domingo, 31 de julio de 2016

''El romance de Nadia'' capítulo 21

Capítulo 21


A la mañana siguiente, desperté con la angustiosa sensación de haber hecho algo horrible. Tardé unos momentos en aclarar mi mente y recordar lo que había pasado la noche anterior, con gran pesar y vergüenza. Salí del pequeño aposento que había ocupado  y bajé los escalones que tan atropelladamente había subido la noche anterior, sintiéndome más y más cansada con cada paso que daba. Deseaba alejarme de aquella taberna cuanto antes, y así se lo hice saber a Jospeh y a Kamal, los primeros que encontré al entrar en el ruidoso y enorme salón de la noche anterior, en aquel momento casi vacío.

-Siempre exigiendo... No seas niña, debemos esperar a que todo el mundo despierte. Y como es lógico, seguro que querrán comer como si no se hubiesen alimentado en semanas- Murmuró Kamal, imperturbable como siempre y sorbiendo lentamente un té de un vaso de madera mientras hablaba, haciendo que las palabras danzasen con su curioso acento.

No pude hacer otra cosa más que suspirar y sentarme, aunque no fui capaz de probar bocado. Cuando el resto de los chicos llegaron, efectivamente pidieron comida como si no hubiesen cenado la noche anterior.  Noté que todos se esforzaban por mantener una charla cordial y animada, mostrándose halagüeños por el seguro triunfo de nuestro plan e ignorando por completo mi disgusto de la noche anterior. Axel, sin embargo, procuraba cruzar el menor número de frases posibles conmigo, o al menos esa era la impresión que yo sentía. Lo cierto era que había decidido no confiar en mis propios sentimientos, ya que cada vez que lo había hecho en el transcurso de mis aventuras, mis deslices sentimentales me había costado bastante caros.

En cuanto vi que los platos comenzaban a vaciarse comencé a suplicar que nos fuésemos. No sólo no podía ingerir alimento alguno por la tristeza que había provocado en mí la discusión con Axel, sino que además me sentía alterada y nerviosa por el reto que se me presentaba. Aquella noche debía dejar de ser la viajera anónima y pobre en la que me había convertido en los últimos tiempos para volver a ser Nadia de Campoflorido, y en el fondo de mi corazón, sentía que no podía volver a ser yo misma. No tras todas las cosas que había vivido.

Los muchachos se apresuraron para tener los carros listos. Axel y Dante fueron a preguntar de nuevo a Ámbar las indicaciones de cómo llegar a la casa del señor de Rosiak, y yo me negué en rotundo a acompañarlos, así que me quedé esperando nuestra partida, sentada entre los bártulos del carromato grande. Tenía la sensación de que nos quedaba un arduo día por vivir.

Sin embargo, apenas una hora después de nuestra partida, comprobé que mis predicciones no podrían haber resultado más erróneas. Pronto encontramos la iglesia de la cruz de plata, y ni siquiera nos hizo falta preguntar a algún vecino cuál era la casa del señor Sigfred, pues efectivamente ésta se encontraba justo enfrente de la iglesia, y por el número de sirvientes que entraban y salían de la propiedad portando objetos y adornos o desempeñando complicadas tareas, supimos que sin duda un gran banquete estaba a punto de celebrarse.

Sugerí que pidiéramos asilo en la iglesia, ya que era el lugar más seguro y cercano para vigilar la casa hasta la caída del sol, momento en el que comenzaría nuestro plan. Sin embargo, los muchachos rechazaron mi idea. Kamal no podía entrar, y además ningún clérigo permitiría la entrada de unos juglares en un recinto sagrado. Exploramos las calles que rodeaban la casa y la iglesia, y pronto encontramos una pequeña explanada deshabitada entre dos casas humildes. Nadie parecía tener el tiempo suficiente como para pasar por allí, por lo que el lugar nos proporcionaría suficiente cobijo.

