jueves, 2 de junio de 2016

''El romance de Nadia'' Capítulo 20

Capítulo 20


Desde que abandoné Campoflorido, había llorado más veces que en toda mi vida, había pasado hambre, frío, dolor y pobreza, cosas que eran impensables y completamente desconocidas para mí... Me había hecho, de algún modo, más fuerte y decidida. Finalmente, el castillo de príncipe Alan se erigía ante mis ojos, más cerca que nunca y prometiéndome un fin cercano a la pesadilla en la que se había convertido mi vida. Allí estaba la llave para liberar a Liana, al final del retorcido camino que formaban las calles de Gubraz,  un camino realmente enrevesado, un camino que nos guiaba... a ninguna parte.

-¡Por todos y cada uno de los ángeles que habitan en el cielo! ¿¡Es que no vamos a llegar nunca al maldito castillo!?

Joseph, Axel y Dante giraron sus rostros hacia mí al oírme proferir tal grito.

-Cálmate, niña... lo estamos intentando, ya sabes que las ciudades grandes son muy complicadas...

-¡No, no lo sé, Joseph, no tengo ni la más remota idea! ¡Y tampoco comprendo por qué llevamos desde la tarde dando vueltas y revueltas por caminos, mercados, plazas y callejuelas y aún no hemos dado con el sendero que conduce a ESA colina!- Señalé enfurecida la enorme colina sobre la que destacaba el ingente castillo. Efectivamente, desde que habíamos cruzado las puertas de la capital del reino, habíamos vagado con nuestros carros intentando, en vano, encontrar la calle correcta que nos llevara al sendero real. Las callejuelas de Gubraz eran engañosas, y cuando más cerca parecíamos estar, un giro inesperado del camino nos hacía acabar en una plaza atestada de gente, en un barrio lleno de niños muertos de hambre, o en una ocasión incluso en una calle llena de casas de meretrices, donde una mujer a las puertas de la vejez preguntó a los muchachos si querían los servicios de ''sus niñas'' o si al menos estaban dispuestos a venderme.

Ante tales afrentas, las más duras y constantes que había sufrido en mi vida, no era de extrañar que mis esperanzas se hubiesen esfumado a la misma velocidad a la que un rayo recorre el cielo un tarde de tormenta. Pasé del enfado a una desesperación cada vez más acuciante. Debía llegar al castillo antes de que se pusiera el sol, o se cerrarían las puertas.

Finalmente, cuando toda esperanza estaba perdida y me limitaba a mirar el techo del carromato grande tumbada entre los bártulos que poseían los juglares, Joseph profirió un rugido de triunfo. El camino se abría ante nosotros y el sol aún no había decidido acostarse entre las nubes. Azuzó a sus gordos caballos con fuerza, y Kamal y los gemelos nos siguieron a buen ritmo. El camino, empinado y serpenteante, estaba desierto. Recé cuanto sabía para que pudiésemos llegar a tiempo. 

El castillo de Gubraz era, sin duda, el edificio más grande en el que había estado jamás, mucho más grande que mi propio castillo, mucho más grande que los árboles del bosque mágico, pero no pude fijarme en el momento en el que alcanzamos una de sus muchas puertas. Lo único que mis ojos vieron fue a dos soldados, vestidos con uniformes hechos de pieles oscuras y cuero y con la piel muy pálida, cerrando las puertas lenta y pesadamente. Me aterroricé tanto que no pensé ni un segundo en lo que hice a continuación. Salté del carro, haciéndome bastante daño en un costado al caer al suelo, y me levanté rápidamente, corriendo hacia la puerta mientras me quejaba de dolor:

-¡NO! NO LO HAGÁIS. PARAD, ¡PARAD, OS LO RUEGO!

Los guardias me contemplaron, atónitos. Parecían no poder creer que una chiquilla vestida de harapos hubiera tenido el valor de gritarles que se detuvieran. Francamente, yo tampoco lo creía.

-Pero ¿¡Qué significa esto!?-Escupió con odio uno de ellos.

-Necesito ver al príncipe Alan. ¡Es un asunto de vida o muerte!

-¿Al príncipe Alan?- El otro guardia miró a su compañero y me señaló con un dedo, con una verdadera expresión de incredulidad dibujada en el rostro- ¿La has oído igual que yo? ¡Dice que quiere ver al príncipe Alan! ¡A su majestad!

-¿Cómo puedes atreverte siquiera a mencionar su nombre, sucia mendiga?-El primer guardia alzó su mano derecha y se dispuso a arrearme una buena bofetada, que yo esquivé de un salto, atemorizada.

-¡Por piedad, deteneos! No lo comprendéis, soy Nadia de Campoflorido, hija del duque de Campoflorido, de las tierras del sur... No por favor, puedo demostrarlo!- Exclamé lo último mientras esquivaba otro feroz golpe. Me apresuré a tirar del sucio cordón del que pendía mi colgante y lo mostré, anhelando que me permitieran entrar al castillo de una maldita vez.

Sin embargo, el guardia que había intentado golpearme me agarró del brazo, aprisionándome con una fuerza sobrehumana. Acercó su rostro apenas a unos centímetros del mío y gritó con fuerza, aturdiéndome:

-¿DE DÓNDE HAS SACADO ESTO? ¿SABES QUE ES UNA JOYA? ¿A QUIÉN SE LO HAS ROBADO? ¡TE HARÉ COLGAR, MALDITA NIÑA!

-¡No lo he robado, es mío! ¡Soy Nadia de Camp...

-¡CÁLLATE! -Giró la cabeza hacia su compañero, que se rascaba la cabeza atónito- ¿Puedes creerte esta desfachatez?

-La...¿La encerramos?- Preguntó simplemente el otro.

-¿Encerrar? No gastaré ni un instante de mi tiempo en encerrar a una rata callejera. A las ratas no se las encierra, se las mata...

-¡POR FAVOR, ESCÚCHEME!- Forcejeé intentando librarme del centinela, pero su fuerza era terrible e imposible de vencer para mí. Me dirigió un mirada cargada de ira, y entonces...

Una voz pausada y llena de frialdad, mi voz favorita en el mundo entero, resonó a nuestras espaldas.

-Si yo fuera vos no haría eso.

-¡Axel, ayúdame!- Exclamé desesperada.

-Soltadla, o el duque de Campoflorido os hará arder en una hoguera hasta que muráis, y alimentará a sus perros con vuestra carne quemada . Y si no lo hace él, lo haré yo.-Axel blandía su espada, que había sacado de su elegante funda de cuero negro, atada a su cadera, y apuntaba con ella al guardia, quien si antes no daba crédito a mi presencia, parecía en aquel momento no creer ni en sí mismo.

