domingo, 31 de julio de 2016

''El romance de Nadia'' capítulo 22

Capítulo 22

Gema clavó sus ojos de gata en los míos con una sonrisa radiante.

-Naturalmente yo no he creído ni una sola de las palabras de Alis, no había motivos para que un caballero del norte estuviese aquí hoy, ¡Pero luego ella misma me ha dicho lo de vuestro compromiso! ¡Sin duda Flavius habrá sabido que acudirías, y querrá verte furtivamente antes de vuestra ceremonia de pedida! ¡Qué romántico! ¿Puedes imaginarlo Nadia? ¡La alta corte en mi casa! ¡Y EN MI CUMPLEAÑOS! He venido a avisarte en cuanto me he enterado de todo, yo no le he visto, pero no puedo creer que sea...


Y así siguió Gema, gritando emocionada y agarrándome con fuerza durante un buen rato. Sin embargo, yo dejé de oírla y de verla. Dejé de ver la balaustrada sobre la que me apoyaba, el jardín y el cielo. Todo se volvió negro, y aunque no perdí la consciencia, sentí cómo el cuerpo me pesaba. Por suerte, Gema se dio cuenta de que me estaba desmayando, así que se calló durante unos segundos.


-¡Ah! ¡Nadia, querida! No te alteres, comprendo que tanta emoción te abrume... Respira, vamos, la cabeza bien alta...No, no digas nada, sé lo que vamos a hacer: iré a por un poco de vino, eso te dará fuerzas, y entonces entraremos las dos de nuevo y buscaremos a Flavius con la mayor discreción...¡Ya sabes que soy muy discreta! Y entonces os dejaré a solas, ya verás como todo será perfecto... ¡Ni se te ocurra moverte! Volveré en un santiamén... ¡EL VINO! DADME UNA COPA DE VINO- Gema desapareció de la vacía terraza como una exhalación, y yo luché por no vomitar encima de las flores que rodeaban la balaustrada. 


Tenía que hacer algo. No era racional que creyese a Gema, pero por algún motivo, la creía. Mi alma había estado pensando en Flavius todo el día, y no lograba entender por qué. Y de repente, allí estaba el motivo. Flavius me había encontrado. Había sido él quien me había encontrado. Mi búsqueda acababa allí. Podíamos partir aquella misma noche hacia Campoflorido. No tendría que hablar con Sigfred de Rosiak, no tendría que pedir audiencia con el príncipe Alan. Liana podría curarse antes de lo esperado. 


Tomé todo el aire que pude, hasta que sentí mi pecho hinchado, y como si me hundiese para siempre en un mar gélido y despiadado, regresé corriendo al salón de la mansión, donde me mezclé rápidamente entre el resto de los invitados, que charlaban enfrascados en sus asuntos. Giré la cabeza en todas direcciones, frenética, moviéndome por la sala intentando encontrar a un muchacho rubio, que estuviese finamente vestido y tuviese los ojos dorados como el sol. Cada vez que divisaba una cabellera rubia, el corazón se me paraba, pero ninguno de aquellos muchachos parecían lo suficientemente nobles o caballeros. Y lo más importante, ninguno parecía estar buscándome. Sentí que me desmayaba cuando por fin vi aparecer a un muchacho apuesto y joven, con unos cabellos tan dorados que era imposible no verlo...


...Pero tan sólo era Dante, que entraba en el salón fingiendo ser un criado para comprobar que todo seguía en orden. Comencé a sentir mucho miedo. ¿Por qué Gema me había contado que Flavius estaba allí si no era cierto? ¿Acaso era una trampa para atraparnos? ¿Acaso pretendía encerrarme en alguna parte con el pretexto de buscar a Flavius las dos solas para así impedir que hablase con su padre?

Tantas ideas descabelladas acabaron por hacer que la cabeza me ardiera. No podía dejar que Gema me encontrase. Empujé a la gente que me rodeaba, intentando volver a la terraza, pero me di cuenta de que allí precisamente es donde estaría Gema, buscándome. Retrocedí y busqué desesperada a Axel o a alguno de los juglares, pero no podía ver a nadie. Tenía que salir de aquella habitación, tenía que esconderme, necesitaba respirar y calmarme. Tenía la sensación de que todo el mundo me miraba, y no lograba encontrar a nadie que me ayudase. Finalmente, mis ojos divisaron al viejo mayordomo que nos había recibido al llegar. Me dirigí a él desesperada.

-Por favor, buen hombre... ¿Cómo puedo salir de aquí?


-¿Mi señora?- El viejillo me miró sin comprender.


-¿Cómo puedo... salir un rato, a un sitio tranquilo, fuera de aquí?


-¿Queréis decir que deseáis marcharos ya? Puedo hacer llamar a vuestros criados y acompañaros hasta la puerta... ¿Anularéis vuestra charla pendiente con mi señor?


-No... no, maldita sea, quiero decir que...-Miré a todas partes, perdida. Vi la puerta de salida, la puerta de la terraza, la puerta que daba al piso de arriba, y... también vi un puerta cercana al mayordomo y a mí, una que no había visto hasta aquel momento por ser pequeña y oscura, casi confundiéndose con las piedras de la pared- ¿Adónde da esa puerta?


-¿Esa?- El criado la señaló- da a un pequeño patio interior. No está muy cuidado, pero el señor mandó construir en su centro una fuente hermosa. Lamentablemente la puerta está cerrada, mi señora.


Un patio pequeño y discreto era justo lo que sentía que necesitaba. Con lágrimas en los ojos, supliqué al mayordomo.


-Estoy segura de que tienes una llave maestra que abre todas las puertas de esta casa. Te lo ruego, déjame entrar al patio interior...


-No puedo, mi señora, el señor lo prohibió. Los invitados sólo podrán acceder a esta sala y a la terraza.


-Pero yo no soy una invitada cualquiera... por favor, necesito estar sola hasta que Sir Sigfred me reciba.


