jueves, 9 de julio de 2015

''El romance de Nadia'' Capítulo 17

Capítulo 17

El sonido de la hoguera crepitando lentamente era todo lo que podía oírse a nuestro alrededor. El resto de sonidos de la hondonada del bosque no llegaban a mis oídos. No podía apartar los ojos de Moira, ni pestañear, a pesar de que el humo del fuego comenzaba a picarme un poco. No podía respirar, aunque comenzaba a sentir punzadas de dolor en el pecho. Estaba convencida de que todos mis compañeros de aventuras se encontraban exactamente igual que yo. Moira miraba la hoguera, y respiró con profundidad antes de comenzar a hablar, en un tono tan calmado y tan medido, que no pude evitar pensar que, efectivamente, debía llevar mucho tiempo reflexionando sobre el tema.

-Creo que nunca llegué a comprender del todo por qué lord Highcrag comenzó a mostrar interés por mí... Pasé mucho tiempo haciéndome la misma pregunta...¿Acaso no había, en todo el reino, doncellas mayores, igualmente casaderas, pero mucho más apropiadas para un señor de su posición que yo? Tenía trece años... era una mocosa.
Pero no. Él vino un día, a cazar a las tierras de mi padre... menudo honor, mi familia se volvió loca montando un banquete y organizando estúpidos eventos... aquello parecía un festivalucho dedicado a matar animales... y mis tíos, los padres de Altea, no paraban de hablar de lo increíblemente afortunada que sería la desgraciada que acabara casándose con lord Highcrag, que había superado hacía años su duelo por viudedad.

<< Y entonces, durante una de las tardes en las que todos los hombres se ensañaban como locos en peleas y juegos de borrachos y en matanzas, él entró con mi padre en el salón grande, donde bordábamos las mujeres.

Era tan alto... tan corpulento... y se le veía tan viejo... Altea y yo teníamos que estirar el cuello para mirarle el rostro desde nuestras banquetas. Venía, nada más y nada menos, que a enseñarle a mi madre un ciervo enorme que había logrado cazar, como muestra de respeto a la señora del castillo. Mi padre se sintió como un Dios, mi madre no había sido más feliz en toda su vida, Altea se murió de miedo, mi hermana comenzó a llorar y yo sentí un asco tremendo. Plantó el cadáver sangrante allí, en el centro del círculo que formábamos las damas, que gritaban espantadas. Tal fue su consideración, menudo bruto... mis padres insistieron en que aquella noche se cenaría de aquel ciervo, y en que debía ser Lord Highcrag el que se sentara junto a mi familia a la cabecera de la mesa y cortara la carne.  Creo que aquella noche me miró por primera vez y me sonrió.

A partir de ahí, sólo puedo recordarle viniendo de vez en cuando a hablar con mi padre, siempre en privado, y a mi madre recorriendo las salas de mi castillo de arriba a abajo una y otra vez, retorciéndose las manos de puro nervio, y a mi condenada tía susurrándole chismorreos de viejas arpías y dándole estúpidos consejos para agasajarlo y no sé qué más jodidas tonterías.

Él venía cada vez más a menudo, y de repente, un día me regaló una gargantilla.
La recuerdo perfectamente, era de oro, con piedras preciosas de muchos colores... pesaba una barbaridad, y era bastante inapropiada para una niña de mi edad, pero mi tía, mi prima y mi madre no pararon de gritar hasta que me la puse.... debía lucirla cada día, con todos mis vestidos, para que el rumor del regalo de Lord Highcrag se extendiera pronto.

No puedo contar muchos más detalles a partir de ahí... un día, sin venir a cuento, se organizó una cena fastuosa, a la que acudieron todos los parientes de mis padres y mucha gente a la que yo no había visto en mi vida. En ningún momento fui informada de ninguna actividad o plan, simplemente mis padres acudieron a mi alcoba al atardecer y me dijeron que aquella noche debía hacer gala de todos los modales que había aprendido y que debía, sobre todo, hacerles caso absoluto en todo lo que me dijeran, o habría unas consecuencias terribles.

Durante horas me dejé peinar, vestir con mis mejores galas y con las joyas más fastuosas que mi familia tenía (por supuesto la gargantilla destacaba bien visible en mi cuello), y nadie, ninguna de las criadas, ni mi madre, ni mi tía, ni por supuesto mi propia prima, con la que me había criado, osaron darme una sola explicación. Ojalá las hubiera matado en aquel momento, ojalá me hubiera escapado de aquel condenado castillo... pero era mi hogar, o al menos eso pensaba yo.

Durante el banquete todo pasó muy rápido, apenas lo recuerdo. Había mucha gente. De repente todos miraron a Lord Highcrag, que se levantó copa en mano y comenzó a dar un discurso. Mi padre estaba rojo de orgullo, a punto de estallar, y mi madre lloraba con mi hermana en los brazos... entonces todos dirigieron sus ojos a mí. Yo no entendía nada, y me quedé congelada en mi silla, pero alguien, no sé quién, me dio tirones del vestido hasta que me levanté. Lord Highcrag se acercó a mí, se arrodilló y me puso un anillo con perlas en el dedo anular de la mano izquierda. Todo el salón de las ceremonias rugió entre vítores y aplausos, y yo no entendía por qué... No lo entendí hasta varias horas después, cuando todo el mundo dormía y ya estaba encerrada en mi cuarto. Cuando descubrí que todas las reuniones, que todo el trasiego de regalos y rumores durante todos aquellos meses, no habían sido sino negociaciones para concertar mi matrimonio con aquel viejo, destrocé mi alcoba por completo. Pero de nada me sirvió. Todo estaba ya hecho y acordado, y no había vuelta atrás.>>

Moira tomó aire y nos miró a todos, apartando durante unos breves momentos los ojos del fuego.