-¿¡Pero es que hoy se han juntado por designio de Dios todos los locos de Gubraz!? ¡Tú, agarra al muchacho!- Ordenó a su pusilánime compañero. Este avanzó, concierta vacilación, hasta Axel, quien siguió hablando con su tono amenazante pero calmado:

-Tócame y habrás fenecido antes de darte cuenta.

-¡PERO BUENO! ¿ACASO NO SABES QUIÉN ES LA GUARDIA DE SU MAJESTAD EL PRÍNCIPE ALAN?

-¿Y acaso no sabéis vos quién es Nadia de Campoflorido? ¿Sabéis cuál es la condena por dañar a la hija de un duque, que además era tan buen amigo del difunto rey Todrík? No lo repetiré más veces, necio bruto; Soltadla.

-¿PERO TÚ QUIÉN TE CREES QUE ERES, DEMONIO PELIRROJO? TE VOY A...-De repente, el guardia debilucho se acercó a su compañero, y sin perder un momento, susurró algo en su oído, algo tan rápido y tan bajito que no pude distinguir ni una sola palabra. El fortachón que me mantenía presa borró toda expresión de ira de su rostro, y en un instante, manteniendo la mirada fija en Axel, me soltó- Debemos hablar entre caballeros- Profirió con autoridad.

-Desde luego que debemos- Masculló Axel con cierto odio. Me dirigió la mirada más fría que jamás me había dirigido nadie- Entra en el carromato y no salgas a menos que vaya a buscarte. ¡Ya!

Yo puse pies en polvorosa sin atreverme a pronunciar ni una sola palabra de reproche. Lo último que vi antes de desaparecer en el interior del carromato fue a Axel tendiéndole su espada al fortachón, que parecía muy interesado en examinarla.

Nunca unos instantes de espera se me habían hecho tan largos. En el carromato reinaba la tensión, nadie me dirigía la palabra y yo me sentía mucho peor que mal por haber organizado semejante lío. Lo único que quería era ver al príncipe, era de verdad un asunto de vida o muerte y me había presentado con mi colgante como prueba de mi identidad, ¿Por qué no me habían creído? ¿Por qué mi palabra y mis pruebas no bastaban para poder pedir ayuda a nuestro monarca?

Tras unos minutos, que se me antojaron días, Axel volvió, conservando aún su expresión de hielo, tan fría como sus ojos. Apenas me miró al hablarme:

-Ven conmigo.

Salí del carromato rápidamente y le seguí. La puerta lateral estaba ligeramente abierta y los guardias habían desaparecido. Axel estaba muy tenso, y miraba al frente todo el tiempo:

-Bien- susurró- gracias a tu temeraria, inconsciente y absolutamente chiflada aparición, me ha costado muchísimo convencer a estos centinelas de que efectivamente eres quien dice ser, pero finalmente he podido convencerles para que puedas exponer tu problema. Les he asegurado con mi palabra de caballero que el asunto es de vida o muerte, pero no podrás insistir mucho, de hecho, no podrás hablar mucho, y ni se te ocurra ponerte impertinente porque no consentirán ni una sola afrenta más, ¿Te ha quedado bien claro?

-Yo... sí.- Me sorprendía oír hablar al dulce Axel con tanta aspereza. Hacía que me sintiese mal, pero si el asunto era verdaderamente tan delicado, convenía andarse con todas las precauciones posibles.

Los guardias, efectivamente, nos esperaban dentro, en un pequeño patio interior de los muchos que se encontraban repartidos por todo el castillo. El fortachón sostenía un grueso rollo de pergamino, que posó en una sucia y pequeña mesita de madera que sin duda les servía como lugar de apoyo para beber cerveza y jugar a las cartas durante sus ratos libres. Desenrolló el material sin ningún cuidado y mostró, para mi sorpresa, una lista llena de lo que parecían ser apellidos o nombres de diferentes casas, estirpes y familias. Axel y yo contemplamos el pergamino en silencio, sin saber bien qué hacer. Ante nuestra aparente pasividad, el fortachón comenzó a impacientarse:

-Bueno, mi señora...-Pronunció el apelativo con todo el retintín del que su voz era capaz, cosa que me hizo enrojecer de rabia- ¿Vais a decidiros en algún momento a pedir la audiencia con su majestad, o hemos de perecer esperando por vos?

Abrí la boca para contestar a aquel bruto con mis palabras más cortantes y mi mirada más altiva, pero Axel se me adelantó, casi como si supiera lo que yo iba a hacer y prefiriera impedirlo. Con el semblante aún frío como el hielo, dio un pequeño golpe en la mesa y habló con voz firme:

-No tenemos tiempo para rodeos y misterios. Sabéis quienes somos y a lo que venimos. Abrid la puerta y dejad de intentar confundirnos con lisonjas e historias que no nos incumben. ¿A cuento de qué viene mostrarnos un pergamino? ¡Abridnos las puertas, dejadnos ver al príncipe Alan!

-Su majestad- El centinela hablaba lenta y pausadamente, marcando cada palabra con ironía, como si fuésemos dos niños muy imbéciles e incapaces de comprender ni siquiera las cosas más simples- está terriblemente ocupado cada día dirigiendo el reino y ocupándose de asuntos que no os incumben lo más mínimo. Las gentes que desean una audiencia con él se cuentan por cientos. Sabemos quienes sois, pero desde luego no sois en absoluto importantes como para permitiros ningún tipo de privilegio. Si queréis ver al príncipe Alan, escribid el nombre de vuestra casa en el pergamino, y cuando vuestro turno llegue, un mensajero real irá a buscaros.

-Escribir el  nombre de mi casa...- Miré con más atención la larga lista. ¿De verdad era necesario todo aquello?- Está bien, por el amor de Dios, dadme una pluma y tinta. Estoy harta de estas tonterías- Bajo la atenta mirada de Axel, el guardia enclenque me tendió una sucia pluma y un recipiente muy pequeño con apenas algunas gotas de tinta. Blandí el instrumento de escritura y posé la punta en el pergamino- ¿Y bien?- Pregunté mirando la lista repleta de firmas- ¿Dónde tengo que escribir mi nombre para ser atendida mañana tan pronto como salga el sol?

-Mañana no podréis ver al rey. ¿Acaso no veis que hay tras muchas personas que esperan una audiencia desde mucho antes que vos?

-Bien, en tal caso... Será pasado mañana.

-Claro que no, mi señora- El guardia parecía estar disfrutando con todo aquello- Temo que no habéis comprendido que su majestad estará muy ocupado más de una o dos jornadas.

-¿Entonces cuando demonios podré ver al rey tras escribir mi nombre en este condenado pergamino, si se puede saber?