El tiempo parecía no pasar. No lograba pensar en un discurso concreto para pronunciar cuando llegase el momento de hablar con sir Sigfred, y tampoco tenía ánimos para charlar con mis compañeros, ni mucho menos con Axel, con quien aún mantenía una incómoda tensión que no hacía sino perjudicarme.
Pasado el mediodía, y tras alimentarme frugalmente, decidí comenzar a prepararme. Mientras los muchachos seguían charlando y bebiendo cerveza en vasos de madera alrededor de una pequeña hoguera, yo me encerré en el carromato grande, y, a salvo de miradas indiscretas, rocié mi cuerpo con agua fresca, y más tarde con lo que me quedaba de la esencia de flores que Vahid me había regalado. Dejé mi pelo suelto, aunque lo adorné con dos pequeñas trenzas que uní para formar sólo una en la parte de atrás de mi cabeza, y me puse el vestido blanco de Suri y Panta, que guardaba con cariño entre las pertenencias de los juglares. Sufrí entonces un angustioso momento, ya que yo no podía atarme los lazos del corsé, y no tenía a nadie que pudiese desempeñar la labor de una doncella. Finalmente, fueron Jaques y Telmo los que lograron atar las cintas, tras asegurarme que no había en todo el reino dos hermanos más habilidosos a la hora de hacer nudos. Aunque me ayudaron correcta y rápidamente, me sentí avergonzada y culpable de que no sólo uno, sino dos muchachos hubiesen contemplado la pálida piel de mi espalda.

Todos comenzaron a prepararse en el momento en el que el sol empezó a caer en el cielo, y yo, sobradamente preparada, me senté en una pequeña banqueta junto a la hoguera, intentando relajarme contemplando la puesta del astro rey. Aquella parte de la ciudad era muy pobre, y parecía estar completamente desierta; en todo el día no habíamos visto ni a una sola persona pasar por allí. Era increíble pensar que tan sólo en la calle de al lado había una próspera iglesia y una gran mansión perteneciente a un rico lord. Suspiré, pensando en Liana y en que quedaba muy poco para su liberación. Intentaba así consolarme acerca del hecho de que para salvar a mi hermana debía encontrar al hombre que iba a ser el causante de mi desgracia.
Por primera vez, pensé en Flavius. Sabía bastante poco de él; Era pocos años mayor que yo, era el hijo primogénito del duque de Bosqueumbrío, de las tierras del norte, un lugar que nunca había visitado pero que tenía entendido que era hostil y frío, lleno de profundos bosques y nieve durante tres de las cuatro estaciones del año. Había recibido una educación severa y excelente, y había sido nombrado caballero recientemente. Tan sólo eso era lo que sabía de él por mi padre, y que tenía el pelo y los ojos de color dorado era lo que yo misma había adivinado gracias al fuego de Thaaly. Pero, ¿Qué había de su carácter? ¿Tendría razón mi hermana, que en un momento de lucidez me había asegurado que Flavius sería seguramente una mala persona totalmente distinta a mí? ¿Sería verdad que trataría de subyugarme, maltratándome y preñándome una y otra vez sin escuchar jamás una sola de las palabras que tuviese que decirle?
¿Y si por el contrario, resultaba que mi hermana no tenía razón? ¿Y si después de todo, Flavius resultaba ser un perfecto y honorable caballero? ¿Y si era amable, apuesto, culto y bien educado, tal y como mi padre me lo había descrito? ¿Y si de verdad me acababa enamorando de mi futuro esposo?
Aunque pensándolo más profundamente... ¿Querría el propio Flavius continuar con todo el asunto de nuestra boda? ¿Acaso no amaba él a Liana? ¿Acaso no querría él mismo desposarse con ella, en el caso de que lográsemos salvarla...?

-Si logramos salvarla...-Murmuré en voz alta, completamente absorta en mis pensamientos. Y es que un nueva duda había surgido en mi mente desde el fondo de mi corazón.