-El resto lo ha contado Nadia. Mi boda iba a celebrarse apenas unos meses después del compromiso, que supondría un beneficio económico enorme y además me ascendería espléndidamente en la escala social. Pero cómo no, mi familia no iba dejarme ni siquiera lamentarme tranquila y a solas-Miró a Altea con los ojos entornados- Aquí la señorita anunció su propio compromiso de boda apenas una semana o dos después de que se anunciara el mío, así que mis tíos convencieron a mis padres para celebrar una asquerosa boda doble al año siguiente. La noticia se extendió por la corte como una mancha de vino en un mantel blanco. A mi castillo no cesaban de llegar felicitaciones para Altea y para mí, y aunque yo rompía todas las que podía, no dejaban de llegar más y más... era una locura.

-Menuda historia...-Murmuró Thaaly.

-No... tenía ni idea de que todo se había modificado por el capricho de Altea-Logré decir yo a duras penas.

-¡No fue un capricho, ¿Vale?! ¡Yo también quería casarme! ¡Y mi prometido también era rico! ¡Y joven, no como el de mi prima...!

-Altea, creo haberte dicho ya unas cuantas veces que cierres esa boca que tienes. Me has oído, ¿Verdad?

-Pero Moira...

-Ahora no te corresponde hablar a ti. Estoy hablando yo, que soy tu jefa, y por tanto, tú te callas. Es tan sencillo como eso, prima. Creo que tu mente podrá comprenderlo-Moira volvió a mirarnos a todos y murmuró entre dientes- No vas a aprender en la vida...

-Moira, yo... yo no sabía... Quiero decir, mi hermana y yo podíamos imaginar que no estabas enamorada de Lord Highcrag, pero no sabía que ni siquiera te habían preguntado... No sabía que lo habían organizado todo sin que lo supieras.

-Oh Nadia, cinco años después tu inocencia sigue maravillándome. Veo que no estás casada -Moira miró mis manos- Espero que tengas suerte, aunque ya verás que, si te prometen a alguien, tampoco te preguntarán. Tú no importas, querida, importa el dinero, importan las ganancias, los beneficios.

-Yo...-Por un segundo estuve a punto de decirle que desde luego ya sabía lo que era que no me preguntaran a la hora de fijar un compromiso, estuve a punto de contarle que era con Flavius de Bosqueumbrío con quien había de casarme e incluso estuve a punto de preguntarle si ella le había visto alguna vez, antes de desaparecer de la corte. Pero no pude, no encontré el valor, así que me limité a suspirar y a asentir mientras toqueteaba mi trenza, nerviosa- Me lo imagino bastante claramente.

-Así que Altea también estaba comprometida y os ibais a casar juntas...- Thaaly parecía reflexionar, intentando, seguramente, imaginarse la escena en su cabeza.

-Exactamente. Y ello implicaba retrasar la ceremonia todo un año, porque Altea tenía sólo doce años, y debíamos esperar a que cumpliera los trece. Pero por supuesto eso no ocurrió. Mi boda se adelantó y se celebró aquel mismo año, en verano, como Nadia bien dijo antes.

-¿Y por qué se adelantó tu boda?-Telmo había dejado el tambor junto a él, en la suave hierba del bosque, y mantenía los brazos cruzados en señal de estar mostrando mucha atención a todo cuanto Moira contaba.

-Buena pregunta. La verdad es que, como he dicho antes, la respuesta es muy sencilla. Fue por dinero, claro. Cuando Lord Highcrag fue informado de los planes de boda doble de mi familia, dio su consentimiento al respecto, dejando muy claro que él pagaría sólo su boda y no la de nadie más, pero en cuanto se enteró del problema de la edad de Altea y del aplazamiento que aquello supondría, negó en rotundo cualquier concesión hasta aquel momento hecha. Sé que hubo una reunión, en la que probablemente mis padres insistirían en la celebración de la boda doble alegando falacias sobre el honor familiar y todas esas mentiras. Supongo que en aquel momento, lord Highcrag amenazaría con dejarme y romper nuestro inmensamente rico compromiso, por lo que no hubo que hablar nada más acerca del tema. En primavera me anunciaron que mi boda se celebraría después de la festividad de San Juan, y no pude hacer nada para evitarlo.

-¿Por qué no escapaste?- Jaques también seguía cada una de las palabras de Moira con los ojos muy abiertos, abrazado a su laúd.

-¿Crees que no lo intenté?-Moira soltó una risilla amarga- Mi familia conocía muy bien mi carácter incorfomista, que poseía desde pequeña, y aunque dieron la imagen pública de que yo estaba encantada e impaciente por mi boda, lo cierto es que me encerraron en mi alcoba, con rejas, guardias alabarderos, perros y todo lo que les dio la gana.

-¡Moira!-Exclamé horrorizada- ¿Por eso no nos permitieron ir a verte antes de la boda? ¿Quieres decir que mis padres lo sabían? ¿Por eso no nos dejaron visitarte, ni a Liana ni a mí?

-Vaya, nunca me había dado por pensarlo... Probablemente sea como dices, Nadia. Pero no te pongas triste. No habríais querido verme en el estado en el que me encontraba, créeme.