- No se me dan muy bien las cuentas, mi señora, pero me parece que uno de nuestros guardias irá a buscaros...- Se rascó la barbilla un buen rato, pensativo- Sí, me atrevería a decir que será tras el próximo cambio de luna.

-¿TRAS QUÉ?

-Nadia, tranquilízate- Axel agarró mi muñeca con fuerza para que dejase de temblar.

-¿Que me tranquilice? ¿QUE ME TRANQUILICE? ¡ME ACABA DE DECIR QUE NO VERÉ AL PRÍNCIPE HASTA EL PRÓXIMO CAMBIO DE LUNA! ¿Y TÚ ME DICES QUE ME TRANQUILICE?

Los guardias reían, disimulando sus carcajadas de una forma deplorable. Axel apretó aún más mi brazo, arrancándome una pequeña exclamación de dolor, y dirigió a aquellos hombres otra mirada de hielo. No pude evitar pensar que si fueran de hielo de verdad, aquellos hombres habrían muerto hacía rato. Axel habló de una forma tan autoritaria que los guardias cesaron sus burlas y obedecieron al instante:

-¡Dejadnos solos! Necesitamos deliberar sobre este asunto unos minutos. ¡Vamos!

Así, los guardias se apartaron de la mesita, alejándose tanto hacia el otro extremo del patio que era difícil verles. Era completamente imposible que oyeran ni una sola palabra de lo que dijésemos. Axel soltó por fin mi muñeca, que froté unos instantes para paliar el dolor, Y por primera vez desde que habíamos entrado en el castillo, me miró con sus ojos dulces de siempre, aquellos que yo no podía dejar de contemplar:

-¿ Y bien? ¿Vas a escribir tu nombre en el pergamino sin rechistar?-Murmuró apresurado.

-¿Cómo podría?- Repliqué igualmente nerviosa y en el mismo tono bajo y apresurado- ¿Cómo podría esperar sentada al próximo cambio de luna para que un guardia venga a llamarme después de todo lo que he hecho? ¿Te das cuenta de dónde vengo, Axel? ¡He cruzado medio país en unas condiciones deplorables para llegar hasta aquí!

-No hay otro remedio, Nadia. Te juro por mi honor de caballero que si estuviera en mi mano estarías en presencia del príncipe en este mismo instante, pero no es así. No se me ocurre ninguna alternativa que no acabe en un incumplimiento de la ley y en nuestras cabezas rodando por la plaza mayor de Gubraz.  Creo de verdad que lo único que puedes hacer es escribir tu nombre en el pergamino.

-No puede ser, déjame pensar...- Pasé las manos por mi cabello, unos instantes, sintiendo que el corazón me iba a estallar de nervios- Debe haber algo que podamos hacer...

-Nadia, ya les has oído, no están dispuestos a tratarte con ningún privilegio sólo porque tu situación sea más urgente que la del resto...

-¿Más...urgente?-Clavé mis ojos en los de Axel de una forma tan directa, dolida y repentina, que le vi estremecerse- Mi hermana se está muriendo, Axel. Se muere un poco más cada día que pasa, y está en mi mano salvar su vida y lo que es aún más importante, su alma.

-Te comprendo Nadia... de veras, sé lo que sientes al tener que proteger a alguien a toda costa- Tomó mi mano suavemente de nuevo, como tenía ya por costumbre cada vez que quería tranquilizarme- pero siento decirte que esta vez no se me ocurre nada para ayudarte. Esto sí que es un buen entuerto...

-¿Cómo voy a esperar a que el príncipe atienda a todas estas personas?- Me aparté ligeramente del lado de Axel y acercándome a la mesa, sostuve el enorme y pesado pergamino entre mis manos- ¡Mira cuántos nombres!- Exclamé pesarosa, y comencé a leer en voz alta, desesperada- Athy, Blake, Bodkin, Browne, Darcy, Deane, Font, French, Joyce, Kirwan, Lynch, Martin, Morris, Skerrett... ¡Y muchísimos más! No puedo esperar a que todos estos... ¡OH!

-¿Qué te ocurre? ¿Por qué ese grito ahora? Demonios Nadia, deberías parar de sobresaltarme de esta forma....

-¡Axel, yo... conozco este nombre!

-¿Qué quieres decir?- Axel se acercó y fijó sus ojos en un punto del pergamino, donde uno de mis dedos señalaba tembloroso. Leyó el nombre con algo de dificultad- Sigfred de... Ro...siak? ¿Rosiak? ¿Qué es eso?

-¡Es un pequeño condado que se encuentra no muy lejos de Gubraz! Ni siquiera tiene castillo, son sólo unas tierras, y tengo entendido que los labradores han construido una especie de pequeña aldea para pasar allí la época de la cosecha mientras trabajan con sus familias... las tierras de Rosiak no son muy extensas, pero son bastante prósperas y creo recordar que poco a poco están extendiendo su rango de importancia y...

-Recontra, ¿Y por qué me cuentas eso ahora? Creía que estabas preocupada por Lady Liana, y...

-No, ¡No entiendes nada, Axel! Conozco las tierras de Rosiak porque pertenecen a mi familia.

-¿Cómo? entonces, ¿Quieres decir que ese nombre que está ahí es el de... tu padre?- Axel se rascó la cabeza confuso- Espera, no comprendo nada. Si pertenecen a tu familia, ¿No debería llamarse el condado de Campoflorido?

- No Axel, es... es más complicado que eso.

-En tal caso, tal vez deberías explicarte para que pueda comprenderte, ¿No crees?

Suspiré ruidosamente antes de comenzar a hablar aturrullada y con prisas:

-Verás, estas tierras prósperas que te he mencionado pertenecieron antaño a la familia de mi madre, unos nobles muy bien posicionados de la corte del norte del país. Por lo poco que conozco de la historia, la familia de mi madre adquirió las tierras de Rosiak hace mucho tiempo, y cuando llegó la hora de casar a mi madre, resultó que no estaban muy conformes con mi padre, ya que lo consideraban un joven del sur alocado, presumido y altivo, pero siendo mi madre una de las hijas mayores de la familia, y por tanto difícil de desposar, y viendo que el matrimonio era muy ventajoso y que mis padres se habían caído en gracia,  finalmente accedieron a la espectacular unión e incluyeron en la dote de mi madre las susodichas tierras. El pequeño condado pasó a a ser parte de Campoflorido, aunque siempre conservó su nombre por respeto a los antepasados de mi madre. Hasta que llegó Lord Sigfred.

