domingo, 21 de febrero de 2016

''El romance de Nadia'' capítulo 19

Capítulo 19


A la mañana siguiente, me encargué personalmente de que mi repentino y desagradable malestar fuese atribuido a que mi delicado cuerpo no había podido digerir adecuadamente algún alimento. Pero la verdad era bien distinta, y me atormentaba permanentemente.

Todos nos encontrábamos nerviosos, a la espera de que el tiempo de visita al bosque se agotara para poder marchar, pero yo me sentía mucho peor que nerviosa.
Desde la noche de las historias, no podía apenas conciliar el sueño por las noches, y pasaba los días vagando por las inmediaciones del claro del bosque sin rumbo fijo y sin querer hablar con nadie. La mente me ardía, y no conciliaba el sueño de noche, todo por una revelación que tuve en el mismo momento en el que Thaaly hizo al fuego hablar sobre Flavius.

Me paseaba, sin descanso, de un extremo a otro de mi habitación de madera en el bosque durante horas, repitiendo la misma frase en voz baja una y otra vez: ''Flavius es el caballero de oro, Flavius es el caballero de oro, Flavius es el caballero de oro...''. No podía apartar aquel pensamiento de mi mente. Frecuentemente, subía al mirador que había sido de Liana, y me tumbaba allí durante horas, contemplando las verdes hojas a mi alrededor y sintiéndome más estúpida y traicionada que nunca.

La sospecha de que mi hermana pudiera haberme mentido o engañado no había cruzado jamás mi mente, pero en aquel momento, unas retorcidas revelaciones parecían estar saliendo a la luz: En contra de lo que creía, yo no era la única que sabía que Liana estaba enamorada de un honorable caballero. Probablemente, mi hermana habría hablado con mis padres, otorgándoles una confianza de la que yo jamás gocé, y ellos, viendo una aventajado matrimonio en su amor, decidieron arreglarlo todo para que el enlace se celebrara. No contaban, por supuesto, con el mero  hecho de que mi hermana volvería hechizada y con la sangre maldita a casa un buen día, por lo que, desconocedores del cruzamiento de la sangre, mis padres decidieron entregarle al pretendiente el segundo mejor premio: yo.

Abrí los ojos de par en par, horrorizada por lo claro que estaba todo de repente: Ni siquiera debería haber abandonado Campoflorido huyendo de mi terrible compromiso. Si hubiese esperado sentada a que el paje de mi prometido hubiese traído mi anillo de compromiso, él habría acabado apareciendo tarde o temprano. El cruzamiento de sangres se habría realizado en un instante, y no habría habido necesidad alguna de engañar a todos cuantos quería y de deshonrar a mi familia para siempre.

-Podría haber salvado a Liana mucho antes...-Me oí murmurar, con un hilo de voz, aterrorizada.

No había solución ni remedio. Por increíble que pudiese parecer, debía encontrar aquello de lo que estaba huyendo. Debía dejar a un lado mi propia posibilidad de vivir tranquila por la vida de mi hermana; todo había cambiado: debía encontrar a Flavius.

Dejé que los días en el bosque me envolvieran como una niebla liviana y fría, deseando llegar a Gubraz cuanto antes y a la vez temiendo aquel momento como nada en la vida. Mientras todos mis compañeros se encontraban cada vez más enérgicos y seguros de todo lo que tenían que hacer, yo asentía o negaba con la cabeza, incapaz de hacer o decir mucho más.

Un día, ya bien entrada la mañana, decidí subir al mirador de madera durante un rato, pues sentía que me ahogaba encerrada entre las paredes de madera de mi habitación. Cabizbaja y murmurando entre dientes, subí las escaleras apesadumbrada.
Al abrir la puerta, sin embargo, grité sobresaltada. Axel estaba allí, sentado en mi mirador, y dio un visible y patético respingo al oírme a su espalda.

-¡Santo Dios!

-¿¡Qué estás haciendo aquí!?

- No tenías que gritar así... me vas a dejar sordo- Axel me miró durante unos segundos- Aunque al menos he vuelto a oír tu voz. Hace muchos días que ni te veo, ni te oigo... estoy preocupado Nadia.. y todos los demás también, claro- Axel se rascó la cabeza ligeramente.

-¿Se puede saber qué está haciendo un hombre solo en los aposentos de una joven doncella? ¿Es ese el honor de caballero que posees? ¡Desvergonzado!- Golpée varias veces su brazo.

-¡No seas cruel! ¿Acaso he entrado en tu alcoba? He venido al mirador porque necesito...

-Pero, ¿Cómo has entrado aquí? ¡La única puerta de acceso es la que está junto a mi habitación!

-¡Thaaly me abrió la puerta! ¿Estás satisfecha ya?

-No especialmente, y no lo estaré, desde luego,  hasta que no me cuentes qué haces aquí.

-¡Pero si eso es lo que llevo intentando explicarte un rato!- Axel suspiró ruidosamente, como si verdaderamente le estuviera molestando mucho-  Estoy aquí porque el mirador está en uno de los puntos más altos del bosque, y necesito estar lo más cerca posible de las copas de los árboles para poder enviar... esto- Axel rebuscó entre los bolsillos de su casaca y me mostró un objeto cuidadosamente doblado.

-Una...¿Carta?

-Lo es, es una carta. Y necesito enviarla con urgencia porque...

-No comprendo... si necesitas enviarla, ¿No deberías dársela a un mensajero?

-¿Y qué mejor mensajero hay que los árboles del bosque mágico?- Al ver mi cara, Axel no pudo evitar reírse- ¡No me mires así! Que a estas alturas no creas en la magia.... ¡Precisamente tú, que eres mágica!