-No digas eso... pedimos verte tantas veces... -Me cubrí la cara con las manos, sin poder creer todo lo que estaba averiguando. ¿En cuántas ocasiones me había mentido mi propia familia?

-Adelgacé mucho e incluso enfermé, el día de mi boda el vestido me quedaba enorme... Creo que perdí un poco el juicio durante mi encierro, la verdad- Moira se dio unos golpecitos en la cabeza y sonrió- Nunca lo tuve del todo, pero creo que se me secó el seso intentando escapar sin éxito de aquel infierno...

-No le hagáis caso...-Dije, volviendo a interrumpir- estabas preciosa... recuerdo el vestido, tan blanco y tan brillante, y el velo, tan largo que arrastraba por el suelo... y tu pelo, aquellas ondas de color castaño que te caían por la espalda llenas de flores, las mismas que había en el ramo... Oh, Liana y yo lloramos tanto el día de tu boda, Moira...-Tuve que parar de hablar, pues sentí que iba a romper a llorar si seguía describiendo mis recuerdos de infancia.

-Te aseguro que yo lloré más, mucho más. Estuve semanas llorando. No paré de llorar desde que el momento en el que aquel cura del demonio me obligó a dejarme besar por ese monstruo, convirtiéndolo así en mi esposo, hasta que llegamos a su castillo. Aunque ese fue, desde luego, el último contacto físico que mantuve con él.

-¿Qué quieres decir?-Preguntó Thaaly.

-Quiero decir que en cuanto llegamos a Highcrag, mi flamante maridito dejó de prestarme atención. Me asignó una alcoba bien decorada y alejada de la suya, y no volvió a mirarme. Apenas me hablaba en los momentos puntuales en los que coincidíamos durante el día, y en cuanto se ponía el sol, yo cenaba rápido e intentaba desaparecer del salón de la chimenea del castillo. Él maleducado y cruel con sus criados, y todos cuantos le rodeaban, se llevaba a la cama a una puta diferente cada noche. Pronto me quedó claro en qué iba a consistir mi matrimonio aunque nadie me lo dijo.

<<Yo era la cara bonita de Lord Highcrag. Iba a ser una especie de putita de lujo muy joven, que le había costado muy cara. Una putita que podía y debía acompañarlo en sus viajes, una que debía sonreírle a todos sus invitados y atenderles. Una puta, en fin, para mostrar a la sociedad que él era un noble hombre con mucho honor y una familia preciosa. Una puta a la que sólo usaría una vez, la vez que quisiera concebir un heredero. Y aquello no iba a suceder inmediatamente, pues aunque yo ya era mujer, el asqueroso cura que nos casó le recomendó a mi marido esperar a que ''Mi cuerpo y mi espíritu maduraran un poco más''. Eso no le habría pasado si se hubiera casado con una mujer de verdad y no con una niña. Malnacido, cabrón sin alma, hijo de satanás...

Pero estoy divagando. El caso es que, cuando comprendí que yo no iba a ser más que la putita que le diera hijos a lord Highcrag, decidí en tan sólo un instante que el resto de mi vida no iba a ser así. Y como mi esposo ni siquiera me miraba, pero tampoco me dejaba salir del castillo a menos que fuera para acompañarlo a él en algún viaje, pasé muchos, pero que muchos meses pensando. Sin embargo, por más que pensaba y pensaba qué podía hacer para cambiar mi vida, no se me ocurría nada. Me fui hundiendo en un mar de desesperanza y desánimo, e incluso llegué a la conclusión de que prefería morir antes que permitir que Lord Highcrag rozara una sola parte de mi piel. Y entonces se me planteó, como si de un enigma mágico se tratara, la pregunta que cambió mi vida.
''¿Qué prefieres, Moira?'' me pregunté a mí misma una de tantas noches en vela, ''¿Prefieres morir... o prefieres matar?''>>

-¿Ma...matar? -Abrí los ojos como platos, Moira no podía estar hablando enserio- Pero... ¿Matar a quién? ¿Cómo? No es posible que tú...

-Vamos Nadia, no te engañes a ti misma. Claro que es posible, de hecho ocurrió. Claro que maté a lord Highcrag.

-¡No! -Sentí un escalofrío al oírla pronunciar aquellas palabras con tanta naturalidad.

-Te digo que sí. Vamos, sabes que desde pequeña me gustaron las espadas. Nunca llegué a aprender de verdad, no nos lo permiten, pero mi padre y sus criados me enseñaron a defenderme con puñales. Gracias a eso y al odio que me movía, logré apuñalarle cuando...

-¡BASTA, NO TE CREO!- Me puse en pie y la miré dolida, con los ojos empañados en lágrimas de horror- ¡Siempre has sido impulsiva y terrible al enfadarte, pero tu corazón es puro, Moira! ¡Nunca le habrías hecho daño a nadie, y menos a un hombre tan mayor! ¡Nunca habrías asesinado a una persona! ¡Nunca habrías hecho algo tan terrible!