<<No tenía título nobiliario, pero sí dinero, al provenir de una familia de ricos negociantes. En su juventud logró hacerse caballero, y por todos era sabido que era un buen compañero de mi padre, tanto en el campo de entrenamiento como en las aventuras que vivían en las tabernas. En una ocasión, poco antes de que sus caminos se separasen, Sigfred salvó a mi padre en un peligroso enfrentamiento con dos inconscientes proscritos que se atrevieron a atacar a dos jóvenes caballeros. Como resultado de la pelea, Sigfred se hizo una profunda herida en la pierna. Mi padre, agradecido por su ayuda y conmovido por el sacrificio que su amigo había hecho, le prometió una amistad que duraría lo que les restase de vida a ambos y toda la ayuda que pudiese necesitar de él en cualquier momento.

No volvieron a verse hasta dos o tres años después, estando mi padre recién desposado con mi madre. Sigfred fue a verle en un estado lamentable: Se había casado sólo para enviudar poco después, ya que su esposa había perecido hacía poco tiempo, al dar a luz a una niña que él llevaba en brazos. Se había arruinado y no tenía adónde acudir, y cojeaba, cojeaba de la misma pierna en la que había resultado herido con mi padre. Sintiéndose culpable de una parte de las muchas desgracias de su antiguamente querido compañero, mi padre decidió arrendarle Rosiak por una renta ridículamente pequeña hasta que se recuperase económicamente. Sin embargo, muchos años han pasado, y Lord Sigfred sigue habitando las tierras que en realidad son de mi familia como si fuesen las suyas propias.>>

-¿Y no crees que tu padre debería reclamar lo que es suyo y expulsar de allí a ese caballero?

-Creo que él mismo lo ha pensado muchas veces, pero estoy convencida de que el recuerdo de la antigua amistad que los unía siempre acaba adueñándose de su pensamiento...

-En mi opinión, ese hombre se aprovecha. Tú misma acabas de decirme que las tierras de Rosiak son prósperas y fértiles, por lo que sin duda gozará de una fortuna suficiente como para permitirse devolverle a tu padre su legítima propiedad. No hacerlo y habitar en tierras que en realidad no son suyas como si lo fueran me parece un terrible falta al honor de un caballero, y si yo fuera él sentiría una gran vergüenza de comportarme como una mujerzuela abandonada y aprovechada.

- En realidad él y su hija ni siquiera habitan en Rosiak... como te he dicho es un condado pequeño y ligeramente apartado, y lord Sigfred y su hija, que ya es adolescente según creo recordar, siempre han preferido las comodidades de la ciudad, por lo que...- Me interrumpí súbitamente y miré de nuevo el nombre de la lista- Viven en Gubraz.... ¿Acaso sería posible que...?

-¿Qué te ocurre ahora?

-Calla Axel, necesito unos momentos de silencio.... enseguida lo sabrás... ¡Oh, demonios! Si tan sólo fuese posible...- Me pasé de nuevo las manos por el pelo mientras me movía nerviosa de un lado a otro, dando pequeños pasos cortitos y pensando intensamente en la idea que se me acababa de ocurrir. Finalmente, decidí que era la única solución que podía intentar- Bien, habrá que esperar que funcione. Axel, llama a esos guardias. Tengo un plan.

Los guardias volvieron, pidiéndonos impacientemente que si habíamos terminado nuestras deliberaciones, debíamos escribir rápidamente nuestro nombre y salir de allí en aquel mismo instante, pues la luna estaba a punto de comenzar a brillar en el cielo y las puertas del castillo debían cerrarse.

-Esperen un momento. Creo que he encontrado una solución que será satisfactoria para todos, y sólo tendrán que contestarme a una pregunta más- Anuncié orgullosa.

-Por el amor de Dios, ¿Qué queréis ahora, señora?

-El señor Sigfred de Rosiak, cuyo nombre está escrito aquí... ¿Cuándo tendrá lugar su audiencia con el príncipe?

-¿Qué os hace pensar que voy a decíroslo, si no os incumbe?

-El hecho-dije, remarcando cada palabra con rabia- De que el señor de Rosiak es un muy querido e importante amigo de mi padre, el mismísimo duque de Campoflorido, y estoy segura de que le resultaría muy decepcionante saber que tratáis a su propia hija de una forma tan deleznable cuando os solicita un información sencilla y...

-Esta bien, ¡Basta! el señor de Rosiak...-El guardia fortachón agarró el pergamino y comenzó a buscar el nombre con dificultad, pero su débil compañero, sin duda mucho más instruido en la lectura y la escritura, se le adelantó:

-Aquí pone que la audiencia se realizará dentro de dos días... es uno de los últimos, así que tal vez sea atendido antes de la hora de la cena...

-¡Eso es fantástico!- Repliqué satisfecha- Es mucho mejor esperar dos días que un cambio de luna. Bien, ¿Creen ustedes que sería posible tachar el nombre del señor Sigfred de Rosiak y escribir en su lugar el mío?

-¿Pero qué...? ¡Por supuesto que no!- El fortachón me miró como si yo hubiese perdido el juicio- ¿Creéis que podéis hacer lo que os dé la gana con las reglas o qué? ¿Cuántas veces os hemos dicho que debéis esperar turno?

-Sin embargo creo que se podría hacer una excepción... Como el dicho, el señor de Rosiak es muy buen amigo de mi padre, y estoy segura de que no le importa nada cederme su turno dadas las circunstancias, que son verdaderamente urgentes...-Intentaba hablar calmada, pero estaba a punto de desmayarme en mi interior- No estaría usurpando el turno de nadie, ya que sería un acto voluntario.

-Si el acto es voluntario, nadie puede impedir que se realice- Replicó el fornido- Pero no podemos tener pruebas de ello, por lo que os queda prohibido todo intento de usurpación contra...

-¡Puedo hacer llamar al señor de Rosiak! Vendrá y me cederá gustoso su turno, ¡Estoy segura!

-¡Nadie va a ser llamado a estas horas de la noche! Es más, os expulso ahora mismo del castillo. ¡Habéis desperdiciado vuestra oportunidad, largaos y no os atreváis a volver!

-¡No! os lo imploro, por favor, Sólo quiero solucionar el asunto...

-¡Esuchad!-El guardia flacucho habló con una voz firme, que no había oído hasta aquel momento- Este asunto lo voy a arreglar yo en este mismo instante. Tú-Señaló al fortachón- Fuera de aquí. Ve al almacén a por las armas para hacer la guardia nocturna. ¡Ya!

-Pero...

-He dicho ya.-El segundo guardia entrecerró los ojos en un claro gesto de amenaza, y por fin el guardia agresivo desapareció de nuestra vista, mascullando cosas como ''Esto es un despropósito'' o ''Habráse visto semejante afrenta...''