-Pero mi señora, no puedo...-El hombre me miraba compadecido. Suspiré.


-¿Cuál es vuestro nombre?


-Angus, mi señora, Angus Phee. No tenéis que tratarme de vos, sólo soy un criado y...


-Escuchadme, Angus Phee. Parecéis un hombre piadoso. Yo no olvido los favores. Abridme la puerta, dejadme entrar al patio sólo un rato, os prometo que no tocaré nada. Llamadme cuando vuestro señor quiera recibirme y no dejéis, por nada del mundo, que la señorita Gema me encuentre. Haced todo esto y os prometo que algún día serviréis a mi familia. Os daré un trabajo mucho mejor que este. Por favor.


-Mi señora...-Me miró directamente a los ojos, con valentía y también con anhelo- Preferiría que la suerte de ese destino la corriese mi hijo, y no yo. Yo ya estoy viejo, pero en cambio él...


-¡Ambos!-Exclamé, y tome sus arrugadas manos entre las mías- Os prometo que ambos tendréis un gran trabajo en el que nunca os faltará de nada. Y Campoflorido es mucho mejor que Gubraz, os lo puedo asegurar...


Él sonrió e hizo una reverencia. Lentamente, se aproximó a la puerta y la abrió procurando hacer el menor ruido posible. Agradecida, crucé la puerta y desaparecí por fin de aquella sala.


La luna brillaba con mucha fuerza, y el agua de la fuente fluía suavemente. Podía oír el agradable murmullo en medio del silencio absoluto del patio, ya que el ruido de la fiesta no traspasaba los gruesos muros de piedra. Me sentí a salvo al instante. Caminé lentamente, dando vueltas alrededor de la pequeña fuente. Había unas cuantas puertas cuyo acceso daba al patio, pero no me interesaba cruzarlas. El aire frío de la noche, que me pinchaba en el pecho al respirar, me hacía sentir renovada y alejada de toda la locura que estaba viviendo. Tras un rato paseando, cuando sentí que podía respirar mucho más lenta y profundamente, me senté en el borde de la fuente, y metí una de mis manos en el agua. Intenté vaciar mi cabeza de pensamientos oscuros, pero no podía. 


No podía evitar pensar que, en el fondo, Gema era una chiquilla bastante creída y tonta, alguien que no tenía el ingenio suficiente para inventarse algo tan grande como lo de Flavius. Por otra parte, era cierto que aquello no tenía ningún sentido, y ninguno de los muchachos rubios que estaban en el salón era él, estaba completamente segura, lo habría sentido en mi corazón si hubiese sido él. Pero... ¿Y si no le había buscado bien? ¿Y si no me había fijado lo suficiente?


Miré el agua de la fuente. A la pálida luz de la luna, podía apenas distinguir el reflejo de un rostro cansado, mustio y hasta un poco envejecido. Mi rostro.

Aparté la mirada rápidamente, y saqué mi mano del agua. No podía estar huyendo eternamente. Volvería al salón y preguntaría por Flavius. Debía ser valiente y decidida de una maldita vez. Me daba miedo mirar el rostro de mi futuro esposo, pero todo aquello no importaba, pues ese muchacho era también el salvador de mi hermana. Estaba decidido.

Me levanté de un salto, y eché a correr sin apenas pensarlo. De repente choqué contra algo, o mejor dicho, contra alguien, porque ambos soltamos una exclamación de dolor. El corazón me dio un vuelco, y sentí cómo se paralizaba en mi pecho...


...Pero en lugar de ver a Flavius, me encontré contemplando a mi ángel particular. Axel tenía una expresión muy rara en su rostro, una que por una vez no supe interpretar. Pero lo que era seguro es que estaba muy nervioso.


-¡Nadia!


-Axel, ¿Qué haces aquí?


-¿Estás loca? ¿¡Dónde demonios estabas!?-Me agarró de los hombros y me sacudió- No te veía por ninguna parte, estaba nerviosísimo, la fiesta es una locura... Esa muchacha, Gema, no para de decirle a todo el mundo que hay que encontrarte con urgencia... si no fuese por el bueno de Angus, que me ha desvelado dónde te ocultabas...


-Pobre hombre, va a tener problemas por nuestra culpa... ¡Axel, ojalá nunca hubiésemos venido! Todo esto es una desgracia... Pero tengo que volver ahí dentro. Tengo una sospecha terrible...


-¿Una sospecha? ¿Qué ocurre?


-¡Flavius de Bosqueumbrío está aquí! Me ha encontrado, ¡Nos ha encontrado a todos!


Nunca pensé que el rostro de una persona tan pálida como Axel pudiese ponerse aún más blanco, pero así fue. Mi valiente caballero empalideció casi hasta hacerse transparente, y rápidamente buscó un lugar donde poder apoyarse. Se sentó en la fuente a duras penas y clavó los copos de nieve que tenía por ojos en mi alma.


-¿Qué... has dicho? ¿Cómo... Cómo ha pasado?


-No lo sé Axel, te juro que no tengo ni la menor idea...-Me senté junto a él, humedecí mis manos de nuevo y las apoyé en sus pecosas mejillas-Gema me lo dijo. Naturalmente no la creí, es una locura imposible, y lo es aún más porque ha salido de su boca de arpía falsa y cotilla, pero... ¿Y si es verdad? ¿Y si de verdad está aquí? Todos mis problemas se solucionarían...


-Demonios, Nadia... No puedo creerlo...


-Lo sé, pero... imagínate que volvemos al salón, y que él está ahí... No haría falta continuar con esta farsa patética. Podríamos partir a Campoflorido esta misma noche. Liana... se salvaría pronto- Sonreí a Axel. Él me devolvió la sonrisa, pero sus ojos me miraban con gran pesar.


-¿Qué ocurre?- Murmuré con un hilo de voz- Oh, ya sé... No crees que sea cierto, ¿Verdad?


