jueves, 30 de octubre de 2014

''El romance de Nadia'' capítulo 13

Capítulo 13


-Nadia, es importante que entiendas esto- Joseph parecía un preparado caballero del rey que daba instrucciones a sus subordinados antes de salir al campo de batalla. Se paseaba de un lado a otro delante de uno de sus carros, tras la plaza del concurso, mientras el resto tomábamos estofado con verduras y un poco de carne- El concurso se inicia al atardecer. Los diferentes participantes irán subiendo al escenario por turnos. Somos los séptimos. Se supone que debemos simplemente cantar, pero siempre hay que intentar hacer algo para destacar. De esa parte me encargo yo, iré hilando las canciones entre sí y haré que formen parte de una única historia fantástica y épica. Cantamos tres piezas. Dime, ¿Te sabes La canción del músico?
                               
-La conozco, aunque nunca la he cantado. Es algo… inapropiada.

-Pues es nuestra pieza de presentación. Probablemente casi todos los participantes la canten, es muy conocida... pero la clave es ser mejor que todos ellos. ¿Qué hay de El ladrón de sueños? ¿Te suena?

-Me encanta esa canción. Es hermosa-Sonreí.

-Fantástico. Tienes razón, es hermosa. ¿Crees que podrás cantar la parte más lenta? Tu voz sería perfecta.

-Pues claro.

-Esto va viento en popa. Y hablando de vientos... Nuestra última pieza es El molino del viento.

-No, no conozco esa.

-¿Cómo?- Todos los juglares me miraron estupefactos- ¡Es imposible que no conozcas esa canción! ¡Es la más hermosa de todas!

-Pues no, lo siento. Nunca la he oído.

-Esto complica las cosas...-Joseph se rascó la negra y espesa barba mientras pensaba- pero no creo que sea algo insuperable. Bien amigos, vamos a hacer lo siguiente: ensayaremos nuestras dos primeras piezas rápidamente. Y el resto del tiempo... bueno, tenemos hasta el atardecer para enseñarle a Nadia la tercera canción. Creo que será suficiente.

-¿Estás loco, Joseph? eso no va a funcionar- Jaques parecía muy nervioso.

-Deberíamos buscar una canción que ella sepa cantar- Telmo apoyó la teoría de su hermano.

-Yo no sé si podré aprenderla en una sola tarde- Añadí, algo asustada.

-Vamos, vosotros sabéis que es una canción muy hermosa... Estoy convencido de que será nuestro pase a la victoria. Y será maravilloso. ¡Manos a la obra juglares! ¿Qué sois?-Joseph extendió una mano.

-¡Artista soy!- Exclamó Dante con ilusión, colocando su mano sobre la de Joseph

-¡Artista soy!-Jaques y Telmo parecían templados y seguros cuando hablaban a la vez. Colocaron sus manos sobre la de Dante.

-Artista soy- Kamal tensó el arco de su violín con precisión y posó su mano en la de Telmo.

-¿Y tú, preciosa?- Joseph me sonrió.

-Bueno, aunque solo sea por esta vez... artista soy-Sonreí de nuevo y coloqué mi mano arriba del todo, sobre la de Kamal.

Cantar nunca había supuesto un problema para mí, llevaba tomando lecciones para educar mi voz desde muy pequeña. Pero he de reconocer que la mejor lección musical de mi vida, la tuve aquella tarde. Joseph era un maestro excelente, ensayé las partes de las canciones que ya conocía y que me correspondían, y aprendí en el tiempo mínimo cómo cantar El molino del viento además de poner en práctica trucos que Joseph me enseñó y de saber cómo sentarme en el escenario, con la espalda bien recta y la cabeza ligeramente alta. También hicimos varios ejercicios rápidos para acoplar mi voz a los instrumentos.

A medida que la hora se iba acercando, el ambiente se caldeaba. Cada vez se oía más y más ruido, y pronto encenderían las hogueras y los farolillos de la plaza. Esa era la señal para que los grupos participantes se dirigieran a la parte de la plaza donde se ubicaba el escenario.

