseaba por la plaza se giró a mirarme. Bajé la voz y en tono amenazador continué-¿Me estáis diciendo que no sois juglares de primera clase?

-¿No crees que nuestros ropajes y nuestros carros serían mejor si lo fuéramos?

-¿Por qué no me lo habéis dicho antes?

-Pero, ¿Acaso importa? has dicho que éramos buenos, has cantado con nosotros, ¡Nos has visto!- Dante gesticulaba nervioso.

-Yo... no, creo que... yo tengo que pensarlo, esto es muy inesperado...

En ese momento un hombre ricamente vestido que portaba una pluma y un trozo de pergamino se acercó a los carromatos.

-Buenos días, ¿Van a presentarse al concurso?

-Sí, claro-Joseph dio el número de componentes y la función de cada uno. Sentí la sangre arder cuando dijo ''Dos cantantes''.

-Muy bien... ¿Saben? han tenido suerte, son ustedes los últimos. Acabamos de cerrar las puertas, y no se imaginan la cantidad de gente que ha quedado fuera este año... a mis guardias y a mí nos da pena, pero Hiedrazul no es tan grande... ¡No podríamos mantener a tanta gente aquí dentro tres días!

-¿A qué os referís con tres días?-No pude evitar preguntar. El hombre me miró, muy sorprendido de que una muchacha se dirigiera a él directamente.

-Pues ¿a qué me voy a referir? a que hemos cerrado ya las puertas para el festival.

-Esperad, ¿Festival? creía que esto era una pequeña celebración...

-Chiquilla, ¿Tú de dónde eres? estás en el festival de la cosecha de Hiedrazul. Durante tres días y tres noches se cierran las puertas y la ciudad vive por y para los festejos. Nadie entra, y nadie sale.

-¿¡Cómo!? ¿¡Cómo que nadie entra y nadie sale!? ¿¡Qué significa eso!? yo tengo un viaje importantísimo ¡Y tengo que partir mañana mismo!

-¿Pero qué haces hablándome así? eres una maleducada. Si tanta prisita tienes, no haber entrado y menos para concursar.

-Lo siento mucho, señor. Es joven. Enseguida la calmamos-Joseph me cogió de un brazo.

-Ate en corto a su muchacha, amigo. Las jovencitas con la lengua larga no gustan en Hiedrazul, ni en ninguna parte.

-Gracias. Buenos días.-En cuanto el encargado se marchó, Joseph clavó sus esmeraldas en mi rostro- ¿Estás loca, Nadia?

-Tú...-Se me saltaron las lágrimas- Vosotros sabíais esto, ¿Verdad? me habéis engañado sólo para que cante en vuestro estúpido concurso. Malditos muertos de hambre…

-Nadia, por favor, escucha...

-¡¡No me toques!! ¡Déjame en paz, me largo ahora mismo!

-¿Adónde?-Kamal me sonrió con ironía- te recuerdo que acaban de cerrar las puertas... no se abrirán en tres días.

Chillé de pura rabia y salí corriendo. Choqué con un montón de gente en mi precipitada huida, y tras pasar un buen rato dando vueltas sin rumbo, acabé en la plaza del mercado. Me senté en una fuente y empecé a llorar, no por miedo ni por pena, sino por rabia. No podía creer que me hubieran engañado tan fácilmente. No podía creer que Joseph y los chicos, las primeras personas amigables que conocía en todo mi viaje, hubiesen resultado ser tan mentirosos.

La gente pasaba junto a mí sin parar, pero nadie me hacía caso. O eso creía yo, porque de repente escuché una voz cálida frente a mí:

-He de reconocer que es extraño reconocer a una doncella sólo por su voz... pero lo que jamás pensé que haría es reconocer a una doncella por la forma en la que llora. Hola, Nadia.

Levanté la vista y sentí como mis ojos se abrían atónitos. Dejé de sollozar. Y demonios, aunque me cueste admitirlo, se me aceleró el corazón.


-¿Axel?

jueves, 21 de agosto de 2014

''El romance de Nadia'' capítulo 10

Capítulo 10

Abrí los ojos con las primeras luces del alba. Me costó bastante rato salir del lecho, ya que era la primera vez que dormía en una cama en lo que a mí se me antojaba una eternidad y por lo tanto mi cuerpo parecía decidido a no ponerse en marcha nunca. Mas tuve que obligarme a mí misma a hacer acopio de toda mi energía, ya que el tiempo jugaba en mi contra y corría desbocado para atraparme. Salí de la habitación con mi zurrón a cuestas y bajé las escaleras hasta el salón de la noche anterior.