-No logrará controlar su temperamento jamás, por más que le dejo manejar situaciones nunca llega a buen puerto... Inútil...-El guardia delgaducho se giró hacia nosotros tras murmurar aquellas palabras- Escuchadme. No nos importan vuestros motivos ni vuestras razones. El príncipe está muy ocupado y se ocupa de sus audiencias lo más rápido posible. Lo único que queremos es que dejéis ya de insistir y os marchéis, así que os propongo un trato: Venid aquí dentro de dos días con un pergamino escrito del puño y letra del señor de Rosiak en el que se lea que os cede su turno por propia voluntad, y os dejaremos entrar. Si los guardias de la puerta principal no os creen, mandad a que llamen a Albert, que soy yo mismo, y autorizaré vuestra entrada. Ese es el trato, y no acepto variantes ni cambios, ¿Me oís?

-Por supuesto, Albert- dije a punto de llorar de emoción. Mi plan había dado resultado- Todo se hará como decís. Estoy en deuda con vos desde este momento- Tomé sus manos entre las mías, y las besé un instante, en señal de agradecimiento.

Axel y yo nos marchamos del castillo triunfantes y satisfechos. Yo me sentía agotada, pero con una esperanza renovada tras pensar que todo estaba perdido. No pude evitar suspirar ruidosamente, aliviada, cuando nos montamos en el carromato.

-¿Cómo ha ido todo?- Preguntó Dante atropelladamente en cuanto vio nuestros rostros acercarse.

-Bien...por fortuna- Axel se acomodó en el suelo de madera, y también suspiró ruidosamente- Por muy poco, me atrevería a decir.

-Tienes razón...-Repliqué tímidamente- Menos mal que mi idea ha funcionado, y menos mal que Sigfred de Rosiak ha pedido audiencia con el príncipe...

-Tu idea ha sido asombrosa, Nadia. Has sido muy valiente, estoy impresionado- Axel me sonrió, y sentí, muy a mi pesar, que todo mi rostro y mi cuello se teñían de un rojo vivo. Intenté quitar hierro al asunto torpemente y en cuanto me recobré un poco les contamos a Joseph y a Dante todo lo que había ocurrido mientras nos alejábamos del castillo de Gubraz.

Al llegar de nuevo a las ruidosas calles de la ciudad, que parecía igual de bulliciosa durante la noche, Joseph detuvo el carro e hizo que todos bajásemos y nos reuniésemos. Tras resumir como pudimos la historia para que Kamal y los gemelos pudiesen oírla a grandes rasgos (pues ellos también estaban ansiosos por oír lo que había pasado tras mi temeraria intervención) Joseph propuso alojarnos en una taberna aquella noche, para poder tomar una buena cena que nos ayudase a reponernos y de la misma forma, para poder tener un lugar donde discutir cuáles iban a ser nuestros próximos movimientos. Mis experiencias en tabernas habían sido terribles, pero estaba tan hambrienta y cansada que no tuve fuerzas para oponerme. Así pues, todos nos reagrupamos de nuevo y dirigimos nuestros carromatos hacia la primera taberna grande que vimos, para asegurarnos de que tendrían cobijo y cuadras para los carromatos.

En la entrada, fuimos recibidos por un niño vestido con harapos y con la piel sucísima, que nos guió hasta las cuadras y luego nos condujo hasta la gran puerta de madera. La taberna que habíamos elegido era, efectivamente, muy grande y muy ruidosa, pero no me dio ningún miedo, pues en la gran sala que hacía las veces de comedor reinaba un ambiente pacífico y familiar, lleno de risas, conversaciones que parecían amistosas y olor a comida caliente. No tuvimos que esperar mucho para sentarnos en una mesa que aunque era pequeña para los siete, se encontraba algo apartada del resto. En cuanto nos apretujamos lo suficiente en los estrechos bancos de madera, comencé a hablar muy apresurada:

-Bien, queridos amigos, creo que no tenemos un minuto que perder. En mi opinión, lo que debemos hacer es bien simple: Debemos, debo más bien, ir a hablar con Sigfred de Rosiak, y debo ir mañana mismo y conseguir que firme el permiso para cederme su turno en la audiencia con el príncipe Alan. Personalmente, creo que lo hará de buen grado, así que el único problema que se nos plantea en realidad es...

-Por Dios, Nadia... no logro entender ni una palabra de lo que dices- Dante bostezó ruidosa e indecorosamente- Estoy tan hambriento...

- Deberíamos procurarnos algo para cenar, y después hablar- Añadió Kamal, serio como siempre y visiblemente incómodo. Odiaba los lugares con mucha gente, me había dado cuenta, porque siempre había personas que lo miraban mal al ver su túnica o su turbante.

-Pero mañana...

-Yo también opino que necesitamos unas buenas jarras de cerveza y un cuenco de guiso antes de pronunciar ni una sola palabra más -Jospeh se frotó los ojos tras interrumpirme- Señor, estoy agotado... Me estoy haciendo viejo...

-¡Pobre abuelo Joseph!-Exclamó Jaques, estallando en una sonora carcajada.

-¡No va a poder comer guiso ni tomar cerveza... Tendremos que pedir que le traigan un caldo!-Añadió Telmo, provocando que las risas de su hermano y de Dante se hicieran aún más ruidosas y potentes.Incluso Axel comezó a reírse unos cuantos chistes después.

Mire a los muchachos apenada, y me oí murmurar patéticamente:

-¿Pero es que nadie va a escucharme?

-¡Eh! ¡Ahí va una camarera con una bandeja vacía! ¡Y menuda forma de caminar, demonios!- Jaques se encontraba tan nervioso que incluso señaló a la muchacha con un dedo.

-¡Rápido, vamos a silbarle!-Telmo silbó varias veces, y pronto logró atraer la atención de la camarera.

Llevaba un sencillo vestido gris del que yo habría echado pestes si no fuera porque se parecía bastante al mío. Sin embargo, en nuestros vestidos acababa todo posible parecido: Tenía una melena mucho más larga y espesa que la mía, llena de grandes tirabuzones de un bonito color miel. Los ojos eran de color marrón muy claro, grandes y vivos, y tenía una nariz redondeada y no fina como la mía. Los labios eran gruesos  y relucían con un color rojo vivo, no eran finos y pálidos como los míos, y su figura era mucho más curva que la mía, tanto que el vestido le quedaba incluso un poco estrecho, y podía notar perfectamente sus atributos y la redondez de sus caderas cuando caminaba o se movía. Aquella era una de esas chicas ''Hechas para gustar''. Ninguno de los muchachos, ni siquiera Kamal, podían dejar de mirarla, y ni siquiera podía reprochárselo, pues yo misma no podía dejar de mirarla sintiendo, lo reconozco con vergüenza, un buen ramalazo de envidia que se extendía como veneno caliente por todo mi ser, haciendo que mi piel enrojeciera.

