jueves, 21 de agosto de 2014

''El romance de Nadia'' capítulo 10

Capítulo 10

Abrí los ojos con las primeras luces del alba. Me costó bastante rato salir del lecho, ya que era la primera vez que dormía en una cama en lo que a mí se me antojaba una eternidad y por lo tanto mi cuerpo parecía decidido a no ponerse en marcha nunca. Mas tuve que obligarme a mí misma a hacer acopio de toda mi energía, ya que el tiempo jugaba en mi contra y corría desbocado para atraparme. Salí de la habitación con mi zurrón a cuestas y bajé las escaleras hasta el salón de la noche anterior.

-Buenos días-mi voz había recuperado su tono dulce y agudo. Me alegré bastante.


-¡Oh! la chica de Axel. Buenos días, dulzura, ¿te encuentras mejor?


-Ehm...sí, gracias-Intenté hacer como que no había oído eso de ''La chica de Axel''. Al fin y al cabo la señora Suzanne no sabía nada de quién era yo, por lo que el comentario había sido desafortunado pero inocente. O al menos eso esperaba- quería hablar con vos para compraros algunas cosas... he de continuar mi viaje.


-Claro, claro, niña. En cuanto ese dormilón de Axel se despierte, os prepararé el desayuno y os venderé lo que queráis y necesitéis para continuar con...


La sola idea de que Axel se despertara e insistiera en llevarme de vuelta a Campoflorido me horrorizaba, así que intenté escabullirme con elegancia:


-No, no. Axel y yo no nos dirigimos al mismo lugar. Y yo tengo que partir cuanto antes, así que no será necesario esperarle.


-Ah, yo pensé que... bueno linda, como quieras... sí, tengo aquí comida empaquetada, ven y escoge...


Tras limpiar bien mi zurrón de las cosas que ya no iban a servirme y renovarlo con los nuevos víveres de la señora Suzanne, tomé un rápido aunque riquísimo desayuno y me apresuré a largarme. Ella insistió en llamar a Axel y despertarlo, y me costó muchísimo convencerla para que no lo hiciera. Finalmente, me dio indicaciones de cómo salir al camino de nuevo, y tras pagarle con creces por sus servicios y darle las gracias, me fui.


Consulté el mapa que llevaba en el zurrón. Había unos cuantos pueblecillos y aldeas en los que esperé poder refugiarme. Comprobé también que había unas pocas iglesias y pequeñas capillas que me ofrecerían un cobijo seguro. Sin embargo, Hiedrazul, la ciudad más cercana, estaba a varios días de camino. Me puse en marcha todo lo rápida que podía ya que tenía muchas ganas de llegar a Hiedrazul, pues era famosa por su riqueza y su gran mercado. Allí habría más gente de mi clase, tal vez incluso me encontrara con algún gentilhombre o doncel compañero del caballero de oro. Con aquella esperanza me encontré, de repente, llena de energía.


La aventura de la noche anterior me había asustado mucho, pero haber salido sorprendentemente ilesa de ella me había dado unas fuerzas renovadas, una especie de optimiso que no había tenido hasta el momento.
Durante el tiempo de viaje hasta llegar a Hiedrazul, decidí proponerme ser un poco más valiente y decidida como una especie de reto personal. Si me desorientaba, le preguntaba a algún caminante que no tuviera mala pinta. El camino estaba bastante concurrido al ser ya primavera, por lo que casi siempre entablaba alguna corta conversación con campesinos, granjeros, familias que viajaban buscando trabajo en los grandes campos de los señores...aunque todos eran bastante humildes (nadie que tuviera el dinero suficiente como para viajar por el camino real escogería otro) no tuve ningún altercado o problema, y me encantó ver que todos se creían mi papel de peregrina, ya que me esforzaba por que mis gestos no fueran tan refinados ni mis palabras tan cultas a la hora de expresarme.

Sintiendo por fin que me volvía un poco más valiente, logré llegar a las inmediaciones de Hiedrazul en tres días. Crucé el camino y el pequeño trozo de bosquecillo que me separaban del enorme puente levadizo de entrada a la ciudad rápidamente, y a punto estaba de llegar cuando me encontré con una enorme cola y mucho tumulto. Al fondo podía ver a los guardias alabarderos del puente, que parecían ocupadísimos controlando el jaleo. Incluso creí distinguir música desde las profundidades de la ciudad. Al final de la cola, cerca de donde me encontraba expectante, distinguí a un hombre que sin duda era agricultor, pues sus ropas eran humildes, llevaba un sombrero de paja medio roto y portaba un enorme carro lleno de verduras y algunas frutas (tragué saliva instintivamente al distinguir unas pocas fresas, que tanto me gustaban y que llevaba tanto sin probar). Me acerqué tímidamente.