Si mi hermana llevaba la sangre del caballero de oro en sus venas, el caballero de oro llevaba la sangre de mi hermana en las suyas, tal y como Vahid me había dicho. Y si Flavius de Bosqueumbrío era el caballero de oro...
Contuve el aliento en una exclamación ahogada. ¿Significaba aquello que Flavius podría encontrarse tan enfermo como mi hermana? ¿Y si no podía ayudarme? ¿Y si tampoco lograba salvarlo a él?

-Dios mío, Flavius...- Volví a decir en voz alta, mirando a ninguna parte, súbitamente preocupada por el muchacho que iba a ser mi esposo- Flavius...

-¿Nadia?

Con una exclamación, salí del laberinto de mis pensamientos de un solo golpe. No esperaba oír una cálida voz masculina a mis espaldas. Con la respiración agitada, me levanté del asiento y me giré.

-Nadia, ¿Te encuentras bien? Ya estamos listos- Me dijo Axel muy sonriente.

Sacudí la cabeza para alejar a los últimos fantasmas de mi pensamiento, y miré al grupo que se alzaba delante de mis ojos. Jospeh y Kamal, con sus ropas de siempre, miraban sonrientes y satisfechos a mis criados, Dante, Telmo y Jaques, que llevaban los finos uniformes negros con hilos de plata que Suri y Panta les había regalado. Estaban realmente elegantes vestidos los tres iguales. En el centro, un poco adelantado, Axel resplandecía, enfundado en un perfecto uniforme de mayordomo que incluía todas las piezas de la vestimenta, adornos bordados, una capa corta y un cinturón realmente hermoso del que pendía su espada. Los miré a todos favorablemente impresionada. Por un momento olvidé que Axel y yo nos habíamos peleado.

-¿De dónde has sacado ese uniforme? ¡Es impresionante! Es exactamente igual que los de los mayordomos de mi castillo... Un momento, no lo habrás robado, ¿Verdad?

-¿Cómo se te ocurre?- Axel rió y se pasó las manos por la casaca del uniforme, orgulloso- Un caballero debe tener siempre una gran cantidad de recursos, y por supuesto ninguno de esos recursos es robar.

-Muchachos...-Los miré a todos, emocionada- Gracias por vuestra ayuda. No negaré que la misión puede llegar a resultar muy peligrosa, y a pesar de todas las dificultades que se nos presentan, estoy segura de que nuestro triunfo será....

-Vamos, Nadia, ¡No seas exagerada! Yo estoy convencido de que todo va a salir bien, ¡Sólo es una estúpida charla! Relájate, creo incluso que podremos disfrutar de la fiesta...-Dante batió palmas un par de veces.

-Espero que no hayas dicho eso enserio, no podréis acceder al salón, vosotros deberéis quedaros en las cocinas con el resto de los sirvientes, y...

-Nadia, sólo era una broma...-Suspiró Jaques- No pensamos hacer nada indebido.

- Basta de burlas, muchachos- Terció Axel- Dentro de poco podremos irnos, el sol ya se ha ocultado y la luna brillará en poco tiempo.

Intenté calmarme. Sentía los latidos de mi corazón resonar por todo mi cuerpo, los notaba en mi rostro, mi cuello, mis brazos, mis piernas y mis manos, y en las puntas de mis dedos. Los notaba en mi pequeño estómago y en  mi pecho, que subía y bajaba en agitadas respiraciones. El tiempo parecía no pasar, el sol parecía no ocultarse del todo jamás.

De repente, Axel tomó aire y me miró muy serio y concentrado.

-¿Estás preparada?

-Sí-Respondí, aunque no lo estaba. Axel tomó mi mano, e hizo una seña al resto de los muchachos. Debíamos partir. Con los buenos deseos de Joseph y Kamal resonando en nuestros oídos, recorrimos rápidamente los escasos metros que nos separaban de la gran calle en la que habitaba Sigfred de Rosiak.