-Bien, ¿Qué deseáis que os traiga para comer?-Preguntó la chica alegremente.

-¿No puedo pedirte a ti?- Jaques guiñó un ojo descaradamente, y todos, incluida la camarera, estallaron en una sonora carcajada. Yo por el contrario me escandalicé ante tal comentario tan terrible, incapaz de creer que mi compañero hubiera pronunciado tales palabras.

-¡Jaques, por el amor de Dios!

-No grites, Nadia, es sólo una broma- Telmo se apartó del rosto una lágrima que amenazaba con rodar por su mejilla mientras seguía riendo por la ocurrencia de su hermano.

-Temo que jamás en tu vida podrías permitirte pedirme a mí como cena, muchachito- La muchacha le devolvió el guiño con descaro, lo que hizo que me escandalizase aún más, y volvió a repetir qué deseábamos cenar.

-Unas jarras de cerveza, unas... cinco-Joseph contó a los presentes con los dedos. Kamal no podía tomar bebidas fuertes y yo odiaba la cerveza, así que Joseph pidió a la camarera dos sidras de manzana- Y siete cuencos de guiso de verduras, por favor.

-Claro... ¿Sin trozos de carne?

-¿Carne? ¡Eso sería perfecto!- Dante miró a Joseph con los ojos brillantes.

-Sería perfecto si pudiésemos pagarla, melón... Olvida lo de la carne-Indicó a la camarera.

-Espera, Joseph- Intervino Axel- Yo viajo con algo más de dinero que vosotros, yo pagaré la carne. No podréis impedir que os invite por esta vez- Hizo un gesto con las manos, dando a entender que todo estaba decidido, y se dirigió también a la camarera- Olvida lo de olvidar la carne, y sirve todos los platos con un buen trozo de cerdo.

-No, todos no-Intervino rápidamente Kamal.

-Es cierto... seis de los siete platos entonces. Espero que no te lo hayamos puesto muy difícil.

-¡Pero bueno! ¿Es que no me creéis capaz ni de recordar un simple pedido?- La chica sonrió abiertamente a todos los muchachos, y digo a los muchachos porque a mí no me dirigió ni siquiera una mirada, y entonces se puso muy seria, en incluso soltó su bandeja en la mesa ruidosamente- ¡Espera un momento! Tú eres Axel, ¿No? ¿No es cierto? ¡Eres Axel Smithson!

Axel la miró algo confuso, los chicos los miraron a ambos, sorprendidos, y yo sólo la miré a ella, rabiosa. Lo que me faltaba, ¿Acaso se conocían? ¿Acaso no había pronunciado ella su nombre? ¿Por qué Axel no contestaba? Una terrible duda asoló mi pensamiento. ¿Acaso aquella muchacha era la tal Galvia con la que se escribía cartas? Mi corazón dejó de latir durante unos instantes, pero inmediatamente, mi mente me hizo comprender que aquello era imposible, pues aquella muchacha no parecía pertenecer a una familia que tuviese dinero para permitirse tener un escudo de armas. Tampoco parecía muy instruida o muy lista. Aunque desde luego, lo que sí parecía era encantada de ver a Axel.

-¡Soy Ámbar! Estoy segura de que mientes si dices que no te acuerdas. ¿La taberna del lobo gris?

-Oh, ¡Claro! ¡Ámbar!-Axel sonrió, visiblemente aliviado por acordarse.

-Hacía muchos meses que no te veía... ¡Por eso he tardado tanto en reconocerte!

-Es natural, llevo meses viajando y alejado de Gubraz... Echo de menos la taberna del lobo gris.

-¿Qué es eso?- Preguntó Dante.

-Era la mejor taberna de la villa de las cinco espadas... El sitio donde me formé para ser caballero. La visitábamos mucho porque cada noche tocaban música y hacían concursos de baile...

-¡Y yo siempre fui tu mejor pareja! ¿No es cierto, Axel?- Ámbar parecía incapaz de borrar aquella estúpida sonrisa de su rostro.

-Bueno... sí que es cierto- Axel se frotó ligeramente el pelo mientras los gemelos, sentados a su lado, le daban indiscretos codazos y se reían mal disimuladamente. Yo estaba más ofendida cada segundo que pasaba. ¿Cómo se atrevía a decir que aquella ordinaria había sido su mejor pareja de baile?- Y hablando de la taberna... ¿Cómo es que estás en el centro de Gubraz y no en la villa?

-Mi tío decidió que nos mudásemos a una taberna del centro, más grande y frecuentada...  El negocio va bien, pero ¡Me dio tanta pena, Axel! Me encantaba bailar...-Suspiró ruidosamente, seguramente para marcar su pecho en el ya apretado vestido, y aquel gesto acabó con la poca paciencia que quedaba en mi pequeño cuerpo:

-Bien, todos lamentamos que aquellos tiempos de dicha acabasen, pero ¿Vamos a cenar en algún momento de esta noche o no?

Todos los ojos se clavaron en mí, y me sentí tan avergonzada que apenas pude pronunciar la frase que dije a continuación:

-Bu...bueno, sólo digo que... ya sabéis, tenemos asuntos muy importantes que tratar y... habéis sido vosotros los que habéis insistido en...

-Tienes razón, Nadia- Joseph miró a Ámbar, que me miraba con condescendencia, como si yo fuera muy pequeña e incapaz de entender las conversaciones de los adultos- Ámbar, estoy seguro de que Axel y tú pasaríais muchas horas recordando vuestras hazañas de danza, pero...

-Por supuesto, lo siento, enseguida traeré todo lo que habéis pedido. Siento haberme distraído...-Recogió la bandeja vivazmente, y ya estaba yéndose cuando se giró, y guiñando un ojo a todos los presentes, murmuró- ¿En qué estaría pensando para distraerme tanto?

En cuanto desapareció de la vista, los muchachos gritaron y silbaron sin cesar, admirando cada palabra que había salido de los labios de Ámbar. Axel parecía algo azorado, y yo sólo pude murmurar que jamás había presenciado tal muestra de descaro y que aquella chica era una chabacana y una completa vulgar, murmullos que nadie escuchó.