-Pe...pero ¿Cómo vas a enviar...?-Pregunté a duras penas, sonrojándome por el comentario que Axel había pronunciado.

- Los árboles llevarán mi carta hasta su destino, ¡Thaaly me ha asegurado que son muy hábiles, cuidadosos y rápidos! También ellos recogerán la respuesta, y me la traerán en tan sólo unos días.

-¿Sólo unos días? Eso es imposible...

- Yo espero que no lo sea. Debo darme prisa en enviar esta carta, como sabes nos vamos muy pronto y...

-¿Qué has dicho?

-Que espero que esto de los árboles funcione...

-¡No, eso no!-Lo miré haciendo grandes aspavientos- ¿Nos vamos pronto?

-De verdad Nadia, ¿Dónde estás?- Axel me dió unos cuantos toquecitos en la frente con su dedo índice- ¡Debes estar más atenta, la luna le ha dicho a Thaaly que el período de visita al bosque acaba en pocos días, hasta yo me he enterado de eso!- Axel posó la carta cuidadosamente entre las ramas del árbol más cercano- Bien, yo me voy, estoy ocupadísimo y tú también deberías prepararlo todo para partir.

-Está bien, aunque quería... ¡Axel, mira!-Señalé como una niña pequeña las ramas de árbol. La carta había desaparecido.

-¡Fantástico! ¡Está funcionando! Oh, Galvia estará maravillada cuando vea que los árboles le llevan mis palabras, llevará tanto tiempo esperándolas...

-¿Galvia? ¿Qué tipo de nombre es ese?

-Uno muy bonito. Deberías respetarlo, es el nombre de una damita encantadora, la más maravillosa que conozco... ¡Debo irme, pero espero verte luego!

Y de repente, en un instante, resultó que Axel había desaparecido y me había dejado allí plantada. Por un segundo fui totalmente incapaz de pensar en nada concreto. De nuevo, me sorprendí a mí misma oyéndome hablar en voz alta.

-Damita... ¿Encantadora?

En los días posteriores, incluso yo anduve ocupada, y más nerviosa que nunca, por la inminente partida de nuestro grupo. Axel acudía cada día al mirador, para ver si el bosque le traía alguna respuesta. Para asegurarse de que yo le dejaba estar allí, intentaba hacerme reír con divertidas historias y chistes de todo tipo. Yo lograba relajarme y sentirme libre, y charlaba con Axel de cosas sin importancia, sintiéndome muy especial por nuestra confianza y cercanía, hasta que recordaba la existencia de Flavius y de la tal Galvia, de quien no había logrado averiguar nada a pesar de mis insistentes insinuaciones. Me prometí a mí misma que no debía intentar averiguar nada, ya que realmente la presencia de una dama llamada Galvia en la vida de Axel no era un asunto de mi incumbencia, pero no podía evitar, y con cierta tristeza, pensar en la figura de aquella muchacha de nombre misterioso cada vez que Axel levantaba sus hermosos ojos hacia las copas de los árboles con expresión anhelante, deseando que la magia se obrara y que las palabras de Galvia llegaran pronto.

La carta de Axel llegó la noche anterior a nuestra partida. Estaba descansando en mi lecho, presa de un sueño intranquilo y ligero, muy diferente al profundo sopor del que gozaba en mis cálidas noches en Campoflorido, cuando desperté bruscamente, asustada por un ruido incesante que llegaba a mis oídos, un repiqueteo que parecía sonar por toda mi alcoba, como si un gigante de aquellas terribles historias de mi infancia que mi madre me contaba estuviera intentando meter la mano en mis aposentos para capturarme y zamparme de un sólo bocado. Al espabilarme durante unos segundos, sin embargo, comprendí que tan sólo era el ruido de las ramas de los árboles, que chocaban contra el tronco en el que vivía.
Subí al mirador, para comprobar si la puerta estaba abierta y por eso el ruido era tan molesto, cuando vi la carta. Destacaba blanca, como el primer copo de nieve del invierno, y al recogerla lentamente entre mis manos, el viento se volvió agresivo de repente, y comenzó a soplar con fuerza, revolviéndome el cabello y helándome los huesos. Asustada, corrí al interior de mi alcoba de nuevo, a refugiarme entre las humildes sábanas que me proporcionaban cobijo aquellos días, pero el viento parecía decidido a no dar tregua aquella noche. Incapaz de dormir, contemplé la carta, que había colocado bajo mi almohada. Nada podía adivinar de su contenido mirándola desde fuera, pues la única palabra que estaba escrita con una brillante tinta negra era ''Axel''. estaba sellada con un lacre especial, con el dibujo de una especie de escudo de armas que me era completamente desconocido. Encendí una vela, que al instante comenzó a titilar dudosa por el viento que arreciaba, y di vueltas al documento entre mis manos. Galvia, la dama, parecía pertenecer a una familia muy bien posicionada, tal vez incluso noble... Me sentí, a mi pesar, un tanto aliviada, pues Axel jamás podría haber estado comprometido con una muchacha noble o de clase muy alta. Mas entonces, ¿Significaba aquella carta que Axel ya tenía una señora a la que servir como paladín? ¿Acaso no era yo su protegida?

La carta estaba perfectamente cerrada, y si rompía el lacre podría leerla, pero entonces Axel sabría de mi culpabilidad...

-...A no ser- Murmuré en voz alta- Que la carta se hubiese roto accidentalmente en esta noche en la que sopla un viento tan feroz- Acaricié el lacre con mi dedo índice y esbocé un levísima sonrisa durante un instante- Oh Axel, ¿A quién se le ocurre confiar a los árboles del bosque una entrega tan importante?

