sábado, 20 de septiembre de 2014

Relato

Ojos desteñidos


Se despertó, pero no se movió. Entre los últimos rastros de la niebla del sueño que, muy a su pesar, iban abandonándola, acudió a su mente aquella frase de una de las canciones de Los Miserables ''Otra vez un día más...'', y suspiró, pensando que en su caso, el drama era literal. Otra vez un día más, otro día más despierta. Odiaba estar despierta desde hacía mucho tiempo. Al menos cuando dormía no se sentía culpable, no se sentía atrapada ni atada en modo alguno. En sus sueños no era una sombra, no era un despojo. Despierta se ahogaba a cada minuto, y se sentía una mala persona.

¿Qué hora era? más de las ocho, seguro, porque sus padres no estaban, aunque no eran aún las once ni las doce, el cielo no brillaba con el fulgor del mediodía. La casa estaba silenciosa ''Y gracias al cielo'', pensó, porque cada vez le gustaba menos estar con sus padres. Al fin y al cabo, si hablaban discutían y ella acababa oyendo palabras hirientes: ''No podemos hablarte por miedo a que contestes mal'' ''Eres una inmadura'' ''Hace tiempo que no te entendemos'' o la que más le dolía ''Tú antes no eras así''... y cuando no hablaban podía sentir su dolor, su preocupación, su sentimiento de fracaso paterno, sus miradas decepcionadas... no, sus padres no tenían la culpa, pobrecitos, pero desde luego en aquel momento prefería no tenerlos delante.

De repente, un ráfaga de viento frío se coló por su ventana, y pudo oír, pudo oler y pudo sentir cómo comenzaba a llover. Algo parecido a una sonrisa de muñeca triste asomó brevemente a su rostro, y logró mover su esquelético y pálido cuerpo enfundado en un sencillo camisón de tirantas blanco con lunaritos celestes, antaño algo más voluptuoso, hasta la esquina de su cama junto a la ventana. Se espabiló un poco y se sentó a mirar la lluvia.

¿Por qué amaba tanto la lluvia? no podía explicarlo, pero le pasaba desde pequeña, desde siempre. Era algo que vivía en ella. La lluvia la hacía sentirse pura, limpia, viva. Cuando llovía siempre estaba feliz. Cuántas veces había oído aquello de ''La lluvia es para personas deprimentes y tristes. La gente a la que le gusta la lluvia es rarita'' Y cuántas veces había respondido ''La lluvia no es triste. Es romántica''.
Pero eso era antes. Ahora, simplemente, su querida lluvia la refrescaba un poco, la calmaba, pero no solucionaba lo que le pasaba desde hacía un año. Nadie lo solucionaba. Los médicos y sus tratamientos suaves eran un consuelo, ella esperaba algún efecto, esperaba poder dejar de ahogarse, poder volver a salir a la calle sin tener miedo, poder oír palabras de gente extraña sin que se le clavaran en el alma como cuchillos, poder volver a hacer felices a sus amigos y no decepcionarles, poder volver a sentir que su familia estaba orgullosa de ella...y poder dejar de llorar.

¿Cuánto había llorado en el último año? ¿Era aquello normal? no, claro que no lo era, ni mucho menos. Era patético. Y cómo le dolía cuando su abuela le decía que en la flor de la vida no se llora, que hay que sonreír, porque las lágrimas destrozan la belleza, y ella era tan guapa...

Dudaba de haberlo sido alguna vez, pero desde luego ya no lo era. Tan bajita, tan pálida, siempre tan delgada con las costillas marcadas, con esos ojos tan grandes, cada vez más empañados, cada vez de un marrón más oscuro y enmarcados por ojeras, ese pelo, largo pero sin brillo, sin vida y con las puntas descuidadas y mal peinado, ya que apenas salía de casa, aquellos brazos débiles, aquellas piernas delgaduchas que apenas la sostenían, su pecho y su cintura, que un día fueron bonitos y bien marcados, ahora apenas sí se esbozaban en su cuerpo, y la piel, aunque limpia, llena de pequeñas ronchitas y de un color horrible por estar encerrada... menuda pinta debía tener... ¿Qué vería si se miraba al espejo?

¿Cuánto hacía que no se miraba al espejo? meses, estaba segura. Desde que se había despreciado a sí misma, desde que sus defectos se habían llevado la luz de su alma y la habían dejado ahogándose en la oscuridad convirtiéndola en una especie de sombra de la chica que era, no se miraba al espejo. Y entonces pensó algo... si se miraba al espejo, ¿Acaso no era eso una buena señal? tal vez, viera lo que viera, el mero hecho de mirarse al espejo significaba que se aceptaba de nuevo aunque sólo fuese un poquito. Tal vez los médicos dirían que era una señal positiva. Tal vez sus padres se alegrarían un poquito. Tal vez, si se miraba al espejo, podría practicar cómo sonreír de nuevo.

Echando un último vistazo a su ligera y amada lluvia para que le diera valor, se levantó lentamente de la cama y salió de su cuarto. Levitó descalza, porque ya apenas andaba, ya que se había convertido casi en un fantasma, y atravesó el pasillo hasta llegar a la puerta del baño. La empujó suavemente y entró.
Allí estaba el gran espejo. Casi estaba emocionada. Iba a verse por fin, tras tantos meses. Seguro que podía animarse a sí misma, a su reflejo. Se colocó delante del cristal con los ojos cerrados, y cuando estuvo segura de que se vería de pies a cabeza, los abrió expresivamente, casi como cuando era feliz, casi como cuando brillaba.

Sin embargo, en cuanto se vio no puedo evitar dar un grito. Cayó de rodillas al suelo y lloró amarga y aparatosamente. Y es que se había asustado. Pero lo que la había asustado no era su cuerpo enfermo, ni su pelo sin vida, ni sus sonrisa deshilachada, ni su delgadez, ni su debilidad física. Lo que la había asustado era su alma, el alma que se ve siempre a través de los ojos. Y es que sus ojos ya no estaban igual. Ya no eran marrones y cálidos. Eran transparentes, vacíos.

Cuando la muchacha de los ojos marrones se miró al espejo, descubrió que se le habían desteñido de tanto llorar.