-¡LA MOIRA QUE TÚ CONOCÍAS NO HABRÍA HECHO ALGO TAN TERRIBLE, PERO YO SÍ LO HICE, Y VOLVERÍA A HACERLO MIL VECES MÁS!- Ella también se levantó, y me señaló con un dedo acusador y la cara enrojecida por la rabia. Tan sólo nos separaba el fuego, que yo veía reflejada en sus ojos. Todos los demás permanecieron sentados y mudos, contemplando la escena- ¡Respóndeme! ¿Alguna vez te han sacado de tu alcoba mientras intentabas esconderte en plena noche, llorando y suplicando por favor que no te hicieran daño? ¿Alguna vez te han llevado a una habitación y te han dejado a solas con un hombre horrible, mucho mayor y más fuerte que tú? ¿Te han obligado a tumbarte en una cama? ¿Te han sujetado en contra de tu voluntad? ¿Te han forzado a quitarte la ropa...?

-¡PARA!-Grité, desesperada.

-¡RESPÓNDEME, NADIA! ¿TE HA PASADO ALGUNA VEZ?

-Basta por favor...

-¡RESPONDE!

-¡NO! NO ME HA PASADO, ¿DE ACUERDO?

-¡PUES A MÍ SÍ ME PASÓ!

Moira no pudo aguantar más. La vi, todos la vimos. Se rompió. Sus ojos de color ámbar se nublaron lentamente con las brumas del recuerdo, y mi amiga cayó al suelo de rodillas y comenzó a llorar, enterrando la cara entre las manos.
La observé durante unos segundos, sin poder reaccionar. Ni siquiera podía hablar. Si era cierto todo aquello, si mi querida Moira había tenido que llevar esa losa pesándole en el corazón tanto tiempo... ni siquiera podía imaginar el infierno que debía estar viviendo.

Me acerqué lentamente, rodeando la hoguera con pasos vacilantes, y me arrodillé a su lado.

-Moira...-Susurré, pero no me respondió. Siguió llorando. Todos los presentes nos miraban, atónitos, como petrificados- Moira, lo siento mucho. Sí te creo. Siento tanto todo esto...-La abracé, llorando yo también, intentando imaginar todo lo que había pasado durante aquellos cinco años. Ella correspondió a mi abrazo y lloró en mi hombro.
Todos permanecimos en silencio durante unos minutos, hasta que la respiración de Moira comenzó a sonar calmada y más regular.

-¿Estás bien?

-Sí- Me miró, apartándose las últimas lágrimas de los ojos- Es sólo que aún me cuesta recordar... no le he contado esto a nadie, bueno, sólo a Liana, y es difícil...

-No tienes por qué seguir, lo sabes- Thaaly la miró con cariño- No tienes la obligación de contarnos...

-No, quiero que lo sepáis- Moira suspiró un par de veces, intentando serenarse-  es hora de conozcáis la verdad, cómo fue todo eso de la doncella de los lobos...

- Adelante, Moira- Dije, sentándome a su lado y tomándola de las manos- Siempre has sido la muchacha más valiente que conozco. Puedes hacerlo.

Ella asintió. Respiró unas cuántas veces más, y lentamente, reanudó el terrible relato de su verdad:

<<Pasé meses pensando qué haría. ¿Sería capaz de matarlo? la idea acudió a mi mente, silenciosa como un fantasma, y sin yo quererlo, se quedó a vivir conmigo, como si fuera un ser diabólico, envenenándome un poco más cada día.

El problema era que no lograba trazar un plan que pudiera funcionar. Ningún criado iba a ayudarme, pues todos vivían bajo el profundo yugo de lord Highcrag, bien sometidos y amaestrados como buenos perros. Una muchachita jamás podría haber contratado a ningún esbirro asesino, y menos perteneciendo, como yo pertenecía, a la alta sociedad, sin que hubiera sido un sonado escándalo. No podía salir de mi castillo a buscar a nadie si no era en la propia compañía de Lord Highcrag, y si yo misma intentaba algo... bueno, el castigo inmediato y definitivo sería la horca.

Y así pasé muchos meses, pensando sin llegar a buen puerto, llorando, enfadándome, rompiendo objetos de mi alcoba y sin pronunciar palabra con nadie, hasta que llegó el día.

Yo tenía ya catorce años. Había pasado el primer aniversario de mi matrimonio, por el que no hubo festejos, y las primeras hojas rojizas de los árboles comenzaban a caer. Se acercaba el otoño, y con él, la fiesta de la cosecha. Mi esposo decidió celebrar una gran ceremonia en sus tierras e invitar, como de costumbre, a muchísimos nobles que yo no conocía de nada, sin tenerme en cuenta, ni a mí ni a mis conocidos, un solo segundo. Yo me limité a asentir y a decir que haría de anfitriona y atendería a todos os preparativos, que al fin y al cabo ese era mi papel como esposa, mientras por dentro le maldecía una y mil veces, mientras pensaba en la forma más dolorosa y lenta de asesinarle. 
Y de repente, la mañana anterior al día del comienzo de los festejos, mientras él desayunaba como un cerdo y yo me limitaba a fingir que comía algo al otro extremo de la mesa del salón, lord Highcrag se encargó de anunciarme algo muy importante:

-Querida-Me dijo, siendo la primera vez que me llamaba así y no por mi nombre- He decidido que, ya que mañana inauguraré las fiestas de la cosecha durante el día, la noche será un momento solemne y adecuado para concebir nuestro primer hijo. Quiero que lo sepas y te prepares para la tarea.

Agradecí de verdad no haber probado bocado, pues sé de seguro que habría vomitado en la cara de mi esposo. Con la cara blanca como el papel y un frío tremendo que sentí de repente invadiendo cada espacio de mi piel, murmuré algo de que iba a revisar los preparativos en la cocina y salí de allí como si me persiguieran todos los demonios de Lucifer. Fui a mi alcoba, y tras romper no sé cuántos adornos y gritar hasta que noté la sangre correr por mi garganta, me apoyé en una de mis ventanas, desesperada y resuelta a defenestrarme en aquel mismo momento.