En cuanto rasgué ligeramente el lacre, Un trueno sonó en la noche, como un demonio del infierno, y las paredes de mi habitación se sacudieron brusca y peligrosamente. Con un gritito, caí de la cama, y lo mismo le pasó a la vela, que se apagó y rodó por el suelo de madera, salpicando candentes gotas de cera por doquier. La carta pareció saltar de mis manos, y se posó en el suelo, fuera de mi alcance. Durante unos segundos no me atreví a moverme. La tormenta no continuó, aunque el viento seguía soplando peligroso. Me incorporé como pude, y con pasos vacilantes, recogí de nuevo la carta entre mis mansos. Corriendo, salí de mi alcoba y bajé los escalones de madera que rodeaban el gran árbol, medio a ciegas y tropezándome, hasta llegar a la puerta de los aposentos de Joseph, donde desde su llegada, dormía también Axel. Fue él precisamente quien apareció en el umbral de la puerta tras un rato de golpes incesantes. Al verme enrojeció repentinamente, algo que dado su carácter tranquilo e impasible, me sorprendió bastante.

-¿Nadia?

-Axel... la... la carta- Le tendí el papel ansiosamente.

-la carta...¡Oh! ¿La carta? ¿Mi carta, la que esperaba?

-¡Sí! Los árboles acaban de entregármela... creo que desean que la leas cuanto antes.

-Pero Nadia, es plena noche... deberías  haber esperado, no puedo leer con esta oscuridad, mañana si la tormenta pasa hará sol...

-Pues enciende una vela por favor, Axel, sólo... Cógela, guárdala y léela enseguida, es tuya, te pertenece.

-Está bien, aunque no hacía falta que vinieras... Te estoy agradecido- Axel posó su dedo índice en mi nariz un segundo, como gesto de cariño. Muchas veces hacía cosas parecidas, pequeños gestos que me ponían muy nerviosa y a la vez muy triste. Odiaba el tono paternal con el que a veces se dirigía a mí. No quería que me hablara como si fuera mi hermano mayor. No quería ser una niña para él.

En cuanto Axel recogió el sobre entre sus pálidas manos, el viento cesó repentinamente. Los árboles dejaron de agitarse e incluso el frío pareció esfumarse.

-¡Que me aspen! ¿Has visto eso?

-Sí...-Murmuré suspirando- desde luego que lo he visto. Siento haber...-Estuve a punto de confesar mi pequeña fechoría, pero me mordí la lengua por vergüenza- Quiero decir que lo siento si te he importunado. Me retiro a mi alcoba, prefiero descansar hoy, dudo que pueda hacerlo mañana si nos vamos...

-Te escoltaré si lo deseas.

-Ciertamente, Axel, sé demasiado bien que prefieres seguir durmiendo. Buenas noches. 


* * *

 -Huye conmigo, Nadia- El rostro de Axel se encontraba apenas a unos centímetros del mío, como aquella primera noche en el bosque.

-Pero ¿Adónde iremos? 

-A un lugar lejano, allá donde nadie pueda encontrarnos jamás.

-Pero, ¿Y nuestras familias? ¿Y Flavius, y Galvia? No podemos irnos, Axel...

-¡Claro que podemos! ¿No te das cuenta, Nadia? Ellos no importan, necesitamos hacer esto por nosotros. Necesitamos desaparecer, dejar atrás los problemas y las injusticias. Necesito amarte, dama mía...

-¿De verdad, Axel?

-Por supuesto, Nadia. Te amo desde el primer momento en el que pude contemplarte- Axel repasó el contorno de mis labios con su dedo índice. 

-Oh Axel, por fin me confiesas tu amor, ¡Huyamos lejos, te lo suplico!

-Nunca te he amado más que en este momento, querida mía- Axel agarró gentilmente mi rostro con sus manos, cerró sus ojos de hielo y posó sus labios sobre los míos...


-¡NADIA!- Un golpe seco en pleno rostro me hizo despertar bruscamente. 

-¿QUÉ?-Chillé, molesta y desorientada. Lo que había ido a parar a mi cara era un almohadón, y la lanzadora y responsable, como no podía ser de otra forma, era Thaaly. 

-¿Qué es lo que ocurre contigo? ¡Llevo un buen rato gritando tu nombre para que despertases, pero sólo decías palabras sin sentido! He tenido que golpearte para obtener alguna reacción... Estos humanos, son increíbles...-Comentó en tono despectivo. 

-Sólo estaba....-Apoyé mi frente en las palmas de mis manos, aún confusa, y noté mi sangre hervir al recordar el absurdo sueño que acababa de vivir- No importa. Mi sueño es profundo, ¿De acuerdo?

-Tienes que espabilar. Nos vamos.

-¿Cómo es posible? aún es de noche...

-Es necesario. Enseguida te lo explicaré. ¿Lo tienes todo preparado?

-Sí, sólo... debo ponerme mi vestido azul y la capa gris.

-Apresúrate, cada minuto cuenta.

Apenas unos momentos después avanzábamos en la oscuridad del bosque por un camino desconocido, guiados por Thaaly, que parecía ver como si fuera de día a través de sus ojos verdes. Sentía el peso de mi zurrón, que ya no estaba acostumbrada a cargar, y la humedad fría y desagradable de la hierba al empaparme los pies, y deseaba fervientemente ponerme mis cálidas botas, pero no nos estaba permitido calzarnos en el bosque mágico.