Cuando nos trajo la comida, Ámbar se quedó un rato más coqueteando, que no hablando, con los muchachos, especialmente con Axel, y yo no pronuncié ni una sola palabra hasta que no se marchó por fin, a continuar con su trabajo. Supongo que debió creer que yo era una niña enferma o tal vez bastarda que no era capaz de hablar, pero lo cierto era que si hubiese hablado me habrían rechinado los dientes. En cuanto desapareció y tras los lamentos de los gemelos y también de Dante, que aunque vivía enamorado nunca rechazaba el ''privilegio de contemplar la belleza de una muchacha bonita'' como él mismo decía, me apresuré a dar un buen sorbo a mi caldo y a hablar en voz bien alta:

-Axel, no puedo creer que perjudiques tu reputación de esta manera.

-¿Qué?

- Oh vamos, no finjas que no entiendes lo que te digo... ¿De verdad tu aspiración en la vida es llegar a ser un gran caballero muy importante y refinado?

-Sí... al menos eso pretendo.

-Pues jamás he oído de ningún honorable caballero que pasase sus noches danzando indecentemente con taberneras descocadas...

-¡Nadia! ¿Por qué dices esas cosas?- Dante me miró ligeramente preocupado.

-Sólo le recuerdo a Axel que ahora es un caballero del príncipe Alan, y que además es mi paladín y está cumpliendo una misión de vital importancia, y no debería estar pensando en algo tan mundano como una muchacha de taberna. ¡Debería darte vergüenza distraerte de esa forma tan poco noble!

Nadie me contestó, ni siquiera Axel, que se dedicó a comer en silencio. Los juglares se miraban entre ellos, esforzándose por hablar de cosas halagüeñas y divertidas, pero yo sólo era capaz de responder con síes y nos. Había un leve ambiente de tensión en la mesa, un ambiente que en el fondo esperaba que se disolviera poco a poco, pero que no hizo sino aumentar con el paso de los minutos. Sin embargo y a pesar de mi enfado, no me dejé amilanar, y carraspeando ruidosamente, hice varios gestos con las manos para que todos me prestasen atención.

-Bien, como antes os he dicho, mañana debemos ir a visitar a Sigfred de Rosiak. No creo que se oponga a una visita mía, pues siempre ha sido amigo de mi padre y su hija solía pasar mucho tiempo con Liana y conmigo durante su infancia, así que lo único que debemos averiguar es dónde está situado su hogar. Creo que deberíamos empezar por explorar en...

-No hará falta explorar. Hay una solución mucho más sencilla- Interrumpió Axel.

-¿Ah, sí? ¿Y cuál es, si puede saberse?- Comenté, irónica y áspera.

-Le preguntaremos a Ámbar.

-¿¡Qué!? ¿A esa plebeya pobretona?

-¡Nadia, basta ya de hablar de ese modo!- Axel me miró muy serio- He consentido que dijeras cuantas tonterías has querido durante la cena, pero no te permito una sola ofensa más. Ámbar es una buena muchacha, trabajadora y hermosa además de amiga mía. Ella vive en Gubraz, y por lo tanto sabrá cómo ayudarnos con el asunto de Sigfred de Rosiak. La primera regla para ser un buen caballero no es rodearse sólo de personas importantes dejando de lado a las humildes, sino respetar a todos los súbditos del príncipe, sean estos de la condición que sean, manteniendo siempre el honor por encima de todo. Así que no vuelvas a intentar darme lecciones de caballería a mí.

-Toma ya -Susurró Jaques.

-Vaya pico que tiene- Añadió Telmo.

Tras fulminarlos a los dos con la mirada más envenenada que pude poner, giré la vista hacia Axel, que permanecía muy serio. Enrojecí de vergüenza, pero estaba tan enfadada que lo único que pude hacer fue levantar bien alta la cabeza, en un brusco gesto que denotaba la gran ofensa que se había producido contra mi persona. Axel levantó las cejas, pero no se disculpó.

-Como quieras, niña tonta. ¿A los demás os parece bien que pidamos consejo a Ámbar sobre cómo llegar a la casa del señor de Rosiak?

Nadie se opuso al plan de Axel, lo que me hizo apretar los puños con fuerza, llena de rabia. Ámbar fue llamada con presteza, y con más presteza, si es que aquello era posible, acudió a nuestra mesa.

-¡Aquí estoy de nuevo, amigos! ¿Qué deseáis? ¿Más guiso, tal vez? ¿Otra ronda de bebidas?

-No le diría que no a otra ronda de bebidas...-Murmuró Joseph, pensativo.

-Controla tu espíritu, Joseph. Esta vez, lo que queremos es información- Afirmó Kamal.

-¿Información? No comprendo...

-Ámbar, tú conoces muy bien Gubraz, ¿Verdad?

-Claro, Axel... bueno, quiero decir, vivo aquí....

-Exacto. Por eso queremos preguntarte si sabes cómo podemos llegar a la casa de Sigfred de Rosiak.

-Sigfred... ¿de Rosiak? ¿El lord?

-Sí, el mismo. Necesitamos saber dónde vive, queremos ir a su casa.

-¿Por qué queréis ir a ver a un hombre como ese?- Ámbar nos miró a todos, algo confusa, y de repente abrió mucho los ojos y dio una palmada- ¡Ah, ya sé! ¡Queréis ir a pedirle trabajo como criados! ¿No es cierto?

-Claro que no, ¡Menuda desfachatez!-Comenté, alzando aún más la cabeza y sin mirarla.

-No le hagas caso, Ámbar- Comentó Axel sin dejar de mirarla- No es por eso. Son asuntos de caballeros... aunque supongo que podría decirse que es por una especie de trabajo, sí.

-Menudas historias que os traéis vosotros los caballeros siempre entre manos... ¡En fin! Encontrar la morada de ese lord al que buscáis es muy sencillo... Simplemente tenéis que preguntar por la iglesia de la cruz de plata. Su gran casa de piedra es muy próxima a esa iglesia, y la reconoceréis porque es la más grande de todas las de esa zona de la ciudad.

-Gracias por tu ayuda- Dijo Axel- Créeme, nos has ahorrado muchísimo tiempo, que era lo fundamental en nuestro plan ¿No es cierto?-Axel marcó bien cada palabra y yo suspiré ruidosamente, esforzándome por no gritarle lo idiota que estaba siendo.

-...Aunque, ahora que lo pienso-Ámbar posó un dedo sobre sus brillantes y gruesos labios- No creo que podáis entrar en su casa a pedir trabajo mañana. ¡De hecho, creo que será imposible!

-¿Por qué?-Quiso saber Joseph.

-Mañana hay una gran fiesta en su casa, ¡Estará cerrada y vigilada todo el día y toda la noche!

-¿Una fiesta? ¿Qué clase de fiesta?-Preguntó Jaques, siempre interesado en todo tipo de diversiones.

-Toda la ciudad lo sabe. ¡Es el cumpleaños de su hija!

