martes, 23 de junio de 2015

No me ahogo. Respiro.






No respiro. Me ahogo.

No sé lo que ha pasado. No puedo recordar cómo he llegado a este instante eterno, a esta oscuridad de colores fríos, a este mar que me abrasa.

No sé cuánto tiempo llevo aquí, porque aquí no hay tiempo. Aquí no hay nadie. Sólo yo, y ni siquiera yo. Sólo mi corazón. Sólo agua helada.

Late. Estoy respirando, pero cada vez estoy menos viva. Me estoy hundiendo.

¿Me estoy hundiendo? Oh, sí, desde luego que sí. Puedo notarlo. A cada segundo que transcurre en el amplio y bello mundo que hay fuera, yo me hundo un poquito, un poquito, un poquito más...

No puedo respirar. No veo nada, no puedo ver un sólo rayo de luz, a pesar de que sé perfectamente que está ahí arriba. Ojalá fuera una sirena guapa y mágica... pero sólo soy una niña muy asustada que se ha perdido en el mar. Una niña que hace tiempo que sin querer se soltó de la mano de la alegría y comenzó a hundirse en el frío de la soledad. En el ardor del rechazo. En el dolor de la culpa.

La culpa. La culpa por ser simplemente una niña. La culpa por ser una persona, por ser un ser humano puro y bueno, y por tanto, imperfecto. Por decir la verdad. Por cometer errores. Por sufrir en su alma para evitar el daño a otros corazones.  Por reír cada vez que reía. Por sentir que su corazón latía de nuevo. Por llorar. Por perder la cuenta de cuántas noches se durmió llorando. Por ahogarse.

'Nadie puede saberlo'' es  lo único que mi mente es capaz de pensar. Es como un extraño mantra venenoso que se extiende, desde el latido de mi corazón, a todas y cada una de las venas que recorren mi delgado cuerpo, intoxicándome con un falso convencimiento.

''No lo entenderían. No lo saben. No saben mi verdad. Me criticarán. Me criticarán aún más. Todo se derrumbará. No puedo contarlo. No puedo contarlo. Lloraré, lloraré eternamente si hace falta, soportaré mucho más dolor si es necesario. No lo diré. No se lo contaré a nadie...''

No sé cuanto tiempo ha pasado. Muchos meses, seguro. Sigo hundiéndome, un poquito más, un poquito más cada vez, haciendo daño a las buenas personas de verdad, que intentan rescatarme y sacarme de las profundidades. De vez en cuando veo sus manos, se acercan a mí, a veces para mimarme, otras para darme una sacudida desesperada, un grito que me duele aunque sé que es de amor. Oigo sus voces distantes, apagadas por el agua: ''¡Despierta! ¿Qué te pasa? No puedes seguir así...''

Pasan los meses, lo noto, lo sé. A mi alrededor en el agua caen flores,rayos de sol,  hojas secas y copos de nieve, y aunque los veo no puedo tocarlos. No puedo tocar nada ni a nadie, porque la culpa me ata tan fuerte tan fuerte, que sólo puedo seguir hundiéndome poquito a poquito. Aunque no veo el fondo, sé que pasarán años, que pasará toda mi vida. Y yo seguiré hundiéndome. Poquito a poquito. Porque la culpa es mía...


* * *

Un golpe. Un golpe, lo he notado. No puedo creer que a estas alturas, cuando hasta el ángel escultor que se me acercó se ha rendido, pueda acudir a mí más dolor. Pero sí. Es verdad, lo noto, está aquí. A mi lado. Abro los ojos por primera vez en muchos meses, abro los ojos, desteñidos de tanto llorar, los abro dentro del agua.

La veo. Es la culpa. Viene, me toca, me agarra y me cree suya, suya siempre, suya de la forma más patética y frágil. Me cree tan destruida, tan loca y tan mentirosa, que piensa que es su deber hundirme más, hundirme mucho más profundamente.

Ha venido muchas veces en estos meses, siempre para recordarme que estaba allí, siempre para recordarme que no se iba, que la culpa era mía y que yo era de la culpa. Pero esta vez es diferente. Esta vez sabe lo que hace. Viene a por mí, y de la forma más cobarde, saca un puñal grande y afilado, y me lo clava en el corazón.

Me siento morir. Este golpe de dolor ha sido demasiado, demasiado fuerte incluso para mí. Miro a la culpa, que se yergue ante mí, altiva y cruel, pensando que la victoria es suya, que por fin me ha matado y que ella es una heroína. La miro sin saber qué decir, sin poder creer que tanto dolor sea real. La sangre brota. Me estoy hundiendo.

Y grito. Entonces grito, grito debajo del agua mientras mis lágrimas se disuelven en el frío, grito mientras siento que me hundo del todo y que nunca va ha haber vuelta atrás. Grito una sola vez.

''¡¡Me quiero morir!!''

Y entonces, de repente, seis manos sales de la nada, del agua misma, y me agarran del brazo, sujetándome. Miro sin poder creerlo. Veo rizos, melenas largas, ojos grandes, gafas, sonrisas, aliento y amor. Son mis amigas. Las de toda la vida, las que saben, las que están ahí. Han oído mi grito. No me dejan caer.

Otra mano surge mágica y me agarra el otro brazo. Miro de nuevo. Es mi madre. La que jamás dudo ni me soltó, a pesar de sentir que me iba y que me hundía. No me deja caer. Junto a ella aparecen las manos de mi familia. El hogar. El sitio donde vivo., donde yo misma soy lo mejor que pueden tener. No me dejan caer.

Los pocos  que han oído mi grito, los pocos a los que les he contado, me sujetan. Me dan ánimos y me dicen que soy buena. El escultor me espera, con una colección de sonrisas para regalarme. No me dejan caer.

Y entonces, lenta, torpe y asustada, me suelto. Me suelto de todos, aunque los mantengo cerca. Muevo los pies lentamente, muevo los brazos, y comienzo a apartar el agua. Comienzo a ascender, muy poco a poco, tanto que los que no lo saben no lo notan. Pero yo sí lo noto. El agua es cada vez más ligera, más viva. Hay luz. La veo clara.. Tengo ganas de sentir el sol. me muevo, asciendo.

La culpa se va. Se va como sólo ella puede irse, de una forma sucia, lanzándome pullas y creyendo que la victoria es suya. Jamás la oiré decir un perdón. Nunca tendrá la conciencia limpia, pero es tan orgullosa que no se dará cuenta. Tanto mejor. Lo único que le pido es que no vuelva.

Y entonces, de forma suave, tan imperceptible que nadie se da cuenta, ni mi familia, ni mis amigos, ni ninguno de los seres que rodean y a los que amo, me asomo a la superficie.

Estoy débil, estoy herida por haber pasado tanto tiempo hundida en la oscuridad. Sangro, no veo bien, aún lloro, y cuando decido tomar aire y respirar...

Me duele. Me duele el alma, porque el aire está seco, y es afilado y corta. Pero es aire nuevo. Es aire limpio. Me duele, pero es el dolor más dulce del mundo, porque después de un año y medio estoy respirando de nuevo. Y aunque aún es fácil que pierda pie y me hunda, sé que algo de valor tengo, porque he podido volver a respirar. Por primera vez, sé que algo, aunque sea algo muy pequeño, puedo hacer.

No me ahogo. Respiro.

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