Los chicos dieron brillo a sus instrumentos, los pusieron a punto y Joseph se colocó una capa bonita aunque algo gastada de color rojo oscuro. Yo me recogí una parte del pelo en una pequeña trenza que adorné con el lazo de Axel y me puse a dar saltitos con uno y otro pie, sin poder parar de moverme. La incertidumbre y la espera me estaban matando.

De repente, sonó una trompeta. Luego otra, y otra más, formando un clamor ininteligible y alborotado. Todos se pusieron muy rectos. Joseph me cogió por los hombros, en actitud protectora, y me susurró al oído:

-En marcha, voz de miel. Es hora de ir a la plaza. El espectáculo va a comenzar.

Tragué saliva. Sentí que me temblaban las piernas. Nos dirigimos rápidamente por las calles serpenteantes de Hiedrazul y en un abrir y cerrar de ojos estábamos en la plaza, justo detrás del escenario, con el resto de los participantes. El ruido era tan ensordecedor que no pude evitar asomarme por fuera de las grandes cortinas que hacían las veces de telón y que nos separaban del público para ver a qué venía tanto alboroto. Me arrepentí enseguida.

No podía ver el final de la plaza, era imposible. La gente llegaba y llegaba y no cesaba nunca de apretujarse e incluso de pelearse por intentar ocupar un sitio cerca del escenario. La concurrencia era enorme y los numerosos grupos de personas se perdían más allá de donde los faroles iluminaban la plaza. Me habría atrevido a decir que Hiedrazul entero iba a oírme cantar. Y a verme. Sentí pánico.

-¡Dante, Joseph, Telmo, Jaques, Kamal! ¡No puedo cantar!

-¿¡Qué!?

-¿Habéis visto a toda esa gente en la plaza? ¡Hiedrazul al completo va a verme! ¿Y si me reconoce alguien? ¿Y si me falla... y si me falla la voz? No puedo salir ahí, es una locura...

Un hombre vestido con un gorro de bufón absurdo y una máscara morada brillante entró en la parte de atrás del escenario.

-¿¡Todos preparados!? ¡Voy a subir y a dar la bienvenida, y en seguida llamaré al grupo número uno!

-Nadia, no puedes parar esto ahora, sería catastrófico.

-Lo siento Telmo, pero esto es demasiado para mí.

-Eso no puede ser, mujer...

A partir de ese momento, todo pasó ante mis ojos como una espiral de prisa, nervios y ruido. El presentador de la máscara subió al escenario, y Hiedrazul entero enloqueció entre vítores y aplausos. Presentaba a cada grupo, y una música que tal vez era bonita (No escuché nada, mis nervios lo impedían) invadía el ambiente durante lo que se me antojaban tan solo unos tristes instantes. Al acabar, cada grupo volvía con todos nosotros y casi todo el mundo les felicitaba cálidamente. Mi grupo estaba demasiado ocupado intentando que yo reaccionara de alguna forma, mientras permanecía sentada en un rincón, negando con la cabeza y sin poder parar de pensar ''Somos los séptimos, somos los séptimos, somos los séptimos...''

Cuando el presentador de la máscara anunció al grupo número seis, chillé desesperada. Todos me mandaron callar muy enfadados, y Joseph me habló dulcemente:

-Nadia, no tienes nada que temer. Nadie de la alta sociedad acude nunca a las celebraciones del pueblo. Vas a hacer esto. Yo lo sé. Vamos a ganar todos juntos, ¿De acuerdo?

-No, no sé...

-¡Número 7! ¡El grupo 6 está a punto de acabar, acudid enseguida, vais a salir!- el hombre de la máscara saltó al escenario.

-¡No!-miré con horror a todas partes, intentando salir de allí.