-¿Es el cumpleaños de Gema?- Solté en voz alta, sorprendida por aquel inesperado imprevisto.

-¿Conoces a la hija del señor de Rosiak?-Preguntó Ámbar.

-¿La hija del señor de Rosiak se llama Gema?-Preguntó Dante, y soltó una estridente carcajada- ¡Es un nombre terrible!

-La llamó así porque decía que ella era el tesoro que su difunta esposa le había dejado, era como un tesoro, una joya... una gema. Es un nombre precioso, Dante, y si tuvieras un poco de sensibilidad, podrías...

-Por favor, centrémonos en el verdadero asunto- Terció Kamal, siempre frío y nada dispuesto a dejarse llevar por temas banales- ¿Cómo vamos a ir a esa casa ahora? ¡Habrá guardias por todas partes vigilando que ningún ladrón se acerque a los invitados!

-Si tu amiga la conoce, no creo que tengáis problemas. Buena suerte chicos, me retiro por el momento- Ámbar se marchó con un nuevo guiño y dejándome más exasperada que nunca.

-Tiene razón, si Nadia conoce a la chica no habrá problema. Podremos entrar.

- Pero Kamal, no lo comprendéis... ¡No he sido formalmente invitada!

-¿Y qué? Eres la hija del duque que le arrenda las tierras a su padre. ¿De verdad crees que no te van a dejar entrar en su casa?- Telmo me señaló para dar énfasis a su argumento.

-Pero aún con mi título... No es lo mismo presentarme sin avisar un día cualquiera que el día del cumpleaños de Gema... no es correcto, el protocolo...

-Nadia, creo que no estamos para cumplir protocolos- Dante sacudió su pelo de oro mientras hablaba.

Comprendí que Dante tenía razón, que no había otra alternativa, y tras proferir un enorme suspiro de rendición, decidí dejar mi enfado a un lado durante el tiempo suficiente para que pudiésemos elaborar un plan.

El asunto fue rápidamente resuelto. Al día siguiente me presentaría en la morada de Sigfred de Rosiak, vestida con el vestido blanco que guardaba celosamente en un rincón del carromato grande. Axel me acompañaría, haciéndose pasar por mi escolta personal, bien armado, y también vendrían Dante y los gemelos, que se harían pasar por simples criados. Kamal y Joseph estarían esperándonos con los carromatos en algún punto cercano pero discreto, listos para huir si sucedía algún imprevisto. Nuestro único objetivo era hablar con Sigfred de Rosiak y pedirle que nos concediera el favor de escribir de su puño y letra la renuncia de su turno de audiencia con el príncipe Alan. El plan parecía simple, pero me sentía muy insegura por lo que pudiera pasar en el interior de aquella casa, si es que lográbamos entrar.
Durante la breve discusión, evité dirigirle la palabra a Axel por todos los medios. No podía creer que hubiera defendido a aquella muchacha vulgar antes que a mí sólo porque ella era más hermosa que yo. En cuanto terminamos de establecer el plan, no pude evitar quedarme pensativa un buen rato, callada y seria, con la mirada perdida. En cuanto recobré un poco el sentido, anuncié que me retiraba a la habitación que había mandado a disponer.

-Vamos, Nadia, no puedes marcharte tan pronto- Jaques me miró apenado.

-Prefiero descansar, mañana me espera una ardua tarea, y...

-¡Pero estábamos hablando de traer los instrumentos y tocar un poco!- Añadió Telmo.

-Esperábamos que pudieses cantar un poco...- Remató Dante.

-¿Qué? ¿Cantar?- Los miré incrédula. ¿Acaso no se daban cuenta de lo ofendida y apenada que me sentía? ¿Cómo podían pretender que cantase con ellos tan alegremente?- No puedo cantar... no me siento bien.

-No tienes por qué cantar, pequeña- Joseph me pasó una mano por el pelo levemente- Pero deberías quedarte. Estoy seguro de que nuestra música te animará un poco y te dará energía.

Al oír a Joseph intentando animarme sentí de repente mucha pena y ganas de llorar. Una terrible vergüenza se apoderó de mi ser, tiñendo mi rostro de color rojo y obligándome a levantarme precipitadamente.

-Lo siento, compañeros... Espero veros mañana. Buenas noches.

Salí de la gran sala repleta de gente donde todos comían, bebían y reían sin dar tiempo a mis compañeros para responder. No sabía si estaba enfadada o triste, y me sentía avergonzada y muy preocupada por mis propios sentimientos y la desastrosa forma que había tenido de ocultarlos.

Tras preguntar al posadero dónde estaba la pequeña habitación que había mandado limpiar (pagando un extra, por supuesto), me dispuse a subir las escaleras de la posada. Sin embargo, la voz más hermosa del reino, de cuantos reinos había, me detuvo.

-Nadia, espera...

-¿Qué quieres?-Le pregunté, girándome para mirarle pero sin bajar los escalones que nos separaban.

Axel suspiró y me miró seriamente.

-Vamos, no hagas esto...

-¿Hacer qué?

-Ser testaruda... Te han dicho que te quedases a oír su música, sabes cuánto les gusta que les oigas... no te vayas a dormir todavía.

-¿Testaruda? Sólo he dicho que no me encuentro bien.

-No seas fría, Nadia...- Axel subió un par de escalones y me tomó la mano, gesto cálido y casi familiar, al que ambos estábamos ya acostumbrados- Ambos sabemos que esta noche hemos escogido mal nuestras palabras. Dejémoslo estar, ¿De acuerdo? volvamos al salón y oigamos música, bailemos canciones divertidas...

Aparté mi mano de la suya bruscamente.

-¿Bailar? Lo siento Axel, pero me temo que las niñas tontas no bailan en salones de taberna. ¿Por qué no le preguntas a Ámbar? Al fin y al cabo, ella es tu mejor pareja de baile, y además es buena y hermosa, ¿No era así?

Giré mi cabeza altivamente y corrí escaleras arriba, sin dar tiempo a Axel para responderme. Le oí exclamar mi nombre un par de veces, pero no paré de correr hasta llegar a la habitación en la que debía pasar la noche.

Se suponía que era una nueva Nadia, fuerte y madura, pero me sentía más débil que nunca. Por primera vez en mucho tiempo, lloré no de dolor o pena, sino de vergüenza, pues me había arrepentido de pronunciar aquellas terribles palabras en el mismo momento en el que salieron de mi boca. Lloré por Axel, porque debía sentirse terriblemente ofendido por mi culpa, pero también lloré porque me di cuenta de que nada ni nadie podría ya cambiar mis sentimientos por él. 
Por primera vez en mi vida, lloré por amor.