-Buenos días-mi voz había recuperado su tono dulce y agudo. Me alegré bastante.


-¡Oh! la chica de Axel. Buenos días, dulzura, ¿te encuentras mejor?


-Ehm...sí, gracias-Intenté hacer como que no había oído eso de ''La chica de Axel''. Al fin y al cabo la señora Suzanne no sabía nada de quién era yo, por lo que el comentario había sido desafortunado pero inocente. O al menos eso esperaba- quería hablar con vos para compraros algunas cosas... he de continuar mi viaje.


-Claro, claro, niña. En cuanto ese dormilón de Axel se despierte, os prepararé el desayuno y os venderé lo que queráis y necesitéis para continuar con...


La sola idea de que Axel se despertara e insistiera en llevarme de vuelta a Campoflorido me horrorizaba, así que intenté escabullirme con elegancia:


-No, no. Axel y yo no nos dirigimos al mismo lugar. Y yo tengo que partir cuanto antes, así que no será necesario esperarle.


-Ah, yo pensé que... bueno linda, como quieras... sí, tengo aquí comida empaquetada, ven y escoge...


Tras limpiar bien mi zurrón de las cosas que ya no iban a servirme y renovarlo con los nuevos víveres de la señora Suzanne, tomé un rápido aunque riquísimo desayuno y me apresuré a largarme. Ella insistió en llamar a Axel y despertarlo, y me costó muchísimo convencerla para que no lo hiciera. Finalmente, me dio indicaciones de cómo salir al camino de nuevo, y tras pagarle con creces por sus servicios y darle las gracias, me fui.


Consulté el mapa que llevaba en el zurrón. Había unos cuantos pueblecillos y aldeas en los que esperé poder refugiarme. Comprobé también que había unas pocas iglesias y pequeñas capillas que me ofrecerían un cobijo seguro. Sin embargo, Hiedrazul, la ciudad más cercana, estaba a varios días de camino. Me puse en marcha todo lo rápida que podía ya que tenía muchas ganas de llegar a Hiedrazul, pues era famosa por su riqueza y su gran mercado. Allí habría más gente de mi clase, tal vez incluso me encontrara con algún gentilhombre o doncel compañero del caballero de oro. Con aquella esperanza me encontré, de repente, llena de energía.


La aventura de la noche anterior me había asustado mucho, pero haber salido sorprendentemente ilesa de ella me había dado unas fuerzas renovadas, una especie de optimiso que no había tenido hasta el momento.
Durante el tiempo de viaje hasta llegar a Hiedrazul, decidí proponerme ser un poco más valiente y decidida como una especie de reto personal. Si me desorientaba, le preguntaba a algún caminante que no tuviera mala pinta. El camino estaba bastante concurrido al ser ya primavera, por lo que casi siempre entablaba alguna corta conversación con campesinos, granjeros, familias que viajaban buscando trabajo en los grandes campos de los señores...aunque todos eran bastante humildes (nadie que tuviera el dinero suficiente como para viajar por el camino real escogería otro) no tuve ningún altercado o problema, y me encantó ver que todos se creían mi papel de peregrina, ya que me esforzaba por que mis gestos no fueran tan refinados ni mis palabras tan cultas a la hora de expresarme.

Sintiendo por fin que me volvía un poco más valiente, logré llegar a las inmediaciones de Hiedrazul en tres días. Crucé el camino y el pequeño trozo de bosquecillo que me separaban del enorme puente levadizo de entrada a la ciudad rápidamente, y a punto estaba de llegar cuando me encontré con una enorme cola y mucho tumulto. Al fondo podía ver a los guardias alabarderos del puente, que parecían ocupadísimos controlando el jaleo. Incluso creí distinguir música desde las profundidades de la ciudad. Al final de la cola, cerca de donde me encontraba expectante, distinguí a un hombre que sin duda era agricultor, pues sus ropas eran humildes, llevaba un sombrero de paja medio roto y portaba un enorme carro lleno de verduras y algunas frutas (tragué saliva instintivamente al distinguir unas pocas fresas, que tanto me gustaban y que llevaba tanto sin probar). Me acerqué tímidamente.


-Disculpad, buen hombre... ¿sabéis el porqué de este revuelo en Hiedrazul?