-Nadia...-Axel agarró una de mis manos, y la apretó contra su mejilla- Si es cierto seré el caballero más feliz del reino. ¡Te habré ayudado a encontrar al caballero de oro, y por lo tanto habré completado una gran hazaña! Sí, seré el caballero más feliz del reino... pero seré un hombre desgraciado.


-¿Qué?-Exclamé alarmada- ¿Qué quieres decir?


-Nadia, si de verdad el caballero de oro está aquí, partiréis juntos a Campoflorido esta misma noche. Pronto volverás a ser la gran duquesa que eres... y nuestros caminos se separarán para siempre.


-¿Cómo? ¿De qué hablas?- Lo miré asustada.


-Nadia, me encargaste una misión. Seré tu paladín hasta que encuentres a tu prometido, y entonces...


-¡Claro que no!- Grité, sintiendo cómo las lágrimas se asomaban a los bordes de mis ojos oscuros- ¡tú siempre serás mi paladín, me lo prometiste! Vendrás conmigo a Campoflorido, todos vendréis, y allí os recompensaré por toda vuestra magnífica ayuda, y entonces...


-Y entonces, ¿Qué?- Siguió mirándome, dulce pero triste- ¿Qué pasará entonces, hermosa Nadia?... Tendré que irme. Soy un caballero del príncipe, y tendré que ir a combatir en su favor allá donde me envíen.


-No...-Repliqué como una niña malcriada- Tú eres mi paladín... Pensé que te quedarías en Campoflorido para estar cerca de mí y protegerme, por si me pasa algo... Por si te necesito.


-Pero Nadia... Aunque de verdad me quedase en Campoflorido para siempre, aunque estuviese a tu lado todos los días, jamás podría acercarme a ti ni protegerte.


-¿¡Por qué!?


-Porque todo eso será el deber de tu marido.


Me sentí morir al oír a mi amor pronunciar aquellas terribles pero ciertas palabras. No podía aceptarlo, no podía.


-Mi... mi marido no tendrá por qué enterarse- Susurré, enrojeciendo y apartando mi mirada y mis manos de Axel.


-¿Qué quieres decir con eso de que no se enterará?


-Ya sabes... Si tú y yo... nos vemos... Tal vez haya veces en las que tenga que ausentarse, a lo mejor no me hace ningún caso, y así tú y yo...- me callé, me sentía tan mal por lo que estaba diciendo que no podía seguir hablando.


-Nadia...- Alargó su mano y acarició mi pelo- Sabes tan bien como yo que eso es imposible.


-Pero yo lo haría... por ti- Sentí mi voz romperse ligeramente. No estaba pensando ni un sólo segundo en que no debía decir esas cosas. Por el contrario, sentía que tenía que decirlas aunque estuviese prohibido.


-Pero yo jamás consentiría que hicieses algo tan atroz... Por mí- Apartó suavemente una lágrima que rodaba por mi mejilla.


-Todo... es culpa de Flavius- Farfullé con la voz cada vez más tomada- ¡Él me lo ha robado todo! Me robó a mi hermana, me robó mi felicidad, por su culpa hui de mi hogar, y ahora va a separarme de ti... ¿Cómo podría casarme con él? ¡Jamás lo haré! ¡No consentiré que me robe también un beso en el altar! ¡Nunca se lo daré! ¡Le odio, le detesto!- Me refugié en el pecho de Axel para llorar. Él sólo acertó a abrazarme y a susurrar ''Lo siento mucho, Nadia'' una y otra vez.


-Perdóname...-Dije unos momentos después, apartándome de él y enjugándome las lágrimas- Sé que todo esto es irremediable y que tendré que casarme con Flavius en cuanto ponga un pie en Campoflorido. Es sólo que... desde pequeña, soñaba con poder casarme por amor, pues mis padres se enamoraron y tuvieron la suerte de casarse con un compromiso verdadero además de ventajoso. No quería vivir una mentira, quería que el caballero que más me amase me diese un beso en el altar... Pero al fin y al cabo nada de esto se hace por mí. Todo esto es por Liana, y así es como debe ser.


-Eres la persona más bondadosa que he conocido nunca- Me miró de un modo que hizo que temblase- Eres toda luz.


-No lo soy, Axel, soy completamente egoísta... ¡Huí de mi casa porque no quería casarme!


-Huiste de tu hogar porque querías salvar la vida de tu hermana. Has arriesgado tu vida muchas veces, y aun así nunca te rindes, e incluso en momentos tan importantes como estos, en los que decides cómo va a ser el resto de tu vida, te sacrificas por ella, y por todos aquellos a quienes quieres...


-Debe ser así- Apreté de nuevo sus manos una vez más, una última vez, y le sonreí- Lo siento, Axel, debo volver al salón.


-No- Me agarró de improviso, con fuerza y de forma brusca, y acercó peligrosamente su rostro al mío, como nunca antes- No puedo dejarte marchar así como así.


-¡Axel!...


-No puedo hacer casi ninguna de las cosas que sé que te harían feliz- Me miró serio y casi enfadado- No puedo darte un castillo, ni riqueza ni nobleza, no puedo darte un buen hogar, ni podría comprarte un bonito anillo de compromiso... No puedo pedirle tu mano a tu padre, no puedo llevarte al altar, y ni siquiera puedo devolverte a tu hermana... Todas esas cosas sólo puede hacerlas Flavius. Pero hay una cosa que él no puede hacer.


-¿Qué... cosa?- pregunté apenas susurrando, sintiendo que el corazón me latía tan rápido que me iba a morir, y deseando no morirme por nada del mundo.


-Él no puede darte el beso que tú sueñas, porque él no es el caballero que más te ama. Que me perdone Flavius de Bosqueumbrío, pero el caballero que más te ama soy yo.