Joseph me tomó las manos entre las suyas y clavó sus ojos en los míos:

-No les mires. No mires a nadie y no intentes distinguir lo que dicen. Mírame a mí, ¿De acuerdo? Mírame a los ojos y canta. Escucha nuestras canciones, Como esta mañana en el bosque, cuando sólo estábamos los seis.

-Joseph, ¿Cómo va a funcionar eso?

-Confía en mí.

En aquel momento, el maestro de ceremonias de la máscara gritó ‘¡Den la bienvenida a nuestros ganadores del año pasado, que este año compiten con el número siete!’. Sentí que me ahogaba.

Todos los chicos comenzaron a salir en orden. Joseph y yo éramos los últimos. La gente enloquecía vitoreando, mucho más que con el resto de los participantes, o al menos eso sentía yo. Justo antes de subir las escaleras y salir a la luz. Joseph me tomó de la mano, dio un par de saltitos como si fuera a echar a correr y susurró ''Mírame a los ojos si sientes que flaqueas''. Me aseguré de ocultar bien mi colgante y mi brazalete entre mis ropajes y respiré hondo.

Siento decir que a partir de ese momento, no recuerdo el concurso con exactitud. El ruido de la muchedumbre era ensordecedor, pero tan pronto como Joseph comenzó a narrar, la plaza se sumió en un silencio abrumador, tal era el deseo del público por disfrutar de nuestra actuación. No miré al frente ni un solo momento, y cada vez que sentía que la voz me fallaba buscaba el rostro de Joseph y clavaba mis ojos en los suyos. Comprobé y sentí en aquel momento el mérito de los artistas, y la habilidad nata que tenían mis compañeros para desenvolverse y lograr crear algo muy bonito en aquel escenario. Contra todo pronóstico, la actuación en sí se me antojó un suspiro, y muy pronto habíamos cantado las tres canciones, Joseph había contado su fantástica historia y había concluido con un ''Aquí acaba pues, la historia. Para los caballeros, traigan pan y vino. Para la doncella, flores. Y si a bien tienen los jueces, esta noche misma nos proclamaremos ganadores''

Cuando nos encontramos de nuevo ocultos y todos nos dieron una muy efusiva enhorabuena, me sentí mareada, con náuseas, como cuando era pequeña y enfermaba y el médico tenía que darme a oler sales que me ayudaban a dormir y me relajaban. Era extraño, pero lo achaqué al calor y al episodio tenso que acababa de atravesar.

Sin embargo, desperté de mi extraño mareo de golpe cuando, un buen rato después y habiendo actuado todos los grupos, los jueces decidieron que el ganador era, por segundo año consecutivo, el grupo número siete. El público, exultante, arrojó cientos de flores al escenario cuando subimos por segunda vez, los jueces nos felicitaron y elogiaron la buena pareja de voces que hacíamos Joseph y yo, me hicieron mil carantoñas y piropos, cada uno de los chicos me cogió en brazos y bailó conmigo, no paraban de celebrarlo saltando y haciendo gestos de victoria, y yo, aunque estaba muy contenta y nerviosa y participé en todo el jolgorio, ya no sabía dónde meterme para ocultarme. El mareo volvía a invadirme, y necesitaba algo de tranquilidad, así que bajé un poco antes del escenario.

La plaza se despejó considerablemente tras el concurso, por lo que pude mezclarme sin problemas entre la gente. Algunos me felicitaban tímidamente como si yo fuese alguien muy importante, pero nadie parecía mostrar signos de reconocerme.
Di una vuelta a la gigantesca plaza para tomar un poco de aliento y disfrutar del aire nocturno. Cuando volví al punto inicial, el escenario estaba casi desmontado, el telón había desaparecido y el resto de concursantes se encontraban desperdigados por la plaza, bebiendo y formando escándalo. ''Vida de artista'', pensé. Los chicos volvieron a felicitarme, me ofrecieron una cerveza y la rechacé. El único alcohol que mis labios habían probado eran licores suaves y vinos muy finos, nada que ver con la cerveza, bebida del pueblo por excelencia, así que en su lugar me ofrecieron un estupendo jugo de frutas fresco que mi organismo agradeció bastante.