Y entonces, allí, próximo a las tierras de mi esposo, vi el bosque. Tan verde, tan profundo, tan eterno... y lo supe. De repente supe que todo aquello era real, que de nada servía lamentarse, y que si no quería llevar una criatura de Lord Highcrag en mi seno durante nueve meses, debía actuar  inmediatamente y luego huir allá donde nadie pudiera jamás encontrarme.

Me recompuse cuanto pude, y presta, bajé a las cocinas, donde me puse mi mejor máscara de altivez, orgullo y desdén con los criados. Reñí cuanto pude y corregí muchos detalles estúpidos para la fiesta, con el único propósito de que toda la servidumbre viera bien el alto interés que yo mostraba por el evento y por tener satisfecho a mi marido. Con el ajetreo y, aprovechando un momento en el que nadie le prestaba atención, me guardé como pude un enorme cuchillo de carne.
El tiempo pasó entonces como un suspiro. Pasé el día fingiéndome encantada con todo aquello de la estúpida cosecha, cuando en realidad estuve a punto de ir a mi alcoba a clavarme el cuchillo en el pecho no sé cuántas veces, y aunque rogué al cielo sin cesar que por favor se apiadara de mi alma pura de doncella haciendo que el día del banquete no llegara nunca, la noche pasó en un suspiro, y antes de poder pensar siquiera en qué estaba pasando, cientos de lujosos carros de viaje habían llegado a las tierras de mi marido, y cientos de criados montaban pabellones para que sus señores pudiesen dormir, y había flores por todas partes, y los perros de caza ladraban como locos, oliendo la sangre que chorreaba de las presas que se llevaban a la cocina, y yo... yo sólo quería morirme.

Estuve ocupada todo el día, saludando a todos cuantos llegaban; de pie al lado de aquel monstruo con el que me había casado; y haciendo preguntas de falsa cortesía. El resto del tiempo lo pasé callada, sin participar en los festejos ni en ninguna de las charlas de todas aquellas falsas damas presumidas. Recuerdo, lo recuerdo muy bien, que sólo hablé una vez con lord Highcrag en todo el día, al atardecer, cuando la cena, que era la parte más fastuosa de la celebración, estaba a punto de comenzar. Todos los invitados estaban ya sentados alrededor de la gran mesa, y yo le susurré frenética antes del brindis:


-¿Donde está mi familia?

-Disculpa, querida, temo que no te he oído...

-Me has oído perfectamente. No me hagas gritar en medio de tu estúpido salón atestado de gente. ¿Dónde demonios está mi familia?

-Llegarán mañana, a tiempo para el concurso de duelos. Ahora quiero que sonrías y que te calles. Obedece y reserva tus fuerzas para esta noche.

Le miré entonces a los ojos, creo que fue la única vez que lo hice, y sentí un dolor tan fuerte que noté cómo mi corazón dejaba de latir durante unos instantes. No pude evitar susurrarle de nuevo:

-Te odio. Te odio con todo mi corazón.

-He dicho que sonrías- Me dio un buen pellizco en el brazo sin que nadie lo notara y comenzó con un recargado y largo discurso.

Fui incapaz de oír. Sé que comí y que bebí, pero no puedo recordar qué, ni qué gusto tenía. No veía nada, y no podía respirar. Tan sólo quería salir de allí. En cuanto el juglar al que habían hecho venir al castillo acabó el primer poema, tuve que levantarme y excusarme para largarme. Lord Highcrag dio su consentimiento a mi marcha moviendo afirmativamente la cabeza y esbozando una pequeña sonrisa que hizo que se me saltaran las lágrimas de puro horror.

Una vez en mi alcoba, eché a todas las criadas de mala manera, y rebusqué entre mis baúles hasta encontrar el cuchillo. En aquel momento me pareció incluso más grande y afilado.Desesperada, apuñalé mis almohadas, y después lo oculté bajos las capas de mi vestido, pegado a mi piel.

No bien había acabado, sin embargo, cuando dos o tres criados, sino más, entraron en mi alcoba para llevarme al dormitorio del lord, donde, me dijeron, debía esperarle hasta que a su señoría le diera la gana subir para hacerme un hijo. Intenté hacerlo por las buenas, lo juro. Intenté suplicar, pedí piedad por favor mil veces, ordené e incluso di patadas y golpes, pero de nada sirvió. Me agarraron suave pero firmemente y me echaron al cuarto de su señor, encerrándome como si yo fuera una perra en celo.

Nunca en mi vida he sufrido tanto una espera, y no creo que lo haga jamás. Con el cuchillo entre las manos lloré, aunque sabía que no debía hacerlo. Recé, aunque mi fe era en aquel punto bastante escasa, y me hice cortes en los brazos, desesperada. A punto estuve de hundir el arma en mi pecho varias veces. Pero no, no podía. Debía intentar escapar, y si no lo lograba, entonces y sólo entonces me quitaría la vida, abandonando el mundo de horrores en el que vivía y condenando mi alma al fuego eterno del infierno.