Axel me besó. Durante unos terribles, eternos y angustiosos segundos me quedé tan paralizada que no supe siquiera lo que estaba pasando. Todo mi cuerpo se tensó, y abrí los ojos como platos. He de reconocer que tenía tanto miedo, que el corazón me latía tan fuerte y que me sentía tan culpable, que fueron unos momentos tensos y desagradables. Sin embargo, Axel se apartó durante un instante de mí, y al momento volvió a atacar mis labios, agarrando mi cintura y estrechando así el espacio entre nuestros cuerpos.


Todo pensamiento que pudiese estar pasando por mi cabeza desapareció por completo. Axel me trataba con dulzura, sus besos eran suaves aunque también apasionados. No me había dado cuenta de cuánto deseaba su contacto hasta aquel momento, por lo que respondí a aquel ataque furtivo con energía (Aunque también con algo de torpeza) haciendo algo que deseaba desde hacía mucho: enredé mis dedos en su pelo de fuego, suave y brillante, atrayendo aún más su boca a la mía, si es que aquello era posible. Axel sabía a menta y olía a bosque. Respirar su cálido aliento era simplemente maravilloso. 


Tras unos hermosos y eternos momentos, Axel dejó de besarme. Apoyó su frente en la mía y sonrió. Yo cerré los ojos, sintiendo cómo todo mi ser se envolvía en un reconfortante calor, haciendo que mi rostro se tiñese de rojo. Estaba nerviosísima, pero por primera vez deseé estar así de nerviosa siempre. Deseé que Axel estuviese a mi lado para siempre.

Sin embargo, nuestra mágica escena fue rota pronto. Un golpe seco resonó por todo el patio, y unos instantes después, Gema irrumpió en la estancia seguida del viejo mayordomo, que renqueaba luchando por mantener el ritmo de su frenética señora.

-¡Nadia! ¿Qué es esto, Dios mío?


Axel se apartó inmediatamente de mi lado. Odié a Gema por hacerme aquello, por romper el sueño en el que había caído hacía tan sólo unos instantes. La miré, roja de vergüenza y rabia, y farfullé apenas unas palabras:


-G-Gema, yo... puedo explicarlo, yo....nosotros...


-No, no-Me miró atónita. Supuse que no podía creer que una duquesa estuviese besando a su criado en su propia casa. Aquello era como un caramelo para Gema, iba a comentarlo con sus estúpidas amigas durante meses- No tienes que explicarme nada, yo... esto... yo venía a decirte que papá... Sí, papá puede recibirte... El mayordomo te acompañará... hasta sus aposentos.


-De acuerdo- Suspiré largamente. No merecía la pena seguir discutiendo.

Caminé hasta Gema, y Axel se quedó unos pasos detrás, con el viejo Angus Phee.

-Gema...-Murmuré sin mirarla a la cara- En cuanto a Flavius...


-Oh, Nadia, no... Siento mucho haberme inmiscuido en un asunto tan privado. He dicho muchas cosas indebidas, sólo quería conocer más detalles acerca de tu compromiso... pero no debo intentar averiguar los motivos de actos así.


-Está bien- Respondí. La actitud de Gema me sorprendía de forma negativa, ya que ella jamás habría rechazado una explicación para un cotilleo de tal mesura, aunque pensé que seguramente estaría tan impactada y deleitada con todo el asunto del beso, que no querría saber nada más de mí ni de mi estúpido compromiso. Sentía la imperiosa necesidad de salir de aquella casa.


El salón continuaba atestado de invitados. No vi ni a Dante ni a los gemelos, y deseé de verdad que estuviesen bien y que nadie los hubiera descubierto. Gema se despidió con una pequeña reverencia, cosa que me sorprendió de nuevo, y volvió a preocuparse de su propia diversión. Angus nos condujo hasta la puerta que daba al piso de arriba.


-Os pido disculpas, mi señora. No pude evitar que la señorita Gema entrase al patio, lo intenté de veras, pero ya conocéis de sobra su carácter...


-No te preocupes, Angus- Le sonreí levemente- Te estoy muy agradecida, y como te dije antes, no olvidaré la promesa que te he hecho. Algún día no muy lejano tú y tu hijo trabajaréis para mi familia.


-Gracias, mi señora- Angus nos condujo al final de la escalera y a través de un corto pasillo, y señaló una puerta que parecía muy gruesa y terriblemente pesada, hecha de una madera oscura y asegurada con varios cerrojos de metal- Ese es el despacho de mi señor, podéis pasar cuando gustéis, él os espera.


Asentí con la cabeza y Angus se marchó con una reverencia. Axel y yo nos miramos a los ojos.


-Creo que Flavius no está aquí- Susurré.


-Lo he imaginado al ver que subías y no te detenías a buscar en el salón. ¿Proseguimos con nuestra misión entonces?


-Prosigamos- Entrelacé mi mano derecha con su mano izquierda, y tras un ligero apretón, Axel dio varios golpes fuertes a la puerta. 


No se oía ruido alguno. Ningún ''Adelante'' nos indicó que pudiésemos pasar. Confuso, Axel empujó la puerta y, no sin cierto esfuerzo, logró abrirla lo suficiente como para poder asomar la cabeza.


-¡Oh, disculpadme, mi señor!- Exclamó.


-¿Quién eres tú?- Una voz ronca y áspera llegó hasta mis oídos.


-Soy el escolta de la duquesa Nadia de Campoflorido, hija menor del Duque de las...


-¡Oh, es Nadia! Adelante pues. Esta puerta es tan pesada... ¡Nunca se oye nada a no ser que esté abierta!


Tras aquella interrupción, entré en el despacho, una sala que a pesar de ser pequeña, estaba recargada de muebles, alfombras, tapices, retratos y otros muchos adornos que no hacían sino acentuar la riqueza de su dueño. Aunque lo más recargado de toda la estancia era sin duda el propio Sigfred de Rosiak. Al verme entrar, se levantó de la hermosa silla en la que estaba sentado y se acercó para saludarme.