-Se ha juntao to, señorita... es día de mercado, y encima creo que hay fiesta. No estoy mu seguro porque yo vengo de otro pueblo a vender na más, pero algo de eso hay.


Miré de nuevo la cola y suspiré. Una fiesta en la ciudad... mi paso por Hiedrazul no iba a ser nada discreto ni tranquilo como había previsto. Miré la enorme cantidad de gente que se agolpaba en las inmediaciones de la puerta, apretujándose y discutiendo por ver quién entraba primero, y luego al cielo... y decidí que, ya que iba a tener que esperar todo ese rato y que iba a acudir a una ciudad engalanada y preparada para una fiesta, al menos lo haría limpia y perfumada. Me encaminé hacia el bosquecillo a mi espalda y deambulé hasta encontrar un gracioso y limpio riachuelo.


En circunstancias normales no se me habría ocurrido quitarme la ropa en un bosque por nada del mundo, ni para asearme. Pero lo cierto era que llevaba bastante tiempo sin darme un baño, y lo necesitaba de verdad. Además, lejos del tumulto de la ciudad, el bosque estaba tan tranquilo... no había nadie, olía a flores de primavera, el riachuelo parecía reírse jovialmente al correr el agua por entre las piedras, algún que otro pajarillo se atrevía a entonar una preciosa nota de vez en cuando, y el sol brillaba fuerte, conocedor de su esplendor.

No pude resistirme. Dejé el zurrón junto a una gran piedra y corrí los escasos metros que me separaban del agua, gritando al primer contacto pues estaba bastante fresca. Me quité el vestido y lo lavé en el agua clara con un poquitín de jabón lo mejor que pude. Nunca en mi vida había intentado siquiera lavar algo de ropa, y me sorprendió mucho ver como a fuerza de frotar y frotar, las manchas se quitaban. Cuando creí que ya era suficiente salí, lo dejé en la piedra con mi zurrón para que se secara bien y volví al agua, tan solo con mi camisa interior, que era blanca, fina, con tirantes y me llegaba por encima de la rodilla. Además, con el agua se transparentaba y se me pegaba al cuerpo. Era prácticamente como estar desnuda, pero no me habría atrevido jamás a quitármela.

Era bastante agradable bañarse en el río. Agradecí eternamente a Vahid el hecho de haberme regalado una pastillita de jabón, que me facilitaba el aseo, y un pequeño frasquito de esencia de flores, que pensaba usar para perfumarme una vez seca. Estaba segura de que la fiesta de Hiedrazul se presentaría bastante interesante, y me encontraba muy alegre. Chapoteando en el agua me sentía como una niña despreocupada. Tan optimista estaba que no pude evitar cantar, algo que no hacía desde que abandonara mi hogar hacía casi dos semanas. Me olvidé del mundo, y bien metida en mi papel, como siempre que cantaba algo, comencé a entonar uno de mis poemas preferidos, que contaba la historia de una princesa presa que encuentra el amor en el caballero que la rescata:


Tan sola me encontraba,
En la torre encerrada y presa estaba,
Y cuando vuestros ojos, mi amado, yo miré,
En ellos la más bella luz hallé...

¡Oh! por fin ya veo la luz,
Ahora el cielo es más azul...


En estas cuestiones me entretenía, cuando me callé abruptamente al oír una chillona exclamación, seguida de un gran ruido cerca del claro donde me encontraba. Me quedé paralizada con el agua a la altura de las rodillas, empapada desde el primer pelo de mi cabeza hasta los dedos más pequeños de mis pies, y agarrando con una mano la pastilla de jabón mientras que con la otra comenzaba a desenvainar el puñal. Supongo que la imagen no tenía nada de idílico.
En apenas un segundo o dos pude distinguir lo que aquella voz gritaba:

-No te calles por favor... Maldita sea, ¿Dónde estás? ¿Dónde está ese ángel, esa ninfa de los bosques? Guíame a tu lado, voz prodigiosa...


De repente, unos arbustos comenzaron a agitarse frenéticamente, y de entre ellos apareció un muchacho.


Puedo jurar que ambos estuvimos inmóviles, petrificados, mirándonos el uno al otro de frente, él en el claro y yo en el agua, en silencio, al menos un minuto entero.