Tras despejar un poco el lugar, varios guardias encendieron una hoguera gigantesca en el centro de la plaza y algunas más pequeñas en los extremos. Comenzó a sonar música (nosotros estábamos 'perdonados' por ganar, pero el resto de grupos no se libraban de seguir trabajando aquella noche) y la fiesta se inauguró oficialmente. Los chicos pronto se fueron a festejar, y todos me pidieron el primer baile, pero yo los rechacé alegando un poco de mareo.

Estaba tranquilamente sentada en uno de los muchos troncos de madera habilitados por toda la plaza para el descanso de los danzarines, respirando un poco más tranquila y sin poderme creer lo que acababa de pasar, cuando una exclamación a mis espaldas me hizo casi caer al suelo:

-¡¡Estaba seguro de que ganaríais!! Ha sido espectacular Nadia, jamás pensé que iba a ser tan bonito. ¡Ha sido una actuación digna de la alta corte, el pueblo ha tenido mucha suerte viendo semejante espectáculo esta noche!

-¡Axel!-sonreí. Se sentó a mi lado- Has venido como prometiste... Dime, ¿De verdad ha sido tan bonito?

-Lo nunca visto. ¡Ha sido espectacular, enserio, casi... Mágico!

-Me alegro-suspiré- estaba tan nerviosa que no me he enterado de nada-Axel se rio. Nunca le había oído. Tenía una risa bonita, ligera y desenfadada- ¿Qué te pareció mi interpretación de El molino del viento?

-Pues maravillosa, aunque he de reconocer que como nunca había oído la canción, no soy muy experto.

-¿Tú tampoco la conocías? Pensé que era la única.

-¿La has aprendido hoy mismo?

-Pues sí, ¿Puedes creerlo?

Estuvimos charlando un buen rato, alegres y despreocupados. Al final, Axel se levantó y se estiró perezosamente.

-¿Quieres bailar?

-¿Disculpa?-abrí los ojos como platos. Me había chocado mucho la pregunta, así, formulada con aquella naturalidad.

-Que si quieres... ¿Te apetecería bailar un poco?

-¿Contigo?

-Creo que el príncipe Alan no está por aquí-dijo burlonamente- así que sí, me parece que conmigo.

-Yo, ehm, Axel...-susurré inquieta- no sé bailar.

-Cuando estuve en Gubraz, todas las muchachas de la corte sabían bailar-me miró extrañado.

-Por supuesto he tomado lecciones de danza desde niña... pero me refiero a esto-señalé las hogueras- no sé bailar esto.

-No te entiendo, Nadia. Bailar es bailar...

-¡No sabes lo que dices! En los banquetes a los que yo acudo los bailes son finos, pausados, tiernos y sofisticados a la vez, cada movimiento, cada gesto de la cara de cada uno de los danzarines y cada mínimo paso está perfectamente medido y coordinado. Y esto,  bueno... aquí la gente está saltando, yendo de un lado a otro sin ton ni son... Dios santo, ¿Ese chico acaba de saltar por encima de una de las hogueras?

-¿Me estás diciendo que sabes atarte y estar atrapada en un baile insulso y medido, pero no sabes ser libre?

-Esto no es ser libre, esto es... algo absurdo. Si intento ''bailar'' esto, haré el ridículo más espantoso.

-Es muy sencillo, de verdad, yo te enseño. Ven...-me tomó de la mano y me arrastró. Mis intentos de fuga fueron inútiles, ya que aunque delgado Axel era, evidentemente, mucho más fuerte que yo. Llegamos a las inmediaciones de la hoguera central, donde unos de los grupos iba a tocar una conocida canción popular, La danza del fuego.