Hacía más de un lustro que no le veía. Sigfred era unos cuantos años más joven que mi padre, y sin embargo, un mayor número de canas cubrían sus ya escasos rizos. La barba, antaño rubia, era también cana, y su baja estatura y sus andares desgarbados no le ayudaban a conservar una imagen jovial precisamente. Sin embargo, lo que más me impactó fue comprobar cómo y cuánto había engordado el que fuese amigo de mi padre. Sigfred de Rosiak había sido un caballero, pero los años que había pasado viviendo como un próspero lugarteniente en las tierras de mi familia le habían hecho llevar una vida sedentaria y alejada de cualquier tipo de preocupación. Me indignó ver su aspecto descuidado y su porte ostentoso de gran señor, ataviado con unas ropas lujosas y llenas de hilos de oro y joyas. Aquel hombre ni siquiera poseía un título nobiliario, y vivía como si fuese el noble más poderoso de todo el reino después del príncipe.


-Mi querida Nadia- Me estrechó entre sus brazos y sonrió orgulloso, enseñándome con un ademán del brazo toda la estancia y dirigiéndose a mí con la misma confianza con la que me hablaba cuando era pequeña- ¡Cuánto has crecido, pequeña! Eres toda una dama hermosa. Bienvenida a mi humilde morada. Sé que no es como Campoflorido, pero confío en que todo se encuentre a tu gusto.


-Sí, gracias, Sir Sigfred-Me dirigí a él con respeto y tratándolo de vos, aunque no tenía por qué. Lo hice más por mi padre que por mí misma.


-Me he sentido inmensamente honrado cuando me han comunicado tu llegada aquí esta noche. Mi Gema preciosa te adora, tu visita sin duda habrá confortado su corazón en una noche tan especial para ella. Pero cuéntame, pequeña, ¿Cómo va todo por Campoflorido? Lamento tanto no tener noticias recientes de tu padre... Un hombre ocupado, ciertamente, al igual que yo- Se mesó los rizos canos de la barba mientras hablaba- ¿Cómo está mi también querida Liana? Supe hace bastante tiempo, gracias a tu padre, que él miso tenía la intención de comprometerla con un duque del norte. ¿Llegó a realizarse el compromiso?


-Oh... No, sir Sigfred... la que está prometida soy yo.


-¿De verdad? Pero querida, ¡Qué alegría! Es inusual que la hija menor se comprometa antes que la primogénita, pero aun así debes sentirte pletórica...


-Sí, bueno...-Sonreí forzadamente- Las circunstancias han hecho que la familia del pretendiente se incline... por mí.


-¿Y quién es él, Nadia?


-Flavius... Flavius de Bosqueumbrío, primogénito del duque de las tierras de Bosqueumbrío.


-Temo que no tengo el placer de conocerles... Pero estoy seguro de que será un caballero digno de tu persona si tu padre le ha escogido.


-Oh, gracias...-Aparté la mirada del rostro de Sigfred. Se produjeron unos minutos de incómodo silencio, que él mismo se encargó de romper.


-Sí, esto...-Carraspeó ruidosamente, haciendo que su voz sonase aún más ronca- Gema me dijo que querías hablar conmigo, Nadia.


-En efecto, sir Sigfred- Dije, recomponiéndome- Es un asunto algo personal, casi como un favor, de hecho... sí, diría que estoy aquí para solicitaros un favor. Es muy importante para mí, y sin embargo creo que a vos no os costará demasiado...


-Por supuesto, pequeña Nadia. Es un honor para mí poder ayudarte a ti, y por tanto, a tu padre, tan querido por mí. Siéntate, y hablaremos de aquello que precisas con mayor tranquilidad.- Me indicó que me sentase en una silla finamente tallada, delante de una enorme mesa. Él se sentó al otro lado. Miró a Axel, que se había limitado a esperar en silencio junto a la puerta, y le hizo un brusco gesto con el brazo.


-Vamos, muchacho, ¿Es que no me has oído? Tu señora y yo vamos a tratar asuntos de importancia. Lárgate de aquí ahora mismo.


-No, sir Sigfred... él es mi escolta, y...


-Lo sé, querida, pero estás en mi despacho... no hay peligros aquí. El sirviente puede esperar fuera, en cuanto salgas podrá seguir velando por tu seguridad.


-Lo comprendo- Contesté, incómoda- Pero de todas formas, Axel es de total confianza, y estoy segura de que no revelará nada por muy privado que sea nuestro asunto...


-¿Dejas que la servidumbre se entere de tus charlas privadas, Nadia?- Sigfred me miró sorprendido- Discúlpame querida, pero eso puede ser verdaderamente inconveniente... No lo creía propio de ti. Aunque si de verdad es lo que quieres, no insistiré más...


-No... es... está bien- Miré a Axel sintiéndome culpable. ¿Por qué Sigfred de Rosiak tenía que tener aquellas extravagantes costumbres? Él asintió, dándome a entender que todo estaba bien. 


-Quédate junto a la puerta, Axel. Saldré enseguida.


-Sí, mi señora. No me moveré- Axel hizo una reverencia y salió del despacho. Cerró la puerta con cierto esfuerzo, aunque no oí los cerrojos echarse. Suspiré y me dirigí a sir Sigfred:


-Bien, el favor que vengo a pediros es simple; Se trata de...


-Déjate de tonterías, niña.


-¿Perdón?- Repliqué, frunciendo el ceño y sin comprender nada de aquella horrible interrupción.


-¿Cómo te has enterado? Dímelo de una vez- Sigfred me miraba con una gran severidad.


-No... no os comprendo. Como ya os he dicho, yo venía a pediros un favor relacionado con vuestra audiencia de mañana con el príncipe Alan...


-¡Maldita sea!-Sigfred dio un golpe sonoro en la mesa de madera maciza, y yo di un respingo. No entendía el porqué de toda aquella hostilidad- ¿Lo sabe tu padre? ¿Es él quién te envía? ¿¡Qué pretendes pedirme viniendo a mi casa!?


-¡Sir Sigfred, basta, os lo ruego!- Me levanté de la silla, sofocada- No sé de qué me habláis, ¡Yo sólo quería pediros que renunciaseis a vuestro turno de mañana en mi favor!