-Disculpad, buen hombre... ¿sabéis el porqué de este revuelo en Hiedrazul?


-Se ha juntao to, señorita... es día de mercado, y encima creo que hay fiesta. No estoy mu seguro porque yo vengo de otro pueblo a vender na más, pero algo de eso hay.


Miré de nuevo la cola y suspiré. Una fiesta en la ciudad... mi paso por Hiedrazul no iba a ser nada discreto ni tranquilo como había previsto. Miré la enorme cantidad de gente que se agolpaba en las inmediaciones de la puerta, apretujándose y discutiendo por ver quién entraba primero, y luego al cielo... y decidí que, ya que iba a tener que esperar todo ese rato y que iba a acudir a una ciudad engalanada y preparada para una fiesta, al menos lo haría limpia y perfumada. Me encaminé hacia el bosquecillo a mi espalda y deambulé hasta encontrar un gracioso y limpio riachuelo.


En circunstancias normales no se me habría ocurrido quitarme la ropa en un bosque por nada del mundo, ni para asearme. Pero lo cierto era que llevaba bastante tiempo sin darme un baño, y lo necesitaba de verdad. Además, lejos del tumulto de la ciudad, el bosque estaba tan tranquilo... no había nadie, olía a flores de primavera, el riachuelo parecía reírse jovialmente al correr el agua por entre las piedras, algún que otro pajarillo se atrevía a entonar una preciosa nota de vez en cuando, y el sol brillaba fuerte, conocedor de su esplendor.

No pude resistirme. Dejé el zurrón junto a una gran piedra y corrí los escasos metros que me separaban del agua, gritando al primer contacto pues estaba bastante fresca. Me quité el vestido y lo lavé en el agua clara con un poquitín de jabón lo mejor que pude. Nunca en mi vida había intentado siquiera lavar algo de ropa, y me sorprendió mucho ver como a fuerza de frotar y frotar, las manchas se quitaban. Cuando creí que ya era suficiente salí, lo dejé en la piedra con mi zurrón para que se secara bien y volví al agua, tan solo con mi camisa interior, que era blanca, fina, con tirantes y me llegaba por encima de la rodilla. Además, con el agua se transparentaba y se me pegaba al cuerpo. Era prácticamente como estar desnuda, pero no me habría atrevido jamás a quitármela.

Era bastante agradable bañarse en el río. Agradecí eternamente a Vahid el hecho de haberme regalado una pastillita de jabón, que me facilitaba el aseo, y un pequeño frasquito de esencia de flores, que pensaba usar para perfumarme una vez seca. Estaba segura de que la fiesta de Hiedrazul se presentaría bastante interesante, y me encontraba muy alegre. Chapoteando en el agua me sentía como una niña despreocupada. Tan optimista estaba que no pude evitar cantar, algo que no hacía desde que abandonara mi hogar hacía casi dos semanas. Me olvidé del mundo, y bien metida en mi papel, como siempre que cantaba algo, comencé a entonar uno de mis poemas preferidos, que contaba la historia de una princesa presa que encuentra el amor en el caballero que la rescata:


Tan sola me encontraba,
En la torre encerrada y presa estaba,
Y cuando vuestros ojos, mi amado, yo miré,
En ellos la más bella luz hallé...

¡Oh! por fin ya veo la luz,
Ahora el cielo es más azul...


En estas cuestiones me entretenía, cuando me callé abruptamente al oír una chillona exclamación, seguida de un gran ruido cerca del claro donde me encontraba. Me quedé paralizada con el agua a la altura de las rodillas, empapada desde el primer pelo de mi cabeza hasta los dedos más pequeños de mis pies, y agarrando con una mano la pastilla de jabón mientras que con la otra comenzaba a desenvainar el puñal. Supongo que la imagen no tenía nada de idílico.
En apenas un segundo o dos pude distinguir lo que aquella voz gritaba:

-No te calles por favor... Maldita sea, ¿Dónde estás? ¿Dónde está ese ángel, esa ninfa de los bosques? Guíame a tu lado, voz prodigiosa...


De repente, unos arbustos comenzaron a agitarse frenéticamente, y de entre ellos apareció un muchacho.


Puedo jurar que ambos estuvimos inmóviles, petrificados, mirándonos el uno al otro de frente, él en el claro y yo en el agua, en silencio, al menos un minuto entero.