Axel me apartó un poco del centro del improvisado salón de baile y comenzamos la danza de la parte lenta. Ésta era muy sencilla, sólo había que agarrar la mano del otro danzarín y dar vueltas lentas y pesadas. La locura se desató cuando, de repente, la parte rápida de la canción llegó como un relámpago de calor y energía. Axel me gritó un ''¡No te preocupes, déjate llevar y no pienses!'', y empezó a hacerme girar y girar una y otra vez, a llevar mis pies de un lado a otro, a dar vueltas conmigo, a avanzar, a retroceder... Si aquello era una danza, yo era un guerrero del príncipe. Pero aunque no paré de chillar muy mareada y casi me caí unas cuantas veces, he de reconocer que fue francamente divertido.
Cuando la canción volvió a la parte lenta para finalizar, Axel me cogió de la cintura y me elevó en el aire. Dimos una última vuelta y volvió a dejar que mis pies se posasen en el suelo, aunque no apartó las manos de mi cintura.

Jamás había estado tan cerca de él, o de ninguna otra persona del sexo opuesto. Jamás había tenido sus ojos tan cerca, aquellos ojos de nieve que tanto me atraían... y de repente recordé que en los cuentos que tanto me gustaba leer, los amantes sólo se aproximaban tanto el uno al otro si iban a besarse.

Me aparté bruscamente de su ligero abrazo, sin saber decir quién estaba más roja, la hoguera o yo, sin apenas atreverme a mirarle a la cara... ¡Menuda falta de modales había cometido, imprudente de mí! pero él seguía sonriendo con aquella naturalidad, con aquella especie de calma perpetua que siempre le acompañaba. Supuse que quizá esas cosas no le afectaban porque él se había criado en el pueblo y según sus costumbres. Tal vez él había bailado con muchas otras chicas de aquella forma otras veces, en otras fiestas de aquella clase... tal vez ni siquiera se había dado cuenta de que yo estaba ruborizada. Y si se había dado cuenta, tal vez me considerara estúpida por ello.

-¿Ves como no ha sido tan terrible?-Preguntó inocentemente.

-Reconozco que ha sido divertido- repliqué, esforzándome por aparentar la misma naturalidad que él ante el final de nuestro baile.

-Bailar un poco no hace daño a nadie, mujer... ¿Quieres ir a ver los puestos?

-Oh, no gracias-dije sacudiéndome discretamente el vestido, asegurándome de que toda mi ropa seguía en su sitio tras el alocado baile- Esta mañana ya tuve suficiente, me resultaría un poco repetitivo verlos de nuevo.

-¿Qué te perece entonces ir a ver el espectáculo de malabares con fuegos? He oído que la bailarina es asombrosa.

-¿Enserio hace malabares con fuego? ¡Me gustaría mucho ver eso!

-Muy bien, ¡Pues vamos rápido a coger sitio o nos quitarán los mejores!

Salimos corriendo como dos niños pequeños por la plaza. Me sentía extraña, como muy alegre de repente, desinhibida, libre. Y era una sensación maravillosa. Adelanté a Axel riéndome y de repente oí su voz, alegre pero presurosa:

-¡Nadia, espera! ¡No corras tanto, se te ha caído la cinta del pelo!-paré, él llegó junto a mí y me la tendió- menos mal que estaba yo detrás para recogerla... por lo que veo sueles perder tus cosas con bastante frecuencia, ¿No es verdad?

-Gracias por recogerla- me toqué el pelo, comprobando, efectivamente, que la trenza se había deshecho al caer la cinta al suelo en mi alocada carrera. Me dispuse a rehacerla y a volver a atarme el lazo, pero entonces recapacité. Peiné un poco mi pelo suelto con los dedos y tendí la cinta Axel:

-Toma, te la devuelvo.

-¿Devolvérmela? ¿De qué hablas?

-Era sólo un préstamo, ¿Recuerdas? te dije que no pensaba aceptar ningún regalo. No puedo llevar este lazo en mi viaje, es un adorno que no necesito. Me lo puse para el concurso como me pediste, pero ahora, puesto que dicho concurso ha finalizado, y dado que la cinta la compraste tú, te pertenece. Es lícito que la lleves tú.