De repente, llegamos a una enorme barrera de árboles, cuyas ramas se entrelazaban de una forma intrincada, formando un muro impenetrable. Thaaly carraspeó un par de veces, atrayendo nuestra atención.

-Bien, en unos momentos abriré el portal para que podáis marcharos. Debéis llegar al mundo humano antes de que amanezca, ya que vuestros ojos tienen que habituarse poco a poco a vivir de nuevo bajo la luz del sol. Podría haceros mucho daño salir a las claras del día tras haber vivido tanto tiempo en el bosque. Yo no iré con vosotros, no puedo pasar mucho tiempo en vuestro mundo sin arriesgarme a morir, así que no os seré útil en vuestra misión. Os deseo la mejor de las fortunas, especialmente a ti, Nadia. Deseo que vuelvas pronto al bosque, y deseo que vuelvas con Liana.

-Gracias, Thaaly, sé que lo lograré- Intenté hablar con confianza, pero un escalofrío me recorrió la espalda. Verdaderamente había pasado mucho tiempo en el bosque, bajo su atmósfera de protección. ¿Y si de verdad Gubraz era un sitio pelígrosísimo? ¿Y si de verdad no podía encontrar al caballero de oro? ¿Y si Liana...?
Sacudí la cabeza con energía, como siempre que quería alejar los malos pensamientos de mi mente. Axel, de pie a mi lado, rozó mi mano derecha para estrecharla y darme fuerzas como tenía por costumbre, pero aquella vez yo la aparté bruscamente. Ni siquiera podía mirarlo a los ojos después de mi deshonroso sueño. Me sentía culpable y muy avergonzada, y juré que nadie jamás se enteraría.

-No hay tiempo que perder, chicos, Moira os espera fuera- Thaaly comenzó a tocar los troncos de unos cuantos árboles, hablando en la lengua del bosque. Éstos parecieron despertar de un profundo letargo, y desperezándose, se retorcieron y se separaron lo suficiente como para permitirnos pasar. Uno a uno, mis compañeros fueron avanzando, Y Thaaly les dedicaba a todos palabras de aliento seguidas de una cariñosa palmada en la espalda. A mí me estrechó unos segundos entre sus brazos, susurrándome que fuera valiente. El último en cruzar el portal fue Joseph, a quien Thaaly hizo detenerse.

-Por favor, ten mucho cuidado...

-Sabes que lo tendré, todos lo tendremos.

-Te quiero de vuelta pronto. Aquí, conmigo. ¿De acuerdo?

-Thaaly...

Sin previo aviso, Thaaly alzó el rostro, y delante de todos, besó a Joseph en la boca con fuerza.

-Te amo.

-Thaaly, por favor, no lo hagas más difícil...-Joseph parecía en aquel momento mucho más joven de lo que era en realidad. 

-Sólo quería recordártelo. Adiós, Joseph.

Él cruzó la frontera, y en un abrir y cerrar de ojos, los árboles se habían vuelto a unir formando una barrera impenetrable. Durante unos minutos nos quedamos allí parados, sin saber bien qué hacer, pero pronto Moira apareció corriendo a nuestro lado.

-Buenas noches, compañeros. Espero que hayáis descansado, porque a partir de ahora no podréis dormir. Antes de ponernos en marcha para cruzar las fronteras del bosque, me parece que lo más conveniente sería hacer una hoguera y esperar a que amanezca al calor del fuego.

Nadie puso objeción al plan, así que tras caminar unos minutos, nos sentamos sobre un oscuro suelo de tierra (Me apresuré a ponerme las botas para no pisar aquel suelo áspero y punzante) y en silencio, esperamos a que Moira encendiese una hoguera. Era bastante habilidosa, así que pronto tuvimos luz y calor.
Los muchachos no paraban de cuchichear en voz baja, y yo dormitaba, apartada de todos, entre el sueño y la vigilia. Suri y Panta susurraban entre sí apresuradamente. Las miré apenada, pues ellas no nos acompañarían hasta Gubraz; Su taberna las necesitaba y debían volver a Hiedrazul con presteza.

-Eh, nada de dormir en estas horas, ¿De acuerdo?- Moira se sentó a mi lado, adoptando su ya clásica postura, rodeándose las rodillas con los brazos y apoyando en ellas el mentón.

Sin poder evitarlo, apoyé perezosamente la cabeza en su hombro izquierdo.

-¿Por qué no puedo dormir? Estoy verdaderamente exhausta, Moira...

-Vamos, no seas niña, incorpórate, tus ojos tienen que acostumbrarse al cambio de luz... ¿Quieres quedarte ciega?

-¡No!-Exclamé, incorporándome muy firme de repente- Bastante tengo ya con todo este asunto... -El agotamiento y los nervios volvieron a apoderarse de mi pequeño ser, y volví a apoyarme lentamente en el hombro de Moira- Dios del cielo, dame fuerzas...

-Demonios chica, ¡Ten un poco de espíritu!- Me zarandeó ligeramente, y yo gemí debilitada- 
 ¿Cómo puedes estar tan agotada? Has dormido unas cuantas horas. ¿O es que acaso has tenido el sueño inquieto? 

-Yo... la verdad es que sí.