Era alto y rubio, muy rubio. Tenía el pelo no dorado, si no amarillo, y unos redondos ojos azules aunque no como los de Axel, que relucían como el hielo, sino más bien como dos piedras de zafiro. Llevaba un gracioso gorrito de terciopelo carmesí con una pluma roja, una bonita casaca del mismo color y unas mallas de un tono marrón oscuro. Habría parecido una especie de sirviente de alto rango si el conjunto no hubiera estado desgastado y con aspecto envejecido. Era apuesto y parecía refinado, pero llevaba una bolsa, una pequeña porra y una perdiz muerta colgando del cinturón, cosa que le restaba encanto.

El muchacho se encargó de romper el tenso silencio. Se le iluminó la cara al sonreír con muchísima alegría, como un niño pequeño ilusionado, y me saludó con una artística reverencia:


-¡Ah! lo sabía... Nunca me equivoco. Tras una voz preciosa cantando una canción preciosa en el bosque siempre hay una muchacha preciosa en el bosque. Porque... eras tú la que estaba cantando, ¿Verdad, querida?


-¿Qué?


- No habrá otra más preciosa que tú por aquí cerca entonando el Cantar de la torre, ¿verdad? aunque dudo que exista en el país otra más preciosa que tú....


-Ehm, yo...-No entendía nada, y tanto piropo me pillaba completamente desprevenida.- Yo era la que estaba cantando, si es lo que queréis saber...


-Pues claro que sí. ¿Quién si no un ángel encarnado en la tierra podría entonar de esa manera? Y un ángel eres, primor, porque has caído del cielo. ¡Eres justo lo que necesitamos! vamos a ganar el concurso contigo, dulzura, oh sí, sí que lo vamos a ganar...


-¿Concurso?


-¡Claro! ven conmigo, florecita del bosque, los chicos van a postrarse ante ti como ya me he postrado yo. ¡Te van a adorar! Acompáñame y te enseñaré todo lo que tenemos preparado... ¡Te va a encantar!


Seguía sin entender ni una palabra, pero una sospecha comenzó a germinar en mi mente. No sabía a lo que se refería con ''concurso'', pero... ¿Acaso aquel chico me estaba confundiendo con una prostituta?


-Te...temo que no comprendo...creo que os confundís, caballero...


-¿Cómo voy a confundirme? ¡Está clarísimo! Eres joven, mas me pareces lo suficientemente hermosa -la sonrisa que esbozó al mirarme de arriba a abajo poco tenía de inocente- tu cuerpo también es muy bonito, por lo que puedo distinguir... adivino unas cuantas formas bastante redondeadas.


Se me salieron los ojos de las órbitas. Me miré las piernas. Había olvidado que lo único que llevaba puesto era una camisola corta, mojada y pegada a mi muy siempre oculta anatomía. Era normal que aquel chico me hubiese confundido con una prostituta.

Di tal grito que el muchacho se asustó, y luego tuvo que taparse los oídos. Como una auténtica desesperada, comencé a tirarle las piedras que había en el fondo del río a la cara, al grito de ''¡Fuera, pervertido!''.

-Pero mujer.... ninfa mía-esquivaba algunas como podía, pero el resto de las piedras le daban en el rostro, los hombros y los brazos- Si no quiero hacerte nada... bueno no es que no quiera, pero...-Le solté dos o tres palabras que me avergonzaría repetir ahora- ¡No! lo que quiero decir es que... sólo quiero que los chicos te vean... te he encontrado, tienen que oír tu voz, eres magnífica...


-¡¡Que te largues!! ¡¡Fuera de mi vista!! Malnacido hijo de perra... Venir a espiarme mientras me bañaba... ¿¡Cómo te atreves!?


-¿Bañarte? ¿Te estabas bañando? ¿Quién se baña con ropa?


-¡¡Esto no es mi ropa!!-Y entonces me di cuenta. Dirigí una mirada ávida a mi izquierda, a la piedra-¡¡Mi ropa!!


Me lancé a toda prisa, pero el agua ralentizaba mi carrera. El muchacho llegó antes y de un tirón se apropió de mi vestido. Mi único vestido desde hacía dos semanas. La única prenda que poseía.


-¿Vas a venir conmigo, cielito?


-¡¡Suelta eso y dirígete a mí con un mínimo de respeto, escoria inmunda!!


-Repito... ¿Vas a venir conmigo para que mis compañeros te oigan, preciosa doncella?


-¡¡Dame el vestido!!