Creí que Axel rechazaría mi ofrecimiento o que me diría que él no necesitaba para nada un adorno para el pelo, o que al menos se resistiría un poco a aceptar. Pero en lugar de eso abrió mucho los ojos y sonrió nervioso, como aguantando algún tipo de sentimiento emocionante.

-¿Me estás diciendo que me das tu adorno? ¿Me das tu lazo, tu complemento? ¿Me lo das de verdad?

-Te repito que no es mío, sino tuyo... pero sí, te lo doy. Ten.

En cuanto lo tuvo entre las manos, Axel se arrodilló ante mí y me besó la mano.

-Ay, señora mía, me hacéis el caballero más feliz del mundo. ¡No os decepcionaré como Paladín, os lo juro! Mi prestigio será tan grande como vuestro título, que desde hoy hasta el día de mi muerte defenderé públicamente. ¡Seré conocido en todo el país!

-¿Qué?

-Vamos, mi señora, no seáis modesta, ¡Acabáis de otorgarme una prenda! eso me convierte en vuestro paladín... ahora sólo os queda encargarme una misión, que supongo que será algún tipo de arriesgado conflicto que tiene que ver con vuestro misterioso viaje. Confiadme pues, el entuerto, que yo me encargaré de...

-¡Axel! ¿Te has vuelto loco? ¡La prenda no es mía, es tuya! ¡Sólo te la he devuelto, te la he entregado por educación y no con ningún fin, mucho menos el de convertirte en paladín mío! ¡¡Levántate ahora mismo!!

-Como ordenéis, mi señora- Axel parecía orgulloso de haber conseguido por fin su codiciado y prestigioso título.

-¡¡¡Y deja de tratarme de vos!!! ¡Axel, no eres mi paladín! ¿Cuántas veces tendré que repetírtelo para que lo entiendas?

Y en esas estábamos, cuando el grupo de juglares al completo nos interrumpió de nuevo, como aquella misma mañana en la plaza del mercado.

-¡Vaya, vaya! Mira con quién estaba nuestra muchachita...-Telmo se rio.

-Claro, por eso no nos concedió el primer baile a nosotros... ¡Se lo estaba guardando a alguien!-Jaques completó la broma.

Todos rieron con ganas mientras yo sentía una especie de fuego creciendo en mi interior. Joseph los mandó calmarse y me tomó del brazo:

-Casi no te encontramos, eres muy escurridiza. Tenemos que irnos Nadia, es tardísimo...

-¿Tardísimo para qué? Pero si la fiesta está en pleno apogeo...

¡Mírala!-saltó Dante- al final la duquesita le va a coger gustillo a las fiestas del pueblo...

-Debemos irnos ya, la noche es larga y aún nos queda mucho por hacer, hay que aprovechar el tiempo- Kamal apoyaba a Joseph y le instaba a darse prisa. Joseph comenzó a arrastrarme y no pude hacer nada, pues él, evidentemente, era también muchísimo más fuerte que yo. Nos alejábamos rápidamente de la plaza.

-Pero esperad... ¿A qué se debe esta prisa? ¿Dónde demonios vamos?- me giré abrupta y brusca hacia Axel- ¡Tú! Devuélveme la cinta. ¡No es ninguna prenda!

-¡No te preocupes, la guardaré muy bien y la próxima vez que nos veamos te rendiré pleitesía oficialmente!

-¡¡¡Axel, no eres mi paladín!!!

-¡¡Gracias por esta promesa!! -Gritó justo antes de que el gentío me hiciera perderlo de vista, agitando la mano que portaba la cinta para despedirse y sonriendo apuesto y seguro.

-¿Pero es que no me oyes? ¡Yo no te he hecho ninguna promesa, no te debo nada! ¡Y no vamos a volver a vernos! ¡Axel! ¡Axeeel!