Era alto y rubio, muy rubio. Tenía el pelo no dorado, si no amarillo, y unos redondos ojos azules aunque no como los de Axel, que relucían como el hielo, sino más bien como dos piedras de zafiro. Llevaba un gracioso gorrito de terciopelo carmesí con una pluma roja, una bonita casaca del mismo color y unas mallas de un tono marrón oscuro. Habría parecido una especie de sirviente de alto rango si el conjunto no hubiera estado desgastado y con aspecto envejecido. Era apuesto y parecía refinado, pero llevaba una bolsa, una pequeña porra y una perdiz muerta colgando del cinturón, cosa que le restaba encanto.

El muchacho se encargó de romper el tenso silencio. Se le iluminó la cara al sonreír con muchísima alegría, como un niño pequeño ilusionado, y me saludó con una artística reverencia:


-¡Ah! lo sabía... Nunca me equivoco. Tras una voz preciosa cantando una canción preciosa en el bosque siempre hay una muchacha preciosa en el bosque. Porque... eras tú la que estaba cantando, ¿Verdad, querida?


-¿Qué?


- No habrá otra más preciosa que tú por aquí cerca entonando el Cantar de la torre, ¿verdad? aunque dudo que exista en el país otra más preciosa que tú....


-Ehm, yo...-No entendía nada, y tanto piropo me pillaba completamente desprevenida.- Yo era la que estaba cantando, si es lo que queréis saber...


-Pues claro que sí. ¿Quién si no un ángel encarnado en la tierra podría entonar de esa manera? Y un ángel eres, primor, porque has caído del cielo. ¡Eres justo lo que necesitamos! vamos a ganar el concurso contigo, dulzura, oh sí, sí que lo vamos a ganar...


-¿Concurso?


-¡Claro! ven conmigo, florecita del bosque, los chicos van a postrarse ante ti como ya me he postrado yo. ¡Te van a adorar! Acompáñame y te enseñaré todo lo que tenemos preparado... ¡Te va a encantar!


Seguía sin entender ni una palabra, pero una sospecha comenzó a germinar en mi mente. No sabía a lo que se refería con ''concurso'', pero... ¿Acaso aquel chico me estaba confundiendo con una prostituta?


-Te...temo que no comprendo...creo que os confundís, caballero...


-¿Cómo voy a confundirme? ¡Está clarísimo! Eres joven, mas me pareces lo suficientemente hermosa -la sonrisa que esbozó al mirarme de arriba a abajo poco tenía de inocente- tu cuerpo también es muy bonito, por lo que puedo distinguir... adivino unas cuantas formas bastante redondeadas.


Se me salieron los ojos de las órbitas. Me miré las piernas. Había olvidado que lo único que llevaba puesto era una camisola corta, mojada y pegada a mi muy siempre oculta anatomía. Era normal que aquel chico me hubiese confundido con una prostituta.

Di tal grito que el muchacho se asustó, y luego tuvo que taparse los oídos. Como una auténtica desesperada, comencé a tirarle las piedras que había en el fondo del río a la cara, al grito de ''¡Fuera, pervertido!''.

-Pero mujer.... ninfa mía-esquivaba algunas como podía, pero el resto de las piedras le daban en el rostro, los hombros y los brazos- Si no quiero hacerte nada... bueno no es que no quiera, pero...-Le solté dos o tres palabras que me avergonzaría repetir ahora- ¡No! lo que quiero decir es que... sólo quiero que los chicos te vean... te he encontrado, tienen que oír tu voz, eres magnífica...


-¡¡Que te largues!! ¡¡Fuera de mi vista!! Malnacido hijo de perra... Venir a espiarme mientras me bañaba... ¿¡Cómo te atreves!?


-¿Bañarte? ¿Te estabas bañando? ¿Quién se baña con ropa?


-¡¡Esto no es mi ropa!!-Y entonces me di cuenta. Dirigí una mirada ávida a mi izquierda, a la piedra-¡¡Mi ropa!!


Me lancé a toda prisa, pero el agua ralentizaba mi carrera. El muchacho llegó antes y de un tirón se apropió de mi vestido. Mi único vestido desde hacía dos semanas. La única prenda que poseía.


-¿Vas a venir conmigo, cielito?


-¡¡Suelta eso y dirígete a mí con un mínimo de respeto, escoria inmunda!!


-Repito... ¿Vas a venir conmigo para que mis compañeros te oigan, preciosa doncella?


-¡¡Dame el vestido!!


-Ven conmigo y no tendré problema alguno en dártelo. Aunque estás más guapa tal y como estás, con esa túnica blanca...-me guiñó uno de los dos zafiros que tenía por ojos.