-¿Renunciar... a mi turno? ¡Estúpida! ¿Cómo te atreves a pedirme eso? ¿Crees que esa absurda petición desbaratará mis planes?


-¿Planes?

-¡Deja de fingir de una vez que no sabes nada, me estás volviendo loco!- Sigfred me miró furibundo, y me apuntó con un dedo- ¿Cómo ha averiguado tu padre que mañana le pediré al príncipe que me dé el título de las tierras de Rosiak oficialmente? ¿Por qué te ha mandado a ti en lugar de venir él mismo? ¿¡Acaso eres un cebo!? ¿¡Vas a distraerme hasta que tu padre llegue y me atrape!? ¡No lo permitiré!


-¿QUE MAÑANA QUÉ?- Sentí la rabia inflamarse en mi interior poco a poco. Aquello era una cuestión de honor y principios, y habían herido a mi familia en lo más profundo. En ese momento fui yo la que señaló a Sigfred con un dedo, irguiéndome todo lo que pude y clavando mis ojos en los suyos- ¡Mi padre no tiene ni la menor idea de esto, pero no dudéis ni un segundo de que se enterará en cuanto ponga un pie fuera de vuestra sucia casa! ¡Sois un traidor, malnacido! Pienso escribir una carta ahora mismo, ¡Mi padre os hará colgar!


-¿¡Como os atrevéis siquiera a hablarme así, niña idiota!? ¡YO SOY EL SEÑOR DE LAS TIERRAS DE ROSIAK, SON MÍAS DESDE HACE AÑOS, Y QUIERO MI TÍTULO DE UNA MALDITA VEZ!- Sigfred avanzó hacia mí con paso amenazante.


-¿CÓMO OS ATREVÉIS VOS SIQUIERA A PRONUNCIAR ESAS PALABRAS? ¡Mi padre jamás os dio esas tierras, os las prestó en un momento en el que no teníais dónde caeros muerto, os las prestó porque aparecisteis en su castillo arruinado, solo y con una criatura en los brazos! ¿Cómo os atrevéis a intentar quitárselas a traición, contándole mentiras al príncipe? ¡Vos no sois ni seréis nunca el dueño de las tierras de Rosiak! ¡No sois nadie!


-¡Descarada!- Sigfred me sacudió una bofetada certera y rápidamente. Me quedé mirándolo con el rostro desencajado en una mueca de horror.

Aquel hombre se había vuelto loco. Me agarró por las muñecas con rudeza, y acercó su rostro hinchado por el esfuerzo y la rabia, al mío.

-Escúchame, muñequita. ¿Crees que no sé lo que la gente comenta de mí y de mi hija cuando volvemos las espaldas? Dicen que Gema es hija de una vulgar gitana cuando ven sus ojos claros y su piel oscura. Mi hija no acabará como una vulgar doncella sin título. Ella tendrá Rosiak, esas tierras son mías, el príncipe me será favorable mañana, y voy a encargarme personalmente de que no digas ni una sola palabra de todo este asunto.


 -¡SUÉLTAME SIGFRED!- Forcejeé en un intento de liberarme que sólo logró hacerme más daño. Sigfred me soltó de un empujón que me tiró al suelo.


-Lo siento de veras, Nadia, pero has elegido una mala noche para venir a mi casa. Voy a hacerte un  gran favor cerrando tu boca para siempre, créeme...-¿Dónde he dejado mi espada?- 

Murmuró para sí mismo.

-¡AXEL!- Me levanté y corrí hacia la puerta, pero no logré abrirla, pues era muy pesada. Sigfred me vio y me agarró por la cintura, atrapándome en un abrazo mortal.


-¡Estate quieta, maldita!


-¡AXEL, SOCORRO! ¡AYÚDAME!- Di patadas a la puerta y tiré todo lo que pude mientras forcejeaba por salir con vida de allí. Por fortuna para mí, el orondo cuerpo de aquel hombre no estaba nada acostumbrado a hacer esfuerzos físicos, por lo que logre casi zafarme de sus garras en varias ocasiones.


Tras unos angustiosos momentos, una voz que apenas sí pude distinguir resonó al otro lado de la madera oscura:


-¿Nadia?


-¡AXEL! ¡AXEL, POR FAVOR!- Sigfred se las ingenió para taparme la boca, pero le mordí, y el muy traidor profirió un alarido suficiente para que se enterase toda la casa. Con alivio, vi cómo la puerta se abría poco a poco, y unos momentos después, Axel entró en la habitación.


-¿¡QUÉ SIGNIFICA ESTO!?-Bramó al ver la escena. Sus ojos parecían congelados, como siempre que se enfadaba.


Sigfred me soltó al instante. Corrí a los brazos de Axel, que frunció el ceño al ver las marcas de mis muñecas.


-¡Axel, es un traidor! Conspira contra mi padre... ¡Quiere quitarle Rosiak! ¡Quería matarme!


-E...eso no es verdad, muchacho...-Sigfred se encogió como una rata atrapada en un trampa al ver los ojos de mi protector, que se aproximaba a él cada vez más empuñando su espada.- Esta chica se ha vuelto loca, me ha atacado y me ha acusado del horrible crimen de la traición... ¿A quién se le ocurre decir que la iba a matar? aquí ni siquiera tengo armas... Sólo estaba intentando asustarla un poco para que dejase de intentar atacarme a mí... ¡Ha sido en defensa propia!


-Nadia- Axel me habló en voz muy baja. Se había acercado lo suficiente a Sigfred como para poder clavarle la punta de la espada en el pecho- Sal de la habitación en este momento. Cierra la puerta y espérame fuera. No te muevas hasta que yo salga.


-Axel...-Me llevé las manos a la boca, horrorizada- ¿Qué vas a hacer?


-Sir Sigfred de Rosiak y yo vamos a intercambiar unas cuantas palabras. Voy a informarle de lo que pasa cuando se traiciona a un señor al que se sirve.