-¿Quieres parar de gritar? ¿Qué te ha pasado con ese muchacho?

-Dios santo, no vamos a volver a vernos, y tiene la cinta... cree que es mi paladín, ¿¡Y si va a Campoflorido a reclamar algún derecho que cree lícito y se descubre todo este asunto!?

-¿Alguien más cree que está desvariando por su amorcito perdido, o sólo soy yo?

-¡Dante, esto es muy grave! Dios mío por favor, haz que guarde silencio, que no se vaya de la lengua... Estúpido pelirrojo, ¡Lo mandaré matar!

-Nadia, creo que estás un poco nerviosa, deberías descansar...- Kamal se mostraba educado conmigo a pesar de su carácter distante.

Corriendo entre las callejuelas habíamos llegado a la placita donde los carros de los juglares permanecían bien atados y recogidos. Todos subieron y nos pusimos en marcha en apenas segundos.

-¿Va a decirme alguien adónde vamos?- Dije mientras me calaba bien la capa, pues la brisa nocturna comenzaba a tornarse en aire frío.

-¡A disfrutar de nuestro merecidísimo premio como los ganadores indiscutibles del concurso de Hiedrazul!-Dante estaba exultante.

-¿Y qué significa eso?

-Con una fiesta tan animada nos hemos separado un poco y no hemos tenido tiempo de explicártelo- Joseph también parecía muy alegre- El premio por ganar el concurso de Hiedrazul es una estancia de dos noches en la pensión más lujosa de toda la ciudad. Es tan exclusiva y rica que sólo abre una vez al año, durante este festival, y sólo la gente de alta cuna puede permitirse reservar una habitación. Es un sitio misterioso regentado por unas muchachas muy especiales.

-¡Ay Dios santo! ¿Vais a llevarme a uno de esos sitios? ¿Esas casas de... meretrices? -formulé la última pregunta con un hilillo de voz.

Dante casi se cae del carro de risa.

-¡Jajajaja! ¡Pero qué ocurrencias tiene esta chica! ¿Cómo puedes imaginar esas cosas?

-Es una taberna de lujo, Nadia, no un bar de prostitutas...-Joseph rio con ganas- ya verás, es preciosa, te va a encantar el sitio.

-Es decir, que lo he pasado mal, he ensayado con vosotros, aprendido canciones, gritado, llorado y he pasado por todo esto... ¿Sólo por dos noches en una taberna que en circunstancias normales podría haberme permitido pagar?

-No lo veas desde esa perspectiva tan ceniza, damita... Te lo has pasado bien, ¿No? y ahora va a ser aún mejor... Ala, ya hemos llegado. ¡Esto no ha hecho más que empezar!

Los carros se detuvieron y todos bajamos. Nos encontrábamos, efectivamente, en un extremo de la muralla de Hiedrazul, en una especie de explanada casi yerma. Frente a nosotros se encontraba un ingente edificio que nada tenía que ver con un fuerte o un castillo. Me hizo mucha gracia, porque, bajo la escasa luz de la luna, parecía una casa de muñecas gigantesca. Adiviné que era bonito, pero no se veía ninguna luz encendida, por lo que también tenía cierto aire siniestro que me ponía nerviosa. Todos avanzamos juntos hasta la puerta.

-Bienvenida a la taberna de Suri y Panta-susurró Joseph.

-¿Qué es eso?

-Suri y Panta son las hermanas que regentan este sitio, las dueñas del lugar. Son fantásticas, seguro que les caes en gracia, y ellas a ti también.

Tocó fuertemente en la puerta de madera. Un pequeño hueco rectangular se abrió y unos ojos enormes y oscuros se asomaron.

-¿Quién va?

-Los ganadores del concurso de Hiedrazul de este año-Joseph deslizó un pergamino por el hueco. Oí una risa musical y la puerta se abrió.


La luz me dio de lleno en los ojos, cálida pero cegadora, así que mientras atravesábamos el umbral de la taberna, no pude ver nada.

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