-Oh, Nadia...- Moira agarró mi mano con cariño- Sé que estás muy asustada y preocupada por todas tus desventuras, pero no debes temer nada. Creo que ya has logrado hacer lo más difícil. Sinceramente, jamás habría creído que llegarías hasta las tierras de Thaaly desde Campoflorido completamente sola si no me lo hubieras contado tú misma. A partir de ahora, debes pensar que sólo tienes que encontrar a un caballero. Nada más, sólo pedirle que te ayude... ¡Si es un caballero del rey no podrá negarse! Además, llevas un buen número de hombres a tu lado... Sé que todos te defenderán, especialmente Axel... para algo es tu paladín. En fin, si me permites la observación, me atrevería a decir que pronto estarás de vuelta en casa, ayudando a Liana a recuperarse, ¡Verás como sana muy pronto, y todo gracias a ti!

-¿Y si te dijera... que no es eso todo lo que me preocupa?

-¿Qué? ¿A qué te refieres?

- Moira...- Fijé la vista en la hoguera una vez más, buscando apoyo en el fuego, sin atreverme a mirar los ojos de mi amiga- Te contare mi secreto. Llévatelo contigo al bosque...

-¿Cómo dices?

- No os lo he contado todo... Liana no es la única razón por la que huí de Campoflorido.

-¿Hay más? ¿Cómo es posible?

-Moira... estoy prometida.

Sentí sus ojos de miel clavarse en mí.

-¿Estás qué? Pero... ¿Pero con quién?

- Con un caballero...- Bajé la voz todo lo que pude al pronunciar el nombre maldito- Flavius de Bosqueumbrío, de las tierras del norte... Ni siquiera lo conozco.

-Me temo que yo tampoco, su familia no debe estar en el círculo de lord Highcrag, pues nunca he oído ese apellido antes... ¡Maldita sea! ¿Por qué te han hecho esto Nadia? Aún eres joven... Ni siquiera llevas anillo...

-Me escapé antes de que su enviado llegara... Pero...

-Pero ¿Qué?

-¿Y si te dijese que ni siquiera mi compromiso es el mayor de mis pesares, Moira?

-Entonces, ¡Por el bosque! ¿Qué es lo que te ocurre?

-Creo... Creo que estoy enamorada de Axel.

Al contrario de lo que esperaba, no me sentí la mayor pecadora del mundo tras pronunciar las palabras que tanto me pesaban en el corazón en voz alta. Por el contrario, sentí un gran alivio que no esperaba encontrar en mi interior, y Moira, en vez de condenarme o juzgarme, me sonrió.

-Querida niña... Por supuesto que lo estás, ¿Acaso lo has dudado?

-Es algo tan...confuso- Una lágrima amenazó con rodar por mi mejilla- ¡Ni siquiera puedo pensar en ello! Y sin embargo...

-Sin embargo lo sabes, por supuesto. Oh, Nadia, no eres nada discreta, ¿Lo sabías? No logras ocultar las miradas que le diriges...

-¡Moira!- Cubrí mi rostro con ambas manos, temiendo que se volviera más rojo que el fuego.

-¡No es culpa tuya! Los sentimientos no se controlan, ¿No somos todos personas mortales? Además, no debes preocuparte... él te corresponde.

-¡Moira, por el amor de Dios!

-¡Es la verdad! Él tampoco puede ocultarlo...

-Moira, te lo ruego...

-Está bien, no diré nada más, no quiero entristecerte... Pero no debes sentirte mal por lo que sientes. Nunca, ¿Me oyes? Recuérdalo.

Poco a poco, las tinieblas de la noche fueron esfumándose, como el calor de nuestra hoguera, y la luz más pura de un nuevo día apareció ante nuestros ojos. Al amanecer comprendí que una vez más, Thaaly y Moira llevaban razón: Tras tanto tiempo viviendo en el bosque, el astro rey me resultaba cegador, haciendo que los ojos me picasen. Si no hubiera visto amanecer poco a poco, realmente no habría podido mantenerlos abiertos.
Cuando las últimas ascuas de la hoguera dejaron de brillar, Moira se levantó muy decidida.

-Bien, es hora de marcharnos. No hay tiempo que perder, el sol acaba de salir, pero antes de que nos demos cuenta estará dando paso a la luna de nuevo.

Al estirarme perezosamente y agarrar mi pesado zurrón, me sorprendí al ver que los carromatos de los juglares estaban allí, con sus caballos regordetes esperando para partir en cualquier momento. Aunque sabía por experiencia propia que la magia del bosque podía lograr cosas imposibles, no pude evitar soltar una exclamación ahogada. Moira se rió por lo bajo, y los muchachos, al ver sus pertenencias, parecieron verse renovados por una nueva y flamante energía.
Pronto nos despedimos de Suri y Panta, quienes nos desearon el mayor de los éxitos entre lágrimas y sollozos ahogados. Yo las abracé muy emocionada, asegurándoles que la próxima vez que las viera, lo haría en compañía de Liana. Las hermanas partieron hacia el oeste a pie, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba pasando, estaba subida en el carromato grande junto con Joseph, Dante y Moira, mientras que Axel, Jaques, Telmo y Kamal nos seguían en el pequeño. Moira se apresuró a señalar el camino al norte a través del bosque, y los caballos avanzaron rápidamente.

A medida que avanzábamos, podía ver las flores de colores desapareciendo. El suelo cada vez era menos verde y más marrón y áspero, lleno de tierra seca y dura. Los árboles eran mucho menos numerosos a cada milla que avanzábamos, y parecían faltos de color, ridículamente pequeños y vacíos, como si les faltase algo. Comprendí enseguida que lo que les faltaba a aquellos árboles era un alma humana en su interior. Con una desagradable sensación de frialdad recorriéndome el cuerpo, me conformé con dejar pasar el tiempo tumbada en la parte descubierta del carromato, mirando al despejado cielo de primavera. Al fin y al cabo, el cielo era la cosa azul más bonita que había encontrado para mirar, después de los ojos de Axel, pero lamentablemente y aunque lo anhelase, no podía pasar largas horas mirando a mi paladín. Mis sentimientos al fin y al cabo debían permanecer completamente ocultos.