-¡Axel, no hagas locuras, tengo que pedirle el turno para...!


-Sal de aquí, Nadia, no me hagas repetírtelo.


-Pero...


-¡SAL DE AQUÍ AHORA MISMO!-Me gritó tan fuerte que mi cuerpo reaccionó en contra de mi voluntad. Salí de la habitación en un suspiro, y comencé a cerrar la puerta empujando con todas mis fuerzas.


-¿QUÉ CREES QUE HACES? ¡ESTO ES UN ATROPELLO! ¡GUARDIA! ¡LLAMAD A MI GUARDIA, QUE VENGA EL GUARDIA MALDITA SEA! ¡ANGUS!- Sigfred chillaba como un cerdo en día de matanza.


-Cállate y siéntate. Escúchame, rata traidora, vas a comprender muy bien el error que has cometido; voy a decirte por qué...- Fue lo último que escuché decir a Axel antes de que se cerrase la puerta con un golpe seco.


Me pasé mucho tiempo, muchísimo tiempo, con la oreja pegada a la madera, respirando de forma entrecortada y rezando por poder enterarme de algo. Ni una sola palabra llegó a mis oídos. Tampoco pude distinguir nada por el ojo de la cerradura. Acabé por apartarme de la puerta, y pasé otro rato aún más largo en silencio, esperando y frotándome las marcas que aquel bruto había dejado en mis muñecas. Algún que otro apagado sonido que de vez en cuando me llegaba del piso de abajo me indicaba que la fiesta continuaba, y que nadie había oído nada de los terribles sucesos que estaban ocurriendo en el despacho. Apenas podía creer la traición que acababa de descubrir por pura casualidad. Sigfred había dicho que había llegado a su casa en una mala noche... verdaderamente no podía quitarle la razón. Pero una cosa estaba clara: debía informar a mi padre de todo aquello.


Cuando creí que iba a empezar a echar raíces en aquel suelo de piedra, la puerta se abrió bruscamente. Axel apareció, con el rostro enrojecido y resoplando. Pude ver cómo al fondo de la habitación, Sigfred nos daba la espalda. En un abrir y cerrar de ojos, Axel envainó su espada, sacó una llave de su casaca y tiró de la puerta unas cuantas veces, hasta que la cerró. Dio vueltas a la llave dentro de la cerradura y se giró hacia mí, con miedo en los ojos.


-¿Qué... qué ha pasado?- Acerté a preguntar, con un hilillo de voz.


-Vámonos de aquí ahora mismo. No podemos perder ni un sólo segundo, no estamos seguros aquí.


-¿Qué? ¿Por qué?


-No vas a callarte hasta que no te lo explique, ¿Verdad?- Axel resopló y sacó un rollo de pergamino de otro de los bolsillos de su casaca- Este es el permiso, escrito y firmado del puño y letra de Sigfred de Rosiak, que nos permitirá apropiarnos de su turno mañana para tener una audiencia con el príncipe Alan.


-Axel, no puedo creerlo, ¡Lo has conseguido!


-Sí, pero me temo que he tenido que pagar un alto precio.


-¿A qué te refieres?-Lo miré preocupada.


-Nosotros hemos descubierto un horrible secreto de Sir Sigfred esta noche. Pero a cambio de escribirme ese papel, he tenido que perdonarle la vida. Y he tenido que contarle un horrible secreto mío,  un secreto que, sin duda, usará en cuanto logre salir de esa habitación, lo cual pasará en unas horas. Así que ahora mismo me temo que no estamos seguros en esta casa. Tenemos que irnos.


-Pero... no comprendo, ¿Qué podría ser tan horrible?


-Escúchame, Nadia, acabo de hacer un gran sacrificio por ti y tu papelito. ¿Podrías dejar de hablar y hacerme caso por una maldita vez? ¡Vámonos!- Axel me agarró de la muñeca, haciéndome soltar una exclamación de dolor, y me arrastró escaleras abajo. En cuanto pusimos un pie en el salón de celebraciones, comenzó a vociferar:


-¡TELMO, DANTE, JAQUES! ¡TENEMOS QUE IRNOS AHORA! ¿DÓNDE ESTÁIS?


-¿Estás loco?-Susurré dándole un manotazo en el brazo- ¡No grites de esa forma, todo el mundo nos mira!


Axel ni siquiera me oía. Se dirigió a empujones a la mesa de la comida, donde nuestros queridos ''criados'' engullían la comida de los invitados a escondidas. Yo les lancé una mirada de desaprobación, pero Axel los empujó hacia la puerta sin miramientos:


-Vamos, vamos, malditos seáis, ¡Corred de una vez!


-Pero ¿Qué pasa?


-¿Estáis bien?


-¡Me voy a... coff, coff... atragantar!


-¡Nadia!- Una voz nos interrumpió cuando estábamos a punto de alcanzar el umbral- ¿Ya te vas querida?


-Lo...siento mucho, Gema...-Intenté sonreírle, pero no pude. Era plenamente consciente del aspecto que debía tener, con el pelo revuelto, la cara enrojecida y la respiración agitada- Hay asuntos de gran urgencia... Me requieren en otra parte... ha sido fantástico volver a verte.


-Pero Nadia, quédate un poco más, querida, apenas pasamos de la medianoche, la fiesta está en pleno apogeo y...


-Ya te ha dicho adiós, Gema- Axel la fulminó con sus ojos de hielo- Cállate de una vez.


-¡Pero bueno! Hablarme así a mí... ¡Un criado! ¡Insolente!...


Los gritos de Gema fueron lo último que oímos. En la puerta, Angus se despidió de nosotros con una leve reverencia. El guardia de la puerta principal estaba dormido. Empezamos a correr en cuanto pisamos la calle, y juro que no paramos hasta tener delante los rostros de Joseph y Kamal, que nos miraban entre nerviosos y preocupados.


-¿Qué?¿Cómo ha ido todo?