-Ven conmigo y no tendré problema alguno en dártelo. Aunque estás más guapa tal y como estás, con esa túnica blanca...-me guiñó uno de los dos zafiros que tenía por ojos.


-¡¡Te voy a matar!!-Jamás le había dicho eso a nadie porque jamás había sentido un impulso de rabia tan fuerte. Desenvainé el puñal y salí del agua. El chico dio un respingo y desapareció en la espesura. Con la adrenalina saliendo disparada de cada uno de mis poros, cogí mi zurrón (no podía permitirme perder eso también) e inicié una de las carreras más frenéticas de mi vida. Oía su voz burlona, oía sus pasos por entre los árboles del bosquecillo de Hiedrazul... y de repente vi el humo de una hoguera a tan sólo unos metros. Me detuve un momento, ya que oí una segunda voz. El malnacido estaba hablando con alguien:


-¡Joseph, Joseph! la he encontrado... ¡Adivina de quién es esto!


-Dante... ¿Pero qué...? ¿Es eso un vestido de mujer? ¿Qué haces con eso?


-Robármelo ¡¡Y ahora mismo me lo vas a devolver o te juro por Dios que te abro en canal!!


-¿Qué significa esto?-El hombre con el que hablaba el ladrón se giró y me vio. Achaqué su cara de sorpresa al hecho de que ver aparecer a una chica chorreando agua, con una camisola corta, un zurrón, descalza y con un puñal en la mano no debía ser algo precisamente común.


Corrí furiosa dispuesta a clavarle mi puñal en el cuello al rubio, pero el testigo de la escena me sujetó, suave aunque firmemente.

-¡¡¡Suéltame, devolvedme mi vestido pedazos de...!!!


-Tranquila, tranquila. Te lo va a dar -le dirigió una mirada furibunda al muchacho, una mirada de fuego- Dante, si vas a seducir a una chica ya desde por la mañana, procura al menos no robarle el vestido. Eres imbécil, un inmaduro.


-¿De qué hablas? ¡Yo no he seducido a nadie! Es que si no le quitaba el vestido no venía, y tienes que verla... bueno, tienes que oírla. ¡Es ella! es nuestra chica...


-¿Cómo? ¿Estás seguro?


-Que cante y lo demuestre.


-¿pero estáis todos locos? ¿¡Qué demonios ocurre aquí!?


-Disculpa-El hombre suspiró- Es que mi querido Dante es imbécil. Guapo, pero imbécil. Si me prometes que no le apuñalarás, te daré el vestido-Me miró a la cara, sonriendo afablemente- No te digo que no se lo merezca, yo mismo le apuñalaría, créeme, pero aún me es útil... Dios santo-El hombre se interrumpió de repente y abrió los ojos como platos- Dios santo, no puede ser...


-¿Qué pasa?


-Dante... Dante... ven. ¡Acércate, vamos!


-Sí hombre, ¿Te recuerdo que tiene un puñal en las manos?


-Dante, el collar...


Los dos me miraron el pecho. Yo misma me miré el pecho, como si esperara encontrar algo nuevo o sorprendente. Pero lo único que había en mi pecho era el colgante de la clave de sol que no me había quitado, imprudente de mí.


Ambos me miraron a los ojos. Yo los miraba a ellos atemorizada. El hombre que no era Dante contuvo el aliento.


-¿Nadia?


-¿Qué?-Aquello no podía estar pasando. No otra vez.


-¿Nadia...de Campoflorido?


-¿De verdad?-No me lo podía creer. No me podía creer que otro hombre me hubiera reconocido por el colgante tres días después de que lo hiciera Axel- ¿Lo sabéis sólo por el colgante?


-Santa María madre de Dios... ¡Es ella! ¡Dante, has encontrado a Nadia!


Dante gritó. Me tendió el vestido y se arrodilló en el suelo.


-Mi señora... perdonadme mi señora... ¿Cómo iba a saberlo? aunque con esa voz, qué otra podríais ser.... ¡Lo siento mucho mi señora! Por favor, tened piedad...


El otro hombre me soltó el brazo y me hizo una profunda reverencia. Yo sentía que, si era posible morirse de nervios, iba a perecer de un momento a otro.

-¿Qué está pasando aquí?


-Mi señora, mi nombre es Joseph. Y si tenéis a bien vestiros, y si sois buena y piadosa como tal es vuestra fama y nos concedéis el magnánimo honor de acompañarnos junto al fuego, nada me haría más ilusión que contaros todo lo que queráis y resolver todas vuestras preguntas.

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