Temía que una gran cantidad de invitados nos impidiera pasar, o que se formase un enorme jaleo cuando llegásemos a la puerta de la enorme mansión, pero nada de eso ocurrió. El robusto portón de madera oscura estaba franqueado por un guardia alabardero, y no había nadie esperando para entrar. Podíamos ver haces de luces saliendo de las pequeñas ventanas de la pared frontal de la casa, e incluso distinguíamos alguna que otra nota de música. El centinela, que parecía dormitar contra el portón con la guardia totalmente baja, se irguió rígidamente al vernos aparecer.

-¿Quién va? ¡Identificación!- Exclamó.

-Nadia de Campoflorido, duquesa menor de las tierras de Campoflorido e hija menor del duque de dichas tierras, acompañada su séquito- Anunció Axel con una voz cálida pero firme.

-¿Nadia de Campoflorido?- El centinela nos miró algo perplejo- ¿La mismísima duquesa Nadia de las tierras del sur?

-Por supuesto, joven. ¿Acaso ignoráis quién es esta mujer?- Axel empleó un tono un poco más áspero.

-No es eso, señor... Por supuesto que en esta casa la familia del duque de Campoflorido es bien conocida... Es sólo que... La presencia de la duquesa aquí esta noche... bueno, no ha sido anunciada.

-¿Qué queréis decir, insolente?- Axel fingió perfectamente una expresión de dramática indignación.

-Quiero decir que... Ni nuestro señor ni su hija esperaban la presencia de la duquesa aquí esta noche... no figura como invitada en nuestro registro...-El guardia parecía avergonzado.

-¿Cómo?-Chillé de una forma afectada, como si de verdad estuviera ofendidísima- ¿Quieres decir que tú, un insignificante guardia paleto, me estás diciendo que YO no puedo visitar a mi querida amiga GEMA en un día tan especial como este?

-Yo...

-¿Es eso lo que me estás diciendo? ¡Responde!

-Mi... mi señora, es que las órdenes... comprended que...

-¡AH!-Chillé y me llevé una mano al corazón- ¿Cómo puede ser esto posible? ¡Vais a matarme de un disgusto por semejante afrenta a mi honor!

-P-pero...

-Escúchame bien, gañán insolente- Me adelanté unos pasos y saqué a relucir mi colgante de entre los pliegues del hermoso vestido- Soy Nadia de Campoflorido, y si no me dejas pasar AHORA MISMO a ver a mis muy queridos amigos de Rosiak, me encargaré personalmente de que mañana amanezcas muerto. Créeme, los caballeros de la orden de mi padre son tan valerosos y eficaces como los soldados que forman el ejército del príncipe Alan- Señalé a Dante y los gemelos, que asintieron vigorosamente, algo confusos pero esforzándose en interpretar bien sus papeles.

-P-pero... mi señor....-El asustado centinela se atrevió a replicarme una vez más.

-No me importa lo que haya dicho tu señor. Ya has oído a mi señora. Abre la puerta y apártate. ¡Vamos!-Axel avanzó unos pasos e hizo amago de desenfundar su espada.

El joven guardia se lamentó, conocedor de que la situación que estaba viviendo le iba a costar una gran cantidad de problemas, y accionó el mecanismo del portón lenta y pesadamente. Al entrar, de nuevo de la mano de Axel, que me escoltaba, le dirigí una penetrante mirada de desprecio, y lo mismo hicieron mis acompañantes.

En cuanto se cerró el portón, dejándonos sumidos en la semi oscuridad de la entrada de la mansión, todos saltamos y lanzamos exclamaciones de triunfo y alivio. La primera prueba había sido superada, habíamos entrado.

-¡Menuda actriz estás hecha, Nadia!- Dante no podía parar de reírse.

-Vamos, callaos ya... menudo miedo he pasado, por un momento pensé de verdad que no podríamos entrar...-Solté una carcajada involuntaria, fruto de la tensión que se había acumulado en mi cuerpo.

-Has estado fantástica indignándote- Comentó Axel.

-Gracias, son años de práctica. Tú has estado magnífico con la espada.

