miércoles, 10 de agosto de 2016

El cuaderno azul o ''Las cosas que nunca debí haber escrito'', por una pringada.

Por qué pienso en ti al irme a dormir


''¿Por qué siempre pienso en ti al irme a dormir?''

Últimamente me lo pregunto más, quizás porque soy más consciente de ello, porque el deseo es más fuerte que nunca. Puede parecer banal, pero para mí el valor es inmenso.

Verás, cuando nos conocimos dormía mucho. No te burles, sé que ahora también duermo muchísimo. Pero es distinto, ahora es una elección... me encanta dormir. Entonces era una necesidad. Dormía mucho y muchas veces al día, todas las que podía, porque cuando me quedaba dormida dejaba de existir. Puede sonar un poco fuerte, pero estar dormida era lo más parecido que tenía a estar muerta, sólo que sin suicidarme, y aquello era justo lo que quería. Quería desaparecer.

Cuando dormía, dejaba de pensar. A veces tenía pesadillas, pero por lo general suelo tener un sueño muy profundo, por lo que la mayoría de las veces la auténtica pesadilla era despertarme. Sí, lo estaba pasando mal. Me estaban ocurriendo cosas un poco chungas, y no lograba entender ninguna de ellas. El primer médico al que fui, viejo conocido de mi familia, lo llamó ''Exceso de sensibilidad y sentimiento'', un término muy de mi gusto, romántico y victoriano, pero ciertamente no muy clínico. Tiempo después, con otras consultas y otras terapias, me enteré de que el cansancio físico excesivo e injustificado y las ganas constantes de dormir aunque no tuviese sueño son síntomas del trastorno (Es una enfermedad en realidad, pero no llegué a desarrollarla completamente, por lo que lo llamaré así) que sufrí.

¿Qué demonios quiero decir con todo esto?; Te preguntarás. No te preocupes, mi amor, son cosas buenas aunque ahora mismo no lo parezca.

Como te iba diciendo, estaba un poco trastocada por aquella época. Nunca he sido una chica súper segura de sí misma de esas que sólo se ven en las películas americanas para adolescentes de los early 2000, pero desde luego en aquel momento estaba tocando fondo. ¿Y qué implicó eso? Que creciera en mí otro trastorno que todavía padezco, y que, me temo, padeceré durante muchos años: la ansiedad. ¿Y qué implica la ansiedad? pues que mi contacto social, o en este caso concreto, físico con otras personas se volviera difícil, torpe y bastante, bastante incómodo. No podía casi estar con gente de día, mucho menos de noche, cuando me dormía llorando. No podía imaginarme durmiendo con nadie.

No niego que lo intentase. Era pequeña, al menos yo lo creo así, porque 16 años no se considera una edad especialmente baja o precoz en lo que a dormir con tu pareja se refiere, pero créeme cuando te digo que era pequeña, demasiado pequeña. Lo intenté, creo recordar, dos veces. Tuve dos ataques de ansiedad, que llevé en silencio, escapando de la habitación en ambas ocasiones, yéndome al baño a llorar. Y eso sólo por el simple hecho de dormir y mantener un contacto físico más bien básico con la persona con la que salía en ese momento.

Imagínate, si así estaba con 16 años, cómo estaba con 18, cuando lo único que quería era morirme.

Pero entonces te conocí.

No voy a enumerar cuánto y cómo me has ayudado y me sigues ayudando. No hace falta, tú y yo lo sabemos, y sabemos en el fondo que nunca podré agradecértelo lo suficiente. Sin embargo, me gustaría resumirlo diciendo que un día, una noche más bien, tuve la oportunidad de dormir a tu lado.
Estaba exageradamente asustada. Mucho, mi amor, mucho más de lo que jamás te admitiré en persona. Se puede pensar que tal vez mis motivos no eran suficientes, pero al menos para mí, dos noches en vela llorando escondida en un baño, rezando porque nadie se entere de lo que te pasa, rezando para que tu pareja no piense que eres una escoria de novia y odiando cada fibra de tu ser porque piensas que lo eres son más que suficientes para toda una vida.

Y de repente, me encontré envuelta en tu abrazo protector. Estabas perfectamente tranquilo, o al menos ese era el sentimiento que me transmitías, y me sentí protegida. Oír el latido de tu corazón, sentir la suavidad de tu piel y escuchar tu cálida y preciosa voz me hizo sentir protegida y valiente, y tranquila, y sentí que no era demasiado pequeña, que todo estaba bien, que estaba haciendo lo correcto, lo que quería de verdad, sin obligaciones. Me sentí feliz. Y me dormí, dormí en tus brazos, esa y muchas otras noches, y ninguna es suficiente, porque desde que descubrí que de verdad puedo hacerlo, que de verdad soy válida y que no era culpa mía, dormiría (Y no dormiría) contigo cada noche, cada tarde, a cada rato.

Ya sé por qué pienso en ti cada vez que voy a dormirme. Es por lo mismo por lo que pienso en ti cada día, a cada momento, cuando menos me lo espero.

Porque tú me salvaste.


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