Ni siquiera nos detuvimos para comer, ya que todos teníamos muchísima prisa por llegar a nuestro destino. Moira no cesaba de dar indicaciones a Joseph, que dirigía al caballo con presteza por atajos y caminos enrevesados. Poco después del medio día, Moira anunció con gran satisfacción que pronto llegaríamos a las inmediaciones de Gubraz. Yo, que no podía creer de verdad que el final de aquel infierno en el que vivía estuviese próximo, sentí cómo mi corazón latía cada vez más rápido.
Unas pesadas y plomizas nubes grises empezaron a arremolinarse sobre nuestras cabezas. Las primeras gotas gruesas comenzaron a caer sin piedad justo en el momento en el que vislumbramos un camino de tierra en la lejanía. El bosque se acababa, La ciudad nos esperaba por fin.

Joseph frenó a los caballos lentamente, y ambos carromatos se detuvieron justo en la frontera entre el bosque y el camino descubierto. Todos desmontamos para estirar un poco las piernas, pues llevábamos viajando desde el amanecer. Thaaly recogió el pequeño macuto que había llevado consigo durante todo el viaje y habló en voz bien alta y con decisión, como tenía por costumbre dadas sus dotes de líder:

-Nuestros caminos se separan aquí, amigos. Debo marcharme presta, en el campamento las amazonas llevan demasiado tiempo sin mí.

-Pero ¿Cómo vas a hacer para volver sola y a pie? ¡Estamos lejísimos del bosque mágico!

-Eso no debe preocuparte en absoluto, Nadia-Me miró sonriente y confiada- Por cierto, ¿Puedes acompañarme un momento?- Sin esperar a que yo respondiese, me agarró del brazo y caminó unos metros, hasta apartarnos a ambas de la vista de los juglares.

-Quiero decirte algo antes de que os vayáis...

-¿Qué es, Moira?

-He decidido que no es justo.

-No es... ¿Justo?- Parpadeé varias veces en silencio, sin comprender- ¿Qué no es justo?

- No es justo que yo vaya a llevarme el secreto de tu corazón al bosque y que tú no te lleves a cambio el mío a la ciudad. Y tampoco es justo que te diga que no debes avergonzarte de tus sentimientos si soy yo la que en realidad se avergüenza de lo que siente.

-¿Tu secreto?

-Nadia... ¿Cuidarás de que Dante no se meta en líos, por favor? Sé que si se empeña en hacer algo peligroso acabará haciéndolo... ¿Intentarás disuadirle? Yo... no creo que pudiera soportar que ese torpe pusiera en peligro su vida...

-Pero, entonces.... ¿Dante...?

-Él es importante para mí, Nadia, mucho más importante de lo que me gustaría... Me salvó alimentándome aquel día, pero lo más importante es que desbordaba tanta ilusión y tanto amor por la vida, que me quitó las ganas de morirme. No lo habría logrado si Dante no hubiese aparecido... Y por eso, yo le....

-¡Oh, Moira! ¿Le amas, verdad? ¿Es eso?

-Eso lo dices tú, no yo...-Moira apartó un segundo la mirada, como si mis locuras de niña infantil no fuesen dignas de ser oídas, mas no pudo ocultar un ligero rubor que tiñó sus mejillas, dándoles un irresistible color rosado que la hizo parecer, a mis ojos, dulce y más encantadora que nunca.

-Moira, te lo ruego... ¡Él debe saberlo!

-Desde luego que no. Y puedes jurar ahora mismo que no se lo dirás, o te juro que no volverás a verme jamás en tu vida.

-¡Claro que no lo diré, no me corresponde a mí! Pero querida amiga, te lo ruego, no dejes que su corazón viva más pesares...

-Es imposible, Nadia.

-¡No lo es, no lo es en absoluto! Ya no estás prometida, nadie va a buscarte jamás,  ¡Podrías empezar una vida nueva y feliz y recorrer el mundo entero junto a Dante! ¿Sabes lo que daría yo por...?

-Ni se te ocurra decir eso- Un fuego vivo llameó por unos instantes en los ojos de Moira, haciéndome callar abruptamente-  Nunca jamás desees nada parecido a haber tenido algo como mi vida. No te lo permito.

-Por favor Moira, sólo quería decir que...

-Lo sé- Profirió un largo suspiro- Esa inconsciente bondad tuya parece no tener fin. Tienes el corazón demasiado puro, Nadia... debes tener cuidado. Los corazones puros son las presas más deseadas por el mal.

-Nada malo pasará. Estoy convencida de que Gubraz es una ciudad próspera, rica y segura... Y además, los muchachos me protegerán bien.

-Eso espero... Ya sabes lo inútiles que pueden ser los hombres.

-Moira, ese lenguaje...-Nos fundimos en un abrazo fuerte y lleno de cariño.

-Te prometo que traeré de vuelta a Liana-Susurré, entrecerrando los ojos para evitar que cayeran lágrimas.

-Sé que lo harás- La oí responder con la voz algo tomada. Dejó de abrazarme, y cuando abrí los ojos, de repente ya no estaba. Tan repentino e imposible parecía todo aquello, que no pude más que gritar su nombre, girándome en todas direcciones para buscarla desesperada.

-¿¡Moira!? ¡MOIRA! MOIRA, ¿DÓNDE ESTÁS? MOIRA POR FAVOR...