-Gracias, es mi trabajo al fin y al cabo- Me sonrió, y de repente recordé lo enfadada que estaba con él, y aparté la mirada. Y la sonrisa se borró de mi rostro, y retiré mi mano de la suya en un movimiento brusco, y me recordé a mí misma que no debía sentir nada por Axel, que él no era nada mío, ni yo era nada suyo.

Un viejo mayordomo, con un uniforme parecido al de Axel, vino a recibirnos. Al decirle el nombre que debía anunciar en el gran salón, se frotó los cansados ojos, incrédulo, e hizo unas cuantas reverencias apresuradas antes de desaparecer todo lo rápido que sus anquilosadas piernas le permitían. Pasados unos angustiosos instantes, la voz del viejo sirviente anunciando mi nombre resonó desde la entrada al salón. Agarré de nuevo la mano de Axel de mala gana, y entramos en la estancia.

Sin resultar tan espectacular como el de un castillo, el salón de la mansión de Sigfred de Rosiak era bastante lujoso y cálido, y estaba finamente decorado, además de disponer de todas las más modernas comodidades. Pude distinguir dos grandes puertas que, abiertas de par en par, dejaban entrever una hermosa terraza, y la sala debía ser bastante espaciosa, pues estaba llena de miembros de la pequeña nobleza que comían todo tipo de aperitivos y platos y bebían en finas copas de cristal. 

A mi entrada en la habitación, se hizo el silencio. Los asistentes me miraron durante unos tensos instantes, como si dudasen de mi presencia en aquella casa, y lentamente, uno por uno, comenzaron a inclinarse ante mí, tal y como el protocolo les mandaba. Yo respondí a todos con una pequeña reverencia, y terminados los tensos y silenciosos saludos, todo el mundo reanudó sus triviales y animadas conversaciones. La música, alegre pero no demasiado estruendosa, comenzó a sonar de nuevo, y antes de que tuviera tiempo a decir nada, o a moverme siquiera, vi a Gema de Rosiak avanzando hacia mí, sin duda preparada para recibirme, acompañada de un pequeño séquito de damitas, todas de su edad.

-¡Nadia! Querida, no puedo creer realmente que seas tú.

-Gema... Buenas noches- Hacía bastantes años que no la veía, pero podía reconocerla perfectamente. Allí estaba ella, con su pelo ondulado, su piel, demasiado oscura para ser considerada fina en la corte, sus ojos de color verde claro, que parecían los de un gato, y su enorme cuerpo. Era verdaderamente un muchacha muy alta, y también muy ancha, lo había sido desde que era pequeña, y la madurez no la había cambiado un ápice. De hecho, a pesar de sus generosos pechos y sus curvadas caderas, su rostro seguía conservando un cierto aire infantil. Sólo esperaba que hubiese cambiado su terrible actitud de niña mimada, caprichosa y presumida. Sin embargo, tan sólo un instante después comprendí que hay cosas que simplemente nunca cambian.

-¿Cómo estás, Nadia querida? ¡Cuánto tiempo sin verte, luces fantástica esta noche! Muy a la moda de Gubraz, ¿No es cierto, chicas?- Gema me miraba de una forma punzante y nada amable aunque sonreía, y el grupito de muchachas murmuró y cuchicheó no se qué cosas entre dientes. Yo no podía entender lo que pasaba, hasta que miré mejor a la hija de Sigfred de arriba a abajo.

Gema estaba embutida en un vestido largo, con un corpiño demasiado estrecho y una falda muy larga y amplia, al igual que las mangas... llevaba cintas en la espalda y era de color blanco...
Tragué saliva. El vestido de Gema era prácticamente igual que el mío, La única diferencia era que ella había añadido unas cuantas cintas de color naranja, su color favorito, como adorno extra. Comprendí que la única forma de enmendar el desafortunado accidente de haberle copiado el vestido a la anfitriona de la celebración era adularla y ridiculizarme a mí misma.