-¡¡Te voy a matar!!-Jamás le había dicho eso a nadie porque jamás había sentido un impulso de rabia tan fuerte. Desenvainé el puñal y salí del agua. El chico dio un respingo y desapareció en la espesura. Con la adrenalina saliendo disparada de cada uno de mis poros, cogí mi zurrón (no podía permitirme perder eso también) e inicié una de las carreras más frenéticas de mi vida. Oía su voz burlona, oía sus pasos por entre los árboles del bosquecillo de Hiedrazul... y de repente vi el humo de una hoguera a tan sólo unos metros. Me detuve un momento, ya que oí una segunda voz. El malnacido estaba hablando con alguien:


-¡Joseph, Joseph! la he encontrado... ¡Adivina de quién es esto!


-Dante... ¿Pero qué...? ¿Es eso un vestido de mujer? ¿Qué haces con eso?


-Robármelo ¡¡Y ahora mismo me lo vas a devolver o te juro por Dios que te abro en canal!!


-¿Qué significa esto?-El hombre con el que hablaba el ladrón se giró y me vio. Achaqué su cara de sorpresa al hecho de que ver aparecer a una chica chorreando agua, con una camisola corta, un zurrón, descalza y con un puñal en la mano no debía ser algo precisamente común.


Corrí furiosa dispuesta a clavarle mi puñal en el cuello al rubio, pero el testigo de la escena me sujetó, suave aunque firmemente.

-¡¡¡Suéltame, devolvedme mi vestido pedazos de...!!!


-Tranquila, tranquila. Te lo va a dar -le dirigió una mirada furibunda al muchacho, una mirada de fuego- Dante, si vas a seducir a una chica ya desde por la mañana, procura al menos no robarle el vestido. Eres imbécil, un inmaduro.


-¿De qué hablas? ¡Yo no he seducido a nadie! Es que si no le quitaba el vestido no venía, y tienes que verla... bueno, tienes que oírla. ¡Es ella! es nuestra chica...


-¿Cómo? ¿Estás seguro?


-Que cante y lo demuestre.


-¿pero estáis todos locos? ¿¡Qué demonios ocurre aquí!?


-Disculpa-El hombre suspiró- Es que mi querido Dante es imbécil. Guapo, pero imbécil. Si me prometes que no le apuñalarás, te daré el vestido-Me miró a la cara, sonriendo afablemente- No te digo que no se lo merezca, yo mismo le apuñalaría, créeme, pero aún me es útil... Dios santo-El hombre se interrumpió de repente y abrió los ojos como platos- Dios santo, no puede ser...


-¿Qué pasa?


-Dante... Dante... ven. ¡Acércate, vamos!


-Sí hombre, ¿Te recuerdo que tiene un puñal en las manos?


-Dante, el collar...


Los dos me miraron el pecho. Yo misma me miré el pecho, como si esperara encontrar algo nuevo o sorprendente. Pero lo único que había en mi pecho era el colgante de la clave de sol que no me había quitado, imprudente de mí.


Ambos me miraron a los ojos. Yo los miraba a ellos atemorizada. El hombre que no era Dante contuvo el aliento.


-¿Nadia?


-¿Qué?-Aquello no podía estar pasando. No otra vez.


-¿Nadia...de Campoflorido?


-¿De verdad?-No me lo podía creer. No me podía creer que otro hombre me hubiera reconocido por el colgante tres días después de que lo hiciera Axel- ¿Lo sabéis sólo por el colgante?


-Santa María madre de Dios... ¡Es ella! ¡Dante, has encontrado a Nadia!


Dante gritó. Me tendió el vestido y se arrodilló en el suelo.


-Mi señora... perdonadme mi señora... ¿Cómo iba a saberlo? aunque con esa voz, qué otra podríais ser.... ¡Lo siento mucho mi señora! Por favor, tened piedad...


El otro hombre me soltó el brazo y me hizo una profunda reverencia. Yo sentía que, si era posible morirse de nervios, iba a perecer de un momento a otro.

-¿Qué está pasando aquí?


-Mi señora, mi nombre es Joseph. Y si tenéis a bien vestiros, y si sois buena y piadosa como tal es vuestra fama y nos concedéis el magnánimo honor de acompañarnos junto al fuego, nada me haría más ilusión que contaros todo lo que queráis y resolver todas vuestras preguntas.