-Es inútil- Era la voz de Dante la que hablaba a mi espalda. Me giré preocupada, y lo vi aparecer entre la maleza acompañado de Jaques y Telmo- No la busques, no vas a encontrarla.

-Moira siempre se comporta así. Es como el viento que sopla... Está a tu lado, y de un momento a otro... ¡Se esfuma!- Explicó Jaques dramáticamente.

-Nunca se despide de nosotros. Siempre es ella la que nos encuentra y luego nos deja... No sabemos cómo lo hace... pero no falla- Telmo lucía un semblante serio al explicarme el misterio de Moira.

-Y como es ella la que no quiere que la encuentres, nunca la encontrarás. Créeme, yo la he buscado demasiadas veces...-Completó Dante, con los ojos fijos en la lejanía, en el bosque.

-Así que... ¿Se ha ido?

-Efectivamente, pequeña. Y nosotros también debemos irnos- Jaques tomó mi mano elegantemente y me guió de vuelta a los carromatos.

-Moira se ha marchado de nuevo, ¿No es cierto?-Joseph nos miró con una expresión que me indicaba que sabía muy bien de lo que hablaba. Ante el asentimiento general por parte de los muchachos, se encogió de hombros, y profiriendo un ''Esta muchacha no tiene remedio'' volvió a montarse en el carromato grande, e indicó a todo el grupo que hiciese lo mismo. Kamal volvía a conducir el pequeño, acompañado de los gemelos.

Dante me ayudó a subir a la parte cubierta del carro grande, para refugiarnos de la espesa lluvia. Me sorprendió un poco ver a Axel sentado allí con su espada entre las manos, ya que le creía bien refugiado en el otro carromato. Me senté en el suelo de madera, próxima a él aunque guardando un poco la distancia.

-Hola- Comenté- ¿Qué haces en este carromato?

-Oh, he cambiado mi posición porque mi espada estaba aquí, y tengo que afilarla.

-Ya veo... ¿Por qué?- Me sentía un poco estúpida manteniendo una conversación tan simple.

-Bueno, nunca se sabe lo que puede pasar, ¿Verdad? Al fin y al cabo, Gubraz es una ciudad desconocida, y nuestra misión es encontrar a un caballero misterioso que puede moverse por ambientes digamos... no muy agradables. Hay que estar preparados para un duelo, ¡Siempre!  

-Creí que Gubraz no te era desconocida... ¿Acaso no pasaste allí dos años formándote como caballero?

-Efectivamente, querida dama... Pasé dos años en Gubraz, pero nunca en la ciudad. Vivía y me entrenaba en la villa de las cinco espadas, una parte de la ciudad construida por los antepasados del difunto rey Todrík... Está reservada sólo para nobles y soldados, y por supuesto está separada del vulgo por la distancia y también por una gruesa muralla de piedra impenetrable.La villa tenía su propio mercado, tabernas y hospederías, por lo que nunca tuve la necesidad de caminar por la parte más baja de Gubraz.

-¿Me estás diciendo que no sabes cómo moverte a través de las calles?

-No tengo ni la menor idea.

-Pues espero que Joseph y los demás se den las suficientes trazas como para que no acabemos perdidos eternamente- Solté un sonoro suspiro y entrecerré los ojos, sintiéndome agotada a pesar de no haber desempeñado ninguna labor física en todo el día.

Aún llovía cuando Joseph anunció en alta voz que estábamos llegando a Gubraz. De un solo brinco, me aparté del lado de Axel, que aún afilaba su espada con movimientos lentos y cuidadosos, y me asomé ansiosa por ver la ciudad más grande de todo el reino por primera vez en mi vida. Él me imitó, y lo mismo hicieron los muchachos en el otro carro.

Ciertamente esperaba sentir muchas emociones, pero la visión de Gubraz no me provocó absolutamente nada de lo que esperaba: Sentí miedo al contemplar los muros de piedra más oscuros, gruesos y altos que había visto en mi vida. Las murallas que rodeaban la ciudad se extendían mucho más allá de donde alcanzaba mi vista, y era incapaz de contar cuantas puertas de entrada a la ciudad había, todas erigidas tras sólidos puentes levadizos que rodeaban enormes fosos. Por todas partes había torretas de vigilancia, y sólo lograba distinguir humo, negro y espeso, que salía de las cientos y cientos de casas, tiendas y puestos que había repartidos por todo el interior de la ciudad. A lo lejos, como en una ensoñación, distinguí la silueta del ingente castillo del príncipe Alan en la cima de una colina. Según lo que me había contado Axel, la villa de las cinco espadas debía estar bastante próxima al castillo, aunque no logré verla. 
Parecía un lugar frío, destrozado y peligroso, y no la ciudad próspera y animada que yo había construido en mi imaginación. Me sentí desalentada de repente; ¿Cómo se suponía que iba a poder encontrar al caballero de oro, a Flavius, en aquella enormidad cruel y oscura?

Gracias al gran número de puertas que había, no tuvimos que esperar mucho tiempo para entrar, a pesar del constante trasiego que se vivía. Al atravesar el portón de piedra, un guardia fornido, sin un sólo pelo en la cabeza, hizo que nos detuviéramos bruscamente, provocando que los caballos piafaran nerviosos.

-¿Cuántos carros?-Preguntó como en un ladrido, sin ningún tipo de gentileza.

-Dos-Respondió Joseph en un tono parecido.

-¿Eres tú el que está a cargo?

-Sí.

-Se dice ''Sí, señor'', paleto.

Noté cómo Joseph tensaba la mandíbula al apretar los dientes, pero no hubo ninguna respuesta mordaz.