-¡Oh, querida!- Puse mi mejor tono de voz desenfadado- Cuando llegué a esta condenada ciudad mandé que me hicieran un vestido a la última moda, pero... ¿Has visto qué desastre? Mira qué trapo tan soso y simple llevo puesto... no como el tuyo, con ese color tan precioso y esas cintas que lo adornan... ¡Es hermoso!- Fingí que sentía envidia, haciendo que Gema pensase que había ganado el duelo. Sonrió satisfecha y sus amigas dejaron de cotillear al instante.

-No te preocupes querida, no siempre se acierta con estas cosas, ya sabes... ¡Pero ven, Nadia! Sentémonos todas juntas, tienes tantas cosas que contarme, y yo también debo contarte muchas cosas a ti...

-Oh, claro Gema, pero aparte de visitarte a ti, la verdad es que me gustaría saludar a tu padre...

-¡Vamos, no digas tonterías! Debes quedarte conmigo toda la noche. Tu visita ha sido tan inesperada... ¡Pero no has podido llegar en mejor momento! No todos los días cumplo quince años, ¿Sabes?...- Gema me agarró de las manos con fuerza, dispuesta a arrastrarme con ella.

-¡Espera, Gema!- Me zafé rápidamente de sus cotillas garras-Debo ocuparme un momento de mis criados, y...

-¡Venga, mándalos a las cocinas! Fuera de aquí, muchachos. ¡No molestéis a vuestra señora!- Gema apuntó a mis acompañantes con un dedo en clara señal de desdén. Ellos me miraron a mí, sin saber cuál debía ser nuestro próximo movimiento.

-Obedeced a la señorita de Rosiak- Me acerqué un segundo, con un aire muy serio, y les susurré- Chicos, id a la cocina, y de vez en cuando salid y venid aquí con la excusa de traer comida o bebida. No bajéis la guardia. Buena suerte.

Me aparté de los juglares, que se marcharon acompañados de un criado de Gema, y agarré con fuerza la muñeca de Axel, sonriendo falsamente a mi compañera.

-Gema, si no te importa, preferiría que mi escolta se quedase conmigo, o al menos que no abandonase la habitación. No es nada personal...-Miré a mi alrededor con un poco de desdén- Es por mi seguridad, ya sabes. 

-Por supuesto, lo entiendo a la perfección- Respondió Gema, sonriéndome cálidamente pero matándome con la mirada al mismo tiempo. Estaba visiblemente ofendida, y yo sentí muchas ganas de reírme.

Axel y yo acompañamos a Gema y su estúpido séquito de gallinas cluecas a una parte de la habitación que estaba más despejada, llena de sillas y escabeles. Tomamos asiento, y pedí a Axel que me trajese un plato con carne y una copa de vino. Él obedeció en silencio, cumpliendo muy bien su papel de serio escolta. Tras un rato de incesantes cotilleos absurdos sobre personas de la corte a las que yo ni siquiera conocía, no pude aguantar más, e interrumpí el incesante parloteo poniendo mi mejor tono de falso interés:

-Gema, querida...

-¿Sí amiga Nadia?

-Cielo, no iba a decírtelo, pero....

-¿Qué ocurre? ¿Necesitas algo? Solicita cualquier cosa, haré lo que sea para satisfacer a mi invitada más importante...-Gema rió ruidosamente y todas sus compañeras estallaron también en risitas ahogadas.

-No es eso, querida... Lo que ocurre es que he decidido revelarte el motivo por el que estoy aquí...

-¿Acaso ese motivo no es mi cumpleaños?-Se llevó la mano al pecho, presa de una afectación que yo sabía que no era verdadera.

-Oh, eso por supuesto, se daba por hecho, Gema....- Yo también estallé en una fina carcajada- Pero además hay otro motivo... ¡Un motivo muy jugoso!

-¿Cuál es ese motivo?- Gema me miró con los ojos brillantes a la espera de un nuevo chisme con el que poder estar entretenida durante semanas. Todas sus amigas también me instaron a compartir la información con ellas, como si fuésemos amigas de toda la vida.

-Está bien...¡Mi padre me manda a hablar con el tuyo por asuntos de gran importancia!- Solté la primera trola que se me vino a a cabeza.