Cuando él llegó, horas después... ¿Qué puedo decir? me ahogo sólo de recordarlo. Estaba borracho, muy borracho, pero el muy ignorante me creía tan sometida a su voluntad que no tomó ninguna precaución. Con una sonrisa digna del demonio más oscuro, me ordenó que me quitara el vestido. Yo estaba paralizada, con las manos en la espalda, ocultando el cuchillo, y con el firme pensamiento de que aquello no iba a servir de nada, de que aquella noche era la última de mi vida.

Me gritó tres o cuatro obscenidades, no lo recuerdo bien... y yo grité de miedo, pero nadie podía oírnos en aquella habitación, tan alejada de todos los festejos, hecha de piedra maciza...
Entonces se acercó. Me agarró de un brazo con una mano, y con la otra... me tocó, por encima del vestido...

Le asesté una puñalada en la mano. Ni siquiera me dio tiempo a pensarlo, cuando descubrí que ya lo había hecho. El infeliz soltó un alarido y se apartó de mí, pero cuando su pensamiento, paralizado por el alcohol, comprendió más o menos lo que acababa de ocurrir, montó en cólera. Me pegó, me dio dos o tres golpes en el rostro y los hombros, y yo caí al suelo. Pero aquello era ya una lucha, una lucha por mi vida, ni más ni menos, así que, entre gritos, logré herirle un pie con el cuchillo. El muy desgraciado se tambaleó, pero me agarró del pelo, y logró atraparme y arrojarme al lecho. Me gritaba cuánto me iba a doler, cuánto iba a lamentar todo aquello... pero mi desesperación me impulsaba a luchar. Aprovechando mi rapidez, ya que mis heridas eran menos dolorosas y yo no estaba borracha, logré zafarme de sus brazos lo suficiente como para poder estirar el brazo que sujetaba el cuchillo.
Fue entonces cuando perdí el sentido. Grité y grité sin cesar, mientras asestaba puñaladas como una loca. No sabía adónde apuntaba. Sólo le oía gritar de dolor una y otra vez, intentando atraparme mientras el cuchillo se hundía cada vez más profundamente en su espalda, sus brazos, su cuello...

Paré cuando dejó de gritar y comenzó a toser sangre. Como pude, me aparté y bajé del lecho, y observé los últimos espasmos que sacudieron su cuerpo, chorreando aquel líquido espeso y oscuro, hasta que paró de moverse.

Me quedé allí, plantada, durante mucho tiempo, o al menos eso me pareció a mí. Reinaba el silencio, salvo por los ruidos de la enorme fiesta, que llegaban ahogados a mis oídos. No podía respirar, y tampoco moverme. Mirara a donde mirara, todo era rojo: la túnica agujereada de lord Highcrag, las sábanas del lecho, antes blancas, el suelo de piedra... Miré mi vestido. Estaba roto en algunas partes, y aunque juraría que aquella tarde al ponérmelo era de color dorado y con perlas, de repente también era rojo. Como mis pies, mis piernas, mis brazos y mis manos. Todo era rojo. Estaba cubierta de sangre.

Estuve a punto de llorar, pero no pude. Tenía muchas ganas de gritar, pero no pude. Una voz en mi interior me gritaba sin cesar que tenía que salir de allí, y como esa voz era lo único que podía oír, obedecí.

Por un momento temí no poder abrir el portón de la alcoba, pero tras dos o tres tirones logré salir.  No había un alma en derredor, primero porque Lord Highcrag había dado la orden de que nos dejaran solos, y segundo porque todos los que se encontraban en el castillo, incluida la servidumbre, tenían derecho a celebrar la primera noche de la festividad de la cosecha por todo lo alto. 
Comencé a caminar, primero lenta, sin apenas poder dar un paso, tambaleándome y sintiendo que me iba a desmayar. La vista se me nublaba. Luego, cada vez más rápido, logré atravesar los muchos pasillos y escaleras que me separaban de una de las salidas laterales del castillo, de aquella que daba al bosque.

Una vez más fui testigo de la soberbia del lord. Tan seguro estaba de su poder, del temor que infundía a todos cuantos le rodeaban, que en un día de fiesta no se había molestado en apostar guardias en las puertas laterales. Tan sólo el vigía de la torreta dormitaba, según pude distinguir, vigilando más mal que bien el horizonte. Aún a día de hoy, no puedo saber si me vio atravesando el patio en dirección al bosque, pero me imagino que lo colgarían tras mi desaparición.

No puedo expresar con palabras cuanto corrí aquella noche. Me alejé, me interné en el bosque sin saber adónde iba, descalza y llena de sangre y heridas, gritando, llorando, tirándome del pelo, tropezando, rodando entre la hierba, volviéndome a levantar sólo para correr de nuevo, para alejarme de toda aquella pesadilla. Y sin embargo, el bosque vio lo que quedaba de bondad en mi alma, y decidió ayudarme... a volver a nacer.

Tras correr durante lo que yo sentí como mucho tiempo, encontré un pequeño claro con un riachuelo que manaba produciendo un agradable ruido en mitad de aquella noche oscura y terrible. Me acerqué asustada, y tras comprobar que no había nadie, bebí hasta que no pude más, y luego tiré el cuchillo, que aún llevaba entre mis manos, y lo vi perderse río abajo, arrastrado por la corriente. Entonces me metí en el agua, y me lavé como pude las manchas horrorosas que me cubrían desde los rizos hasta los pies, y con cada helada gota sentía dolor, pero también sentía que me limpiaba el corazón poco a poco.