-Sí, señor.

-Nombre.

-Joseph Shepherdson.

-Ocupación.

-Comerciante.

-¿Comerciante de qué? ¡Vamos hombre, no tengo todo el día!

-Pues de todo un poco, oiga: utensilios de cocina, telas y metales... Las cosas que las mujeres necesitan en sus casa, todo a un precio buenísimo y...

-Esta bien, basta de parloteo inútil, me pone enfermo...-El guardia echó un rápido vistazo a los dos carros, y parecía estar a punto de dejarnos pasar cuando su mirada se posó en mí, mirándome de arriba a abajo.

-Una cosa más... ¿Acompañantes?

Joseph resopló sonoramente, dando una clara imagen de su molestia.

-De verdad... ¿Es necesario?

-¿Os oponéis acaso a la autoridad de un guardia de su majestad? ¿Sabéis cuántos hombres han muerto por menos de eso?-Se llevó rápidamente la mano a su cinturón, del que colgaba la funda de una espada.

-Está bien, está bien...- Joseph se bajó del carro, y fue señalando la cara de cada uno mientras hablaba- Los gemelos son mis hijos, el moro, que no habla bien nuestra lengua, es mi socio, y tanto el muchacho rubio como el pelirrojo son mis sobrinos. Todos son comerciantes como yo y trabajan en mi negocio.

-¿Y la muchachita?- Una sonrisa que sólo puedo calificar como perversa se dibujó en el rostro del guardia- ¿Está en venta? Se la compro. Pagaré bien.

Sentí cómo mi cara se retorcía en una mueca de indignación y espanto. ¿Qué demonios decía aquel individuo? Pero antes de que pudiese pronunciar un sólo grito de protesta, Joseph volvió a hablar, con la voz más tensa que nunca y una sonrisa muy forzada en el rostro:

-Oh, creedme cuando os digo, señor, que tampoco a mí me es agradable llevar a una muchachita tan joven y ruidosa con nosotros, pero no me corresponde a mí el tema de la negociación... Es mi sobrino, que es su marido, el que debe deciros si ella está en venta o no... Esto, ¿Axel?- Clavó sus ojos de esmeralda en Axel, cuyo rostro era el vivo retrato de la rabia.

-Por supuesto que no está en venta, querido tío- Su voz sonaba fría y amenazante.

-Ni por... ¿Quince monedas de oro puro? Vamos muchacho, estoy seguro de que no has visto en tu vida una cantidad de dinero así.- El calvo seguía sonriendo, bien seguro de sus palabras.

-He dicho que no está en venta- Axel sonó mucho más alterado y agresivo la segunda vez, y con un gesto brusco, agarró mi cintura y me atrajo contra su pecho, en una fuerte declaración de autoridad sobre mí. Yo no podía pronunciar palabra. El hombre resopló, visiblemente disgustado, y gritó malhumorado:

-Menudos comerciantes sois, si no sabéis ver un buen negocio cuando lo tenéis delante de las narices. ¡Fuera de mi vista, y así os arruinéis entre estas murallas! ¡LARGO!

Sin pronunciar una palabra más, nos perdimos entre las ruidosas y malolientes calles de Gubraz como si nos persiguieran mil demonios. Había dejado de llover y el cielo mostraba un precioso color anaranjado, prometiendo un bello atardecer. Pero en mi interior todo era más oscuro y frío que nunca.

-¿Qué... demonios ha sido eso?-Logré murmurar por fin, pálida y atónita por lo sucedido.

-Eso ha sido- Respondió Joseph- Una de las mejores improvisaciones de mi vida. Os juro que no sé cómo he sido capaz de inventarme toda esa historia en tan pocos instantes... Señor, me estoy haciendo mayor...-Se llevó una mano al corazón e intentó respirar profundamente.

-Pero... ¿Por qué no has dicho simplemente que erais un grupo de juglares...?

-Si en una ciudad dices que eres comerciante te dejan pasar a vender. Si eres artista te maldicen y te llaman hijo del diablo y pecador- Explicó Dante- Es duro, pero es así. Siempre que vamos a una ciudad en la que no se celebra un festival, decimos que somos comerciantes. Aunque nunca nos había preguntado tantas cosas como hoy- Resopló disgustado.

-¿Cómo... cómo se ha atrevido a preguntar si yo...?- Ni siquiera pude terminar la pregunta, sentía un puro horror recorriendo mi cuerpo.

-Es algo bastante común en el mundo de fuera de la corte, Nadia- Joseph seguía visiblemente nervioso- Pero te recomiendo no pensar más en este asunto, ya que al fin y al cabo todos hemos salido airosos de él.

-Malnacido insensato...-Murmuré, escupiendo el veneno en el que se había convertido mi miedo- Si hubiera tenido la mínima idea de a quién se estaba dirigiendo... Juro que mi padre lo hará matar en cuanto vuelva a Campoflorido...

-Eso no será necesario- Axel farfulló a mi lado, y me agarró la mano sólo un instante, como era su costumbre, antes de seguir hablando con los ojos y la voz más congelados que nunca- Te aseguro que lo mataré yo mismo en cuanto completemos nuestra misión.

-Hablando de misión... ¿Alguien tiene la más mínima idea de qué debemos hacer ahora?- Dante nos miró a todos alternativamente, con la duda reflejada en los dos zafiros que tenía por ojos.

-Yo sí- Declare decidida, y señalé con el brazo- Joseph, toma el camino que te plazca, pero no te desvíes de esa dirección. Vamos ahora mismo al castillo de Gubraz.