-¡Ha sido una fiesta asombrosa, Jospeh!


-Cállate Dante...-Apenas podía respirar- Casi... casi... me muero....


- Bien, ya veo que ha sido interesante...


-¡Ha sido horrible! Han... pasado muchas cosas horrorosas y... cuando digo que casi me muero... es porque... ¡Casi me muero de verdad!


-¿De qué hablas? Yo me lo he pasado bien...


-¡Sí, al menos hemos comido mucho!


-Y que lo digas, hermanito...


-Os mataré... cuando recobre el aliento... Ah, señor... No quiero volver a hablar de esta noche en mi vida...  


-La cuestión importante es: ¿Habéis conseguido el papel?- Preguntó Kamal.


-Sí. Por poco, pero sí- Axel estaba serio y taciturno.


-Bien, entonces, mañana al atardecer podréis ir a ver al príncipe, ¿Verdad?


-En efecto, Kamal. 


-Mañana temprano hablaremos de esas y otras cuestiones- Interrumpí- Yo me voy...


-¿Pero adónde vas, mujer?- Joseph me miró ladeando al cabeza ligeramente.


-A intentar olvidar esta pesadilla de noche.


Entré en el carro grande y eché la cortina que me ocultaba de los muchachos. Intenté quitarme el vestido, pero descubrí que iba a necesitar ayuda para desatarme los lazos de la espalda. Al parecer el trabajo de nudos de Jaques y Telmo había sido demasiado bueno. Dándome por vencida, me tumbé en una de las mantas que usábamos para dormir, e intenté comprender todo lo que había pasado en un espacio tan corto de tiempo. Como mi cabeza era un torbellino de ideas y sensaciones que se mezclaban y no me dejaban en paz, decidí concentrarme en quedarme dormida y dejar los pensamientos para el día siguiente. Estaba demasiado agotada aquella noche, y las brumas del sueño parecían estar llevándome con ellas poco a poco por fin...


-Nadia... ¿Estás dormida?


Abrí los ojos de golpe, y me incorporé bruscamente.


-¿Axel?


-Hola- Estaba sentado junto a mí. Podía oír las voces de los muchachos, que seguían fuera, hablando sobre la fiesta, agrupados junto a una pequeña hoguera. No estaba muy segura de si estaba soñando, pero no lo parecía, así que decidí actuar con cautela.


-¿Duermes con el vestido puesto?-Preguntó.


-No puedo quitármelo. Jaques y Telmo han atado los lazos de la espalda con nudos que sólo ellos conocen.


-¿Quieres que intente deshacerlos? Tal vez pueda ayudarte.


Casi pude sentir los finos y fríos dedos de Axel deshaciendo los lazos de mi vestido, descubriendo mi espalda, acariciando mi piel templada, quitándome la ropa...


-¡No!-Enrojecí violentamente- No te... preocupes, estoy perfectamente así. Mejor dime, ¿Por qué interrumpes mi sueño?


-Está bien, yo... quería pedirte disculpas.


-¿Disculpas? ¿Por qué?


- Me he comportado de una forma horrible al irnos de esa maldita casa... Te he tratado mal, lo lamento. Te he gritado, y te he hecho daño. Estaba muy nervioso, y... demonios, estaba asustado.


-No digas tonterías... No tienes que disculparte. Te has sacrificado, y eso es algo tremendamente importante. Sin ti jamás habría conseguido el permiso. Sin ti jamás habría salido viva de esa casa.


-Esa bola de sebo de Sigfred no te habría hecho nada, es un cobarde de primera... Sólo quería asustarte y aprovecharse de ti.


Solté una risilla. Axel me miró sonriendo, pero la sonrisa se le torció.


-En fin, siento... todas las cosas indebidas que he hecho esta noche. Parece ser que lo has...pasado bastante mal. Creo que me iré con los muchachos, necesitas descansar. Y yo necesito un vaso de cerveza amarga.


-Espera- Lo agarré del brazo, impidiéndole irse de mi lado. No podía creer que se estuviese disculpando por besarme- Cuando he dicho que esta noche ha sido horrible, no me refería a...


-¿A qué?- Clavó sus copos de nieve en mis ojos.


-Quiero decir que- Enrojecí por el mero hecho de ver su rostro tan cerca del mío de nuevo- esa casa es horrible, y todos sus habitantes son horribles... Pero no todo lo que ha pasado ha sido horrible. Ha habido momentos que no han sido horribles, sino... todo lo opuesto a horrible. Ya sabes.


-No, no lo sé- Su cara cambió. Me miró con una sonrisa traviesa. Se estaba burlando de mí- ¿A qué te refieres?


-Me refiero a...-Mi corazón se aceleraba. No sabía que recordar lo que nos había pasado me iba a poner tan nerviosa- a... la fuente.


-¿A la fuente?


-Sí, la... la fuente del patio interior. Era hermosa. ¿No lo crees?


-Sí- Sus ojos me miraron dulcemente- Era excepcionalmente hermosa. Era... toda luz.


No pude responder. Sentí que mi cara debía estar echando humo. Axel tomo mis manos entre las suyas y las giró, para ver las marcas que Sigfred me había dejado en el interior de las muñecas.


-Siento no haber llegado a tiempo para evitar esto.


-No es nada...


Axel me besó muy lentamente, primero la mano derecha y luego la izquierda, en el sitio donde tenía las heridas. Sentí un escalofrío al volver a notar que besaba mi piel.


-Nadia...


-¿Sí?


-¿Puedo quedarme aquí hasta que te duermas? 


La pregunta fue formulada con tal sencillez y sinceridad, que no pude negarme.


-Sí, claro.


Me tumbé de costado, dándole la espalda a Axel. No quería dormir, quería seguir notando su presencia a mi lado. Sin embargo, pronto me dormí, pues era imposible no sentirse protegida.


¿Y cómo no iba a sentirme protegida? Cuando cerré los ojos, olía a menta y a bosque.

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