-¿Qué?- Una de las compañeras de Gema, toda vestida de verde, me miró visiblemente decepcionada-¿Qué tiene eso de jugoso e interesante?

-Además...¿Por qué el duque os manda a vos?- Otra de las amigas, aquella vestida de celeste, arrugó la nariz y dio un sorbo a su vino- ¿Acaso no tenéis mensajeros en Campoflorido?

Me erguí altiva y cambié mi actitud infantil por una fría al instante.

-En Campoflorido tenemos, desde luego, muchísimos mensajeros, más de los que vos podáis imaginar- La chica bajó la cabeza, avergonzada por su afrenta- Pero mi padre decidió mandarme a mí en persona, ya que el mensaje que debo comunicar a Sir Sigfred es de una importancia extraordinaria.

-Es...¿Es algo relacionado con nuestras tierras?- Gema me miró muy seria y pensativa. Casi parecía algo madura por una vez.

-Esto... sí, claro, querida- Dije, intentando parecer convencida.

-En ese caso debes ver a papá cuanto antes.

-Efectivamente. ¿Dónde está?- Pregunté oteando la sala. 

-Temo que deberás esperar, querida Nadia. En este momento papá está reunido con unos consejeros del mismísimo príncipe Alan- Gema señaló una puerta que había al fondo de la sala, no muy lejos de donde nos encontrábamos, y que supuse que daba a las estancias superiores de la mansión- Pero te prometo que en cuanto se marchen haré que mis criados le comuniquen tu presencia y la urgencia de vuestro encuentro.

-Gracias Gema, ¡Claro que esperaré!- Me mostré optimista, aunque interiormente me sentía muy inquieta. ¿Por qué se habían presentado unos consejeros del príncipe Alan nada menos a hablar con Sigfred de Rosiak la misma noche que yo? ¿Acaso le estaban informando de mi desafortunado encuentro con los guardias de su majestad la tarde anterior?

Los criados fueron rápidamente informados de lo que debían decirle a su señor en cuanto éste terminase su reunión, y enseguida Gema volvió a hacer que me doliese la cabeza con sus incesantes cotilleos. No callaba ni un solo instante, y todas sus amigas reían cuando ella reía o se preocupaban cuando ella se mostraba un poco seria. Las miré, convencidas de que en el fondo todas se odiaban. ¿Era aquella la falsedad insoportable de la que se había quejado Moira? Lo sería seguramente, pues yo sentía que me iba a desmayar de un momento a otro. Me levanté de repente,  interrumpiendo por segunda vez a la protagonista de la velada, quien me miró un tanto molesta.

-¿Sí, Nadia, querida? ¿Qué te ocurre ahora?

-No debes preocuparte- Repliqué dulcemente- Tan sólo voy a salir un momento a admirar la noche desde tu hermosa terraza. 

-Pero si aún no he acabado de contar la historia de lady...

-No te preocupes, Gema, saldré yo sola a la terraza para que no tengas que acompañarme y así podrás seguir contando la historia. Además, volveré en un momentito.

-Bi..bien, si es lo que deseas...


-Si me disculpáis...-Hice una leve inclinación cortés, y todas respondieron inclinándose exageradamente. Gesticulé varias veces hasta que capté la atención de Axel que se paseaba de un lado a otro de la habitación con un aire aburrido y sin hablar con absolutamente nadie, y le di a entender que salía a la terraza. Él asintió, pero en lugar de acompañarme, me indicó con un gesto que se quedaría vigilando la estancia. Sentí ganas de decirle que me acompañase, pero desistí al instante, recordando que sería mejor mantener las distancias.