Vagué después, aterida de frío, y trepé a un árbol de ramas muy anchas, donde me acurruqué cómo pude. No me importaba si no volvía a ver la luz del sol nunca más, tan sólo quería despertar de toda aquella aterradora irrealidad.
Pero el mal, eterno y ponzoñoso, me había jurado fidelidad aquella noche, y se encargó de arrebatarme la poca cordura que me quedaba.

Mientras intentaba volver a respirar subida a aquel árbol, como un animal salvaje, dos proscritos irrumpieron en el claro junto al riachuelo. Arrastraban consigo varios sacos con objetos, seguramente robados, y a una muchacha algo mayor que yo, pobremente vestida. No entraré en más detalles, no quiero hacerlo, simplemente diré que la violaron y la mataron después, y que bebieron y durmieron, y se fueron de aquel claro cuando el alba comenzaba a despuntar, dejando a aquella pobre chica allí tirada y que aunque no me descubrieron pues permanecí protegida por las ramas del denso árbol, sí lo vi y oí todo.

Cuando el silencio volvió a inundar el claro, me atreví a bajar muy lentamente. La miré. Miré su hermoso rostro, y su frágil cuerpo desnudo y maltratado, y su pobre vestido, que yacía apartado y hecho jirones unos metros más allá. Y recordé sus gritos, y me odié por no haberle prestado ayuda, y lloré y me arrodillé junto a ella, y le pedí perdón...

Decidí, al menos, darle un poco de dignidad a su descanso eterno. Me quité el largo vestido de fiesta, que aún desgarrado en algunas partes, seguía siendo bonito y delicado, y me cubrí con los harapos. La vestí e intenté ordenar su larga cabellera. Cavé, como pude, un hoyo no muy profundo, y logré colocarla allí. La enterré en silencio, jurando que jamás la olvidaría. Y en efecto, jamás podré olvidarla, ya que le debo mi vida. El destino caprichoso quiso que los lobos salvajes que a veces pasean por el bosque hicieran un festín de su joven cuerpo, y los sirvientes del castillo de mi, por aquel entonces ya difunto esposo, confundieron su cuerpo con el mío al ver la ondulada melena y los rastros del vestido manchado de sangre. Yo sólo quería ayudarla, y al final, con su sacrificio fue ella quien me ayudó a mí... nadie volvió a buscarme jamás, y pude empezar una nueva vida en el bosque.

Pero por supuesto, todo eso lo supe años después. Tras mi casi inexistente ayuda a la muchacha cuyo nombre jamás sabremos, caminé durante muchos días sin rumbo por el bosque, sola y sin nada que comer, descalza y llena de heridas, cubierta tan sólo con unos harapos medio rotos. No podía hablar en voz alta, había dejado de ser una persona corriente, era casi salvaje, tan sólo huía de mis propios fantasmas y me adentraba más y más en la espesura. Ya no creía en Dios, ni en los hombres, ni en la bondad ni en la compasión. Ya no creía en nada.

Un día frío sin sol, extenuadas ya mis fuerzas, extinta ya mi valentía, herido de muerte mi corazón, decidí tumbarme en la hierba y dejarme morir. Pensaba, pensaba como entre sueños, pensaba en el dolor que habían causado los hombres. Los hombres tenían la culpa de todo. Habían destrozado mi vida para siempre, de la forma más cruel, y habían matado a aquella chica. Tenía que hacer justicia, tenía que vengarla, pero si me moría no podría hacerlo.

Deseé formar parte del bosque. Deseé ser un árbol fuerte, o una flor, o el agua del río... Y deseé, mientras la lluvia que caía y las lágrimas bañaban mi rostro, que alguien me ayudara...

Y el bosque me respondió.

Mi conversación con el bosque fue lo más importante que me ha ocurrido en la vida. Hablamos largo tiempo. Me cuidó, me alimentó, curó mis heridas, me dio libertad, y a cambio, yo le prometí ayuda eterna. Pasé muchas, muchas noches sin poder dormir, pensando que Lord Highcrag y sus esbirros aparecerían en cualquier momento para matarme, pero las hadas del bosque se encargaron de velar mis sueños hasta que pude recuperarme.

Y así comenzó la que siempre será mi vida. Vivo en la frontera, en lo más profundo del bosque humano, aunque puedo entrar aquí siempre que quiera, el bosque lo sabe y me lo permite. Velo por su seguridad, evitando que  los ladrones intenten maltratarlo o deteniendo a los proscritos que intentan acceder mediante magia negra. Y por supuesto, viajo por todo el bosque buscando a muchachas secuestradas o maltratadas. Las rescato, y si sus maltratadores no tienen ninguna relación con ellas, los mato al instante y las acojo a ellas en mi grupo de amazonas. Si el hombre tiene algún tipo de justificación, se lo entrego al bosque para un juicio, aunque la mayoría de desgraciados acaban convertidos en árboles como castigo eterno. A veces voy a los pueblos cercanos al bosque a ayudar a más muchachas allí y a darle un escarmiento a los nobles ricos que se portan mal con sus súbditos. Así encontré a mi prima Altea hace unos meses.

Hace ya cuatro años que corté mi melena de niña rica para siempre. Hace ya cuatro años que cambié mi nombre por el de Selene, la diosa pagana de la luna. Hace ya cuatro años que salvé mi propia vida y mi honor, cuatro años desde que comencé a luchar por mi libertad a pesar de las pesadillas que aún vienen a buscarme por las noches,  y lo cierto es que aunque todo el reino me conocerá siempre como la doncella de los lobos, yo soy Selene, la jefa de las amazonas del bosque.

Esta, señores, es la pura verdad de mi historia, que espero que hayan oído todos atentamente.>>

Moira, que durante todo su relato había temblado, llorado, suspirado y que incluso había tenido que parar unas cuantas veces, con sus manos entre las mías, miraba en aquel momento el fuego mágico de los duendes con una sonrisa de paz, con la sonrisa de quien tiene el corazón un poco más ligero tras haber sacado aquello que lo ahogaba. El silencio reinó durante interminables minutos. Yo, sin poder remediarlo, me lancé de nuevo a los brazos de mi amiga, llorando.

-Moira... oh, Moira, si tan sólo hubiésemos sabido... Oh Moira, no pudimos hacer nada... Liana y yo creímos que... nos dijeron que los lobos... Oh, ni siquiera puedo imaginar cuánto sufrimiento habrás padecido... Lo siento, lo siento mucho, perdóname por favor...

-No debo perdonar nada, Nadia. Sé lo duro que fue para vosotras, Liana me lo dijo cuando estuvo aquí. Lo sé todo, y está bien. Pasó, ahora estoy bien y soy muy fuerte,  nadie pude hacerme daño. Está bien, no pasa nada, ¿De acuerdo?

-Eres muy valiente...

-Ha sido -Exclamó Thaaly, poniéndose en pie- La histora más increíble de cuantas he oído en el bosque, y créeme, he oído muchas. siempre te he respetado, Selene, pero de ahora en adelante, será un honor para mí llamarte Moira.

-Oh, realmente no es necesario, creo que prefiero Selene. Es quien soy ahora al fin y al cabo.

-Para mí siempre serás Moira, la mujer más valiente que conozco-Dije, llena de cariño hacia mi amiga.

-Gracias, Nadia. Tú también eres valiente. De lo contrario, no habrías llegado a este bosque.

Miré a nuestro alrededor. Altea permanecía callada, pero por primera vez, miraba a su prima con admiración y no por encima del hombro, como solía hacer. Jaques y Telmo miraban a Moira boquiabiertos, con los ojos brillantes y el cuerpo tenso, y murmuraban entre ellos sin cesar, seguramente los primeros versos de un romance que compondrían basándose en la historia. Yo sonreía, encantada de que mi amiga hubiera dado aquel paso tan importante, satisfecha de conocer la verdad de un asunto que había sido tan doloroso en mi vida... y entonces miré a Dante.

Con el rostro pálido y los zafiros que tenía por ojos, Dante lloraba, contemplado serio la hoguera. Aquella reacción, tan impropia de un espíritu festivo y desenfadado como el suyo, me preocupó bastante.

-¡Dante! ¿Estás bien?

Él sacudió la cabeza ligeramente y se enjugó las lágrimas con el antebrazo, sin dejar de mirar el fuego.

-No, no lo estoy... si me disculpáis, creo que necesito... estar a solas. Sólo un rato...- Tras pronunciar aquellas palabras, se levantó y abandonó el claro en lo que dura un suspiro.

-Yo... también prefiero pasear a solas durante un rato. Espero que lo comprendáis...-Moira soltó suavemente sus manos de las mías, y se marchó lentamente en la dirección opuesta a la de Dante.

-Por supuesto, lo comprendemos...-Thaaly se acercó a la hoguera y la apagó con unos movimientos de sus manos- Continuaremos las historias por la noche, Altea debe contar la suya, y también Nadia... Demonios, menudo día intenso... Altea, ¿Nos acompañaréis Moira y tú a almorzar?

-Oh, claro... sí, lo haremos. Al menos eso espero...

-Bien, pues entonces iré ahora mismo a buscar a Suri y a Panta y...

-¿Una hoguera apagada?-Interrumpió una voz conocida- Queridísima Thaaly... ¿Nos hemos perdido una buena historia? Estábamos enseñando a nuestro nuevo huésped cómo moverse por el bosque...

Thaaly sonrió tranquila a los recién llegados

-Os habéis perdido la mejor, Joseph. Creo que Telmo y Jaques podrán resumírosla muy bien. Te encantará, Kamal...

Sin embargo, yo no pude prestar atención más que a una cabellera pelirroja, que asomaba tras Joseph y Kamal. Me levanté de un salto.

-¡Axel!- Exclamé, y corriendo, salvé los pocos metros que nos separaban. Rodeé su cuello con mis manos y me abracé al que ya podía llamar mi caballero.

-Nadia- Me estrechó ligeramente y acarició mi pelo.

-Cielo santo, ¿Cómo estás?- Miré su apuesto rostro, en el que no había rastro de heridas, salvo por un corte en el labio inferior. Me acordé por un segundo de aquello que se les cantaba a los niños pequeños, ''Si besas la herida, se cura'', y al instante sacudí la cabeza, avergonzada por mi propio pensamiento- Axel, tengo que hablar contigo, ¡Es muy urgente!

-Yo también contigo...

-Oh, por el bosque... vosotros dos, no tenéis remedio...- Thaaly sonrió con picardía- Acompañadme, os conduciré a un lugar donde podréis... charlar. Sí, charlar tranquilos. Los demás, no os alejéis mucho, se acerca el mediodía y hoy tenemos invitadas a comer.

Y así, sintiéndome más valiente y poderosa al conocer verdades que habían estado ocultas tantos años, seguí a Thaaly, a quien hice caso omiso cuando me guiñó un ojo señalando burlonamente a Axel.