No había nadie en la terraza, quizás porque a pesar de ser primavera el viento corría un poco frío aquella noche. La música y el ruido de las voces llegaba apagado a mis oídos, y la única luz la proporcionaban dos enormes antorchas colocadas junto a la entrada, y por supuesto la luna, que brillaba con fuerza en un cielo despejado, sin estrellas ni nubes. Supiré, pensando que aquello era muy romántico, y mi pecho se sacudió en una punzada de dolor. Volví a pensar en Flavius. ¿Y si nada de todo aquello hubiese pasado? ¿Y si de verdad hubiese acudido al cumpleaños de Gema sin otra razón secreta, acompañada de mi prometido? ¿Habría sido la envidia de todo Gubraz? ¿Nos habríamos sonreído tiernamente? ¿Acaso habríamos bailado juntos a la luz de aquella luna, siendo yo incapaz de retirarme de su protector abrazo? ¿Habríamos sellado nuestra promesa de felicidad matrimonial con un beso lleno de esperanzas?

Sacudí la cabeza con fuerza, apartando todos aquellos pensamientos. Aquello no podía pasarme, no con Flavius. No sabía por qué, pero sentía que había algo oscuro que rodeaba a mi prometido y que me alejaba irremediablemente de él, lo había sentido nada más oír su nombre, antes de averiguar nada de él. Esa misma sensación, ese mismo sentimiento que me alejaba de Flavius, me acercaba una y y otra vez a Axel, por más que intentase alejarme. Mi corazón estaba dividido entre lo que quería hacer y lo que se esperaba de mí que hiciese. El deber y el deseo se batían en un arduo duelo en mi interior. Y no tenía ni idea de quién iba a ganar.

Intentando mantener mi mente concentrada en Liana y su bienestar, pasé un rato contemplando la luna, intentando respirar calmada ligeramente inclinada sobre la balaustrada de piedra. Estaba logrando mi objetivo hasta que Gema (No podría haber sido otra persona) Interrumpió el descanso de mi soledad irrumpiendo en la terraza:

-¡Nadia! ¡No puedo creerlo, por Dios que no puedo creerlo!- Me agarró de las manos de nuevo, y vociferó nerviosísima- ¿Cómo te has atrevido a no contármelo?

-¿Qué?- Temblé de pies a cabeza, con el corazón desbocado- ¿A qué te refieres?- Murmuré, segura de que todo el plan que tan cuidadosamente habíamos elaborado se había descubierto, segura de que me esperaba un castigo terrible.

-¡Flavius de Bosqueumbrío! ¡Flavius y tú!

-¿C-cómo?- Pestañeé un par de veces, mirando perpleja su rechoncho rostro, apenas a unos centímetros del mío.

-¡Nadia, estás prometida!- Chilló emocionada, tomándome de los hombros y sacudiéndome hacia delante y atrás un par de veces- ¿Cómo se te ocurre prometerte con el hijo de un duque y no contármelo enseguida?- Casi no podía respirar de la emoción.

-Oh, bueno, esto... yo... Aún es pronto, Gema...ni siquiera se ha celebrado una pedida formal, como ves no tengo anillo aún... y además... todavía no nos conocemos.

-¡Esperaba que dijeras eso! ¡ESPERABA QUE DIJERAS ESO!- Dio unos cuantos saltitos, intentando controlar su euforia. Yo no lograba comprender nada, ¿Tanto le emocionaba mi compromiso?- ¡TENGO UNA BUENA NOTICIA QUE DARTE!

-¿Una buena noticia? Pero no entiendo...

-Verás, resulta que mi amiga Alis está lejanamente emparentada con el barón de Espinoblanco... ya sabes, el que era primo del Vizconde de Dábalon, que le ganó las tierras en batalla al conde de Croy... No importa, el caso es que acostumbra a pasar mucho tiempo en la corte del norte, y una vez, sólo una, tuvo la gran fortuna de ver al duque de Bosqueumbrío con su familia... ¡Dice que han pasado muchos años, pero que jamás podrá olvidar el dulce rostro de Flavius! 

-Pero... ¿Qué tiene eso que ver con...?

-¡Ay! ¿Aún no lo comprendes, bobita? ¡Alis dice que le ha visto de nuevo! ¡Flavius de Bosqueumbrío está aquí, en mi casa, esta noche! 

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